Esperanzas

“Te dije que podía hacerte llorar”

Grandes EsperanzasNo fue por la lima. Fue por el trozo de pastel. Se lo dice el convicto Abel Magwitch a Pip: “el miedo te hizo traerme la lima para cortar los grilletes pero lo que te movió a traerme un trozo de ese pastel fue el corazón”. Un gesto así, tan pequeño pero suficiente como para haber prendido una luz en las tinieblas de Magwitch durante años lo explica todo. Ay. Durante tres noches consecutivas, esta pasada navidad, los telespectadores de la BBC One asistieron a la hipnótica y sobresaliente adaptación de “Grandes esperanzas” en formato miniserie. Mucho Dickens habrá este año, año conmemorativo, bicentenario del nacimiento de este hombre prolífico y misterioso, mucho, así nos lo cuenta el biógrafo Peter Ackroyd en su excelente y voluminosa monografía, “El observador solitario”, al fin traducida al castellano. Un huevo el precio, oiga, no es poética la expresión, ya lo sé, pero menos poético es lo que uno exclama cuando da la vuelta al tocho y ve la etiquetita con el precio. En fin, reyes, he sido bueno y tal. A lo que estamos. Las esperanzas. Grandes esperanzas. Fue Lidia la que me puso tras la pista de esta adaptación cuando aún quedaban ecos en el aire del pase por la tele inglesa y la red se llenó de cumplidos de esos que abren el apetito. Una vez degustado el asunto, yo me quedo con un adjetivo: hipnótica. Los ingleses hacen muy bien las series, hacen mejor las adaptaciones de lo suyo, pero aquí han hecho una cosa asombrosa, algo tocado por una varita mágica, una belleza que, sin embargo y por exigencias del guión, no tiene piedad, tiene frío, una cosa desolada, permítaseme el homenaje dickensiano en forma de juego semántico que además es certero en la descripción porque así son los hilos de la historia original que Dickens anuda y nos anuda en la garganta de manera ejemplar.

“Grandes esperanzas” habla del auge del niño Pip desde la pobreza en la herrería apartada en un lugar inhóspito a la alta aristocracia londinense. Esa es la bóveda de una historia sostenida por misteriosos benefactores, lóbregos lugares e intenciones y constantes dickensianas que aparecen aquí y allá como la injusticia de la justicia que reparte lo mejor de sí misma al mejor postor. Y la novia. Esta novia cadáver, la señorita Havisham, que nos recibe en la mansión sepulcro vagando con su polvoriento vestido de novia, recorriendo descalza las habitaciones podridas donde aguarda, fosilizado por el polvo y los relojes detenidos, su pastel de boda en la mesa del banquete todavía dispuesta, trastornada desde que recibió la nota en la que alguien se llevaba su corazón y su alma y la dejaba amortajada con las manos frías y las flores marchitas, los labios costrados como los elegantes espejos desconchados de los salones que reflejan lo que la luz que se filtra por las ventanas viene a desnudar con grosera intención, nos hipnotiza con su presencia ultraterrena, el halo de luz que la rodea, su voz, el tono de las palabras (susurro monocorde y gélido, frío lamento en forma de dulce letanía). Nos fascina y nos hipnotiza como lo hace a Pip la primera vez que es requerida su presencia en la mansión sin saber que la mano de la fortuna se va a posar sobre sus hombros.


Desciende como un espectro la novia por la gran escalinata y acaricia con la mirada maternal a Pip atormentando sus oídos hasta las lágrimas con voz de niña: “La agonía es exquisita, ¿verdad?. El corazón roto, crees que vas a morir pero sigues viviendo un día y otro día y otro terrible día”. Silencio absoluto por parte del espectador para quien el reloj también se detiene mientras la cámara está allí dentro, deslizándose por las estancias de esa casa encantada. Quedan, por supuesto, las demás cuestiones, esas que pareciendo paralelas confluyen para formar el todo impecable y perfecto de esta narración inolvidable: el asunto de los abogados, prosperar en los salones de la aristocracia, la felicidad y la herida del amor, los fantasmas que retornan, los esfuerzos por quitarse de las espaldas el peso de los orígenes. Y así durante muchas páginas.




“Grandes esperanzas”, como sus hermanas, fue publicada por entregas en “All the year round” desde el 1 de diciembre de 1860 hasta agosto de 1861 y posteriormente salió de imprenta en forma de voluminosa novela. En su versión por entregas, concluía siempre dejando al lector en vilo, así lo requería el género y así lo dispuso Dickens al trazar el plan maestro de la narración. Brilla aquí la adaptación hecha por la guionista Sarah Phelps pero, ¿qué no brilla aquí? La dirección de Brian Kirk, un casting perfecto, una ambientación impecable fotografiada con maestría. El universo que Dickens alienta dibujando palabras con la tinta puebla los lugares, enciende las emociones, enfrenta a los corazones, despide a los muertos, ansía los besos, derrama lágrimas, tiene miedo. Y esperanzas. Todos albergan esperanzas, grandes esperanzas. La esperanza de salir de la miseria, de prosperar, la esperanza de obtener el perdón, o la esperanza de creer en la bondad de quien un día, a pesar del miedo, quiso llevar un trozo de pastel al monstruo hambriento.

2 pensamientos en “Esperanzas

  1. Rachel Benz

    Maravillosa disertación sobre la miniserie. No me quedan dudas, tengo que verla!
    “Dios sabe que no debemos avergonzarnos nunca de nuestras lágrimas, pues son lluvia que cae sobre el polvo cegador de la tierra que endurece nuestros corazones.”

  2. Barbarita

    Dickens es TODO. Y las series que la BBC ha hecho de sus obras son magníficas (esta la vi antesdeayer y me encantó). Pero hay algo que casi nunca captan estas series, por lo menos las que yo he tenido oportunidad de ver, y es el verdadero tono de la narración. Sin el humor, sin la ironía que las caracteriza por momentos, las historias de Dickens pierden el 50% de su esplendor. Yo siempre echo de menos eso en estas adaptaciones, que por otra parte son bellísimas y no hay que perdérselas nunca.

    Abrazos!

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