Conquista

Mi infancia fue una sucesión de viajes secretos a la Antártida cada vez que me asomaba a los libros a escrutar fotografías como esta. Una cosa es ver una fotografía y otra estar en ella, recorrerla con los ojos, instalarte. Con la merienda de pan y chocolate como único equipaje, viajaba a aquellos lugares en silenciosa fascinación, así es la fascinación infantil, silenciosa. Esas fotografías de icebergs en un blanco y negro crudo, espectrales los bloques de hielo, las extensiones de terreno que la emulsión de la película despojaba de horizonte y la cara quemada y los ojos claros de los rostros de los exploradores me causaban impresión y aprensión, un poco de miedo y un mucho de admiración. Héroes. Héroes en territorios inhóspitos, como ir a un planeta lejano hecho de hielo y cosas imposibles. Luego, pero cuando luego significa mucho, llegó el verano en el que uno de los (Me)Cano escribió una canción misteriosa y hermosa. Escuchábamos la canción pero no la letra. “Héroes de la Antártida”. Y según cómo ponías los oídos, salía la voz de Ana Torroja cantando lo que fuera o salía cantando una letra que detallaba minuciosamente una parte de la hazaña y la tragedia de la que hoy se cumple un siglo. ¿Un siglo de qué? De la conquista del Polo Sur.

Fue Amundsen el que ganó la carrera a Scott. El concepto carrera es inherente a esos tiempos de territorios inexplorados a la espera de que una bandera dijera: adjudicado. Y además, le pone emoción. En este caso, mucha, y admirable, y trágica. Amundsen, noruego, le ganó a Scott, hijo de la Gran Bretaña, pero ambos fueron héroes. Amundsen ganó por listo pero sobre todo porque era un hombre práctico. Supo adónde debía dirigirse, cuándo y cómo. Una vez conocida la noticia de que alguien había alcanzado el Polo Norte, que a él le caía más cerca, puso su vista en la mareante distancia que le separaba del comienzo de la odisea que significaba explorar el desconocido polo opuesto del mundo. Y se lo calló un rato. Por eso era listo. Y también práctico, sobre todo práctico. Porque en lugar de contar con un señor barco, su pequeña embarcación supo abrirse paso por los estrechos canales que dejaban los macizos de hielo; porque en lugar de llevar caballos y ponis, que a Scott se le revelaron nada útiles, Amundsen contó con perros. Y además supo superar el escrúpulo británico de que si había que comer el mismo perro que tiraba del trineo, se comía. Finalmente, comprendió que la pompa aquí no tenía mucho sentido si no querías perder el sentido, el de la orientación y el de la cabeza, y partió de Noruega con tan solo ocho hombres (él incluído) que redujo a cinco (él incluído) una vez pisada la orilla del territorio en el que había que adentrarse para encontrar el punto exacto, ese por el que pasa el eje del globo.

A Amundsen le dijeron que era un fresco porque no dijo nada de sus intenciones y así ya me dirás que carrera limpia hay aquí, pensaron casi todos, pero hay que decir en su descargo que cuando llegó a Madeira tuvo el detalle, no sabemos si por ser un caballero, o movido por la mala conciencia, o con una cierta mala leche chulesca, de telegrafiar a su adversario para decirle que estaba de camino cuando el inglés estaba distraído en Melbourne y tuvo que reaccionar de la noche a la mañana. En el equipaje llevaba una ropa inadecuada (no es frivolidad anotarlo), los errores tácticos que se han apuntado en el párrafo de arriba y otros que nos dejamos en el tintero porque, total, el final de la historia no lo cambia nadie.

ScottLa de Scott fue una derrota espeluznante, porque lo suyo y lo de sus hombres fue un suplicio, un tormento en la tormenta de hielo, una sucesión de muertes a cámara lenta y a cuchilla de ventisca y gangrena. Llegar en estas circunstancias y ver la bandera de otro izada por tan solo unos días de diferencia tiene que provocar un terremoto de impotencia por dentro que da un poco de miedo imaginar, porque pase lo que pase por la cabeza en esos momentos, hay que sumar las fuerzas minadas, mirar a la tropa que te queda, y pensar que queda el regreso.

La última anotación de Scott en su diario es del 29 de marzo de 1912. Dice así: “El fin no puede estar lejos. Por el amor de Dios, cuidad de los nuestros”. A partir de ahí, la blancura de la página se funde con la blancura del paisaje. Una expedición, en el verano siguiente, encontró los cuerpos. Estaban a tan solo 18 kilómetros de una base con víveres y combustible. Si escuchas la canción de los Mecano, puede que te quedas solo con la melodía hipnótica de la Torroja o que, de paso, escuches cómo te cuenta por el mismo precio la tragedia de Scott y los suyos. Al escribir la canción, José María Cano jugó con los signos de puntuación una vez más, sutil él; hacer algo con sentido aunque no se note; que los ojos vean lo que el oído no va a percibir. Dice el estribillo:

¿Quién se acuerda del Capitán Scott,
Evans, Wilson, Bowers y Oates?

Y repite el estribillo:

¿Quién se acuerda del Capitán Scott?
Evans, Wilson, Bowers y Oates.

No había nadie más.

4 pensamientos en “Conquista

  1. Marcos

    “A partir de ahí, la blancura de la página se funde con la blancura del paisaje.” Y lo peor es que la memoria histórica también se queda en blanco. Igual que la mente, muchas veces, al oír sin escuchar la canción de Mecano. La voz de la Torroja juega al despiste: al tiempo que te cuenta una tragedia te canta del modo más dulce posible.

  2. C.

    A mí también me fascinó esa expedición, y, en general, las increíbles hazañas del hombre en un tiempo en que había otros medios -menos- y otros valores -supongo que más.
    Tengo borrosa en la memoria alguna película; seguro que tú con esa mente prodigiosa te acuerdas…
    Del post no digo nada más que gracias.

    (hay ahora unas ediciones preciosas de las grandes exploraciones para sobrinos -o para autoregalo!)

  3. Lidia

    Hay una estupenda miniserie británica, protagonizada por Kenneth Branagh, llamada Shackleton (por el explorador irlandés, que estuvo bajo las órdenes de Scott en un par de expediciones al Polo Sur). Recomendable, si os gusta el tema.

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