Consulta

A las 9 y 20 de la mañana, el médico, hematólogo, me estrechaba la mano y yo me fijé enseguida en que del bolsillo de su bata blanca, no el bolsillo de la cintura sino el bolsillo cardiaco, pendían uno dos tres y cuatro bolígrafos. Pensé, por un momento, que los bolígrafos ahí dispuestos quizá equivalían a los galones de los uniformes militares, algo así como una escala de méritos según el número de historiales escritos. La observación quedó en el aire, como un sin más, ante la sorpresa que me deparó la pregunta temida: ¿qué nos ocupa?, que es una variante del igualmente temido ¿qué le pasa?. Sabido es que treinta años después, esta pregunta me anuda la impotencia a las amígdalas, me paraliza, me corta el aliento. Sin embargo, este hombre preguntó eso entrelazando los dedos y vi que había maneras, arte, carisma, quizá fuera una comprensión o un interés franco o un saber llevar la cosa. El caso es que la cosa llevó al caso que nos ocupaba y la técnica pedagógica de este hombre, o sus habilidades psicológicas (todavía no sé bien de qué se sirvió ni cuál de los bolígrafos colgantes de su bolsillo recompensaba tal habilidad, sin duda admirable) le hizo reconducir enseguida los hilos al cauce que nos había reunido en torno a un enigma irresuelto desde 2002, mes arriba, mes abajo: ¿por qué la médula se vuelve loca? ¿por qué la médula fabrica tanta sangre y de esa manera, y por qué esos efectos secundarios -secundarios pero tan presentes- no terminan de encajar?

El médico escuchaba y tecleaba en su ordenador y mientras respondía a sus preguntas, el sentido de la observación hizo de las suyas y reparó en que el hombre utilizaba todos los dedos de sus manos para escribir, cosa insólita en lo que a mi experiencia en consultas se refiere. Los médicos, muchos de ellos, escriben a dos dedos, los índices, y este blog reparó en aquel otro que lo hacía con el índice de una mano y el dedo corazón de la otra indefectiblemente. Y eso tiene que ser por algo, me pregunté en aquel post, esté donde esté en el historial de los posts. Quedó irresuelta la pregunta, obviamente. También quedará sin resolver el enigma de la médula loca, pero eso será luego, la consulta va a ser larga y minuciosa, y eso debería promover la concesión de un quinto bolígrafo simbólico a la bata del médico, que se había propuesto bucear en el historial en busca del resultado de una prueba, la masa eritrocitaria, realizada por el servicio de medicina nuclear de otro hospital hace años, recuerda cuándo fue, me preguntó, uy, respondí yo, ni idea. Me ahorré decirle que si me preguntara algo de 1976 seguro que le podía contestar pero que los últimos años, la semana pasada, anteayer mismo, son una inexistencia en mi memoria. Y entonces decidí no ahorrármelo y decírselo, por si algo tuviera que ver, qué se yo. En las novelas de detectives, los inspectores y los Poirot alzan la ceja o el dedo ante detalles en principio irrelevantes. En las enfermedades autoinmunes pasa algo así, aunque echamos en falta una Agatha Christie que nos resuelva las incógnitas en el capítulo final.

El médico puso expresión de humm y, con gesto concentrado, pasó la lengua por la comisura de los labios antes de escribir en su teclado y eso inició un interrogatorio conciso, veloz, directo. Ansiedad, ; opresión en el pecho, ; periodos de cierta confusión mental? especifique confusión mental, por favor, es que la vida me es confusa de por sí desde el punto de la mañana. Me refiero a lapsus, pensamiento ralentizado, dificultades para encontrar la palabra que se quiere decir e incluso dificultades al pronunciarla. Jolín, a todo. No dije jolín, es una licencia literaria que expresa admiración. Puedo añadir algo, pregunté. Claro, respondió él. Pues que pasan esas cosas y lo contrario, es decir, hiperactividad mental, pensamiento acelerado, aunque luego me quedo apático, es horroroso aunque no duela, no sé, puntos suspensivos.

Bien, dijo el médico en tono de subidón, vamos a buscar. Y dirigiéndose a la enfermera que estaba a su izquierda que era mi derecha (porque hay una enfermera en este post, no la habíamos puesto en letras porque no había dicho nada pero no deberíamos subestimar su papel, enseguida se verá el porqué y eso que no lleva bolígrafos encima) le preguntó, me ayudas a buscar, claro, respondió ella animosa, nariz respingona, ojos muy despiertos. Y el médico cogió de la mesa con cierto cuidado el voluminoso cartapacio abierto de uno de los volúmenes de mi historia clínica y se lo pasó en un movimiento ralentizado destinado, sin duda, a que en la maniobra no se cayera ningún papelito, electro, dossier, valoración radiológica, algún capítulo del serial, y ella lo recogió con idéntico cuidado, como si recibiera un documento valioso, y se puso a buscar un dato que debería estar entre finales de 1999 y el 26 de febrero de 2000. Mientras tanto, el médico buscó en otro cartapacio y se hizo un silencio de biblioteca. Un ligero alzamiento de mi ceja manifestó cierta sorpresa y fascinación al comprobar que mi vida entera estaba ahí, en esos gordos legajos desperdigados encima de la mesa, algunos de ellos con los bordes desgastados o con papeles queriendo asomar de las carpetas, tochos como de notarías o de archivos de pleitos antiguos, en los que amanuenses diversos habían anotado con detalle el devenir del desastre en tintas azules o negras, picudas algunas, anchas otras, ilegibles todas las grafías como manda el canon médico, rubricadas por números que se referirían a pulsos, tensiones arteriales, niveles de proteína C reactiva, hematocritos, recuentos leucocitarios, indicadores hepáticos. El médico pasaba hojas muy deprisa, la enfermera hacía clic en su monitor o volvía a la lectura analógica de papeles porque, según dijo, las historias estaban informatizadas a partir del año 2000 y había que tener un ojo en la pantalla y otro en las carpetas.

Se buscó, se encontraron incongruencias, se encontró lo que se buscaba, se encontró que había que pedir otras cosas, pero lo bueno vino cuando el hombre preguntó, por sorpresa, y tal pregunta merece un punto y aparte:

-¿Le han dicho si puede padecer la enfermedad del sueño?

Para nada era esperable algo así de un hematólogo que busca un resultado de masa eritrocitaria que le ilumine en la respuesta de por qué la médula se vuelve loca. Enfermedad del sueño, repetí yo. Sí, apnea, despertares bruscos con falta de aire, dijo él. Me quedé pensativo. Pensé, por un instante, en el sueño del post de abajo, el del Papa tocando el Lux Aeterna en versión cake walk y casi me dio risa y casi me dio pereza todo. Lo que estuvo claro es que, definitivamente, todo está confuso.

-Pues no.

Esa fue mi respuesta en sustitución al párrafo anterior y, además, sin faltar a la verdad.

-Pues lo vamos a estudiar.
-Ah.
-Sí, porque igual nos llevamos una sorpresa aunque…
-….?
-Esto no me termina de encajar.
-El qué.
-Los datos y algunos síntomas, no lo veo.
-¿No verlo quiere decir que no está?
-No verlo quiere decir que tenemos un problema.
-Ah.
-Haz una petición para la prueba del sueño.

La frase última se la dijo a la enfermera y mietras ella cogía el teléfono y marcaba una extensión al mundo onírico, el médico me explicó en qué consistía la prueba, muy sencilla. Tendremos los resultados rápidos. No sabía el médico que la enfermera, poniendo una mano en el auricular, movimiento tan de consulta, iba a dar la noticia de que el tiempo de citación para soñar rondaba el año. Un año, preguntó el médico en tono de sorpresa. Un año, pregunté yo en el mismo tono. Un año, respondió la enfermera en tono de decir yo no tengo la culpa. Pues yo quiero ver al paciente en dos meses sí o sí. Aunque no haya resultados, preguntó la enfermera. Aunque no haya resultados, respondió el médico. Un apretón de manos firme, acompañado de una mirada menos firme, de esas que dicen, chico, no sé, a ver qué podemos hacer, dio por terminada la consulta y el post venidero, que es éste. En la cafetería, pedí un donut de chocolate y una cocacola. Lata, botella o tirador, preguntó la camarera. De tirador, por favor.

4 pensamientos en “Consulta

  1. C.

    Mariano, fantástico post. E intrigados nos dejas. Un beso muuuy agradecido y un abrazo con muuuucho cariño, jo.

  2. Pilar

    Ay Mariano, como cuentas eso tan malo que son las batas blancas de los médicos, las consultas,las pruebas, los diagnósticos…. uffff, no te dan ganas de salir corriendo……?
    Como te dice C. fantástico post.!
    Un abrazo muy fuerte con mucho animo Mariano

  3. Marcos

    Me gusta este médico y el post, si no fuera por lo de tener que ir al médico y vérselas con esas batas blancas y esos galones en forma de boli (Bic, Pilot, Montblanc??). A veces los (buenos) médicos tienen que hacer de detectives y encontrar relaciones un poco raras. En cualquier caso, no te preocupes por la prueba del sueño (salvo si en la prueba vuelves a ver al Papa haciendo cosas extrañas). Un abrazo fuerte y ánimo. PD: ¿qué tal sabe la Coca-Cola de tirador?

  4. emejota Autor

    La cocacola de tirador para mí es la mejor si no lleva mucha soda de esa de relleno insípido. Creo que la prefiero porque lleva menos gas. Me gusta la cocacola con poco gas, sí, soy raro :)

    Pues a veces sí me dan ganas de salir corriendo, Pilar, y otras también. Y otras de quedarme sentado todo el rato y que se vaya el médico si quiere. Pero no queda otra.

    Gracias, C, pero el mérito del post lo tienen el médico y la enfermera. Me autoadjudico, no obstante y con todo descaro, un boli (bic).

    Abrazos!

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