Camino (Praga II)

Dicen los libros de historia que el astrólogo de la corte hizo cuentas con el firmamento y dictaminó que el Emperador Carlos IV debía poner la primera piedra del puente que hoy lleva su nombre el noveno día del séptimo mes del año 1357, exactamente a las 5 horas y 31 minutos de la madrugada. Cómo te quedas. Pues en el puente, bien quieto, mirando con fascinación y observando con suma atención en esta mañana luminosa, azul y fría.

Un puente es un vínculo. Lo es también éste, el monumento gótico más importante e imponente de la arquitectura de la Edad Media en Bohemia, y une esta orilla de la Ciudad Vieja en la que nos encontramos esta mañana, la de las calles adoquinadas, estrechas y bulliciosas, los pasadizos misteriosos, las plazas pobladas de mercadillos de Navidad, luces, caramelo y chocolate caliente, campanas, marionetas de madera y un cartel incitando a entrar al alucine hipnótico del Teatro Negro, con la orilla del otro lado, la de Malá Strana, distrito vibrante donde asoma de primeras la cúpula verde de la Iglesia de San Nicolás, asombro del barroco a cuyo órgano vino a tocar Mozart, y donde los edificios y las cosas aparecen al resguardo de la imponente presencia, en lo alto, del Castillo, que todo lo domina. Pero hay una diferencia sustancial: a diferencia de otros puentes que se transitan de un lado a otro, como si fueran un paréntesis momentáneo en el acontecer de las cosas y los paisajes, el interés aquí está en el “durante”. Hay un microuniverso de 500 metros delimitado por imponentes torres pórtico de piedra negra, una aquí, dos allí, una de ellas reducto sobreviviente de un puente anterior, el de Judith. Todavía, a cada hora, asoma un guardián en lo alto para esparcir al viento una fanfarria solemne de trompeta.

Esta ciudad mágica palpita por la energía que fluye (y emana) de la arteria de este puente en el que nos disponemos a entrar. El escenario es el mismo que el de la foto pero cambia la decoración. Tienes que imaginar una mañana azul y fría, escarcha en los jardines, bufandas en el cuello, bullicio de gentes, el sol prendiendo reflejos vibrantes en la superficie mansa del Moldava, barcazas trazando surcos en el agua, nítidos los contornos de las cosas, resplandenciente el color del paisaje. Aquí los palacios, las casas y sus habitantes miran al río, se asoman a él, se detienen en la misma orilla, no parecen temer el aire de hielo que trae su corriente. Eso es lo que ves al asomarte, una vez atravesado el arco de la torre medieval de piedra de casi mil inviernos que sirve de pórtico al puente. Nada más hacerlo, se extiende ante nosotros una avenida ancha y extensa apoyada en 16 arcos que hunden las raíces de piedra en el fondo de las aguas, flanqueada a derecha e izquierda por majestuosas estatuas de piedra y bronce dorado que miran al cielo, o extienden sus brazos como ramas, o permanecen cabizbajas como queriendo guardar un secreto. Hay 30 estatuas, observadoras silenciosas, guardianes impasibles. Pasamos ante San Venceslao, patrón de Bohemia, ante San Felipe Benicio, santo milagroso y curativo, un cuarteto de clarinetes haciendo las delicias de un auditorio pequeño pero entregado, San Vito, patrón de Praga, también de los perros, bailarines, actores y comediantes, un grupo de sonrisas asoma tras las bufandas y bajo los gorros de lana posando ante una cámara fotográfica, una paloma se posa sobre San Francisco Seráfico, patrón de los pobres y los desahuciados, un pintor sentado en una silla baja se esmera en una acuarela, aireando su colección de obras en un tendido improvisado de sábanas de papel blanco, la visión de Santa Lugarda, escena petrificada desde 1710 en la que Cristo se aparece ante la santa ciega y permite que le bese sus heridas, unos niños corriendo y riendo, inscripciones discretas a lo largo del pretil del camino, adultos detenidos contemplando el paisaje del agua, San Nicolás de Tolentino ahora, y aquí un hombre orquesta a la batuta de incontables mecanismos en el centro de un creciente círculo de turistas para asombro de cada una de las atenciones, monedas en una gorrita en el suelo, Santa Bárbara, patrona de los mineros, un artesano miniaturista trabajando en una mesa, al abrigo de un biombo rudimentario, Santa Margarita, patrona de las madres embarazadas, unos aplausos lejanos, rápidamente diseminados por el aire que sigue la corriente del río, agujas de piedra elevándose a lo lejos, no es de extrañar que esta ciudad responda a la inscripción, en el imaginario de las gentes y las tipografías de las guías de viaje, de la ciudad de las cien torres.

Aquí nadie parece tener prisa. No hay tráfico rodado que te haga apartarte a un lado por precaución. Es cierto que durante el día, seguramente, habrá que atravesar varias veces este lugar, en un sentido o en otro, pero la gente se detiene, una pareja se besa formando, sin saberlo, un fugaz y particular conjunto escultórico añadido y otra pareja, de policías, bien abrigados, pasea, obsérvese el matiz, pasea, no camina, con las manos a la espalda, cuidando de que otras manos vayan a lo ajeno. De súbito, entre la multitud, surge un adolescente con expresión de estar encarado con el puto mundo según lo ordena el patrón adolescente, o el molde, o la guía de viaje de ese periodo turbulento. La expresión se le ve en el rostro aunque tiene puesta la capucha de una sudadera oscura. Se abre paso rápido entre la concurrencia y posa su mano en la cruz de bronce impresa en el bordillo y situada entre las estatuas 17 y 19 que señalan el lugar donde, según cuenta la leyenda, San Juan Nepomuceno fue arrojado a las aguas en 1393 por orden del rey. Dice también la leyenda, y así lo atestigua gráficamente una placa de bronce allí situada, que las estrellas de su aureola siguieron su cadáver río abajo. El chaval mira a un lado y a otro, como si fuera a hacer algo que no debería, y entonces se encarama un poco hacia la placa haciendo pasar su mano por el cuerpo yacente del santo, deslizando la palma de derecha a izquierda repetidas veces. Es inevitable que la ceja se encarame también con cierto asombro. Al encaramarse, los pantalones vaqueros de corte caído del chaval dejan ver los gayumbos, así hay que decirlo cuando se habla en lenguaje de pantalones caídos y adolescencias encaradas con el puto mundo en estos tiempos, gayumbos. Y hay un factor desconcertante en la contemplación de la fricción con fruición de esa mano y el cuadro de zapas y gayumbos, algo entre devocional y anacrónico, pero presente y, por tanto, potente, que no acierto a fijar en palabras pero que es difícil pasar por alto porque el gesto no ha tenido o no ha parecido tener connotaciones de souvenir. El chaval termina el ritual y con la misma rapidez con la que ha surgido se pierde entre el bullicio. Cerca de mí, veo que una cámara de fotos ha sido testigo también de la escena y ha querido retenerla en la memoria. Tras el clic pertinente (o impertinente), una mujer joven asoma tras el visor y prosigue su camino en compañía de un grupo de turistas que atienden las explicaciones de una guía risueña y oronda que lleva una banderita en la mano para que nadie se pierda.

Este escenario de 500 metros late a diferentes frecuencias según el instante del día. Cuando el atardecer llega rápido, a los postres de diciembre, y las primeras luces de los faroles se encienden, el silencio se hace un hueco entre las gentes, lo mismo que las humedades gélidas que se filtran en forma de soplo por hendiduras en la piedra. Una cierta melancolía de lámpara tenue parece abatir el ánimo de los presentes, a saber si lo sabrán, hay un bisbiseo de labios y algún flash inquieto de una cámara lejana. La noche es para que las luces jueguen en el agua dibujando en colores en la superficie la silueta de la ciudad. Otras luces y las luces y las sombras tornan inquietantes las miradas de las estatuas que todavía no duermen. El gemido grave de una barcaza provoca una desbandada de palomas que revolotean nerviosas sobre las cabezas, dos señoras riendo el susto y mirando, como nosotros, hacia lo alto, a decenas de fantasmas blancos aleteando en un cielo negro. Allá arriba, la vasta extensión del Castillo atrapa la atención, cómo no va a hacerlo esa franja de luces inacabable que traza el contorno de un conjunto misterioso que parece abarcarlo y engullirlo todo. En la mente aparece entonces una inicial inevitable, una letra en mayúscula. K.

Franz Kafka cruzó una noche este puente y escribió:

“Hombres que cruzan puentes oscuros
pasando junto a Santos
entre débiles lucecitas.

Nubes que atraviesan el cielo
sobrevolando iglesias
con mil torres que condenan.

Y uno, apoyado en el pretil,
mirando en el agua de la noche,
las manos sobre viejas piedras.”

En un rincón en la oscuridad hay un mendigo arrodillado sobre la piedra fría. A su lado pasa un turista solitario con una mochila a la espalda, se quita su gorro de lana, se lo pone al mendigo, y sigue su camino. El mendigo no se mueve.

6 pensamientos en “Camino (Praga II)

  1. Marcos

    Gracias por ayudarnos a cruzar ese puente sin necesidad de pasos y por hacer que queramos quedarnos en él un rato más del que se tarda en recorrer 500 metros.

  2. Pilar

    Comentario?…. ninguno.
    Seria una torpeza y un atrevimiento por mi parte estropear este relato tan fantástico.
    Que puedo decir si se me queda la boca abierta y sin palabras?
    Solo una cosa emejota; próximo destino en mi agenda….Praga.
    Un abrazo porque te lo mereces

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