Mundos (Praga I) 12 diciembre, 2011
Escrito por emejota en : Asuntos propios
Los Alpes, blanco y azul, abajo.
La terminal de llegadas de un aeropuerto internacional es un limbo momentáneo antes de que las exóticas combinaciones de letras de los indicadores, las facciones de los rostros, la música de las palabras y los contornos de las cosas te introduzcan en otro mundo. El viajero avanza, avanzamos todos, siguiendo una indicación impresa en checo y en inglés. Fuera, la noche oculta el escenario en el que acaba de posarse el avión de Iberia tras una travesÃa anticiclónica hasta en la dulzura de la azafata que te despide, a pie de aparato, dándote las gracias con una sonrisa de la transparencia del cristal.
El aeropuerto de Praga-Ruzyne es un lugar que conviene observar. Ese silencio, por ejemplo. Esa estética, por ejemplo. Disimulada por algún apunte de color, un diseño puntual, sobrio todo y sobre todo, ese lugar por el que el viajero avanza tiene reminiscencias de la época comunista. Publicidad, poca y nada llamativa. Mobiliario, escaso y con la funcionalidad lineal y escueta de los años setenta. Los uniformes de la policÃa poseen un pliegue de más, un ángulo un poco más puntiagudo, una botonadura más metálica, en fin, un algo que delata un aire militarizado que sopló no hace mucho tiempo. Una azafata azul y rubia sobre tacones alpinos nos adelanta con su maletita de ruedas seguida por el equipo femenino e igualmente rubio de chicas en chandal y pellizas invernales, única animación del lugar. Un empleado con la mirada baja arrastra un carro con paquetes en dirección contraria a la marcha de los recién llegados. Luz fluorescente y blanca, amplitud de espacios, vacÃo el espacio y la banda sonora. No hay música, sólo pasos, puertas a derecha e izquierda, algunas abiertas, otras cerradas. Señales. Los monitores anuncian la llegada de vuelos procedentes de Oslo y Copenhage y cuando uno piensa que esos lugares son allà territorios vecinos como lo serÃan en Barajas Córdoba o Tenerife, una rudimentaria luz de ambulancia comienza a girar emitiendo intermitencias anaranjadas para anunciar la llegada de los equipajes. Pasos. Una tos. Una procesión lenta de maletas, gordas, estilizadas, forradas, desfila por la pasarela ante los ojos de los asistentes. Hay un solitario y raquÃtico teléfono público en el centro de una pared blanca e interminable al que nadie le dirige la palabra. Una indicación discreta indica WC y otra, algo más enfática, indica la salida, EXIT. No hay control de entrada en el paÃs por parte de las autoridades, no hay señal alguna de que nos vayamos a encontrar ante un escenario como el temible y psicótico control de inmigración de Nueva York. AquÃ, por el contrario, los pasos no encuentran obstáculos y prosiguen su camino por ese curioso lugar en el que hay una luz y un silencio como de oficina más que de aeropuerto internacional y donde a uno no le extrañarÃa encontrarse con el abrigo y la cara de susto que portaba Julie Andrews en “Cortina Rasgada”. PelÃculas de espionaje y contraespionaje en lugares silentes, frÃos, eso es, pero frÃos de todo tipo de temperatura, la del termómetro de las calles y la de las atmósferas emocionales. Telón de acero. En eso pienso mientras le digo a mi madre si llevo yo su maleta y ella responde que estas maletas de ruedas van solas y sin esfuerzo, mira, y la hace girar asà y asÃ.
Son poco más de las siete de la tarde pero hasta que no sales fuera de estos sitios las agujas del reloj no se sitúan, andan un poco despistadas. Tras una puerta hay gente. No hay rastro del abrigo de Julie Andrews entre los allà congregados pero nos espera un nutrido grupo de señores de cuellos gruesos, cejas pobladas y miradas azules, portando cartelitos escritos a mano, no por una impresora, con los nombres de viajeros a los que llevarán a su destino. En uno de esos carteles me veo escrito con una hache intercalada que me deja perplejo, porque no sé de dónde sale, es inesperada del todo, pero una hache no dice nada, está muda, y este hombre, que en una novela de Ian Fleming quedarÃa muy bien porque es como un armario y muestra una sonrisa que lo mismo te llevarÃa a cenar a su casa o a la de James Mason en “Con la muerte en los talones” -da para ambos papeles- me da la mano, áspera y cálida, no frÃa, le indica a mi madre por gesto que le deje llevar su equipaje y toma una delantera a paso marcial que hace que madre e hijo nos miremos y apresuremos la marcha tras él. Habla inglés, le pregunto al buen hombre. No, dice sacudiendo la cabeza. Español, pregunto ingenuamente. No, dice sacudiendo la sonrisa. Yo no hablo checo. No importa, responde él con su silencio enfilando una escalera mecánica que nos conduce arriba donde, al fin, vemos que es de noche, pero una noche cerrada. Porque el reloj dice que es la hora que es. Si no, y lo confirmaremos a lo largo del recorrido, se dirÃa que hemos llegado de madrugada. Poco tráfico. Poca gente. Urbanizaciones de extrarradio, iguales y durmientes, iluminadas tenuemente con farolas cabizbajas. Parece mentira que unos kilómetros más allá surja de repente un chispazo de alguna parte que te hace girar la vista hacia la ventanilla de la derecha para ponerle sentido y entonces descubres el destello de la luz tiritando en las aguas del Moldava y antes de que proceses la imagen o la sorpresa, la primera de las estatuas de piedra negra, majestuosa, te dirige una mirada grave. Otro chispazo, eléctrico esta vez, de un tranvÃa al que en Praga hay que ceder el paso pase lo que pase y, entonces, surge la primera de las infinitas esquinas de edificios preciosos, palaciegos, imponentes e impecables, que acompañarán la vista durante los dÃas de estancia.
Todo se ha sucedido con velocidad, el cambio de plano ha venido dado por un giro de volante que nos ha situado en el escenario donde viviremos los próximos dÃas. En la puerta del hotel, nuestro conductor se acerca con un trocito de papel en su mano gruesa y con el dedo Ãndice señala, como preguntando si lo que allà dice es correcto, el dÃa y la hora donde nos recogerá para hacer el trayecto inverso, del hotel al aeropuerto. Digo de acuerdo con la cabeza; dice de acuerdo con la cabeza. Él vuelve a meterse en el coche y nosotros nos dirigimos a la entrada del hotel, un edificio acogedor. Alguien pasa al otro lado de la acera con las manos en los bolsillos del abrigo, encogido de hombros, envuelto el rostro en nubecitas de vaho. Hace mucho frÃo y la luz de todas esas estrellas, allá arriba, indican que helará esta noche, primera en Praga.
Comentarios»
cinematográfico, emocionante, intrigante, documental, magnÃfico.
Qué capacidad, Mariano. Me sumo a los calificativos de toni (ya sabes, es por evitar lo de “geniaaaL” ;) )
hace poco que tuve la suerte de visitar Praga
Me encantó la ciudad, pero soy incapaz de describirla (la ciudad y lo que te transmitió) como tú
Me encanta leerte porque es lo que a mi me hubiera gustado poder transmitir
En fin. Me quito el sombrero Espero ansiosa el resto de capitulos
Un abrazo de calor y energÃa
Jolin emejota, como admiro esa manera tan bonita que tienes de narrar lo que vives, es un placer leerte.
Mi paso por lo aeropuertos no son tan idÃlicos, la verdad es que no me siento yo misma; te descalzan, casi te desnudan, te cachean como si llevaras goma dos pegada al cuerpo, pasas por un asqueroso escáner y además pita… vaya, alguna pulsera o algun pendiente…..de veras que me hacen sentir violentada y mal, muy mal……VIVAN LOS TRENES!!! aunque no te lleven a todas partes.
El común de los mortales se va de vacaciones y saca unas cuantas fotografÃas del lugar. Sin embargo, tú, escribes y describes el lugar como si de una sucesión de fotografÃas y de sensaciones se tratara.
¡ChulÃsimo!
Me sumo a todo lo anterior.
Otros en tu lugar dirÃan: “Llegamos al aeropuerto, no habÃa ni Dios, más soso todo… y, además, nos fue a recoger un hombre que no hablaba ni inglés. Sólo nos dio tiempo a ver lo que vimos desde el coche”.
Uno de tus mejores posts (y eso que sólo has contado la llegada). Es como esos libros que uno no lee, sino que saborea y disfruta, y con los que tiene continuamente la tentación de volver a leer las dos lÃneas anteriores, como cuando has comido una tarta y después no quieres lavarte los dientes. Espero el siguiente capÃtulo.