Archivo por meses: enero 2012

Tareas

-Mire, como voy a tener que volver a inyectarle en diez minutos, quédese aquí cómodamente y así no cierro la vía.
-Mujer, tanto como cómodamente…
-Es que así no cierro la vía, no se preocupe.
-Vale, vale, si yo soy muy obediente…

Obediente pero aburrido. Llevaba 2 horas en el pasillo de la Clínica, sentado en las sillas colocadas junto a las puertas del Servicio de Medicina Nuclear, puertas decoradas con los pertinentes símbolos disuasorios, avisos, prohibiciones, timbres (no pase, llame y espere, zona restringida, etc) y un ruído no molesto, pero sí constante, como de reactor de Fukushima manso, con los átomos en su sitio. Detrás, el madrugón, el viaje, el hielo que te encoge el amanecer, las cumbres nevadas alrededor. Y en ayunas.

-No hacía falta que viniera en ayunas.
-Vaya…
-Pero ha hecho bien ante la duda porque se nos olvidó avisarle.
-Ah.

Tenían que sacarme una cantidad notable de sangre, pasarla a la técnico que esperaba parapetada en un atuendo digno de La Amenaza de Andrómeda dispuesta a marcar con un isótopo los glóbulos rojos (espero que no todos, aunque eso no menguaría la admiración que me ha producido la técnico por la laboriosa tarea que le esperaba durante los siguientes noventa minutos y que podrían extenderse hasta los ciento veinte de manera absolutamente comprensible). Y entonces empezaría la prueba, un poco liosa: volver a introducir la sangre extraída y, con reloj en mano, sacar un poquito a los 10 minutos, después a los 20 y, finalmente, a los 30. La técnico nuclear tenía tarea, la enfermera encargada de manipular mi vapuleada vena tenía la suya y yo lo mismo. La tarea de un paciente mentalizado de que tiene que volver a tener paciencia es esa: entregarse con resignación y colaboración. Cedida la sangre de mi sangre al laboratorio del que provenía el ruído nuclear y visto al pasar, con el rabillo del ojo, el brillo de las pantallas de unos monitores del grosor del átomo, me he dirigido a la cafetería. Un donut de chocolate, mejor dos, y una cocacola. Sí, lo sé, no es una bebida de desayuno muy ortodoxa pero cuando el cuerpo pide una cierta ayuda para levantar la flojera, una cierta dejadez como de batería baja, pues viene bien y sienta mejor.

Y a esperar.

Precavido, llevaba conmigo el último libro de Elvira Lindo, que aunque ha titulado “Lugares que no quiero compartir con nadie” conmigo se mostraba dispuesta. Qué bien sabe contar las cosas esta mujer. Tanto que en una pausa entre capítulos lo he escrito en una red social por si algún oficinista aburrido lo leía y se decidía a tomar nota de la recomendación. Y entre lectura, mensaje e intervenciones en la vía abierta en mi vena en un cuartito de la minicentral nuclear, hemos llegado al momento del:

-Mire, como voy a tener que volver a inyectarle en diez minutos, quédese aquí cómodamente y así no cierro la vía.
-Mujer, tanto como cómodamente…
-Es que así no cierro la vía, no se preocupe.
-Vale, vale… si yo soy muy obediente…

Obediente pero aburrido. Y como durante la intervención previa había notado una vibración del móvil en el bolsillo derecho de mi pantalón, forma que tienen esos aparatos de decirte, eh, que tengo que decirte una cosa, en cuanto ha salido la enfermera he dejado el brazo izquierdo encima de la mesa, convaleciente, como en reparación, como cuando en La Guerra de las Galaxias arreglaban a C3PO, y el brazo derecho ha cogido el móvil del bolsillo, que es como la espada de luz, le das a un botón, se ilumina y tal. Era Elvira Lindo, créetelo, esas cosas pasan en las redes de internet, que un mensaje tuyo se engancha en una red y alguien, al otro lado del océano, concretamente desde Manhattan, sale a pescar a la hora del desayuno y se lo encuentra. Y contesta (amablemente y con agradecimiento, dicho sea de paso) a mi recomendación de “Lugares que no quiero compartir con nadie”. Y con el móvil en la mano, me he dicho, hale, y me he sacado un autorretrato parcial, demostrativo de lo obediente que uno es con las tareas que se le asignan. Las realizas, las terminas, y después sientes el cansancio.

A descansar.

Consulta

A las 9 y 20 de la mañana, el médico, hematólogo, me estrechaba la mano y yo me fijé enseguida en que del bolsillo de su bata blanca, no el bolsillo de la cintura sino el bolsillo cardiaco, pendían uno dos tres y cuatro bolígrafos. Pensé, por un momento, que los bolígrafos ahí dispuestos quizá equivalían a los galones de los uniformes militares, algo así como una escala de méritos según el número de historiales escritos. La observación quedó en el aire, como un sin más, ante la sorpresa que me deparó la pregunta temida: ¿qué nos ocupa?, que es una variante del igualmente temido ¿qué le pasa?. Sabido es que treinta años después, esta pregunta me anuda la impotencia a las amígdalas, me paraliza, me corta el aliento. Sin embargo, este hombre preguntó eso entrelazando los dedos y vi que había maneras, arte, carisma, quizá fuera una comprensión o un interés franco o un saber llevar la cosa. El caso es que la cosa llevó al caso que nos ocupaba y la técnica pedagógica de este hombre, o sus habilidades psicológicas (todavía no sé bien de qué se sirvió ni cuál de los bolígrafos colgantes de su bolsillo recompensaba tal habilidad, sin duda admirable) le hizo reconducir enseguida los hilos al cauce que nos había reunido en torno a un enigma irresuelto desde 2002, mes arriba, mes abajo: ¿por qué la médula se vuelve loca? ¿por qué la médula fabrica tanta sangre y de esa manera, y por qué esos efectos secundarios -secundarios pero tan presentes- no terminan de encajar?

El médico escuchaba y tecleaba en su ordenador y mientras respondía a sus preguntas, el sentido de la observación hizo de las suyas y reparó en que el hombre utilizaba todos los dedos de sus manos para escribir, cosa insólita en lo que a mi experiencia en consultas se refiere. Los médicos, muchos de ellos, escriben a dos dedos, los índices, y este blog reparó en aquel otro que lo hacía con el índice de una mano y el dedo corazón de la otra indefectiblemente. Y eso tiene que ser por algo, me pregunté en aquel post, esté donde esté en el historial de los posts. Quedó irresuelta la pregunta, obviamente. También quedará sin resolver el enigma de la médula loca, pero eso será luego, la consulta va a ser larga y minuciosa, y eso debería promover la concesión de un quinto bolígrafo simbólico a la bata del médico, que se había propuesto bucear en el historial en busca del resultado de una prueba, la masa eritrocitaria, realizada por el servicio de medicina nuclear de otro hospital hace años, recuerda cuándo fue, me preguntó, uy, respondí yo, ni idea. Me ahorré decirle que si me preguntara algo de 1976 seguro que le podía contestar pero que los últimos años, la semana pasada, anteayer mismo, son una inexistencia en mi memoria. Y entonces decidí no ahorrármelo y decírselo, por si algo tuviera que ver, qué se yo. En las novelas de detectives, los inspectores y los Poirot alzan la ceja o el dedo ante detalles en principio irrelevantes. En las enfermedades autoinmunes pasa algo así, aunque echamos en falta una Agatha Christie que nos resuelva las incógnitas en el capítulo final.

El médico puso expresión de humm y, con gesto concentrado, pasó la lengua por la comisura de los labios antes de escribir en su teclado y eso inició un interrogatorio conciso, veloz, directo. Ansiedad, ; opresión en el pecho, ; periodos de cierta confusión mental? especifique confusión mental, por favor, es que la vida me es confusa de por sí desde el punto de la mañana. Me refiero a lapsus, pensamiento ralentizado, dificultades para encontrar la palabra que se quiere decir e incluso dificultades al pronunciarla. Jolín, a todo. No dije jolín, es una licencia literaria que expresa admiración. Puedo añadir algo, pregunté. Claro, respondió él. Pues que pasan esas cosas y lo contrario, es decir, hiperactividad mental, pensamiento acelerado, aunque luego me quedo apático, es horroroso aunque no duela, no sé, puntos suspensivos.

Bien, dijo el médico en tono de subidón, vamos a buscar. Y dirigiéndose a la enfermera que estaba a su izquierda que era mi derecha (porque hay una enfermera en este post, no la habíamos puesto en letras porque no había dicho nada pero no deberíamos subestimar su papel, enseguida se verá el porqué y eso que no lleva bolígrafos encima) le preguntó, me ayudas a buscar, claro, respondió ella animosa, nariz respingona, ojos muy despiertos. Y el médico cogió de la mesa con cierto cuidado el voluminoso cartapacio abierto de uno de los volúmenes de mi historia clínica y se lo pasó en un movimiento ralentizado destinado, sin duda, a que en la maniobra no se cayera ningún papelito, electro, dossier, valoración radiológica, algún capítulo del serial, y ella lo recogió con idéntico cuidado, como si recibiera un documento valioso, y se puso a buscar un dato que debería estar entre finales de 1999 y el 26 de febrero de 2000. Mientras tanto, el médico buscó en otro cartapacio y se hizo un silencio de biblioteca. Un ligero alzamiento de mi ceja manifestó cierta sorpresa y fascinación al comprobar que mi vida entera estaba ahí, en esos gordos legajos desperdigados encima de la mesa, algunos de ellos con los bordes desgastados o con papeles queriendo asomar de las carpetas, tochos como de notarías o de archivos de pleitos antiguos, en los que amanuenses diversos habían anotado con detalle el devenir del desastre en tintas azules o negras, picudas algunas, anchas otras, ilegibles todas las grafías como manda el canon médico, rubricadas por números que se referirían a pulsos, tensiones arteriales, niveles de proteína C reactiva, hematocritos, recuentos leucocitarios, indicadores hepáticos. El médico pasaba hojas muy deprisa, la enfermera hacía clic en su monitor o volvía a la lectura analógica de papeles porque, según dijo, las historias estaban informatizadas a partir del año 2000 y había que tener un ojo en la pantalla y otro en las carpetas.

Se buscó, se encontraron incongruencias, se encontró lo que se buscaba, se encontró que había que pedir otras cosas, pero lo bueno vino cuando el hombre preguntó, por sorpresa, y tal pregunta merece un punto y aparte:

-¿Le han dicho si puede padecer la enfermedad del sueño?

Para nada era esperable algo así de un hematólogo que busca un resultado de masa eritrocitaria que le ilumine en la respuesta de por qué la médula se vuelve loca. Enfermedad del sueño, repetí yo. Sí, apnea, despertares bruscos con falta de aire, dijo él. Me quedé pensativo. Pensé, por un instante, en el sueño del post de abajo, el del Papa tocando el Lux Aeterna en versión cake walk y casi me dio risa y casi me dio pereza todo. Lo que estuvo claro es que, definitivamente, todo está confuso.

-Pues no.

Esa fue mi respuesta en sustitución al párrafo anterior y, además, sin faltar a la verdad.

-Pues lo vamos a estudiar.
-Ah.
-Sí, porque igual nos llevamos una sorpresa aunque…
-….?
-Esto no me termina de encajar.
-El qué.
-Los datos y algunos síntomas, no lo veo.
-¿No verlo quiere decir que no está?
-No verlo quiere decir que tenemos un problema.
-Ah.
-Haz una petición para la prueba del sueño.

La frase última se la dijo a la enfermera y mietras ella cogía el teléfono y marcaba una extensión al mundo onírico, el médico me explicó en qué consistía la prueba, muy sencilla. Tendremos los resultados rápidos. No sabía el médico que la enfermera, poniendo una mano en el auricular, movimiento tan de consulta, iba a dar la noticia de que el tiempo de citación para soñar rondaba el año. Un año, preguntó el médico en tono de sorpresa. Un año, pregunté yo en el mismo tono. Un año, respondió la enfermera en tono de decir yo no tengo la culpa. Pues yo quiero ver al paciente en dos meses sí o sí. Aunque no haya resultados, preguntó la enfermera. Aunque no haya resultados, respondió el médico. Un apretón de manos firme, acompañado de una mirada menos firme, de esas que dicen, chico, no sé, a ver qué podemos hacer, dio por terminada la consulta y el post venidero, que es éste. En la cafetería, pedí un donut de chocolate y una cocacola. Lata, botella o tirador, preguntó la camarera. De tirador, por favor.

Sueño

En el sueño, aparecía el Papa sentado al piano y se ponía a tocar la secuencia gregoriana del “Lux Aeterna” en estilo de cake-walk, ya sabes, la mano izquierda yendo allá y volviendo aquí, plon plon, plon plon, y con el cuello encorvado se giraba a los asistentes guiñando un ojo y sonriendo, como hacen los pianistas en las películas en blanco y negro cuando tocan teclas blancas y negras en cafés como el de Rick, en “Casablanca“. Pues sí, tocaba el Papa el Lux Aeterna en ritmo y armonía cake-walk guiñando el ojo de manera cómplice a la concurrencia, como quien dice, qué, chulo, eh? y justo entonces me he despertado con sobresalto y sobresusto. Desde entonces, estoy preguntándome qué mecanismos llevan al inconsciente o al subconsciente o al estrato nebuloso donde se fabrican los sueños para proyectar una secuencia así, y me pregunto qué pensaría Freud al respecto, qué interpretación haría; si alzaría la ceja, si me dirigiría una mirada larga y silenciosa llevándose la pipa a la boca o qué. Ríete si quieres, pero si sueñas algo igual, si los sueños van pasando de uno a otro sin necesidad de conocimiento personal o vínculo alguno, fíjate en lo buena que era la armonización, por favor, y retén la secuencia de acordes. Si eso, me la cuentas. Ayer cené ligero y tal. Perplejo estoy.

Resumen

Cosas que han pasado desde el último post hasta este momento:

-Compré una tarta. De chocolate. Me costó decidirme porque soy indeciso, porque el olor de las pastelerías me desconcentra (me llevaría el olor envuelto, de mayor quiero una pastelería) y porque creo yo que no entré muy convencido en la pastelería. Convencido no es la palabra adecuada. Convencido estaba. Entonces cuál es la palabra que define la indecisión pastelera. Ah, ahí está el dilema. No importa, encargué una tarta para el día siguiente porque iba a celebrar mi cumpleaños con tres amigos. Una cosa sencilla, normal. Podían estar más, podía no haber habido cena. Hubo lo que tocaba y estuvo bien, aunque hice la observación, mientras la tarta esperaba al postre, que cuando un grupo de personas habla de anécdotas de los tiempos del instituto es que nos hemos hecho mayores. Hacerse mayor no me importa, lo que me desasosiega es mirar atrás y saber que lo pasado, pasado está, y que la vida es tan implacable que no te permite recuperar, rebobinar o repetir un solo segundo. Me desasosiega eso, sí. La tarta estaba rica, pero más dulce supo la compañía de la gente que te quiere. Este año, sentirlo era especialmente reconfortante y necesario.

-Me detuve a observar. Observé el desconcierto de la gente, el desconcierto de los escaparates y las tiendas vacías; contemplé el desconcierto de los árboles desnudos erguidos en estos atardeceres azules y tibios que el termómetro certifica con una quincena de grados francamente raros. Esa frase de James Barrie que dice “Dios nos dio la memoria para poder tener rosas en diciembre” ya es sólo eso, una frase hermosa, porque en diciembre estos ojos vieron en la tele cómo el hombre del tiempo enseñaba una foto de rosas de Murcia. En diciembre. También ha caducado esa otra frase que dice “frío sol de invierno”. Sólo queda de ella la palabra sol. Caminas por el campo y hay un verde primaveral aunque las sombras que proyecta el sol del atardecer son de la largura y de la talla del invierno. Y la luz es de un membrillo de septiembre. Creo que en el interior de las personas está pasando un poco lo mismo, que andamos esperando a que la aguja de la brújula se detenga y nos diga dónde estamos o hacia dónde dirigir los pasos. Si me equivoco, mejor. De todas formas, a mí la frase de Barrie me sigue poniendo un pequeño e inexplicable nudo en la garganta. El misterio de las emociones es lo único que se mantiene intacto.

-Me subió la tensión. Otra vez, sí, pero más. Mucho. Me inyecté la dosis correspondiente de elixir 2.0, la cabeza empezó a doler, una opresión en el pecho como cuando uno se sofoca, como cuando subes corriendo unas escaleras hasta un quinto piso y tienes que dar un mensaje y el aliento se entrecorta y te protesta el corazón, igual. Me miré en el espejo y tenía la cara roja de una forma que me asustó un poco. Recuerdo cuando mi hematóloga decía: tiene el color rubicundo característico de la poliglobulia. Lo decía como si se refiriera a alguien que no estaba en la consulta puesto que en la consulta sólo estábamos ella y yo. Yo me miraba al espejo cuando volvía a casa y no veía a nadie rubicundo. Me veía a mí. Sin embargo, me pasó este incidente el otro día, me miré en el espejo y me ví rubicundo y lo siguiente. Esta poliglobulia algún día nos dará un susto. No lo digo yo, lo dice algún médico; si lo dijera yo no utilizaría el plural, ni siquiera en ese uso que le daba Miguel Induráin cuando salía en la tele a pie de bici, te acuerdas? Pues eso.

-Descansé, leí, trabajé, y entre esas cosas, en las comas que las separan, reparé una vez más en el comportamiento sorprendente, errático, previsible, imprevisible, admirable, etc, de las conductas, de los decires, de los entusiasmos, de los bajones. Cómo somos, verdad? En ocasiones pienso si yo serviría como psicólogo, si en el fondo tendré un componente vocacional o una propensión, una inclinación hacia los asuntos que atañen a la observación y disección de las cosas relacionadas con la conducta humana. Pero como la idea de haber podido ser psicólogo me da pereza, me siento al piano y toco una melodía en La Mayor de Mozart. Qué pintará una cosa con otra, se preguntará el lector. Pues nada, supongo, pero Mozart, en La Mayor, es un bálsamo, como una nana que mece las yemas de los dedos que se deslizan en andante por el teclado mientras cierras los ojos y te sientes seguro.

En resumidas cuentas, a grandes rasgos, eso pasó.

Espejos

Volví a la Universidad de Navarra por un rato a la misma aula, mismo edificio, mismo alumnado con quien he compartido ratos tan agradables para intervenir unos minutos en la presentación del poemario “El espejo roto de Alicia”, de Alicia Redel. Me subí al tren a media mañana y el recorrido lo hice en compañía telefónica de Esther, que llamó cuando el tren comenzaba la marcha. Como único equipaje, la tableta digital que se ha convertido en imprescindible: con ella recibo y respondo correos, veo películas en los ratos de tiempo libre en hoteles o viajes, escribo en el blog y, una vez en el trabajo, proyecto la presentación en pantalla o leo el guión o los apuntes como los que utilicé ayer. Versátil. Una gozada tenerlo todo a toque de dedo y en un espacio tan ligero.

Me esperaban en la estación de Pamplona Pilar y Carmen, dos ángeles de la guarda que tengo allí y que no sólo te dan mucho cariño y te cuidan requetebién sino que con ellas, además, te ríes mucho y a gusto. Me llevaron a comer a un restaurante italiano. Qué hago yo en un restaurante italiano si no me gusta ni el queso, ni las pizzas, ni el tomate, ni. Pues comer un plato de pasta con un poquito de ajo y aceite de oliva y si la pasta es buena y está bien hecha, como era el caso, de sobra y tan feliz, créeme. De postre, las trufas de chocolate de la fotografía del post de abajo que, de paso, publiqué en una red social aunque se supone que ya no estoy en redes sociales porque me he convertido en un antisocial del mundo 2.0. Pero uno es pecador y reincidente. Con moderación, eso sí. Vibró mi móvil y alguien desde el ciberespacio me decía el nombre del restaurante ante mi asombro y, de paso, me decía buen provecho. Gran Hermano? El Show de Truman? Miré a mi alrededor. Humm, pensé, porque se puede pensar eso, como en los comics, aunque mi amigo Miguel me corregiría y diría Jumm, porque dice, y tiene razón, que el matiz en el tono es importante. Ví a gente comiendo pasta en todas sus variedades. Seguí a lo mío, a lo nuestro. Completó el menú la conversación y la compañía y para qué pedir más.

Después nos trasladamos al Edificio Central, ese en el que el portero ya me conoce y me dice pase, pase antes de que yo le diga apenas más que las buenas tardes. Qué verde volvía a estar ese campus que parece como de sitio nórdico. En el Aula 30 me reencontré con rostros familiares y saludé y me saludaron, sonreí y me sonrieron, me dieron la bienvenida y yo les dí las gracias. Son los alumnos del programa Senior, los veteranos mayores de 55 años que cursan su propia universidad aprendiendo una variedad grande de cosas todas las semanas del curso, desde asuntos de Derecho a innovaciones en el tema de los trasplantes pasando por asuntos de literatura y lo que se tercie. Desde hace dos años, yo me encargo de los bloques temáticos de música y cinematografía y llevo con orgullo que el curso pasado me eligieran padrino de la promoción.

Eso explica las sonrisas, bienvenidas y abrazos de ayer aunque yo no fuera en calidad de profesor sino de alguien que interviene unos minutos, pocos, para contar su experiencia ante el libro que se presentaba. Y cuando digo la experiencia ante el libro me refiero a lo que pasa por tu cabeza desde que lo tienes físicamente en la mano y te asomas a la portada por vez primera, lees el título, “El espejo roto de Alicia”, y te acuerdas de esa Alicia a través del espejo, Alicia Liddell, aunque esta Alicia es Alicia Redel, curiosa similitud sonora, sin duda no casual. Los poetas tienen la facultad de pasar al otro lado del espejo desde donde hablan de la verdad profunda de las cosas con palabras de insinuación entre otras muchas habilidades. Te asomas a ese espejo y ves en portada la fotografía de un estallido de cristales (espejo roto) formando una tesela de cristalitos que te sugiere dos cosas antes de que la autora te hable desde el prólogo y después desde el corazón de sus poemas: ese caleidoscopio puede sugerir la multiplicidad de matices con la que los poetas son capaces de mirar, apreciar y ahondar en un mismo concepto pero también sugiere la posibilidad de encontrarnos ante una fractura, una cicatriz de cristal. Encontré mucho de lo primero y mucho de lo segundo y así lo dije y pasé a explicarlo. Antes habló un profesor de literatura que puso la nota erudita, después habló la autora. Me gustó reencontrarme con la gente y con el lugar en un rol distinto (que no distante) y después de todo eso aún Renfe nos dio media hora larga de permiso para que pudiéramos merendar mis dos ángeles de la guarda y yo en la estación.

En el viaje de regreso, la mala de una serie (que no una serie mala) decía cosas vengativas a los buenos de la serie en el espejo de la tableta digital. Hay series que duran lo que dura el trayecto y eso está muy bien. Empiezan, pasan cosas en ella, miras y escuchas lo que dicen a través de los auriculares mientras el tren avanza envuelto en la noche temprana del invierno. Las notas que has leído en la universidad siguen en la misma pantalla, no sabes si detrás de la serie o plegadas en algún cajón. Son un enigma estos artilugios, pero son una maravilla. Te ayudan, te lo ponen fácil, y poco a poco vas depositando en ellos lo que eres, lo que quieres, lo que precisas.

Cumpleaños

Hoy es mi cumpleaños.

Nací en el invierno y desde el invierno, tecleo (dice el hombre del tiempo que esta madrugada entra una ola de frío polar; dice la temperatura de esta habitación que es posible que eso esté sucediendo)

Si yo hubiera nacido hace cien años ya estaría criando malvas hace tiempo porque las ciencias habrían adelantado que es una barbaridad, según don Hilarión, pero no lo suficiente. Por eso, desde hace unos cumpleaños soy consciente de lo que significa un cumpleaños. Curiosamente no es una sensación que se asemeje a un triunfo, sino a un estupor. Según el año, a una emoción íntima anudada a la garganta o a una sonrisa compartida con los vecinos o algunos amigos sin que la sonrisa lleve el motivo incorporado.

Este año, es raro. Lo es porque el año ha sido raro, mucho. Me siento mal, no es lo que más me duele aquello que puede tratarse o paliarse con medicinas, aunque duele mucho, en fase creciente; me duele algo que no puedo acertar a saber pero que es nuevo y fuerte, algo que a veces me pone una presión en el pecho, como de agobio o claustrofobia. Hubo circunstancias duras que me hicieron caerme con todos los trastos y el blog no se enteró; y hubo una forma de levantarse que, si me la hubieran contado el pasado cumpleaños me habría hecho reir pensando que me tomaban el pelo: cogí los trastos del suelo y a mí mismo y me largué a Nueva York para descoloque de los cercanos y espeluzne de los médicos. Solo, me preguntaban con muchos signos de interrogación, te vas y solo, volvían a preguntar resaltando en negrita las palabras, y me miraban con una mezcla de incredulidad y duda sobre mi salud mental, supongo. Me fui para levantarme, sí, y fue lo mejor que he podido hacer en mucho tiempo, porque fue duro y apasionante, porque me encontré a mí mismo en medio de ocho millones de almas y hasta me sentí vivo y tranquilo en el trance, hasta entonces pesadillesco e irreconciliable con mi raciocinio, del avión, sobrevolando cinco mil kilómetros de océano. Lo que me traje de esa experiencia fue algo muy importante que, sin embargo, solo precisó de dos palabras breves: “he podido”. Así de caprichoso es el lenguaje, lo mismo necesita una frase muy larga para decir una nadería que te mete algo valioso en una cajita para que lo guardes. Eso me hizo respirar.

Luego descubres que necesitas seguir respirando y que la batería, en lugar de mantenerse como hasta ahora, empieza a restar lucecitas en la pantalla. Y lo notas primero, te preocupas después, te asustas a continuación y luego nada. No siento que haya perdido, pero sí que me he perdido. Y aunque descubrí que “he podido” son dos palabras que significan que pude, el efecto secundario de ello fue descubrir que no siempre se podrá y que a lo mejor no tengo la cosa tan asimilada como creía y debería por si eso pasa pronto o ha empezado a pasar. En cualquier caso, en este momento me ocurre algo extraño, y quien dice este momento es hace dos meses de momentos o tres,

Perdón, que son las 0:00 y acaba de cantarme la vecina (con el vecino a coro) un cumpleaños feliz por escrito en un sms. Oye, pues suena perfectamente ajustado al compás y afinado, mira:

y es que, decía… vaya, ya he perdido el hilo, es que me ha hecho gracia y al mismo tiempo me ha conmovido el mensaje, ya ves, me pilla tontorrón. Un momento que manda otro.

Ya. Que dice que qué tal, que acaban de llegar y que vaya frío. Le he contestado que para frío el frío invierno de la edad, puntos suspensivos, y me contesta esto, mira:

Eso es tener una vecina genial (y con genio), ¿ves? Qué haría yo sin personas como ella.

Le he dicho a la vecina que estaba escribiendo un post existencial y creo que ha puesto los ojos en blanco. Digo que “creo” porque por sms no la veo, pero la conozco y como si la viera, y se ha marchado a cenar porque viene de viaje y mira qué horas.

En fin, retomo. Decía que desde hace dos o tres meses siento algo, un peso, una carga, que siendo grande también ocupa un espacio pequeño de palabras y que no he podido decir a quienes me rodean, necesitándolo.

Me siento como un niño huérfano ante el calendario.

Niebla

La niebla borró las puntas de los edificios, resbaló por los tejados dejando una estela de viscosa humedad, se hizo un silencio de humo mientras la ciudad encendía sus luces (luces de la ciudad, una flor en blanco y negro) y los peatones pasaron con los hombros encogidos, el paso presuroso, las manos refugiadas en los bolsillos. Cayó la niebla y callé un rato. No es la primera vez que pasa. La niebla densa tiene algo de extravío, de silencio de blanca o de palabras incompletas que no consiguen formar una frase clara. Yo miraba a través de la ventana la indecisión de un termómetro digital, parpadeaba en intermitencia un signo negativo a la izquierda de un cero imprimiendo en luz roja esa temperatura del menos cero que siempre me ha parecido desconcertante, como una nada viniéndose abajo o como una nada echándose de menos. A mí la niebla o me pone las pilas o me deja quieto. No sé qué motivos decantan a la voluntad a lo primero o a lo segundo. En cualquier caso, esa humedad que en ocasiones asciende del río en forma de nube estática, como si la voluntad de la corriente también quedara en suspenso o soñara fantasmas, no se está llevando bien con mi espalda. Puede que, después de todo, la culpa sea del ibuprofeno, quizá el ibuprofeno no se lleve bien con algo que no viene en el prospecto, un algo invisible pero no inexistente. Eso que llamamos alma, espíritu, ánimo, palabras tan extensas como inciertas, confusas o difusas, difuminadas por la niebla de los significados, las acepciones, las excepciones y hasta las decepciones sigue sin salir en los análisis ni en los efectos secundarios. Alguien debería ocuparse de los afectos secundarios del ibuprofeno, seguro que explican esta mirada embobada en el parpadeo ocasional de un signo negativo a la izquierda de un cero de frío en un termómetro digital. No hay mucho más en la tarde; al menos, desde aquí no puedo ver. No sé, de hecho, cómo termina un post de niebla.

Hablar

Voy a poner una foto repetida pero el post no lo es, vale? Ahí va:

La Idea del Norte 4Es que esta tarde se presenta el libro aquí. Aquí es la ciudad donde habito, aunque la habito poco, la verdad, pero es la que me corresponde a no ser que me toque la lotería y los médicos inventen un elixir 3.0 de administración única que no precise estar esclavo toooodo el rato de las dosis y pueda marchar a… ¿Adónde? Pues a Park Slope, Brooklyn, seguro. Pero vamos, seguro seguro. Es bonito soñar, ay, pero mejor sería ser prácticos y empezar comprando un décimo de lotería, o rellenar una bono-loto o lo que sea por una vez. Las cosas se empiezan por los cimientos y terminan en el bombo de los millones de probabilidades de que te toque nada, cero. Ya me he ido por las ramas. Bajemos al suelo. Ya. Esta tarde se presenta el libro de este blog y tengo ganas porque lo presenta Pepe Alfaro, amigo y escritor, muy bueno en ambas cosas, y hemos decidido saltarnos las convenciones de este tipo de cosas y ponernos a hablar mano a mano tranquilamente pero con público presente que podrá escuchar sin hablar o escuchar comentando. Vamos, un trasunto del blog, para que nos entendamos, donde lees y prefieres quedarte en eso, leer, o donde lees y dices, pues voy a escribir un comentario. Hay una cosa más. El destino, las casualidades, o quizá simplemente la organización de la agenda de eventos de la casa de cultura donde va a tener lugar la cosa, ha querido que este libro se presente en el mismo escenario y junto al mismo piano de cola donde empecé a tocar y donde dejé de hacerlo. Y mira tú qué cosas, fue dejar de hacerlo y antes de que doliera por dentro, ponerme a hablar y a escribir. Por ejemplo, este blog. De aquellas teclas a estas. Por eso me gusta y me da cosilla (de la buena) que hablemos de este blog ante la gente que quiera acompañarnos y al lado de ese piano que no sé si tendrá algo que decir o teclear. Respeto, curiosidad, intriga, algo siento al respecto.

Esta mañana he hablado mucho de este blog también. Me han hecho tres entrevistas por teléfono para tres emisoras. En una de ellas he disfrutado y me he reído mucho porque cuando hay química con quien te entrevista y además (y esto es importante, pero no frecuente) se ha informado del asunto (en este caso lector asiduo y conocedor por tanto de los engranajes, los giros, las personas, etc) entonces es genial. Sigue provocándome sensaciones especiales hablar de este blog: de las razones, si las hay, de los silencios, que los hay, de quienes estáis, de si estoy, de qué parte de mí está y por qué, y qué dice, y por qué lo dice de esta manera y no de la otra y así un montón de cosas más que despiertan, seguro, los celos de la versión en sombra de emejota, esa que alguna vez apareció para hacerme una entrevista con narrador de testigo y que, por cierto, y lo digo de verdad, la otra noche asomó para hacerme notar un hecho tonto con intención de tirar del hilo de la conversación pero ya me pilló acostado y eran las 4. Y no era plan. Si le supo malo, qué le vamos a hacer. Ya se le pasará.

Hoy es día de hablar con palabras dichas de este blog, por la mañana en la radio, por la tarde poniendo cara (que no jeta) a quien teclea estas frases. En las tres entrevistas de esta mañana se ha repetido una pregunta: ¿sigue el blog? Y yo he respondido un sí acelerado, porque sí, porque cómo me voy a ir de mi casa ahora que la vuelvo a habitar de nuevo además. Una casa con una luz en el porche para quien pase y quiera hacer un alto, recordaba un periodista a media mañana. Buena memoria la del periodista, así empezó la cosa y así es. En fin, nos vemos, con los gestos y las voces, las sonrisas y el corazón, esta tarde. Gracias mil a los que decidieron llevarse a su casa un recuerdo de este blog adquiriendo el libro. Un par de libros más y cubrimos gastos de edición. No es mala cosa para los tiempos que corren. Si todavía hay quien se anima, dejo el enlace de esos señores serios, limpios y responsables que te lo mandan a casa:

La Idea del Norte 4

Y ahora que la niebla se ha desvanecido dejando una tarde azul y malva me voy a la ducha y a acercarme dando un paseo a una cafetería donde he quedado con Pepe un rato antes, aunque está decidido y sellado con apretón de manos ir sin guión, solamente marcando una pauta mínima de por dónde podría transcurrir el asunto y a partir de ahí, dejarnos llevar por la corriente en calma de los ratos que uno disfruta en buena compañía.

Suavidad

Maria MaterSonó, suena, “Maria Mater”, el cd del coro femenino “Vocalia Taldea” que me traje de Bilbao. No había podido hacerme antes con él -se estrenó a mediados de 2010- pero me acordaba. Todos los conjuntos vocales que dirige Basilio Astulez me interesan, eso el blog lo sabe y así lo recoge el archivo de los meses. ¿Qué es Maria Mater? Es un conjunto de composiciones marianas de diversas épocas y estilos, algunas expresamente escritas para Vocalia. Otra pregunta: ¿Por qué este trabajo resulta atractivo pero no termina de conmover? La respuesta no es fácil porque quizá no sea una y se bifurque en plurales. Pongo, además, en cuestión la pregunta misma. Pero al oyente que escribe estas líneas es lo que le produce: no le conmueve, gustándole. Escuchar con agrado algo que gusta no garantiza llegar a conmoverse. Hay una línea en algún punto, muy sutil, pero que una vez cruzada produce una punzada por dentro. Ese pellizco, ese escozor, es la manifestación de la emoción conmovida. Aquí no alcanzo a escalar ese punto y me pregunto las razones. Vaya, parece que este post va de preguntas, sigamos entonces con ellas: ¿Puede influir la elección del repertorio? Pues yo creo que sí. Es curioso esto de los repertorios porque funcionan a la manera de ingredientes que coinciden en un momento dado en la coctelera de un programa de concierto o en la centrifugadora del disco compacto. Y el resultado produce una química, una chispa, o no, son muchas las cosas que pueden pasar aun la competente defensa del conjunto que las interpreta.

Abro un pequeño paréntesis antes de seguir el hilo de esta última reflexión para hacer otra pregunta que me parece interesante: ¿Puede la competencia técnica llegar a enmascarar la emoción? Es decir, ¿puede lo bien hecho llegar a suplir la emoción y que nuestro oído no llegue a reparar en ello? Reflexiono sobre ello y vuelvo al repertorio, que es donde me había quedado.

La primera vez que escuché este disco esperé con ganas la pista dedicada al Ave Maria de Kentaro Sato, el compositor japonés. Kentaro Sato me suscita mucha atención, me despierta el interés y casi siempre lo satisface notablemente. Cuando los japoneses occidentalizan en sus incursiones estéticas corren el peligro (más bien lo corremos nosotros) de caer en lo kitsch, en lo facilón. Me comentaba Ferre, veterano lector de este blog, que siendo con mucha frecuencia así también es cierto que ponen un cuidado especial en lo que hacen. Asiento y estoy plenamente de acuerdo con esa observación. La memoria nos trae como ejemplo el impecable Kyrie de la Missa Pro Pace del propio Kentaro Sato, en mi opinión su obra maestra, redonda, porque no solo conmueve (conmueve por sí misma, nos conmovería solo con deslizar los ojos por la polifonía escrita en el papel pautado) sino que hace un trabajo de contrapuntista sin trampa (tan frecuente eso, la trampa) y con un oficio y un arte digno de maestro de una escuela de otros tiempos por la calidad asombrosa y el fácil fluir de las notas.

El motete que escuchamos en esta grabación tiene destellos de ese oficio y de esa inspiración y sin que sea su intención pero beneficiándose de ello, trae la sorpresa del disco. La sorpresa es, una vez más, Maider Bilbao, la pianista acompañante de algunas de estas piezas. Maider Bilbao es una pianista con ángel, tiene un toque que recuerda las palabras que Saramago escribiera sobre la supuesta interpretación al teclado de Domenico Scarlatti en un párrafo del Memorial del Convento: blanda y suave música. Qué bonita forma de describir un toque, el acto mecánico de tocar, y cuántas son las resonancias del término: blando. Pero además de eso, Maider Bilbao posee una inteligencia musical excepcional que la convierte en representante de uno de los infrecuentes casos en los que un pianista acompañante no sólo acompaña, sino que “ve”. Y, al hacerlo, ilumina lo que se canta.

Pongamos atención a la “blanda y suave” música del piano que emerge aproximadamente a los 30 segundos de haber comenzado este clip de audio, clip que me permito incluir, de paso, como muestra publicitaria de un trabajo que merece la pena tener en casa.

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Paradoja

Han pasado unas imágenes retrospectivas de algo en la tele y me ha dado por pensar que conforme nos hacemos viejos, las imágenes son más jóvenes (primero aparecimos en alguna comunión registrada por el vídeo analógico, luego posamos junto a los amigos para el digital y ahora no nos quita el ojo la escrutadora y nítida alta definición) y cuando nos buscamos jóvenes, las imágenes se hacen más viejas (con rayajos y saltos como en las películas de Charlot pero en colorín de veraneo playero). Y qué, dirás. Nada, que me ha dado por fijarme en eso.

Reyes

Noche de Reyes. La guirnalda de luces eléctricas que durante unas semanas al año une esta fachada con la de enfrente sabe que tiene los brillos contados: el lunes, colegio. Los Reyes han pasado hace unas horas y yo, para variar, no les he hecho ni caso porque es como que me pican en la piel, me parecen muy horteras y me bajan la tensión haciendo necesaria una visita a la bandeja de mazapanes. No sé si todavía los críos pasan por la tradición de irse a dormir temprano y nerviosos porque mañana, tachán, hay reparto de ilusiones o si las ilusiones se las ha llevado hace tiempo la gráfica apabullante de la Playstation 3 haciendo que ahora mismo estén ante la tele aburridos de la vida. Yo creo que aunque la ilusión perdure, cada vez más arrinconada en un lapso de años menor, antes funcionaba mejor porque éramos más inocentes y porque las cosas excepcionales se daban en días excepcionales y entonces las sorpresas respondían por su nombre de pila. A mí me hacía ilusión recibir el Cine Exín y encerrarme en mi cuarto y convertir las tardes en noches para asomarme con ojos de pasmo a la ventana de luz que se abría en un trocito pequeño de pared; y lo mismo el Electro-L, con el que construía circuitos eléctricos que lo mismo hacían sonar un timbre que encendían una hilera de bombillas al apretar un botón. Las bombillitas del Electro-L son la magdalena proustiana de mi infancia así que mejor pasaremos rápidamente a otro juguete o no acabamos en una decena de volúmenes. Pongamos los Madelman. Y el Exín Castillos, aunque su fantasma también hace de resorte magdalenesco al igual que las rígidas facciones de los Madelman y el neopreno del Madelman submarinista y el…

Vale, dejémoslo.

Quería parar en lo de los libros. Que a mí me gustaba recibir juguetes como los del párrafo anterior, claro, y mucho, pero también los libros que dejaban los reyes eran recibidos con emoción. ¿Eso pasa también ahora? ¿Fui un niño raro y eso explicaría tantas cosas posteriores? Para cuando los reyes dejaban un libro yo ya me había leído los 33 volúmenes de Los Hollister y todo lo que Enid Blyton había escrito a la sombra de la botella de ginebra. Fui un lector precoz y devorador, mi infancia son los lugares y las aventuras que salían en los libros, soy yo dentro de esos libros. El descubrimiento de la lectura, el mero hecho de leer, fue una sorpresa tan grande y me puso las pilas de tal manera que un día vino una profesora en mitad de la clase de ta-te-ti-to-tu, me cogió de la mano y me llevó enfundado en la bata de parvulario a otra clase que estaba al lado pero que suponía saltar un año. Una cosa rara que presenció el pasillo del colegio con silencio y clandestinidad en algún momento de una tarde cualquiera. Me pregunto si ese salto temporal, como de suceso paranormal, sería el responsable de que yo nunca viera Bambi ni la presunta y traumática muerte de la madre que parió a Bambi. Décadas después, esos niños y niñas que ya no lo eran comentaban en una cena el disgusto todavía fresco en la mente y yo me hacía el compungido solidario pero ni idea, la verdad. Me pregunto, igualmente, si eso sería responsable también de que yo jugara en mi habitación a hacer programas de radio muy serios y profesionales. Imagínese: las cuñas de publicidad pregrabadas en una cassette BASF a la única radio local en FM que se escuchaba aquí; los discos elepés birlados por un rato de la colección preadolescente de mi hermana y el boletín de noticias servido por los servicios informativos del periódico que mi padre dejaba en la mesa del salón. Yo leía algo de la crisis del petróleo, ponía dos cuñas de publicidad y daba paso a una música de Pink Floyd. Con todo eso, que dejara a Bambi en el bosque se comprende.

En ocasiones me pregunto, y antes me ponía mustio pero ahora ya no o no tanto al preguntármelo, dónde quedó ese niño o, más concretamente, la persona que surgió de esa infancia, porque es como si ese salto temporal que supuso pasar de un curso a otro en mitad de la semana hubiera dejado en el pasillo la curiosidad insaciable y sobre todo la hiperactividad mental (que no física, o no tanto). Lo del pasillo es una metáfora, claro, pero me viene muy bien para explicar esto. El caso es que entre aventura y aventura, proyecto y proyecto, muchas veces aventuras simultáneas y proyectos igualmente simultáneos, la lectura era una ventana igual de importante e ilusionante que la que el Cine Exín dibujaba con luz en la pared para enseñar su fantasmagoría con la banda sonora de la rueda dentada que al accionar la palanquita empujaba el paso de los exiguos pero infinitos metros de celuloide (¡el cine sin fín!, gritaba el anuncio de la tele). Y yo ahora veo la cara de mi sobrino Carlos cuando Papá Noel le deja un par de libros y es una cara de circunstancias que me llama la atención. Sospecho, de todos modos, que puede que no sea lo mismo que un libro te lleve a viajar 20.000 leguas de viaje submarino o a adentrarte en el Castillo del Terror de Los Tres Investigadores a que te presente a Kika Superbruja, seguro que sus personajes tienen menos hondura psicológica y tal. Haber conocido la cola de pegar Konrad de Pippi Calzaslargas tiene sus ventajas aunque a la tele no le hubieran sacado aún los colores (ni ella a nosotros). Por cierto, la palanquita del Cine Exín (ahora adelante, ahora atrás, ahora más rápido, ahora alto ahí) también tiene su punto magdalena. La infancia es un producto de repostería.