Números 1 enero, 2012
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 4 comentarios , trackbackMi sobrina Isabel y yo pusimos las uvas en los platos en ese espacio de espera que va del postre de la cena a las campanadas. Los mayores hablaban. Carlos revoloteaba por ahÃ. El Ãndice de Isabel contaba, nueve, diez, once, falta una, tÃo, y yo desgranaba un racimo grande, dándole vueltas y buscando, según a quién correspondiera el plato que estábamos preparando. Este es de mamá, pónselas normales. Este es para la abuela, se las ponemos medianas. Este es de Carlos, pónselas pequeñitas. Oye tÃo, qué, las mÃas me las pones pequeñas también, vale, a ver, ¿como ésta?, umm, vale, pues toma, cuenta, faltan dos, segura?, sÃ.
Sonaron las campanadas, doce, qué cosa, toda la vida ante el mismo reloj, el mismo ritual, pero siempre con esa emoción tonta o no, según, porque es divertido colocarse todos como una piña en el sofá y en los sillones frente a la pantalla portando el plato con las uvas, la copa de cava cerca y repasando las instrucciones del juego para recordatorio de los peques, lo de los cuartos, sonarán unas campanadas rápidas pero esas no cuentan, no?, no, ya os dirá mamá cuándo hay que empezar. Las primeras campanadas traen un silencio concentrado, las siguientes alguna risa, siempre, la última levanta una felicitación general y nos levanta igualmente del sofá y los sillones y da lugar a los besos, las felicitaciones y al tintineo de las copas, campanadas inadvertidas. Cuando se acerca mi madre, la veo venir, sé que va a alargar el beso y que me va a apretar con la mano el antebrazo, como una señal que no dice nada diciendo todo lo vivido, o sobrevivido, doce meses atrás. Nadie se da cuenta pero no importa porque queda entre los dos, para contar, ya hemos contado los cuartos, uno, dos, tres, cuatro, y venga, va, que empiezan, las campanadas.
Es divertido jugar al juego de las uvas con Isabel y Carlos porque, sin quererlo, le inyectan un nervio de niños contagioso al que nos entregamos todos. Aún estamos dándonos los últimos besos cuando serpentinas de colores sobrevuelan nuestras cabezas formando arabescos fugaces en el aire, las lanzan ellos entre risas y mofletes colorados. A Carlos a veces se le escapa el rollo entero porque todavÃa no le ha pillado el punto, o porque pierde el hilo de colorÃn con la carcajada. Sea como sea, el tÃo, es decir, yo, terminará como los últimos años rebozado en colorines, llevando algo similar a una peluca del dieciocho pero multicolor y despeinada, arrastrando metros de cinta morada, roja, verde y amarilla en tirabuzones que llegan hasta el suelo para mofa de los enanos.
El juego decae en su última fase. Es lo que tiene lo de las campanadas, que siempre dices, pues ya está, o piensas, pues ya estamos allá, siendo allá aquÃ, un año más. Y a los mayores se nos pone como un algo pensativo (y a tà también) que dura poco porque algo dices, o haces, o propones volver a la mesa, o llamas, o te llaman. Este año la novedad la trajo Isabel cuando nos convocó a la mesa para jugar al Bingo. ¿Al Bingo? SÃ, exclamó ella estirando la i y dando palmadas de alegrÃa. Mi hermana y yo nos miramos porque recordamos aquellas navidades lejanas en las que, después de cenar, en esa hora que los niños disfrutan especialmente porque han cruzado el umbral del reloj que las demás noches del año les está vedado, jugábamos al bingo con la abuela que desde el extremo de la mesa hacÃa girar el bombo, sacaba una bola y decÃa el número que todos buscábamos en silencio mirando de reojillo el cartón de números del de al lado. Qué cosa tan simple pero eficaz ese juego, escuchar la letanÃa de números, poner una ficha si el número dicho está impreso en el rectángulo de cartón que te entregan, la emoción sencilla pero divertida por una recompensa simbólica, la pregunta inevitable, ¿ha salido el treinta y cinco?, el igualmente inevitable me he quedado a uno, y asÃ.
Dijimos que sà y todos ayudamos a despejar la mesa porque a nadie nos dio pereza y se nos despertaron las ganas de disfrutar de un rato de juego entre mayores y pequeños. Isabel sacó su bingo infantil, nos sentamos todos en nuestros sitios, las fichas a un lado, el cartón de los números a la vista, rizos de serpentina de colores en algún rincón, y empezó a girar el bombo. Veintisiete, decÃa Isabel toda digna. Ochenta y cuatro, silencio, tres, silencio, cuarenta y nueve, ese lo tengo, y yo, pues yo aún no he dado ni uno, sesenta y dos, seis-dos, silencio para que el bombo siga girando, y asà hasta una lÃnea y después un bingo. Y otra partida.
Unas partidas después llegó la hora de partir, y unos se fueron a su casa y otros se quedaron en ésta. Yo me quedé un rato a solas en el sofá, en el mismo donde todos nos habÃamos apretujado para las campanadas, pero ahora en el silencio de la habitación, pensando, contando y descontando, lo vivido y lo que vendrá. Lo vivido es contable y aunque cambie el año y el uno de enero aparezca en la cumbre nevada del nuevo calendario, suma y sigue. Lo que venga es un interrogante. Lo que hay entre medio es el pequeño paréntesis de tranquilidad que te reservas en el silencio del sofá, un rato, total, mañana nadie se levantará pronto, no hay prisa. Hubo navidades de saltos de esquÃ, ventanas con vaho en los cristales helados que frotabas con el puño para ver un invierno gris que te invitaba a quedarte dentro, un concierto de año nuevo con melodÃas que los mayores escuchaban y que te hacÃan sentirte seguro mientras en la alfombra edificabas un Exin Castillos y desde la cocina venÃa un olor reconfortante.
Quiero vivir todos los dÃas de este calendario.