Frío

El termómetro se vino abajo y yo me puse el pijama a media tarde (y no estaba malo).

Eso fue el viernes pasado y es algo inusual. Que me ponga el pijama a media tarde. Ahora que lo pienso, es inusual que me lo ponga a media tarde aunque esté malo. No me lo pongo hasta que me voy a dormir y punto. Yo creo que me lo puse como una forma de decir me escondo, o me desentiendo, o a refugio, o desconecto, o de aquí no me muevo o algo similar. Terminé los quehaceres, el termómetro se vino abajo tal y como predijo el hombre del tiempo en todas las cadenas (en cada cadena, el hombre del tiempo tiene un aspecto y cuerpo distinto; en algunas, hasta de mujer), comenzó a soplar de terrible manera el viento del Norte haciendo que temblaran los cristales de la ventana y que el frío penetrara a través de las múltiples capas de abrigo con las que los viandantes se envolvían sin mucho éxito y yo me puse el pijama. A partir de ahí pasó algo curioso y es que el tiempo cronológico del fin de semana se difuminó y eso sí que me hizo recordar los días en los que te ponías malo de las anginas y tenías que quedarte un casa una breve temporada, desconectado de la EGB. Pasaba entonces que el tiempo se difuminaba. Que el tiempo se difumine quiere decir que puede llegar un momento en que no sabes exactamente qué día es y, lo que es mejor, que no tiene importancia. Eso produce un placer especial, como un aturdimiento sin aturdimiento, como una anestesia sin somnolencia; en definitiva, un estado mental apetecible. Atrincherado en uno mismo, comienza un periodo en el que te entregas a hacer cosas o a echar una cabezada en el sofá mientras afuera el aliento siberiano estremece los arbolitos de abajo y brama en las esquinas donde las calles confluyen. He descubierto que ya no tengo la misma defensa ante el frío. Antes lo transitaba con cierta satisfacción, entiéndase como tal que sí, que el frío intenso quema (qué paradoja térmica), que no invita a la exposición y tal pero cuando tocaba hacerlo, por obligación o porque no quedaba otro remedio, no me veía indefenso, o algo parecido, que es una sensación que he tenido esta semana en un par de ocasiones, cuando llegó el tiempo de abandonar el pijama y salir del escondite donde se acumulaban las historias de los libros, la tranquilidad del halo de la lamparita y el silencio confortable.

Ahora vuelve a ser viernes y vuelve el frío. En realidad no vuelve, se revuelve y refuerza, porque no llegó a marcharse. El aire forma remolinos en las aceras, el termómetro vuelve a índices negativos y el cielo (oh, ese cielo) adquiere por la tarde una tonalidad azul polar, que es un azul profundo, nítido, limpio, de una belleza tal que el reloj queda ensimismado mientras tú aprovechas para colarte en un paréntesis de las horas.

2 pensamientos en “Frío

  1. Pilar

    Somos testigos del frío que hace,
    De lo bien que se está en casa con el pijama y la bata puesta,
    y mañana, toda perezosa, voy a estar en la cama “calentita”
    hasta que me diga…. sal de aquí ya pesada……
    Buenas noches!!!! -4º
    Un beso

  2. Marcos

    Qué bien sientan esos momentos de paréntesis, ¿verdad?
    Te dejo (con tu permiso, claro) esto que escribí en su día (también dentro de un paréntesis, como éste que ahora cierro):

    Dos días. Ayer y hoy. Un refugio. Un regalo inesperado. Un lugar donde perderse y encontrarse. Un respiro. Un suspiro. Escuchar el mismo disco una y otra vez. Escribir. Leer. Estirar las horas a ver cuánto dan de sí. Aislado. Protegido. Al margen. Del exterior apenas llega un leve murmullo. El eco rebota dentro de este espacio vacío y blanco, caliente y confortable, sin techo que tape el cielo. Ni suelo (no hay suelo, para flotar). Nada puede pasar. Tiempo muerto.

    Así se vive dentro de un paréntesis.

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