Archivo por días: 7 febrero, 2012

Dickens

Charles DickensCharles Dickens es un misterio entre líneas. Si somos nuestra infancia, según afirma Saint-Exupéry, las novelas de Dickens son un daguerrotipo de la suya y de ella surge, como reacción, su postura adulta ante el mundo. El caldo de cultivo Dickens se forjó en una infancia herida por las penurias familiares que le obligaron a dejar los lápices de la escuela primaria para trabajar en una sórdida e insalubre fábrica de betún, entre las ratas, a orillas del Támesis. Cuando la adversidad miró a otro lado, pudo volver a retomar sus estudios e incluso, más adelante, trabajar como empleado en un despacho de abogados. Ambas cosas se proyectan y se ramifican en su obra y en su vida: en los libros está David Copperfield y está Oliver Twist. Fuera de ellos, de manera explícita, la denuncia infatigable de los abusos y el abandono de una infancia desprotegida en una sociedad que esconde mucha suciedad, y el desolador retrato de un sistema judicial miserable.

Hay más, mucho más, y en ese mucho más hay unas cosas claras y otras cosas envueltas en la niebla del enigma. Me gusta Dickens. Me gusta lo que escribe pero creo que me gusta más quien lo escribe. Me gusta leer sus líneas, adivinarle en ellas y adivinarle entre líneas, que es cuando la Casa Desolada se queda vacía o La Pequeña Dorrit duerme un rato y no dice nada.

Drood. Qué misterio.

Después de Dickens hay cosas que no fueron las mismas, o lo fueron por primera vez. Dickens es el creador de las navidades pasadas, presentes y futuras, es decir, del imaginario de la navidad tal y como la concebimos, porque la concebimos igual, independientemente de que nos guste o no la navidad, la queramos con o sin fantasma. Dickens es también la voz que se alzó con vehemencia contra la pirateria intelectual, hizo más y mejor que todas las sgaes juntas y además no fue un zafio como el señor Teddy Bautista, todo un personaje dickensiano, dicho sea de paso. Pero, a ver, que me disperso (normal hablando de Dickens): ¿hablo de los personajes de su literatura o de la defensa de su literatura a manos de los piratas? Hablemos de las dos. En sus novelas, Dickens radiografía las miserias y los contrastes de su época a través de personajes grotescos. Es difícil imaginar en la vida real personajes así aunque, curiosamente, lo que dicen, lo que hacen y el entorno en el que se desenvuelve y que los ha forjado de esa manera es fiel a los tiempos. Alzaba la voz Dickens contra la piratería de sus creaciones y eso era mucho y era justo: era mucho porque voz, lo que se dice voz, tenía mucha. Lo atestiguan sus actuaciones (performances, dirían los modernos) en los teatros y en las que durante horas se atrincheraba tras un atril de orador, vaso de agua a un lado, y procedía a leer fragmentos de sus obras escenificando dichos fragmentos ante un público sobrecogido por el tono, los gestos, la portentosa capacidad de este hombre de convertirse materialmente en tal o cual personaje, hombre o mujer, niño o anciano, empleándose con una energía extenuante. Ahora, en nuestro tiempo, ese dictadorzuelo venezolano sale en la tele y se pone a hablar cuatro o cinco horas en un espanto, aunque espanto de índole muy diferente, y título torpe, ridículo, casi da vergüenza escribirlo: aló presidente. Lo de Dickens era otra cosa. Sería cosa igual de larga pero por lo recogido en los testimonios acojonaba más, te helaba la sangre, te hacía abrir los ojos, te instruía -entreteniéndote- acerca de qué va este mundo facundo. Te zarandeaba.

La energía de Charles Dickens parecía inagotable, como si hubiera hecho un pacto con algo sobrenatural, y se manifestaba escribiendo varias de sus novelas por entregas a la vez y a la vez que relatos cortos, obras de teatro, artículos, giras larguísimas y agotadoras por los EEUU para sus lecturas públicas igualmente agotadoras, aunque no lo aparentara. Y la denuncia a los piratas. Descubrió Dickens allá en las américas que la gente esperaba ansiosa en los puertos la llegada de los barcos que traían el siguiente capítulo de su folletín (preciosa imagen esa), veía grupos de personas que no sabían leer alrededor de alguien que sí sabía y lo hacía en alto para todos (preciosa imagen también), al mismo tiempo que se dio cuenta de que el país únicamente protegía a los autores patrios, dejando impunes a quienes hacían caja editando de manera fraudulenta sus obras. Como lo de Megaupload pero en tinta y papel decimonónica.

Hubo algún amigo de Dickens que se preguntaba, entre intrigado y preocupado, acerca de dónde estaba el límite de tanta energía, de si este hombre hecho a sí mismo quedaría deshecho en migajas o estallaría como un globo. Entre ellos, Wilkie Collins, el célebre novelista. Mucho habría que preguntarle a este Wilkie Collins, ay, cuánto nos gustaría hacerlo sobre esas excursiones nocturnas y kilómetricas de Dickens por los laberínticos barrios bajos de Londres porque están llenas de misterio y él, Collins, era el sofocado y silente acompañante ocasional, sofocado porque era difícil seguirle el paso marchoso a un Dickens bastón en ristre, silente porque de aquello no dijo ni mu.

Hay un trauma en la vida adulta de Dickens, siendo ya autor de culto, respetado y adinerado, y aparece fechado el 9 de junio de 1865 cuando el tren en el que viajaba descarriló. Salió ileso pero hubo muertos y heridos a los que ayudó a socorrer. Dicen que desde entonces este hombre se volvió más taciturno y si en realidad no lo hizo, lo escribió en una ficción truculenta Dan Simmons titulándola “Drood”, como el personaje de la novela inconclusa de Dickens, “El misterio de Edwin Drood”. Más misterio es que “Drood” se tradujera aquí como “La soledad de Charles Dickens” pero la novela, una novela ladrillo, tocho considerable, a mí me enganchó, oye.

La energía de Charles Dickens y él mismo nace en esa infancia herida, rasgada y desdichada entre las ratas en una fábrica de betún y se proyecta a lo largo de su intensa vida hasta el momento de su muerte, hasta el instante en que la pluma y el tintero dejan de encontrarse quedando el misterio de Edwin Drood y el suyo propio en blanco. Se proyecta de tal manera que poco antes había confesado a un amigo: “Todo mi ser se sentía tan imbuido de pesar y humillación al pensar en lo que había perdido que incluso ahora, famoso, satisfecho y contento, en mis ensoñaciones, cuando rememoro con tristeza aquella época de mi vida, muchas veces me olvido de que tengo una mujer y unos hijos, incluso de que soy un hombre”.

Hoy, Charles Dickens habría cumplido 200 años.