Resumen

Cosas que han pasado desde el último post hasta este momento:

-Compré una tarta. De chocolate. Me costó decidirme porque soy indeciso, porque el olor de las pastelerías me desconcentra (me llevaría el olor envuelto, de mayor quiero una pastelería) y porque creo yo que no entré muy convencido en la pastelería. Convencido no es la palabra adecuada. Convencido estaba. Entonces cuál es la palabra que define la indecisión pastelera. Ah, ahí está el dilema. No importa, encargué una tarta para el día siguiente porque iba a celebrar mi cumpleaños con tres amigos. Una cosa sencilla, normal. Podían estar más, podía no haber habido cena. Hubo lo que tocaba y estuvo bien, aunque hice la observación, mientras la tarta esperaba al postre, que cuando un grupo de personas habla de anécdotas de los tiempos del instituto es que nos hemos hecho mayores. Hacerse mayor no me importa, lo que me desasosiega es mirar atrás y saber que lo pasado, pasado está, y que la vida es tan implacable que no te permite recuperar, rebobinar o repetir un solo segundo. Me desasosiega eso, sí. La tarta estaba rica, pero más dulce supo la compañía de la gente que te quiere. Este año, sentirlo era especialmente reconfortante y necesario.

-Me detuve a observar. Observé el desconcierto de la gente, el desconcierto de los escaparates y las tiendas vacías; contemplé el desconcierto de los árboles desnudos erguidos en estos atardeceres azules y tibios que el termómetro certifica con una quincena de grados francamente raros. Esa frase de James Barrie que dice “Dios nos dio la memoria para poder tener rosas en diciembre” ya es sólo eso, una frase hermosa, porque en diciembre estos ojos vieron en la tele cómo el hombre del tiempo enseñaba una foto de rosas de Murcia. En diciembre. También ha caducado esa otra frase que dice “frío sol de invierno”. Sólo queda de ella la palabra sol. Caminas por el campo y hay un verde primaveral aunque las sombras que proyecta el sol del atardecer son de la largura y de la talla del invierno. Y la luz es de un membrillo de septiembre. Creo que en el interior de las personas está pasando un poco lo mismo, que andamos esperando a que la aguja de la brújula se detenga y nos diga dónde estamos o hacia dónde dirigir los pasos. Si me equivoco, mejor. De todas formas, a mí la frase de Barrie me sigue poniendo un pequeño e inexplicable nudo en la garganta. El misterio de las emociones es lo único que se mantiene intacto.

-Me subió la tensión. Otra vez, sí, pero más. Mucho. Me inyecté la dosis correspondiente de elixir 2.0, la cabeza empezó a doler, una opresión en el pecho como cuando uno se sofoca, como cuando subes corriendo unas escaleras hasta un quinto piso y tienes que dar un mensaje y el aliento se entrecorta y te protesta el corazón, igual. Me miré en el espejo y tenía la cara roja de una forma que me asustó un poco. Recuerdo cuando mi hematóloga decía: tiene el color rubicundo característico de la poliglobulia. Lo decía como si se refiriera a alguien que no estaba en la consulta puesto que en la consulta sólo estábamos ella y yo. Yo me miraba al espejo cuando volvía a casa y no veía a nadie rubicundo. Me veía a mí. Sin embargo, me pasó este incidente el otro día, me miré en el espejo y me ví rubicundo y lo siguiente. Esta poliglobulia algún día nos dará un susto. No lo digo yo, lo dice algún médico; si lo dijera yo no utilizaría el plural, ni siquiera en ese uso que le daba Miguel Induráin cuando salía en la tele a pie de bici, te acuerdas? Pues eso.

-Descansé, leí, trabajé, y entre esas cosas, en las comas que las separan, reparé una vez más en el comportamiento sorprendente, errático, previsible, imprevisible, admirable, etc, de las conductas, de los decires, de los entusiasmos, de los bajones. Cómo somos, verdad? En ocasiones pienso si yo serviría como psicólogo, si en el fondo tendré un componente vocacional o una propensión, una inclinación hacia los asuntos que atañen a la observación y disección de las cosas relacionadas con la conducta humana. Pero como la idea de haber podido ser psicólogo me da pereza, me siento al piano y toco una melodía en La Mayor de Mozart. Qué pintará una cosa con otra, se preguntará el lector. Pues nada, supongo, pero Mozart, en La Mayor, es un bálsamo, como una nana que mece las yemas de los dedos que se deslizan en andante por el teclado mientras cierras los ojos y te sientes seguro.

En resumidas cuentas, a grandes rasgos, eso pasó.

5 pensamientos en “Resumen

  1. Marcos

    – Los buenos momentos, los buenos amigos y los buenos recuerdos (al igual que el olor de la pastelería) bien merecen el envoltorio y el lazo propios de los buenos regalos.
    – Me encanta cuando te pones a observar porque sabes ver (ver ve todo el mundo, pero saber ver, vete a saber, sólo unos pocos). Creo que la brújula se rompió y ahora nos toca guiarnos nosotros solos.
    – Los médicos suelen hablar para sí mismos aunque miren a los ojos del paciente; por eso usan esas palabras tan raras que el paciente no entiende pero cuyo significado conoce mejor que el médico. Dichosos efectos secundarios…
    – ¡Cómo somos! y ¿cómo somos? Exclamación y pregunta, con una misma respuesta: somos difíciles o, mejor, complejos. La música sabe mucho de psicología, así que claro que tienen que ver (que se lo pregunten al La Mayor y al La Menor, a ver qué responde cada una).
    – Otro guión para un abrazo.

  2. Pilar

    Vivo como puedo…..si,
    y,
    vivir como quiero es un sueño…. y un deseo.
    Animo emejota, cuando seas mayor y tengas una pastelería, yo te compraré tartas de chocolate, soy una laminera incurable.
    Un beso

  3. emejota Autor

    Así, en guiones :)

    -C: pueeees… Mañana o el miércoles?
    -Pilar: recibidos los datos, tengo pendiente escribirte un mail. Gracias mil.
    -Marcos: después de pulsar “publicar” recordé que había otras cosas hechas desde el último post, tengo la memoria fatal, ya irán saliendo :)
    -toni, pues lo que le decía a Marcos: pasan muchas, tantas que la memoria se despista y tal.

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