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Tareas 30 enero, 2012

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 6 comentarios , trackback

-Mire, como voy a tener que volver a inyectarle en diez minutos, quédese aquí cómodamente y así no cierro la vía.
-Mujer, tanto como cómodamente…
-Es que así no cierro la vía, no se preocupe.
-Vale, vale, si yo soy muy obediente…

Obediente pero aburrido. Llevaba 2 horas en el pasillo de la Clínica, sentado en las sillas colocadas junto a las puertas del Servicio de Medicina Nuclear, puertas decoradas con los pertinentes símbolos disuasorios, avisos, prohibiciones, timbres (no pase, llame y espere, zona restringida, etc) y un ruído no molesto, pero sí constante, como de reactor de Fukushima manso, con los átomos en su sitio. Detrás, el madrugón, el viaje, el hielo que te encoge el amanecer, las cumbres nevadas alrededor. Y en ayunas.

-No hacía falta que viniera en ayunas.
-Vaya…
-Pero ha hecho bien ante la duda porque se nos olvidó avisarle.
-Ah.

Tenían que sacarme una cantidad notable de sangre, pasarla a la técnico que esperaba parapetada en un atuendo digno de La Amenaza de Andrómeda dispuesta a marcar con un isótopo los glóbulos rojos (espero que no todos, aunque eso no menguaría la admiración que me ha producido la técnico por la laboriosa tarea que le esperaba durante los siguientes noventa minutos y que podrían extenderse hasta los ciento veinte de manera absolutamente comprensible). Y entonces empezaría la prueba, un poco liosa: volver a introducir la sangre extraída y, con reloj en mano, sacar un poquito a los 10 minutos, después a los 20 y, finalmente, a los 30. La técnico nuclear tenía tarea, la enfermera encargada de manipular mi vapuleada vena tenía la suya y yo lo mismo. La tarea de un paciente mentalizado de que tiene que volver a tener paciencia es esa: entregarse con resignación y colaboración. Cedida la sangre de mi sangre al laboratorio del que provenía el ruído nuclear y visto al pasar, con el rabillo del ojo, el brillo de las pantallas de unos monitores del grosor del átomo, me he dirigido a la cafetería. Un donut de chocolate, mejor dos, y una cocacola. Sí, lo sé, no es una bebida de desayuno muy ortodoxa pero cuando el cuerpo pide una cierta ayuda para levantar la flojera, una cierta dejadez como de batería baja, pues viene bien y sienta mejor.

Y a esperar.

Precavido, llevaba conmigo el último libro de Elvira Lindo, que aunque ha titulado “Lugares que no quiero compartir con nadie” conmigo se mostraba dispuesta. Qué bien sabe contar las cosas esta mujer. Tanto que en una pausa entre capítulos lo he escrito en una red social por si algún oficinista aburrido lo leía y se decidía a tomar nota de la recomendación. Y entre lectura, mensaje e intervenciones en la vía abierta en mi vena en un cuartito de la minicentral nuclear, hemos llegado al momento del:

-Mire, como voy a tener que volver a inyectarle en diez minutos, quédese aquí cómodamente y así no cierro la vía.
-Mujer, tanto como cómodamente…
-Es que así no cierro la vía, no se preocupe.
-Vale, vale… si yo soy muy obediente…

Obediente pero aburrido. Y como durante la intervención previa había notado una vibración del móvil en el bolsillo derecho de mi pantalón, forma que tienen esos aparatos de decirte, eh, que tengo que decirte una cosa, en cuanto ha salido la enfermera he dejado el brazo izquierdo encima de la mesa, convaleciente, como en reparación, como cuando en La Guerra de las Galaxias arreglaban a C3PO, y el brazo derecho ha cogido el móvil del bolsillo, que es como la espada de luz, le das a un botón, se ilumina y tal. Era Elvira Lindo, créetelo, esas cosas pasan en las redes de internet, que un mensaje tuyo se engancha en una red y alguien, al otro lado del océano, concretamente desde Manhattan, sale a pescar a la hora del desayuno y se lo encuentra. Y contesta (amablemente y con agradecimiento, dicho sea de paso) a mi recomendación de “Lugares que no quiero compartir con nadie”. Y con el móvil en la mano, me he dicho, hale, y me he sacado un autorretrato parcial, demostrativo de lo obediente que uno es con las tareas que se le asignan. Las realizas, las terminas, y después sientes el cansancio.

A descansar.