Archivo por meses: febrero 2012

Fotografía

Dice el poeta, en ese verso genial, que “la luz no se ve”. Pero igualmente genial es descubrir que sí, que sí se ve. Cual anacrónico impresionista de andar por casa, estoy descubriendo la luz. Con verdadera fascinación y asombro, añado. Todo a raíz de que hace unas semanas me diera por ponerme ante una de mis asignaturas pendientes: la fotografía. No la fotografía de las máquinas compactas, automáticas, de esas que lo único que tienes que hacer es mirar y disparar. No. Hablo de tener en las manos una cámara réflex y decidirte a adentrarte en la aventura de la luz, cosa difícil, muchas veces ingrata; otras, por lo mismo, altamente gratificante. Me cité un día con Blanca, todoterreno en estos asuntos del diafragma, la velocidad de obturación, las sensibilidades, fotógrafo de los tiempos del negativo de verdad, de esas máquinas que nos hacen admirar a quienes las usaron, sin red, acostumbrados como estamos nosotros a que todo nos lo haga todo. Blanca era la profe perfecta porque, a, lo que acabo de decir, b, la confianza, c, la pasión por lo que hace, d, su capacidad para contagiarlo con altas dosis de pedagogía y honestidad en la didáctica, e, su generosidad. Y, por si faltara poco, f, su su energía unida a su sentido del humor. Suma todo lo anterior y se comprenderá que la citara un día, en una cafetería, en plan emboscada, je, soltándolo así, de golpe, me enseñarías a adentrarme en este misterio, porque para mí siempre lo ha sido, la luz, qué cosa, atraparla, dibujar con luz la misma luz que te mueve cosas por dentro y, al dibujarla, ser capaz de meter en el encuadre algo de la emoción que esa luz te suscita.

Y así, limitadito de entendederas pero tozudo, lo primero de un tiempo a esta parte por el desgaste de la edad o el desgaste en general (supongo) y lo segundo porque viene de serie y se agudiza por lo anterior, volviéndome tozudo al cuadrado, me paralizó, en plan asombro, en plan quedarte así, con la boca abierta, descubrir la luz. Lo huidizo de esa luz. Lo difícil que es convencerle a la cámara de que vea lo mismo que ves, porque la cámara hace lo mismo, tozuda como tú, y te quiere convencer de que lo que ve ella es lo correcto. Descubres, entonces, con desconcierto, que la cámara, viendo lo mismo, ve de distinta manera: no ve la luz proyectada en el lienzo de las cosas, ve la luz que reflejan las cosas. Hum, dices por dentro, porque puede parecer en la práctica lo mismo pero no, no lo es. Y mientras tanto te haces con la máquina, con la cámara, estas reflex digitales que hacen de todo pero, ojo, si les dices cómo, y aún así, todo tan escurridizo, todo tan delicado y sutil, que si mides la luz (expresión maravillosa: medir la luz, medir la luz) y lo haces allí, el ojo de la cámara te quema el cielo azul, devolviéndotelo blanco, y si mides un trocito más al lado, te regala el cielo ansiado pero te oscurece hasta las tinieblas lo que tus ojos ven en sombra, sí, pero perfectamente definido y visible su contenido.

Para medir la luz hay que ver la luz, y pensarla, pensarla poéticamente, si se me permite el atrevimiento, porque una vez que te sueltas un poco de la mano de los números y las teorías y te decides a dar tus primeros pasos por instinto, te la das muchas veces contra el suelo pero otras avanzas un poquito, y luego otro poquito. Qué placer seguir al instinto cuando miras por el visor y algo por dentro hace que compongas un encuadre con esa rapidez misteriosa y convencida, la misma que conoces de la aventura de componer ante el papel pautado, la misma que conoces de la aventura de escribir una frase que lo dice todo mejor que la que acabas de borrar, diciendo lo mismo.

Hacer la incursión y la excursión a las luces de un crepúsculo de invierno, en ese instante tan maravilloso como puñetero, porque las condiciones de luz están al límite y reduciéndose por momentos, es fascinante si buscas el acuerdo con la cámara de manera que lo vea todo, o al menos como tú lo ves, o como tú quieres que lo vean: que no se pierda la gradación que asciende del fuego del horizonte al negro noche, con la estela de azules infinitos intermedia, tan sugerente, tan bella, que lo capte, que lo atrape, pero que al mismo tiempo sea sensible al sendero que se proyecta hacia el infinito, teniendo la deferencia de no borrarlo en un tachón negro y definitivo sino que mire en él, como si tuviera que transitarlo; en fin, conseguir eso, con el silencio de la paciencia y la constancia, la concentración casi en recogimiento, tú y la luz, el silencio ambiente, el silencio invernal del termómetro y el crepúsculo, es el descubrimiento de estos días, como lo es el estallido naranja del sol en las fachadas, y tantas cosas.

En eso andamos, entre pitos y flautas. Sin Blanca, todo estaría negro, valga el mal chiste, malo pero certero. Blanca se ofreció a enseñarme los fundamentos de la fotografía, confiada en que iba a picarme el gusanillo, y así ha sido, pero lo que me ha puesto en bandeja, en realidad, es el descubrimiento de un lenguaje, de un medio de expresión, del cofre del tesoro, porque a mí las cosas me tienen que latir, a mí la vida me suena así, en el latido de las cosas y he vuelto a sentir el pulso y eso es bueno.

Escribir con luz, oh maravilla.

Incidencia

Fue el riñón. El derecho. Un cólico, sí. Abramos un paréntesis para añadir (y muy inoportuno). Anda, y cuándo pasó. Pues el viernes por la tarde, y se hizo notar en el momento justo en el que Pablo hacía una pregunta: este acorde, qué es. Esa fue la pregunta y, zas, un punto, o un punzón candente, un aguijón. Es una cosa sutil al principio y uno confía que sea un tirón para que no sea cólico, y si es cólico que sea moderado en la escala Richter de los cólicos. Hay un momento en el ascenso en la tabla en el que sabes que no hay retorno y es cuando empiezan a subirte unas bilis o unas babas raras y vomitona al canto. Ya, ya sé que no es agradable leerlo, pero menos agradable es pasarlo. No obstante, no nos adelantemos. No hemos presentado a Pablo, por ejemplo, que lleva viniendo a casa con periodicidad semanal desde hace un mes y medio porque quiere presentarse a una prueba en el conservatorio y la sacará porque puede, tiene potencial, mucho. Pablo estaba sentado al piano y al terminar un ejercicio dijo que tenía una pregunta y a mí me gusta que tenga preguntas que hacer porque cuando lo hace siempre plantea cosas interesantes, así lo advertí desde el primer día. Puso su mano larga sobre las teclas y preguntó: este acorde, qué es. Y al incorporarme un poco hacia adelante desde la silla en la que estaba sentado yo, a su derecha, para asomarme al mar de teclas fue cuando, zas, pero no dije nada. Suele haber un tiempo entre el zas y el big bang del cólico o entre el zas y la falsa alarma. En ese intervalo, vi el otro intervalo, el que marcaban las manos de Pablo sobre las teclas (curiosamente, teclas negras, como negra se ponía la cosa) y respondí, y al hacerlo, para variar, me llevé la respuesta ramas arriba, por las ramas, y que si tal y que si ésto y que si lo otro, y si lo hice fue porque a Pablo, en realidad, eso le gusta, lo sé, se nota y me lo ha dicho, y porque igual pensé, ingenuo de mi, que así el cólico se despistaba, qué se yo.

Pero no.

Terminamos la clase (no me las voy a dar de héroe, pero la cosa se mantuvo en un grado perfectamente soportable aunque mosqueante, como todos los cólicos) y fue al levantarme para acompañar a Pablo lo que hizo que la cosa se moviera, la piedra, el termostato del dolor, el todo junto que hace que al cerrar la puerta con un sereno hasta la semana que viene vayas directo al cajón de los medicamentos, sector emergencias, y busques atropelladamente la Buscapina y el Nolotil (ampollas), el cóctel que te chutan en Urgencias por vía. Pero a Urgencias no voy a ir, pensaba mientras rebuscaba entre las cajas hasta dar con una de Buscapinas (caducada? No, alivio) y otra de ampollas (caducadas? No, alivio) de Nolotil y, hala, cóctel al gaznate, puaj, y corriendo a buscar la manta eléctrica para templar el costado. Vamos, lo de siempre, aunque del último ya ha pasado tiempo. Y del último fuerte, más tiempo aún. Qué oportuno, pensaba yo entre dolores, ardores y vomitonas, qué oportuno. Y fue entonces cuando recibí un mensaje de la vecina:

-Estos saliendo ya del cole, vecino.

(Puso estos en lugar de estoy porque lo escribió bajando escaleras o caminando por la calle con los cartapacios de papeles encima y, claro, no atinas)

Recordé que había quedado para cenar. Cenar. Vomitona al canto. Hay momentos en los que una palabra te mueve sentimientos y otras veces te remueve las tripas. En resumen: sin cena, con cólico y con una noche toledana/tudelana por delante de esas que hacen que al día siguiente seas tu propia sombra (cosa normal) y si te he visto no me acuerdo. Digo yo que la piedra, el cálculo, lo que fuera, diría eso, valga la redundancia. Porque aquí no ha habido más seísmos, quitando las lógicas réplicas posteriores.

Que siga así, amén.

Mompou

Veinticinco años sin Federico Mompou, silencio sonoro de Mompou. Permanecen impresas en papel las notas (pocas) de esta música del silencio, que no música silenciosa, sino mínima, íntima, honda. Nació Mompou en la Barcelona de los últimos días del XIX de padre catalán y madre francesa. Dicen las biografías, y dicen bien, que estudió en el París de los Impresionistas donde tomó nota de la luz y de los colores que alumbran también la música, pero antes, de chaval, el sentido del oído había descubierto la magia de las resonancias de los armónicos, las irisaciones de los sonidos, en las vibraciones de la fábrica de campanas de su abuelo.

Todo en Mompou se encuentra en el detalle. En el detalle mínimo encontramos al Mompou máximo, al hombre que se definió como “persona de pocas palabras y músico de pocas notas” pero que tenía el don de decir suficiente y decirlo hondo. No es música resumida, insustancial, epidérmica: es música destilada, esencial. Volvió Federico Mompou a Barcelona cuando la I Guerra Mundial estalló en Francia. De aquel horror, Maurice Ravel escribiría una obra para piano en blanco y negro (porque se puede escribir una obra en blanco y negro para las teclas blancas y negras del piano) que es un panteón sonoro a los amigos músicos caídos en el frente, “Le Tombeau de Couperin”, pero en la tranquilidad de la casa de Barcelona, a la sombra sonora de la fuente rumorosa de alguna plaza cercana, Mompou se puso a dibujar con punta fina unas hojas transparentes, “Impresiones Íntimas”. Allí estaba ya todo: la personalidad, el lenguaje, la forma y el fondo. Mompou fue un compositor que empezaba y terminaba en sí mismo, porque lo suyo no venía heredado ni podía dejar herencia, es lo que tiene poseer un don que ni se aprende ni se enseña sino que te toca como una lotería mágica e inexplicable. Ya sólo faltaba encontrar en los versos de San Juan de la Cruz, “la música callada, la soledad sonora” la descripción exacta de su ideario estético y vital.

Vino Mompou, habló en su música (poco y hondo, como en la confidencia de un secreto) y volvió al silencio, hace ahora veinticinco años. Queda todavía el aire estremecido por la melancolía de su música sabia cada vez que el corazón la busca.

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Entrevista

emejota: ¿se puede?
EMEJOTA: pues claro, adelante.
m.j: gracias, venía dubitativo porque como esta tarde tiene usted otra entrevista…
M.J: ya, pero usted viene por ese mismo motivo.
m.j: pues sí.
M.J: tome asiento, tome asiento. Cuidado con ese montón de carpetas. Cuidado con esas cajas. Salte, sí… Eso, muy bien. ¿Un zumito?
m.j: no, gracias. Esta habitación parece una carrera de obstáculos.
M.J: estamos acostumbrados de sobra a eso. En fin, usted dirá. Soy todo suyo hasta dentro de… veinte minutos.
m.j: en realidad soy todo suyo las 24 horas del día porque soy una proyección de usted mismo.
M.J: ya lo sé, pero hay que guardar las formas. Hale, pregunte.
m.j: pongamos en antecedentes a nuestros oyentes y…
M.J: un momento: ¿oyentes o lectores?
NARRADOR: en realidad, creo que ambos nombres son válidos, si se me permite intervenir, porque cuando leen, oyen. Y, modestia aparte, me oyen a mí.
m.j: bien, como iba diciendo, humm… ¿dónde estaba?
M.J: en los antecedentes.
m.j: Ah, sí, los antecedentes: hoy a las 7 de la tarde va a ser entrevistado en un acto público a celebrar en un centro dedicado, según leo en su web, a la promoción, el impulso y desarrollo de la sociedad de la información.
M.J: así es.
m.j: pero me ha dejado perplejo el título: “Cómo escribir un blog de éxito”
M.J: a mí también, la verdad. ¿Tenemos un blog de éxito?.
m.j: eso lo tengo que preguntar yo, que para eso soy el entrevistador.
M.J: ya, bueno, pero yo lo lanzo al aire en plan reflexión y tal. No sé si tenemos un blog de éxito, lo que sí que creo es que somos un blog sobreviviente.
m.j: interesante matiz, por ahí quería ir. ¿Qué pasa con esto de los blogs?
M.J: los está matando Twitter y el horrendo Facebook.
m.j: parece convencido.
M.J: estoy convencido.
m.j: (¿algún día nos aclarará su fobia a Facebook?)
M.J: (fobia azul, fotofobia, claustrofobia, añada todas las fobias. No sé, igual algún día. Es que no quiero ni pensarlo, me entra una pereza azul terrible)
m.j: salgamos del paréntesis para poder avanzar. Estábamos en lo de las redes que, según usted, están marcando el declive de los blogs.
M.J: según yo no, eche un ojo por ahí y compruébelo.
m.j: ¿y a qué atribuye las causas?
M.J: son varias las causas. Hay prisa por leer, eso lo primero, y hay prisa porque no hay tiempo y aunque haya tiempo. Vivimos como el conejo blanco, con la ansiedad de que nos come el tiempo. Luego está el factor pereza: para qué escribir/leer algo largo si se puede hacer más corto, en plan sms, en 140 caracteres. Y, ya puestos, permítame añadir algo que me parece un poco preocupante: porque cada vez sabemos expresarnos peor (cuando escribimos) y porque hay una progresiva laguna carencial en la comprensión de lo que se escribe.
m.j: vaya, pues sí que estamos bien.
M.J: pocas cosas están bien ahora.
m.j: sin embargo, esto choca con el objetivo de la entrevista, que no es otro que el de animar a quien quiera aventurarse en la escritura de un blog.
M.J: no choca, en todo caso lo hace interesante y dice bastante de la función que desempeñan quienes lo organizan.
m.j: Jumm.
M.J: ¿Jumm?
m.j: ¿debo pensar que eso lo dice para hacer la pelota a estos señores?
M.J: ¿Me está llamando pelota? ¿Por qué iba a serlo?
m.j: yo solo preguntaba.
M.J: no, no solo preguntaba: sospechaba. No sea malo y reconduzca, tenemos poco tiempo.
m.j: de acuerdo: quedamos en que somos un blog superviviente. Hombre, al respecto también habría que decir que…
M.J: …lo sé, lo sé, que hemos llevado una larga temporada un poco guadianas, apareciendo y desapareciendo, irregulares, asincopados, no me agobie.
NARRADOR: perdón. Le estoy leyendo a una señora de Oviedo el post del 20 de noviembre de 2005.
M.J: ¿y cuál es?
NARRADOR: el de Pulgarcito según Ravel.
M.J: vendrá de parte de Google.
NARRADOR: en efecto.
M.J: será alguien que está viendo la serie “Once Upon A Time”.
NARRADOR: eso ya no lo sé. Yo a mandar y a contar.
m.j: ayer recogió en el blog una cita que alertaba de que los Twitter y compañía no eran indexados por los buscadores.
M.J: indexar, curiosa palabra.
NARRADOR: (anglosajona palabra)
M.J: no es exactamente eso, lo que no buscan los buscadores (valga la redundancia) son los enlaces portadores de la información, y esos enlaces son (eran) los que nos ayudaban a propagarnos o a propagar nosotros los contenidos ajenos que nos resultaban interesantes.
m.j: habría que hacer algo y volver a las antiguas costumbres, ¿no cree?.
M.J: eso mismo pensé ayer cuando leí el texto. Pero no creo que una cosa excluya a la otra. Una red como Twitter puede propagar momentáneamente un post recién publicado.
m.j: usted lo ha dicho: momentáneamente.
M.J: sí, pero hay personas que han llegado aquí, y quien dice aquí a otros blogs, a través de Twitter.
m.j: como veo que empieza a mirar al reloj, déjeme incidir en un punto de la intervención de esta tarde que me ha llamado mucho la atención y que no quiero que se me escape.
M.J: dispare. ¿No será lo del streaming?
m.j: bingo. Le propusieron retransmitir el acto en directo vía internet y ha dicho que no a publicar el enlace en el blog para que pudieran verle los lectores estén donde estén.
M.J: bueno, es complicado, ¿sabe? Se lo propusieron a Mariano y dijo que no le importaba, que adelante, hasta le pareció divertido.
m.j: ¿entonces?
M.J: a emejota le da cierta cosilla.
m.j: ¿¿nos da cierta cosilla??
M.J: así es.
m.j: ¿pero entonces no somos Mariano? No me asuste.
M.J: pues claro que lo somos, pero es complicado explicarlo, o no, no sé. Si me pongo en la piel del lector creo que cada uno se ha hecho una imagen de emejota propia.
m.j: que no quiere decir que sea falsa.
M.J: no, no. No es falsa. Es solo que cada cual envuelve las palabras en el tono y en la piel que su imaginación decide. Es que, mire, desde que yo ví “El Señor de los Anillos” ya no es lo mismo, ¿sabe? De pronto, la geografía mental de aquel lugar desapareció de mi cabeza, como tragada por la niebla de “La Historia Interminable”
m.j: ¡Por todos los Santos! ¿se está comparando a un clásico?
M.J: no diga bobadas, es un ejemplo. Además, yo no so soy un clásico: soy mayor, es distinto.
m.j:> ¿pudoroso? ¿coqueto a estas alturas de la edad??
M.J: Ande, ande, no va a haber conexión en directo y punto. Ya contaremos si eso en diferido. Y si no, a otro post y ya está.
m.j: ¿sabe? tengo curiosidad por lo de esta tarde.
M.J: y yo. A ver qué tal. No se siente muy cerca.
m.j: ¿acaso le pongo nervioso?
M.J: prefiero tomar esa precaución, sencillamente.
m.j: obviaré ese comentario. ¿Algo que añadir para terminar?
M.J: sea puntual, no llegue tarde.

Reflexión

Existe un problema, generado por el uso generalizado de las redes sociales, que ha conseguido que disminuyan el número de enlaces entre blogs y, por consiguiente, que disminuya el contenido en la red. El tema es interesante ya que la tendencia apunta a que somos nosotros mismos quienes estamos haciendo que el entramado de la red que nos unía sea cada vez más débil. Los enlaces en las redes sociales, además de por su permanencia fugaz, no generan contenido dentro de Internet ya que son obviados por los buscadores…”

Leído aquí citando a este post. Enrique Vila-Matas lo recoge hoy, a su vez, en El País.

Usos

lagrimaDesde que los teléfonos sirven para sacar fotografías puedes traerte a casa fragmentos fascinantes del mundo, como el que hemos visto hoy con ojos que miran y se abren de repente y le hacen decir oh a la voz que piensa por dentro, en ocasiones hasta con varias haches seguidas y otras con una hache no sólo sola y muda sino hasta seca. Múltiples son las manifestaciones del asombro. Hay un papelito blanco dispuesto para anotar números de teléfono, cuentas de multiplicación, listas de la compra, las cosas que sean, patrocinadas todas ellas por el producto que, abajo a la izquierda, lleva impreso eso que tanto llama de repente a las puertas de la atención y que asegura que existe una nueva lágrima para uso diario. Quizá sea necesaria una nueva lágrima para uso diario, lo que no sabemos es para qué. El llanto es una sorpresa siempre.

Saramago, cuyas novelas son un tratado de las lágrimas, ahí lo dejo para quien quiera estudiar el asunto, sostiene en el “Memorial del convento” una tesis sobre la naturaleza purgadora de algunas lágrimas. Observa el llanto de Blimunda y nos lo describe en tono de susurro, “le fluían despacio las lágrimas”, dice, porque hay lágrimas que caen a peso y otras que te acarician la mejilla para que duela menos, digo yo, no sé; para saber, el de Saramago, y lo sabe con tanta certeza que para los escépticos y los descreídos que pudieran quedar se apoya con decisión en la ciencia de bata blanca: “si hubiera aquí un médico diría que así purgaba los humores del nervio óptico ofendido, tal vez tuviera razón, quizá las lágrimas no sean más que eso, el alivio de una ofensa”. Luego vino el perro de las lágrimas del “Ensayo sobre la ceguera” que en un acto de piedad e impotencia solo pudo lamer las lágrimas de la mujer del médico. Y no sé qué se nos anuda más en la garganta, si ese instante o aquel otro que sucede en el Hotel Bragança, dentro de “El año de la muerte de Ricardo Reis”, mientras Lidia pasa nerviosa la plancha. “Si puedo, voy esta noche”, dice para sí con la ansiedad de los amores inciertos, velados y desvelados, “y pasa nerviosa la plancha, está sola en el planchador, éste es el traje que el señor doctor Ricardo Reis llevará al teatro, me gustaría ir con él, tonta, pero qué te crees tú, seca dos lágrimas que han de aparecer aún porque son lágrimas de mañana, ahora aún está Ricardo Reis bajando la escalera para cenar, aún no le ha pedido que le planche el traje, y Lidia aún no sabe que llorará”.

Siempre habrá una nueva lágrima de uso diario en la esquina inferior del papelito donde anotamos la lista de la compra. No sabemos, sin embargo, qué fue de las lágrimas derramadas en los usos del pasado. Quizá se evaporaron formando nubecitas deshilachadas en el firmamento de la memoria.

Carnaval

Recuerdo aquella secuencia maravillosa de Berlanga, tan esperpéntica ella, aunque decirlo sea redundancia, en la que una banda de música en procesión festiva se cruza con esa otra procesión luctuosa de un entierro como si nada y ese como si nada es brutal e indiferente como la vida misma. Recordé entonces, en su primer visionado y en los siguientes, aquella obra de Debussy en la que dos procesiones, ambas festivas pero en compás y tono diferente, se cruzan en la noche dionisiaca del alborozo explotando en caleidoscópico colorido en la plaza imaginaria que evoca el compositor. Hoy, tecleo estas letras mientras la prensa digital informa en directo de las manifestaciones masivas en todo el país en protesta por la reforma laboral y mientras esas manifestaciones avanzan, o lo intentan, otras, las del Carnaval, lo hacen por su propia senda al son del colorín. Está pasando. Lo primero lo leo desde una de las pestañas del navegador abierta a la prensa y lo segundo lo padezco porque transcurre en sonoro disparate al otro lado de la ventana que tengo a mi izquierda. Bendita cortina.

Si quieres participar de la escena, valga que imagines la banda sonora que forman unas pacíficas melodías andinas, unos cantos tiroleses, la banda municipal tocando Por la calle de Alcalá, unos aires euskaldunes de esos de percusión hosca y chiflidos agudos y una charanga de verano. Todo a la vez, superpuesto y yo sobrepuesto a la adversidad cacofónica que duele, sí, máxime cuando uno es refractario al Carnaval; refractario por lo que anuncia (la llegada de la temible primavera, el adiós al invierno necesario del recogimiento) y porque, seamos francos, es bastante cutre. La diferencia entre lo de Berlanga y lo de esta mañana es que lo de Berlanga era en blanco y negro y esto parece que es en color; de hecho, los atuendos lucen en color por technicolor pero el resto es más negro que blanco. Da igual que reformen, que condonen, que abran el grifo de los euros, que haya reuniones. Hay en el aire una sensación rara, como si algo fuera inevitable desde hace tiempo y, ante la inclemencia irremediable, el desfile tuviera que seguir, cada uno desempeñando en él su papel con su disfraz correspondiente.

Se incorpora a la banda sonora de la calle una melodía pentatónica oriental. Me asomo. Si lo piensas un momento, esto no es un desfile de Carnaval sino una manifestación de lo que hay, de quienes viven todos los días en esta ciudad puestos en fila todos juntos. Veo mucho colorín desfilando en orden entre tonos sonoros que chocan en áspera e insoportable disonancia y lo que me llama la atención es que la gente agolpada en la acera viendo pasar el asunto tienen, todos, un aire mustio y luego, corren sin correr a su casa.

Todo quiere parecer normal pero debajo del disfraz nada lo es.

SMS

Prueba pericial, dos puntos, análisis del contenido de mi teléfono móvil, compartimento de los SMS. Objeto de la presente, dos puntos, intentar arrojar luz a los interrogantes planteados por la sobresaltada vibración, seguida de la correspondiente iluminación de la pantalla cual halo espectral, que la pasada madrugada, a las, un momento, sí, a las dos cero nueve, anunció la llegada del mensaje que a continuación se reproduce con remitente desconocido (pero reincidente):

“A ver……. respira un poquito, toma oxígeno, mírame de frente y ven”

Y qué hizo usted. Pues alcé la ceja. ¿Y eso? Pues, no sé, póngase en mi lugar. Comprendo, ¿y advirtió algo más fuera de lugar, algo que le llamara la atención? ¿Aparte del mensaje en sí? Aparte del mensaje en sí. Pues los siete puntos suspensivos. ¿Cómo dice? Digo que los siete puntos suspensivos. Los puntos suspensivos son tres; si son más, me desconciertan, porque establecen una laguna que tiende a perder el compás (y el sentido). Pero tenemos entendido que hubo otra cosa, ¿es así? Es así. Explíquese. Lo haré, dos puntos, no era la primera vez que recibía un mensaje de ese teléfono… Perdone, pero, entonces, ¿usted tiene en su agenda de contactos ese número? No, no, pero estos aparatos tienen memoria y tras el sobresalto momentáneo, el mensaje apareció rápidamente archivado tras otro de, un momento, ya lo tengo, del treinta y uno de enero de dos mil once y eso me inquietó más. ¿No se referirá usted al “célebre” mensaje? ¿”Célebre”? Sí, bueno, las comillas son un eufemismo, ya sabe, puntos suspensivos. No, no lo pillo, sinceramente, hábleme claro que tengo un deterioro neuronal importante desde que cumplí los cuarenta años y no me entero. Me refiero al día que usted recibió en su teléfono móvil, ejem, y disculpe pero leo textualmente del cuaderno de actas, el siguiente mensaje de remitente desconocido:

“T gusta la idea de mi boca en tu entrepierna? Mi aliento cálido en tus huevos?”

¡Ah, (risas) ya no me acordaba! No, no, eso fue cuando tenía otro número y estaba en otra compañía (telefónica), ya ve, lo mío con los sms es una cosa muy rara; eso a lo que usted se refiere es todavía anterior y está recogido en el archivo del blog, si clica aquí lo comprobará, fíjese, 22 de septiembre de 2008, cómo pasa el tiempo, tan callando y tal. Entonces, a qué mensaje anterior (pero no tan anterior al 22 de septiembre de 2008) se refiere estando relacionado con el que hoy nos ocupa. Pues a uno que decía:

“Tienes a tu actor en el programa de cuatro -el hormiguero-. Un abrazo”

Umm.

Sí, umm.

Entonces esos mensajes son de alguien que le conoce. Eso parece, pero creo que yo no, o no acierto a comprender quién de mis conocidos le daría un sustillo al teléfono durmiente para decirme, de madrugada, que, dos puntos, abre comillas, A ver……. respira un poquito, toma oxígeno, mírame de frente y ven, cierra comillas. Y con siete puntos suspensivos, un derroche sin sentido pero consentido. Sinceramente, creo que el mensaje no era para mí, pero imagine que sí, no sé, qué raro es todo, ¿verdad? Perdone, estaba distraído pensando que, coma, ¿no ha pensado, ni aquella vez ni esta, marcar ese número de teléfono? Pues no, qué pereza, imagínese la de cosas que puede uno encontrarse, quién sabe si indeseables. En ese caso poco podemos hacer. Salvo esperar. Esperar el qué. Un nuevo mensaje, ya sabe, no hay dos sin tres. Si eso ocurre manténganos informados. Así lo haré. Mientras tanto, mantenemos el expediente abierto y no procederemos a su archivo. Pues gracias. Que tenga un buen día. Igualmente, esto, puntos suspensivos, ¿dónde está la salida? La salida está al final de esta frase.

Profecías

Una mañana mitológica, en el claro de un bosque frondoso, pongamos por caso, algún profeta habría que, dirigiéndose con pasos de sandalia hacia el oráculo, se asomaría al espejo del agua para conjugar el porvenir, verbo futuro donde los haya. Vería entonces a gentes atemorizadas de otras gentes, apiñadas una sobre otra en grandes cuevas verticales. Vería -sin verla- que la vida gira en torno a una bolsa con be mayúscula, de volumen, material, contorno y textura desconocidos pero que latiría marcando el ritmo de la existencia, ahora llenándose, ahora vaciándose.

Vería cosas increíbles que nadie más habría visto, más allá de la constelación de Orión. Vería el Metro de Madrid, el chicle de fresa, las mantillas de Semana Santa, a Mario Vaquerizo, la asignatura de Técnicas de Intervención Cognitivo-Conductuales II, a unos niños hiperalimentados pintando un mural sobre el hambre en el mundo durante la catequesis, a la MTV, actores progres con criada filipina en su mansión, a la Unión Europea, el Tuenti, el inquietante tinte caoba del presentador de la tertulia de Intereconomía, la derecha y la izquierda, los sucedáneos de pescado con sabor a cangrejo, a bichos extraños con cuerpo de cangrejo y cabeza de diputado como asegurará haber visto Woody Allen con unas gafas que, a simple vista, infunden credibilidad; a los niños soldado, la misa de siete, los brokers, el misterio de Ylenia Carrisi, la reforma laboral, el egoísmo sordo y ciego (y contagioso), la condonación de la deuda de la deuda de los intereses de la deuda, la duda de los que adeudan, la deuda de los que dudan, las palomitas de colores, el representante de Belén Esteban en la tierra, la tranquilidad y la confianza de las gentes en el progreso certificada por unos teléfonos inteligentes fabricados por personas en condiciones de cucaracha, el edredoning, el drama de las colas del paro, el drama de las colas ante el nuevo iPhone para hacerse con el primero, el Carrusel Deportivo, salchichas de silicona dentro de los labios, cualquier domingo por la tarde, el burka, Nati Abascal, Silvio Berlusconi, las listas de espera, los robots humanos de Corea del Norte, las nuevas Lay´s sabor barbacoa, la externalización de los informativos, un modisto francés abanicándose el botox, el retiro de los banqueros, la soledad de los números primos, Kiko Rivera sentado en un trono entre aplausos de sus súbditos, el número de atención al cliente de MoviStar, la deconstrucción gastronómica, el cierre de ambulatorios, el descaro de los políticos, los trajes de los políticos, el desolador murmullo del vestíbulo de la Estación de Atocha cualquier día a cualquier hora, Angela Merkel, el paro de contrato indefinido, los comedores de los colegios, la quema de calorías en los gimnasios, las agencias de calificación, las agencias de descalificación, los ansiolíticos, la meditación, el cibersexo, los consejos de ministros, el capitán Alatriste, el cambio de divisas, el desahucio, las gafas de 3D, las votaciones de Eurovisión, la nanotecnología, un billete de turista para un viaje espacial, la falta de vacunas, las pantallas táctiles sin que su consumación sea pecado, la mentira como herramienta de supervivencia, la resignación en los atascos.

El profeta vería estas cosas y agitaría con su mano la superficie del agua para turbarla intentando hacer desaparecer la nefasta visión. Después de eso, a quién podría extrañarle que dictaminase una fecha para el fin de los tiempos.

Muertos

American Horror StoryAviso: este post revela tramas. Cuidado. Quien quiera seguir leyendo, avisado queda. Dicho esto, empezamos. Los minutos iniciales del episodio piloto de “American Horror Story” contienen una impecable secuencia que, al mismo tiempo, juega hasta con cierto descaro, por abundantes y explícitos, con guiños y referencias del género de terror. Quiero decir que no sólo nos presenta un arranque tópico y típico (una mansión de los años 20 en el soleado Los Angeles en la que tuvo lugar una tragedia en algún momento del pasado y adonde acude a vivir, desde Boston, una familia) sino que al hacerlo, se vale de elementos que nos recuerdan a tal película, a tal secuencia, a tal episodio de tal serie, ya sea por una frase dicha, por la presencia de un personaje arquetípico o por un motivo musical. Y, sin embargo, no es parodia lo que estamos viendo. Es el prometedor arranque de una narración que, pronto, nos convence de que si hace eso no es por falta de ideas sino que sobre lo de siempre, está dispuesta a construir algo sobre dos conceptos: posibilidades (muchas) y desarrollo (original y de gran recorrido). Y lo hace en doce entregas de 45 minutos que son los que conforman la primera temporada de una de las series revelación del año que se consumen con inquietud, curiosidad y desasosiego permanente.

Entra la cámara en esa mansión, entramos nosotros tras ella agazapados por lo que pueda pasar, y el montaje de las imágenes es rápido, no escatima en tomas ni en ángulos; a veces el plano trastabilla unos fotogramas, como si la cámara tiritara de miedo, o parpadeara de forma nerviosa. Tensión. Pasan cosas y pasan pronto; pasan en pasado y se solapan con el presente. Y con ese campo abonado, fértil, amplio, escuchamos la llegada de la familia, estamos nosotros en la casa para recibirles, como si fuéramos anfitriones. No sabemos, nos lo revelará la propia historia (americana, de horror), que algo de eso va en la receta de la serie: “estar” en la casa, “ser” de la casa. La casa, la mansión, trasunto de la casa encantada de tantas historias de terror (americanas o no), es un organismo con vida propia. Llega la familia y el andamiaje de la historia se completa con un casting perfecto. Establecidas las premisas, el decorado y los personajes, falta lo mejor: empezar a jugar a un juego perverso movido por una mente inteligente.

En el día a día de esta familia que ha cruzado el país de costa a costa para huir de su propia zozobra y empezar de nuevo, el esposo dedicando una estancia a su consulta privada de psiquiatría, la esposa intentando quitar el manto rancio de tanta mansión con ayuda de Moira, la asistenta, la hija adolescente encerrada en su habitación adolescente escuchando su música adolescente mientras se pinta las uñas de las manos de color adolescente; en el día a día, decía, comienza a aparecer gente: el paciente de la consulta, la pareja de decoradores de interiores, una amante despechada, los niños del vecindario. Y sorprende la habilidad de los guionistas en hacer natural el tránsito in crescendo de tanta gente que viene pero no se va, en hacer natural que los vecinos transiten la casa a cualquier hora como si no hubiera puerta y que lo hagan tanto si están los propietarios o no. Antes de que el espectador caiga en la cuenta, algo abrumado, de que la mansión se ha poblado de gente como en aquel camarote de los hermanos Marx, recibe el gran shock: están muertos. Muertos y bien muertos, aunque parezcan y aparezcan vivos y coleando. No hay apariciones espectrales, sábanas blancas, transparencias, no; no hay distinción, en la pantalla de “American Horror Story”, entre los vivos y los muertos, de tal manera que los muertos hablan, se enamoran, discuten y copulan con los vivos creando una desazón extraña y nueva en el espectador que no aparta la mirada porque sabe que lo próximo será del todo inesperado y sorprendente. Lo novedoso sazonado con esos guiños y referencias a las que antes aludía y que parecen la burla condescendiente que el narrador de la historia de fantasmas hace a sus sobrecogidos oyentes.

Descomunal la presencia de Jessica Lange en esta serie. Las series son, en Hollywood, el limbo de las estrellas retiradas por la edad de la pantalla grande que lo quiere todo nuevo y sin arrugas. Lange aparece aquí más que viva y que muerta, aparece babyjanesca, polanskiana, agria y agrietada, tensadas las cuerdas de violín de su cuello, las mandíbulas prietas, histriónica e histérica, desencajada, vecina diabólica, cerebro de la trama. Elegante. Genial.

Suena el timbre de la mansión. Llega alguien. A esa casa, durante doce episodios, puede llegar quien quiera. Lo difícil es salir. Sus habitantes pertenecen a la casa.

Frío

El termómetro se vino abajo y yo me puse el pijama a media tarde (y no estaba malo).

Eso fue el viernes pasado y es algo inusual. Que me ponga el pijama a media tarde. Ahora que lo pienso, es inusual que me lo ponga a media tarde aunque esté malo. No me lo pongo hasta que me voy a dormir y punto. Yo creo que me lo puse como una forma de decir me escondo, o me desentiendo, o a refugio, o desconecto, o de aquí no me muevo o algo similar. Terminé los quehaceres, el termómetro se vino abajo tal y como predijo el hombre del tiempo en todas las cadenas (en cada cadena, el hombre del tiempo tiene un aspecto y cuerpo distinto; en algunas, hasta de mujer), comenzó a soplar de terrible manera el viento del Norte haciendo que temblaran los cristales de la ventana y que el frío penetrara a través de las múltiples capas de abrigo con las que los viandantes se envolvían sin mucho éxito y yo me puse el pijama. A partir de ahí pasó algo curioso y es que el tiempo cronológico del fin de semana se difuminó y eso sí que me hizo recordar los días en los que te ponías malo de las anginas y tenías que quedarte un casa una breve temporada, desconectado de la EGB. Pasaba entonces que el tiempo se difuminaba. Que el tiempo se difumine quiere decir que puede llegar un momento en que no sabes exactamente qué día es y, lo que es mejor, que no tiene importancia. Eso produce un placer especial, como un aturdimiento sin aturdimiento, como una anestesia sin somnolencia; en definitiva, un estado mental apetecible. Atrincherado en uno mismo, comienza un periodo en el que te entregas a hacer cosas o a echar una cabezada en el sofá mientras afuera el aliento siberiano estremece los arbolitos de abajo y brama en las esquinas donde las calles confluyen. He descubierto que ya no tengo la misma defensa ante el frío. Antes lo transitaba con cierta satisfacción, entiéndase como tal que sí, que el frío intenso quema (qué paradoja térmica), que no invita a la exposición y tal pero cuando tocaba hacerlo, por obligación o porque no quedaba otro remedio, no me veía indefenso, o algo parecido, que es una sensación que he tenido esta semana en un par de ocasiones, cuando llegó el tiempo de abandonar el pijama y salir del escondite donde se acumulaban las historias de los libros, la tranquilidad del halo de la lamparita y el silencio confortable.

Ahora vuelve a ser viernes y vuelve el frío. En realidad no vuelve, se revuelve y refuerza, porque no llegó a marcharse. El aire forma remolinos en las aceras, el termómetro vuelve a índices negativos y el cielo (oh, ese cielo) adquiere por la tarde una tonalidad azul polar, que es un azul profundo, nítido, limpio, de una belleza tal que el reloj queda ensimismado mientras tú aprovechas para colarte en un paréntesis de las horas.