Esperanzas 4 enero, 2012
Escrito por emejota en : Series, Televisión , 2 comentarios , trackback“Te dije que podÃa hacerte llorar”
No fue por la lima. Fue por el trozo de pastel. Se lo dice el convicto Abel Magwitch a Pip: “el miedo te hizo traerme la lima para cortar los grilletes pero lo que te movió a traerme un trozo de ese pastel fue el corazón”. Un gesto asÃ, tan pequeño pero suficiente como para haber prendido una luz en las tinieblas de Magwitch durante años lo explica todo. Ay. Durante tres noches consecutivas, esta pasada navidad, los telespectadores de la BBC One asistieron a la hipnótica y sobresaliente adaptación de “Grandes esperanzas” en formato miniserie. Mucho Dickens habrá este año, año conmemorativo, bicentenario del nacimiento de este hombre prolÃfico y misterioso, mucho, asà nos lo cuenta el biógrafo Peter Ackroyd en su excelente y voluminosa monografÃa, “El observador solitario”, al fin traducida al castellano. Un huevo el precio, oiga, no es poética la expresión, ya lo sé, pero menos poético es lo que uno exclama cuando da la vuelta al tocho y ve la etiquetita con el precio. En fin, reyes, he sido bueno y tal. A lo que estamos. Las esperanzas. Grandes esperanzas. Fue Lidia la que me puso tras la pista de esta adaptación cuando aún quedaban ecos en el aire del pase por la tele inglesa y la red se llenó de cumplidos de esos que abren el apetito. Una vez degustado el asunto, yo me quedo con un adjetivo: hipnótica. Los ingleses hacen muy bien las series, hacen mejor las adaptaciones de lo suyo, pero aquà han hecho una cosa asombrosa, algo tocado por una varita mágica, una belleza que, sin embargo y por exigencias del guión, no tiene piedad, tiene frÃo, una cosa desolada, permÃtaseme el homenaje dickensiano en forma de juego semántico que además es certero en la descripción porque asà son los hilos de la historia original que Dickens anuda y nos anuda en la garganta de manera ejemplar.
“Grandes esperanzas” habla del auge del niño Pip desde la pobreza en la herrerÃa apartada en un lugar inhóspito a la alta aristocracia londinense. Esa es la bóveda de una historia sostenida por misteriosos benefactores, lóbregos lugares e intenciones y constantes dickensianas que aparecen aquà y allá como la injusticia de la justicia que reparte lo mejor de sà misma al mejor postor. Y la novia. Esta novia cadáver, la señorita Havisham, que nos recibe en la mansión sepulcro vagando con su polvoriento vestido de novia, recorriendo descalza las habitaciones podridas donde aguarda, fosilizado por el polvo y los relojes detenidos, su pastel de boda en la mesa del banquete todavÃa dispuesta, trastornada desde que recibió la nota en la que alguien se llevaba su corazón y su alma y la dejaba amortajada con las manos frÃas y las flores marchitas, los labios costrados como los elegantes espejos desconchados de los salones que reflejan lo que la luz que se filtra por las ventanas viene a desnudar con grosera intención, nos hipnotiza con su presencia ultraterrena, el halo de luz que la rodea, su voz, el tono de las palabras (susurro monocorde y gélido, frÃo lamento en forma de dulce letanÃa). Nos fascina y nos hipnotiza como lo hace a Pip la primera vez que es requerida su presencia en la mansión sin saber que la mano de la fortuna se va a posar sobre sus hombros.


Desciende como un espectro la novia por la gran escalinata y acaricia con la mirada maternal a Pip atormentando sus oÃdos hasta las lágrimas con voz de niña: “La agonÃa es exquisita, ¿verdad?. El corazón roto, crees que vas a morir pero sigues viviendo un dÃa y otro dÃa y otro terrible dÃa”. Silencio absoluto por parte del espectador para quien el reloj también se detiene mientras la cámara está allà dentro, deslizándose por las estancias de esa casa encantada. Quedan, por supuesto, las demás cuestiones, esas que pareciendo paralelas confluyen para formar el todo impecable y perfecto de esta narración inolvidable: el asunto de los abogados, prosperar en los salones de la aristocracia, la felicidad y la herida del amor, los fantasmas que retornan, los esfuerzos por quitarse de las espaldas el peso de los orÃgenes. Y asà durante muchas páginas.




“Grandes esperanzas”, como sus hermanas, fue publicada por entregas en “All the year round” desde el 1 de diciembre de 1860 hasta agosto de 1861 y posteriormente salió de imprenta en forma de voluminosa novela. En su versión por entregas, concluÃa siempre dejando al lector en vilo, asà lo requerÃa el género y asà lo dispuso Dickens al trazar el plan maestro de la narración. Brilla aquà la adaptación hecha por la guionista Sarah Phelps pero, ¿qué no brilla aquÃ? La dirección de Brian Kirk, un casting perfecto, una ambientación impecable fotografiada con maestrÃa. El universo que Dickens alienta dibujando palabras con la tinta puebla los lugares, enciende las emociones, enfrenta a los corazones, despide a los muertos, ansÃa los besos, derrama lágrimas, tiene miedo. Y esperanzas. Todos albergan esperanzas, grandes esperanzas. La esperanza de salir de la miseria, de prosperar, la esperanza de obtener el perdón, o la esperanza de creer en la bondad de quien un dÃa, a pesar del miedo, quiso llevar un trozo de pastel al monstruo hambriento.
Post-It 2 enero, 2012
Escrito por emejota en : Asuntos propios , Añade un comentario , trackback-Se me acumulan las cosas para el dÃa y para el blog.
-Comprar el pan.
-Y hay algo que se me olvida, para variar.
Números 1 enero, 2012
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 4 comentarios , trackbackMi sobrina Isabel y yo pusimos las uvas en los platos en ese espacio de espera que va del postre de la cena a las campanadas. Los mayores hablaban. Carlos revoloteaba por ahÃ. El Ãndice de Isabel contaba, nueve, diez, once, falta una, tÃo, y yo desgranaba un racimo grande, dándole vueltas y buscando, según a quién correspondiera el plato que estábamos preparando. Este es de mamá, pónselas normales. Este es para la abuela, se las ponemos medianas. Este es de Carlos, pónselas pequeñitas. Oye tÃo, qué, las mÃas me las pones pequeñas también, vale, a ver, ¿como ésta?, umm, vale, pues toma, cuenta, faltan dos, segura?, sÃ.
Sonaron las campanadas, doce, qué cosa, toda la vida ante el mismo reloj, el mismo ritual, pero siempre con esa emoción tonta o no, según, porque es divertido colocarse todos como una piña en el sofá y en los sillones frente a la pantalla portando el plato con las uvas, la copa de cava cerca y repasando las instrucciones del juego para recordatorio de los peques, lo de los cuartos, sonarán unas campanadas rápidas pero esas no cuentan, no?, no, ya os dirá mamá cuándo hay que empezar. Las primeras campanadas traen un silencio concentrado, las siguientes alguna risa, siempre, la última levanta una felicitación general y nos levanta igualmente del sofá y los sillones y da lugar a los besos, las felicitaciones y al tintineo de las copas, campanadas inadvertidas. Cuando se acerca mi madre, la veo venir, sé que va a alargar el beso y que me va a apretar con la mano el antebrazo, como una señal que no dice nada diciendo todo lo vivido, o sobrevivido, doce meses atrás. Nadie se da cuenta pero no importa porque queda entre los dos, para contar, ya hemos contado los cuartos, uno, dos, tres, cuatro, y venga, va, que empiezan, las campanadas.
Es divertido jugar al juego de las uvas con Isabel y Carlos porque, sin quererlo, le inyectan un nervio de niños contagioso al que nos entregamos todos. Aún estamos dándonos los últimos besos cuando serpentinas de colores sobrevuelan nuestras cabezas formando arabescos fugaces en el aire, las lanzan ellos entre risas y mofletes colorados. A Carlos a veces se le escapa el rollo entero porque todavÃa no le ha pillado el punto, o porque pierde el hilo de colorÃn con la carcajada. Sea como sea, el tÃo, es decir, yo, terminará como los últimos años rebozado en colorines, llevando algo similar a una peluca del dieciocho pero multicolor y despeinada, arrastrando metros de cinta morada, roja, verde y amarilla en tirabuzones que llegan hasta el suelo para mofa de los enanos.
El juego decae en su última fase. Es lo que tiene lo de las campanadas, que siempre dices, pues ya está, o piensas, pues ya estamos allá, siendo allá aquÃ, un año más. Y a los mayores se nos pone como un algo pensativo (y a tà también) que dura poco porque algo dices, o haces, o propones volver a la mesa, o llamas, o te llaman. Este año la novedad la trajo Isabel cuando nos convocó a la mesa para jugar al Bingo. ¿Al Bingo? SÃ, exclamó ella estirando la i y dando palmadas de alegrÃa. Mi hermana y yo nos miramos porque recordamos aquellas navidades lejanas en las que, después de cenar, en esa hora que los niños disfrutan especialmente porque han cruzado el umbral del reloj que las demás noches del año les está vedado, jugábamos al bingo con la abuela que desde el extremo de la mesa hacÃa girar el bombo, sacaba una bola y decÃa el número que todos buscábamos en silencio mirando de reojillo el cartón de números del de al lado. Qué cosa tan simple pero eficaz ese juego, escuchar la letanÃa de números, poner una ficha si el número dicho está impreso en el rectángulo de cartón que te entregan, la emoción sencilla pero divertida por una recompensa simbólica, la pregunta inevitable, ¿ha salido el treinta y cinco?, el igualmente inevitable me he quedado a uno, y asÃ.
Dijimos que sà y todos ayudamos a despejar la mesa porque a nadie nos dio pereza y se nos despertaron las ganas de disfrutar de un rato de juego entre mayores y pequeños. Isabel sacó su bingo infantil, nos sentamos todos en nuestros sitios, las fichas a un lado, el cartón de los números a la vista, rizos de serpentina de colores en algún rincón, y empezó a girar el bombo. Veintisiete, decÃa Isabel toda digna. Ochenta y cuatro, silencio, tres, silencio, cuarenta y nueve, ese lo tengo, y yo, pues yo aún no he dado ni uno, sesenta y dos, seis-dos, silencio para que el bombo siga girando, y asà hasta una lÃnea y después un bingo. Y otra partida.
Unas partidas después llegó la hora de partir, y unos se fueron a su casa y otros se quedaron en ésta. Yo me quedé un rato a solas en el sofá, en el mismo donde todos nos habÃamos apretujado para las campanadas, pero ahora en el silencio de la habitación, pensando, contando y descontando, lo vivido y lo que vendrá. Lo vivido es contable y aunque cambie el año y el uno de enero aparezca en la cumbre nevada del nuevo calendario, suma y sigue. Lo que venga es un interrogante. Lo que hay entre medio es el pequeño paréntesis de tranquilidad que te reservas en el silencio del sofá, un rato, total, mañana nadie se levantará pronto, no hay prisa. Hubo navidades de saltos de esquÃ, ventanas con vaho en los cristales helados que frotabas con el puño para ver un invierno gris que te invitaba a quedarte dentro, un concierto de año nuevo con melodÃas que los mayores escuchaban y que te hacÃan sentirte seguro mientras en la alfombra edificabas un Exin Castillos y desde la cocina venÃa un olor reconfortante.
Quiero vivir todos los dÃas de este calendario.