Archivo por días: 18 enero, 2012

Espejos

Volví a la Universidad de Navarra por un rato a la misma aula, mismo edificio, mismo alumnado con quien he compartido ratos tan agradables para intervenir unos minutos en la presentación del poemario “El espejo roto de Alicia”, de Alicia Redel. Me subí al tren a media mañana y el recorrido lo hice en compañía telefónica de Esther, que llamó cuando el tren comenzaba la marcha. Como único equipaje, la tableta digital que se ha convertido en imprescindible: con ella recibo y respondo correos, veo películas en los ratos de tiempo libre en hoteles o viajes, escribo en el blog y, una vez en el trabajo, proyecto la presentación en pantalla o leo el guión o los apuntes como los que utilicé ayer. Versátil. Una gozada tenerlo todo a toque de dedo y en un espacio tan ligero.

Me esperaban en la estación de Pamplona Pilar y Carmen, dos ángeles de la guarda que tengo allí y que no sólo te dan mucho cariño y te cuidan requetebién sino que con ellas, además, te ríes mucho y a gusto. Me llevaron a comer a un restaurante italiano. Qué hago yo en un restaurante italiano si no me gusta ni el queso, ni las pizzas, ni el tomate, ni. Pues comer un plato de pasta con un poquito de ajo y aceite de oliva y si la pasta es buena y está bien hecha, como era el caso, de sobra y tan feliz, créeme. De postre, las trufas de chocolate de la fotografía del post de abajo que, de paso, publiqué en una red social aunque se supone que ya no estoy en redes sociales porque me he convertido en un antisocial del mundo 2.0. Pero uno es pecador y reincidente. Con moderación, eso sí. Vibró mi móvil y alguien desde el ciberespacio me decía el nombre del restaurante ante mi asombro y, de paso, me decía buen provecho. Gran Hermano? El Show de Truman? Miré a mi alrededor. Humm, pensé, porque se puede pensar eso, como en los comics, aunque mi amigo Miguel me corregiría y diría Jumm, porque dice, y tiene razón, que el matiz en el tono es importante. Ví a gente comiendo pasta en todas sus variedades. Seguí a lo mío, a lo nuestro. Completó el menú la conversación y la compañía y para qué pedir más.

Después nos trasladamos al Edificio Central, ese en el que el portero ya me conoce y me dice pase, pase antes de que yo le diga apenas más que las buenas tardes. Qué verde volvía a estar ese campus que parece como de sitio nórdico. En el Aula 30 me reencontré con rostros familiares y saludé y me saludaron, sonreí y me sonrieron, me dieron la bienvenida y yo les dí las gracias. Son los alumnos del programa Senior, los veteranos mayores de 55 años que cursan su propia universidad aprendiendo una variedad grande de cosas todas las semanas del curso, desde asuntos de Derecho a innovaciones en el tema de los trasplantes pasando por asuntos de literatura y lo que se tercie. Desde hace dos años, yo me encargo de los bloques temáticos de música y cinematografía y llevo con orgullo que el curso pasado me eligieran padrino de la promoción.

Eso explica las sonrisas, bienvenidas y abrazos de ayer aunque yo no fuera en calidad de profesor sino de alguien que interviene unos minutos, pocos, para contar su experiencia ante el libro que se presentaba. Y cuando digo la experiencia ante el libro me refiero a lo que pasa por tu cabeza desde que lo tienes físicamente en la mano y te asomas a la portada por vez primera, lees el título, “El espejo roto de Alicia”, y te acuerdas de esa Alicia a través del espejo, Alicia Liddell, aunque esta Alicia es Alicia Redel, curiosa similitud sonora, sin duda no casual. Los poetas tienen la facultad de pasar al otro lado del espejo desde donde hablan de la verdad profunda de las cosas con palabras de insinuación entre otras muchas habilidades. Te asomas a ese espejo y ves en portada la fotografía de un estallido de cristales (espejo roto) formando una tesela de cristalitos que te sugiere dos cosas antes de que la autora te hable desde el prólogo y después desde el corazón de sus poemas: ese caleidoscopio puede sugerir la multiplicidad de matices con la que los poetas son capaces de mirar, apreciar y ahondar en un mismo concepto pero también sugiere la posibilidad de encontrarnos ante una fractura, una cicatriz de cristal. Encontré mucho de lo primero y mucho de lo segundo y así lo dije y pasé a explicarlo. Antes habló un profesor de literatura que puso la nota erudita, después habló la autora. Me gustó reencontrarme con la gente y con el lugar en un rol distinto (que no distante) y después de todo eso aún Renfe nos dio media hora larga de permiso para que pudiéramos merendar mis dos ángeles de la guarda y yo en la estación.

En el viaje de regreso, la mala de una serie (que no una serie mala) decía cosas vengativas a los buenos de la serie en el espejo de la tableta digital. Hay series que duran lo que dura el trayecto y eso está muy bien. Empiezan, pasan cosas en ella, miras y escuchas lo que dicen a través de los auriculares mientras el tren avanza envuelto en la noche temprana del invierno. Las notas que has leído en la universidad siguen en la misma pantalla, no sabes si detrás de la serie o plegadas en algún cajón. Son un enigma estos artilugios, pero son una maravilla. Te ayudan, te lo ponen fácil, y poco a poco vas depositando en ellos lo que eres, lo que quieres, lo que precisas.