Reyes

Noche de Reyes. La guirnalda de luces eléctricas que durante unas semanas al año une esta fachada con la de enfrente sabe que tiene los brillos contados: el lunes, colegio. Los Reyes han pasado hace unas horas y yo, para variar, no les he hecho ni caso porque es como que me pican en la piel, me parecen muy horteras y me bajan la tensión haciendo necesaria una visita a la bandeja de mazapanes. No sé si todavía los críos pasan por la tradición de irse a dormir temprano y nerviosos porque mañana, tachán, hay reparto de ilusiones o si las ilusiones se las ha llevado hace tiempo la gráfica apabullante de la Playstation 3 haciendo que ahora mismo estén ante la tele aburridos de la vida. Yo creo que aunque la ilusión perdure, cada vez más arrinconada en un lapso de años menor, antes funcionaba mejor porque éramos más inocentes y porque las cosas excepcionales se daban en días excepcionales y entonces las sorpresas respondían por su nombre de pila. A mí me hacía ilusión recibir el Cine Exín y encerrarme en mi cuarto y convertir las tardes en noches para asomarme con ojos de pasmo a la ventana de luz que se abría en un trocito pequeño de pared; y lo mismo el Electro-L, con el que construía circuitos eléctricos que lo mismo hacían sonar un timbre que encendían una hilera de bombillas al apretar un botón. Las bombillitas del Electro-L son la magdalena proustiana de mi infancia así que mejor pasaremos rápidamente a otro juguete o no acabamos en una decena de volúmenes. Pongamos los Madelman. Y el Exín Castillos, aunque su fantasma también hace de resorte magdalenesco al igual que las rígidas facciones de los Madelman y el neopreno del Madelman submarinista y el…

Vale, dejémoslo.

Quería parar en lo de los libros. Que a mí me gustaba recibir juguetes como los del párrafo anterior, claro, y mucho, pero también los libros que dejaban los reyes eran recibidos con emoción. ¿Eso pasa también ahora? ¿Fui un niño raro y eso explicaría tantas cosas posteriores? Para cuando los reyes dejaban un libro yo ya me había leído los 33 volúmenes de Los Hollister y todo lo que Enid Blyton había escrito a la sombra de la botella de ginebra. Fui un lector precoz y devorador, mi infancia son los lugares y las aventuras que salían en los libros, soy yo dentro de esos libros. El descubrimiento de la lectura, el mero hecho de leer, fue una sorpresa tan grande y me puso las pilas de tal manera que un día vino una profesora en mitad de la clase de ta-te-ti-to-tu, me cogió de la mano y me llevó enfundado en la bata de parvulario a otra clase que estaba al lado pero que suponía saltar un año. Una cosa rara que presenció el pasillo del colegio con silencio y clandestinidad en algún momento de una tarde cualquiera. Me pregunto si ese salto temporal, como de suceso paranormal, sería el responsable de que yo nunca viera Bambi ni la presunta y traumática muerte de la madre que parió a Bambi. Décadas después, esos niños y niñas que ya no lo eran comentaban en una cena el disgusto todavía fresco en la mente y yo me hacía el compungido solidario pero ni idea, la verdad. Me pregunto, igualmente, si eso sería responsable también de que yo jugara en mi habitación a hacer programas de radio muy serios y profesionales. Imagínese: las cuñas de publicidad pregrabadas en una cassette BASF a la única radio local en FM que se escuchaba aquí; los discos elepés birlados por un rato de la colección preadolescente de mi hermana y el boletín de noticias servido por los servicios informativos del periódico que mi padre dejaba en la mesa del salón. Yo leía algo de la crisis del petróleo, ponía dos cuñas de publicidad y daba paso a una música de Pink Floyd. Con todo eso, que dejara a Bambi en el bosque se comprende.

En ocasiones me pregunto, y antes me ponía mustio pero ahora ya no o no tanto al preguntármelo, dónde quedó ese niño o, más concretamente, la persona que surgió de esa infancia, porque es como si ese salto temporal que supuso pasar de un curso a otro en mitad de la semana hubiera dejado en el pasillo la curiosidad insaciable y sobre todo la hiperactividad mental (que no física, o no tanto). Lo del pasillo es una metáfora, claro, pero me viene muy bien para explicar esto. El caso es que entre aventura y aventura, proyecto y proyecto, muchas veces aventuras simultáneas y proyectos igualmente simultáneos, la lectura era una ventana igual de importante e ilusionante que la que el Cine Exín dibujaba con luz en la pared para enseñar su fantasmagoría con la banda sonora de la rueda dentada que al accionar la palanquita empujaba el paso de los exiguos pero infinitos metros de celuloide (¡el cine sin fín!, gritaba el anuncio de la tele). Y yo ahora veo la cara de mi sobrino Carlos cuando Papá Noel le deja un par de libros y es una cara de circunstancias que me llama la atención. Sospecho, de todos modos, que puede que no sea lo mismo que un libro te lleve a viajar 20.000 leguas de viaje submarino o a adentrarte en el Castillo del Terror de Los Tres Investigadores a que te presente a Kika Superbruja, seguro que sus personajes tienen menos hondura psicológica y tal. Haber conocido la cola de pegar Konrad de Pippi Calzaslargas tiene sus ventajas aunque a la tele no le hubieran sacado aún los colores (ni ella a nosotros). Por cierto, la palanquita del Cine Exín (ahora adelante, ahora atrás, ahora más rápido, ahora alto ahí) también tiene su punto magdalena. La infancia es un producto de repostería.

3 pensamientos en “Reyes

  1. Lidia

    Julio Verne. Ahora mismo no se me ocurre otro autor que tenga raíces más profundas en mi infancia. Si repito su nombre tres veces mientras hago chocar los talones, vuelvo a 1984. Estoy en mi habitación, leyendo La Isla Misteriosa y descubriendo la verdadera identidad del Capitán Nemo. Soy la pequeña de tres hermanos (los otros dos, chicos), así que me pasé las mañanas de Reyes jugando al fútbol, al fuerte de Playmobil, y a intentar derribar la Estrella de la Muerte con mi caza rebelde. En días como hoy, siento mucha “saudade” de esos tiempos…

  2. Marcos

    En las infancias de ahora queda poco margen para la sorpresa, para la imaginación, para la fascinación, para la ilusión… para leer (ya está todo visto).
    Yo también hacía mis “pinitos” con mi radio-cassette Sony (aún conservo las cintas). Qué tiempos… ains.

Deja un comentario: