Archivo por meses: diciembre 2011

Balance

Vamos a sentarnos un rato a hablar, lector, ahora que hay un rato de calma antes de preparar la cena de Nochevieja y todavía no ha venido nadie. Me he traído el portátil a la mesa donde cenaremos mis hermanos, mis sobrinos, mi madre y donde habrá silla para quien quiera venir después, tras las uvas, no sé si los vecinos, a veces suben, otras no. Todavía no está el mantel puesto, de eso me encargo yo y lo haré dentro de un rato, y por la ventana entra este sol último del año que ya declina y que vemos porque el anticiclón se empeña en quedarse, haciendo de estas navidades unas navidades azules, y no blancas. Tampoco importa mientras no sean negras, que es el color con el que se anuncia el año entrante. Hay un murmur, un decaimiento in crescendo, se comenta la decisión gubernamental de ayer, anunciada textualmente como “el inicio del inicio”, y yo creo que el propio gobierno, y el propio gobierno que gobierna al gobierno, allá afuera, y quienes sean que gobiernan en realidad, ese ente difuso e inquietante llamado “mercados” a los que los informativos aconsejan mantener tranquilizados, están igual. No vienen buenos tiempos, se dice. Pero ahora toca pasar del dicho al hecho y el hecho no va a ser bueno y no sé yo si terminamos de creer lo que eso puede significar, o lo que va a significar; quizá es que nos da miedo o nos cuesta aceptar que las cosas no van a ser como antes. Es curioso cómo se ha establecido una barrera de contención imaginaria llamada Nochevieja. Antes de las uvas, después de las uvas. El inicio del inicio comienza el lunes para la gente que mientras tecleo escribe en las redes sociales propósitos de fiesta, rituales de ropa interior roja, chistes sobre el año que entra, paradojas en forma de lamentos por lo que viene rubricados por un Feliz Año Nuevo con las tres mayúsculas de rigor. Y las listas. Pereza las listas, oye. Yo no sé hacer listas, tampoco me he propuesto nunca hacer una. Lo mejor del año, lo peor del año, el libro del año, la película del año, el acontecimiento del año. Y qué se yo y qué importa, no?

Pero lo que yo quería decir es que durante meses pensé en sentarme contigo a esta mesa, hoy, antes de que viniera la gente, para contarte la razón de los silencios de este blog. Cada silencio de este blog, este año, se corresponde a algo que no pudo expresarse con palabras. Y ocurre que ayer decidí que no iba a contar la razón, que sólo iba a decir que hubo algo, y que fue amargo, mucho, y que seguramente si hubiera agitado el diccionario habría encontrado las palabras necesarias pero que fue mejor así. Es mejor quedarse con lo bueno. La tarde del fin de año pasado no podía imaginar que hoy sonreiría al teclear que volé cruzando un océano, que echo de menos caminar por las aceras de Park Slope, en Brooklyn, que subí a la planta 106 del Empire State, vi un atardecer de verano y esperé a que llegara la noche y de allí abajo se encendieran millones de puntitos de luz para asombro de las pupilas. Oh, dijo el silencio.

Este año, para mí, ha sido fundamentalmente dos cosas. Ha sido un paréntesis donde cabe mucho daño recibido del que necesitas curarte y aprender. Y ha sido volar durante un rato, sentirme yo y yo en el mundo, vivirlo y poder hacerlo. Ese ha sido el balance del año. Lo acabo de releer y creo que lo he dicho todo suavemente porque hoy no es día para mayores disgustos ni para menores tristezas. Pasó y ya está; a veces los puntos aún escuecen, se me abrieron el otro día, de hecho, pero ya está, aquí estamos. Ha llamado mi sobrina Isabel a mi madre para decirle que esta noche prepararán las uvas en platitos pequeños con el tío, como el año pasado. Yo no sabía entonces que este año me sentiría tan desconcertado y al mismo tiempo sereno, porque lo importante es tener una conciencia tranquila y un corazón en su sitio. Todos nos equivocamos y acertamos pero al final del día, si puedes sonreir a tus sobrinos mientras cuentas las uvas y te emociona un poco su sonrisa, es que eres un tipo con suerte. Llega ya de la cocina el olor del pavo que mi madre va a preparar, como todos los años, para esta noche. Acaba de decirme, desde allí, que me dé una luz, que me voy a dejar los ojos. Es que el sol se despide ya, pero yo también de este post, de esta pequeña reunión en la mesa en la que te quería contar, sin contar, algo que necesitaba decir. Porque yo le habré ahorrado disgustos al blog pero siempre le he hablado con el corazón, esa víscera que en algunas personas solamente late.

Estampa

(Estampa navideña con retraso. Dos puntos)

La navidad es la intermitencia hipnótica de las luces de un árbol -azules, rojas, naranjas, verdes- que veo desde mi ventana todas las madrugadas desde hace una semana, más o menos. El árbol está en el salón a oscuras de una casa, a mi derecha, semioculto tras unas cortinas. Yo lo miro desde este otro salón a oscuras, de pie, descalzo en el suelo frío. Te vas a enfriar, diría mi abuela. Te vas a enfriar, diría la otra abuela, pero veinte años antes. Ahora no hay abuelas pero sí fríos y enfriamientos, y las luces intermitentes del árbol de navidad, fascinación silente desde mi infancia, como quien contempla un secreto. Entre ese salón y este salón, el frío de la calle. Azules, rojas, naranjas, verdes, las intermitencias de la luz iluminando el recuerdo de otras navidades. Y el silencio. Sosiego en pijama.

Cuaderno

La Idea del Norte 4Un día este blog recibió una carta deslizada silenciosamente en el buzón. “Es como adornar un bosque y escribir esas frágiles piezas de papel sobre las ramas para que las alumbre el sol y la penumbra que asola nuestras vidas de madrugada. Es como construir un cuento, o una isla, o un poema, o un pentagrama, o una carta, o un telegrama, y adornarlo con cada uno de sus misterios”. Imaginé este montón de palabras prendidas de las ramas formando un bosque y la imagen me hizo sonreir porque me gustó. Me sentí comprendido y acompañado en la aventura de recorrer los senderos que han ido formando la geografía de La Idea del Norte. Las palabras se materializan en papel de verdad, del que acarician los dedos, y los ojos recorren la tinta que antes ha sido un conjunto de puntos luminosos en la pantalla en el cuarto anuario de La Idea, correspondiente a 2010, recién salido de la imprenta.

Como en anteriores cuadernos, o anuarios, llámales como quieras -aunque esta vez la portada, de nuevo concebida en Pekin por Diego Caro, alumno mío cuando era un canijo, amigo mío ahora que ya no es alumno, se inclina por cuaderno más que otra cosa-, se trata de una nostalgia para mañana, de algo hecho para cuando este blog haya sido tragado por un agujero negro del ciberespacio y quizá, alguien, se haya querido guardar un trocito que le remita a esas mañanas cuando encendía el ordenador café en mano para asomarse a ver qué pasaba e igual hasta contribuyendo con algún comentario e incluso con algún silencio fiel; no sé, es un ejemplo. Guardar un trocito, sí, porque es una muestra, ordenada, no dispersa, respetuosa con la continuidad de las tramas, pero muestra. Incluso recoge de manera simbólica la voz de quienes escriben -escribís- tras el punto y final de cada post; lo hace un prólogo, que aquí se llama preludio, por la cosa del guiño musical, escrito por uno de los lectores, valiente voluntario (voluntaria en esta ocasión) puesto que para ello se ha tenido que leer previamente 188 páginas y me consta que así ha sido.

Ambas versiones, la digital y la de papel, son caseras. Maquetada página por página la versión impresa por quien teclea estas palabras y envuelta, después, en la piel que Diego me envía en un correo electrónico. Me reconozco un maniático de las maquetaciones, tamaños, márgenes, tipografías, todo tiene que estar armonizado para que la estancia de la mirada sea confortable, o eso es lo que se pretende. Yo me lo guiso, yo me lo como, pero lo comparto contigo, como vengo compartiendo estos posts desde Mayo de 2005. Si te quieres llevar un pedacito a tu estantería, a tu rincón de lectura, a tu casa, contribuyendo de paso a cubrir los gastos de la edición y el hosting de este blog, no pide más (ni menos) una tirada pequeñita, de andar por casa, lo agradeceré mucho. Si esta Idea te sirve de idea para regalar esta Navidad y con ello hacemos un posible lector más para la ruta de los posts que vengan, pues estupendo.

Para los cercanos (geográficamente cercanos, especifico) hay unos cuantos ejemplares dsponibles en la Librería Gómez de la Plaza del Castillo de Pamplona (sí, donde vivía Lindsay) y en la Librería Julio Mazo de Tudela. Para los demás, se puede adquirir a través de este enlace:

La Idea del Norte 4

Es gente seria, limpia y responsable. Palabra.

Nos seguimos leyendo, allí o aquí, mañana o el día de mañana.

Camino (Praga II)

Dicen los libros de historia que el astrólogo de la corte hizo cuentas con el firmamento y dictaminó que el Emperador Carlos IV debía poner la primera piedra del puente que hoy lleva su nombre el noveno día del séptimo mes del año 1357, exactamente a las 5 horas y 31 minutos de la madrugada. Cómo te quedas. Pues en el puente, bien quieto, mirando con fascinación y observando con suma atención en esta mañana luminosa, azul y fría.

Un puente es un vínculo. Lo es también éste, el monumento gótico más importante e imponente de la arquitectura de la Edad Media en Bohemia, y une esta orilla de la Ciudad Vieja en la que nos encontramos esta mañana, la de las calles adoquinadas, estrechas y bulliciosas, los pasadizos misteriosos, las plazas pobladas de mercadillos de Navidad, luces, caramelo y chocolate caliente, campanas, marionetas de madera y un cartel incitando a entrar al alucine hipnótico del Teatro Negro, con la orilla del otro lado, la de Malá Strana, distrito vibrante donde asoma de primeras la cúpula verde de la Iglesia de San Nicolás, asombro del barroco a cuyo órgano vino a tocar Mozart, y donde los edificios y las cosas aparecen al resguardo de la imponente presencia, en lo alto, del Castillo, que todo lo domina. Pero hay una diferencia sustancial: a diferencia de otros puentes que se transitan de un lado a otro, como si fueran un paréntesis momentáneo en el acontecer de las cosas y los paisajes, el interés aquí está en el “durante”. Hay un microuniverso de 500 metros delimitado por imponentes torres pórtico de piedra negra, una aquí, dos allí, una de ellas reducto sobreviviente de un puente anterior, el de Judith. Todavía, a cada hora, asoma un guardián en lo alto para esparcir al viento una fanfarria solemne de trompeta.

Esta ciudad mágica palpita por la energía que fluye (y emana) de la arteria de este puente en el que nos disponemos a entrar. El escenario es el mismo que el de la foto pero cambia la decoración. Tienes que imaginar una mañana azul y fría, escarcha en los jardines, bufandas en el cuello, bullicio de gentes, el sol prendiendo reflejos vibrantes en la superficie mansa del Moldava, barcazas trazando surcos en el agua, nítidos los contornos de las cosas, resplandenciente el color del paisaje. Aquí los palacios, las casas y sus habitantes miran al río, se asoman a él, se detienen en la misma orilla, no parecen temer el aire de hielo que trae su corriente. Eso es lo que ves al asomarte, una vez atravesado el arco de la torre medieval de piedra de casi mil inviernos que sirve de pórtico al puente. Nada más hacerlo, se extiende ante nosotros una avenida ancha y extensa apoyada en 16 arcos que hunden las raíces de piedra en el fondo de las aguas, flanqueada a derecha e izquierda por majestuosas estatuas de piedra y bronce dorado que miran al cielo, o extienden sus brazos como ramas, o permanecen cabizbajas como queriendo guardar un secreto. Hay 30 estatuas, observadoras silenciosas, guardianes impasibles. Pasamos ante San Venceslao, patrón de Bohemia, ante San Felipe Benicio, santo milagroso y curativo, un cuarteto de clarinetes haciendo las delicias de un auditorio pequeño pero entregado, San Vito, patrón de Praga, también de los perros, bailarines, actores y comediantes, un grupo de sonrisas asoma tras las bufandas y bajo los gorros de lana posando ante una cámara fotográfica, una paloma se posa sobre San Francisco Seráfico, patrón de los pobres y los desahuciados, un pintor sentado en una silla baja se esmera en una acuarela, aireando su colección de obras en un tendido improvisado de sábanas de papel blanco, la visión de Santa Lugarda, escena petrificada desde 1710 en la que Cristo se aparece ante la santa ciega y permite que le bese sus heridas, unos niños corriendo y riendo, inscripciones discretas a lo largo del pretil del camino, adultos detenidos contemplando el paisaje del agua, San Nicolás de Tolentino ahora, y aquí un hombre orquesta a la batuta de incontables mecanismos en el centro de un creciente círculo de turistas para asombro de cada una de las atenciones, monedas en una gorrita en el suelo, Santa Bárbara, patrona de los mineros, un artesano miniaturista trabajando en una mesa, al abrigo de un biombo rudimentario, Santa Margarita, patrona de las madres embarazadas, unos aplausos lejanos, rápidamente diseminados por el aire que sigue la corriente del río, agujas de piedra elevándose a lo lejos, no es de extrañar que esta ciudad responda a la inscripción, en el imaginario de las gentes y las tipografías de las guías de viaje, de la ciudad de las cien torres.

Aquí nadie parece tener prisa. No hay tráfico rodado que te haga apartarte a un lado por precaución. Es cierto que durante el día, seguramente, habrá que atravesar varias veces este lugar, en un sentido o en otro, pero la gente se detiene, una pareja se besa formando, sin saberlo, un fugaz y particular conjunto escultórico añadido y otra pareja, de policías, bien abrigados, pasea, obsérvese el matiz, pasea, no camina, con las manos a la espalda, cuidando de que otras manos vayan a lo ajeno. De súbito, entre la multitud, surge un adolescente con expresión de estar encarado con el puto mundo según lo ordena el patrón adolescente, o el molde, o la guía de viaje de ese periodo turbulento. La expresión se le ve en el rostro aunque tiene puesta la capucha de una sudadera oscura. Se abre paso rápido entre la concurrencia y posa su mano en la cruz de bronce impresa en el bordillo y situada entre las estatuas 17 y 19 que señalan el lugar donde, según cuenta la leyenda, San Juan Nepomuceno fue arrojado a las aguas en 1393 por orden del rey. Dice también la leyenda, y así lo atestigua gráficamente una placa de bronce allí situada, que las estrellas de su aureola siguieron su cadáver río abajo. El chaval mira a un lado y a otro, como si fuera a hacer algo que no debería, y entonces se encarama un poco hacia la placa haciendo pasar su mano por el cuerpo yacente del santo, deslizando la palma de derecha a izquierda repetidas veces. Es inevitable que la ceja se encarame también con cierto asombro. Al encaramarse, los pantalones vaqueros de corte caído del chaval dejan ver los gayumbos, así hay que decirlo cuando se habla en lenguaje de pantalones caídos y adolescencias encaradas con el puto mundo en estos tiempos, gayumbos. Y hay un factor desconcertante en la contemplación de la fricción con fruición de esa mano y el cuadro de zapas y gayumbos, algo entre devocional y anacrónico, pero presente y, por tanto, potente, que no acierto a fijar en palabras pero que es difícil pasar por alto porque el gesto no ha tenido o no ha parecido tener connotaciones de souvenir. El chaval termina el ritual y con la misma rapidez con la que ha surgido se pierde entre el bullicio. Cerca de mí, veo que una cámara de fotos ha sido testigo también de la escena y ha querido retenerla en la memoria. Tras el clic pertinente (o impertinente), una mujer joven asoma tras el visor y prosigue su camino en compañía de un grupo de turistas que atienden las explicaciones de una guía risueña y oronda que lleva una banderita en la mano para que nadie se pierda.

Este escenario de 500 metros late a diferentes frecuencias según el instante del día. Cuando el atardecer llega rápido, a los postres de diciembre, y las primeras luces de los faroles se encienden, el silencio se hace un hueco entre las gentes, lo mismo que las humedades gélidas que se filtran en forma de soplo por hendiduras en la piedra. Una cierta melancolía de lámpara tenue parece abatir el ánimo de los presentes, a saber si lo sabrán, hay un bisbiseo de labios y algún flash inquieto de una cámara lejana. La noche es para que las luces jueguen en el agua dibujando en colores en la superficie la silueta de la ciudad. Otras luces y las luces y las sombras tornan inquietantes las miradas de las estatuas que todavía no duermen. El gemido grave de una barcaza provoca una desbandada de palomas que revolotean nerviosas sobre las cabezas, dos señoras riendo el susto y mirando, como nosotros, hacia lo alto, a decenas de fantasmas blancos aleteando en un cielo negro. Allá arriba, la vasta extensión del Castillo atrapa la atención, cómo no va a hacerlo esa franja de luces inacabable que traza el contorno de un conjunto misterioso que parece abarcarlo y engullirlo todo. En la mente aparece entonces una inicial inevitable, una letra en mayúscula. K.

Franz Kafka cruzó una noche este puente y escribió:

“Hombres que cruzan puentes oscuros
pasando junto a Santos
entre débiles lucecitas.

Nubes que atraviesan el cielo
sobrevolando iglesias
con mil torres que condenan.

Y uno, apoyado en el pretil,
mirando en el agua de la noche,
las manos sobre viejas piedras.”

En un rincón en la oscuridad hay un mendigo arrodillado sobre la piedra fría. A su lado pasa un turista solitario con una mochila a la espalda, se quita su gorro de lana, se lo pone al mendigo, y sigue su camino. El mendigo no se mueve.

Procesos

Esto empieza por un extremo con una tos, dos toses, tres toses y un ruído raro viniendo de los bronquios, una visita rutinaria al médico, una salida del médico con un volante urgente para el hospital y termina en el otro extremo con la visita de un amigo trayéndome a casa una palmera de coco y con la de la vecina diciéndome ays.

El caso es que mis pulmones nunca han reclamado la atención pero llevan un par de años probando los altavoces. A principios de noviembre ya tuve una bronquitis. Dice el manual de instrucciones del elixir 2.0 que hay que vigilar los pulmones por dos motivos. Uno, porque al tratarse de un inmunosupresor, un catarro común no encontraría freno a la hora de deslizarse desde la nariz hacia abajo, no habría defensas. Dos, porque por alguna razón técnica que no recuerdo, o no entiendo (en realidad creo que no la recuerdo porque no la entendí, técnica como era) el laboratorio maneja una estadística recogida a través de muestras de casos de todo el mundo que marca en rojo las incidencias en pulmones. Por eso, pero sobre todo por ese ruido grutesco al respirar y al toser y ese cansancio que no se correspondía con la actividad ejercida, pedí cita en el centro de salud. Lo tengo enfrente de casa prácticamente, tengo que subir una calle en ligera cuesta, como lo son las que parten perpendicularmente desde el otro lado de la acera. Mareaba un poco la cuesta, más que cuando pasas delante del bazar chino y ves esos colorines y esas luces de colorines en mezcolanza confusa que te hacen decir, madre mía. El centro de salud dejaba el frío fuera y tenía todo el calor del mundo dentro, no sé yo si es muy sano tanto calor y tan de golpe. Quizá por eso, había mucha gente con caras congestionadas en el mostrador de citas. Alguno tendría fiebre, otro mala leche. Yo venía con la cita puesta desde el día anterior y por teléfono, total, no era ninguna urgencia, la tos puede esperar a mañana y a pasado si no da más guerra que ese ruído catacúmbico.

Puntualmente -no recordaba cosa semejante- se abrió la puerta y me recibió una doctora con cara de competente y de buena persona. Eso se nota enseguida. No había enfermera. Las van recortando, recortes, palabra en negrita, palabra del año y la del que va a entrar. Recortaremos hasta el año que entra, al tiempo. La doctora me preguntó los síntomas y yo respondí mientras aprecié el gesto de sorpresa de ella, aunque aprecié igualmente su profesionalidad y sus esfuerzos porque tal gesto pasara desapercibido cuando, mientras sus oídos me escuchaban, sus ojos miraban el monitor donde se supone que viene el resumen general de mi trayectoria, como una ficha policial o un curriculum profesional. Pase por allí y quítese la ropa de cintura para arriba, dijo. Y me levanté para pasar por donde ella decía.

La doctora se acercó con el estetoscopio y entonces me entró la duda de si era un estetoscopio o un fonendoscopio. También me entró la duda de si ambas palabras serían sinónimos para referirse a lo mismo. No importa.

-Coja aire profundamente- dijo la voz de la doctora a mis espaldas depositando un acento frío en mi costado izquierdo.

Cogí aire dándome cuenta de que, aunque parezca mentira, era

-Expulse el aire.

la primera vez que conocía a mi médico de cabecera. ¿Será posible? Pues sí, qué cosa, es lo que tiene ser

-Coja aire profundamente.

paciente de hospital más que de centro de salud. Pensé que esa rebaja, ese recorte en la categoría, no estaba mal después de todo.

-Uf, mire, voy a derivarle al hospital.

Eso me pasa por pensar.

-Pooor?

-Porque me temo que es una neumonía y en su caso particular, si se confirma mediante la radiografía que le voy a solicitar de urgencia, no sería una buena noticia.

-¿Radiografía? ¿Urgencias? ¿Ahora? (pereza) ¿Neumonía? ¿Y si es neumonía qué pasa?

-Si es neumonía estudiaremos si procedemos a una estancia.

-¿Estancia dónde? ¿Estancia es ingreso??

-Eso es, sí, sería lo que hay que hacer.

Y etc hasta llegar a lo de la palmera de coco, en casa, convaleciente del agotamiento de estos antibióticos que no sabes que existen porque van por delante de los recetados para las anginas y cosas así. Me mantienen castigado en casa por orden facultativa y aquí hay ratos que estoy normal y ratos que me siento muy débil. Pero no hay fiebre. Aquí me muero de aburrimiento pero tampoco tengo iniciativa para hacer mucho; eso sí, he visto llegar al invierno desde el otro lado del cristal de la ventana. Y para combatir un rato el aburrimiento me he hecho con una aplicación que hace que me pueda llevar las películas y las series a la cama en mi iPad sin conversiones y rollos de perder el tiempo, tan del gusto (incomprensible) de Apple. Lo del iPad es muy cómodo porque no pesa, no se calienta, no es un trasto. Te pones los auriculares, doblas la almohada, te lo colocas delante y miras. Y lo que ves te hace reir, te mantiene en suspense o hace que te duermas, según. Hoy he soñado algo desazonador que se ha desvanecido al despertar porque no me acuerdo de nada, solo ha quedado el recuerdo, en forma de estela negra, de que lo que fuera era muy desazonador.

Conquista

Mi infancia fue una sucesión de viajes secretos a la Antártida cada vez que me asomaba a los libros a escrutar fotografías como esta. Una cosa es ver una fotografía y otra estar en ella, recorrerla con los ojos, instalarte. Con la merienda de pan y chocolate como único equipaje, viajaba a aquellos lugares en silenciosa fascinación, así es la fascinación infantil, silenciosa. Esas fotografías de icebergs en un blanco y negro crudo, espectrales los bloques de hielo, las extensiones de terreno que la emulsión de la película despojaba de horizonte y la cara quemada y los ojos claros de los rostros de los exploradores me causaban impresión y aprensión, un poco de miedo y un mucho de admiración. Héroes. Héroes en territorios inhóspitos, como ir a un planeta lejano hecho de hielo y cosas imposibles. Luego, pero cuando luego significa mucho, llegó el verano en el que uno de los (Me)Cano escribió una canción misteriosa y hermosa. Escuchábamos la canción pero no la letra. “Héroes de la Antártida”. Y según cómo ponías los oídos, salía la voz de Ana Torroja cantando lo que fuera o salía cantando una letra que detallaba minuciosamente una parte de la hazaña y la tragedia de la que hoy se cumple un siglo. ¿Un siglo de qué? De la conquista del Polo Sur.

Fue Amundsen el que ganó la carrera a Scott. El concepto carrera es inherente a esos tiempos de territorios inexplorados a la espera de que una bandera dijera: adjudicado. Y además, le pone emoción. En este caso, mucha, y admirable, y trágica. Amundsen, noruego, le ganó a Scott, hijo de la Gran Bretaña, pero ambos fueron héroes. Amundsen ganó por listo pero sobre todo porque era un hombre práctico. Supo adónde debía dirigirse, cuándo y cómo. Una vez conocida la noticia de que alguien había alcanzado el Polo Norte, que a él le caía más cerca, puso su vista en la mareante distancia que le separaba del comienzo de la odisea que significaba explorar el desconocido polo opuesto del mundo. Y se lo calló un rato. Por eso era listo. Y también práctico, sobre todo práctico. Porque en lugar de contar con un señor barco, su pequeña embarcación supo abrirse paso por los estrechos canales que dejaban los macizos de hielo; porque en lugar de llevar caballos y ponis, que a Scott se le revelaron nada útiles, Amundsen contó con perros. Y además supo superar el escrúpulo británico de que si había que comer el mismo perro que tiraba del trineo, se comía. Finalmente, comprendió que la pompa aquí no tenía mucho sentido si no querías perder el sentido, el de la orientación y el de la cabeza, y partió de Noruega con tan solo ocho hombres (él incluído) que redujo a cinco (él incluído) una vez pisada la orilla del territorio en el que había que adentrarse para encontrar el punto exacto, ese por el que pasa el eje del globo.

A Amundsen le dijeron que era un fresco porque no dijo nada de sus intenciones y así ya me dirás que carrera limpia hay aquí, pensaron casi todos, pero hay que decir en su descargo que cuando llegó a Madeira tuvo el detalle, no sabemos si por ser un caballero, o movido por la mala conciencia, o con una cierta mala leche chulesca, de telegrafiar a su adversario para decirle que estaba de camino cuando el inglés estaba distraído en Melbourne y tuvo que reaccionar de la noche a la mañana. En el equipaje llevaba una ropa inadecuada (no es frivolidad anotarlo), los errores tácticos que se han apuntado en el párrafo de arriba y otros que nos dejamos en el tintero porque, total, el final de la historia no lo cambia nadie.

ScottLa de Scott fue una derrota espeluznante, porque lo suyo y lo de sus hombres fue un suplicio, un tormento en la tormenta de hielo, una sucesión de muertes a cámara lenta y a cuchilla de ventisca y gangrena. Llegar en estas circunstancias y ver la bandera de otro izada por tan solo unos días de diferencia tiene que provocar un terremoto de impotencia por dentro que da un poco de miedo imaginar, porque pase lo que pase por la cabeza en esos momentos, hay que sumar las fuerzas minadas, mirar a la tropa que te queda, y pensar que queda el regreso.

La última anotación de Scott en su diario es del 29 de marzo de 1912. Dice así: “El fin no puede estar lejos. Por el amor de Dios, cuidad de los nuestros”. A partir de ahí, la blancura de la página se funde con la blancura del paisaje. Una expedición, en el verano siguiente, encontró los cuerpos. Estaban a tan solo 18 kilómetros de una base con víveres y combustible. Si escuchas la canción de los Mecano, puede que te quedas solo con la melodía hipnótica de la Torroja o que, de paso, escuches cómo te cuenta por el mismo precio la tragedia de Scott y los suyos. Al escribir la canción, José María Cano jugó con los signos de puntuación una vez más, sutil él; hacer algo con sentido aunque no se note; que los ojos vean lo que el oído no va a percibir. Dice el estribillo:

¿Quién se acuerda del Capitán Scott,
Evans, Wilson, Bowers y Oates?

Y repite el estribillo:

¿Quién se acuerda del Capitán Scott?
Evans, Wilson, Bowers y Oates.

No había nadie más.

Videncias

Ese momento alucinante en el que la vidente de la tele escucha la pregunta, vía telefónica, de una voz nocturna, acreditada como Libra, tono implorante, ¿mi marido me quiere?, (tachán), y la vidente tuerce el morro, echa un ojo a los naipes, y responde: es que las cartas me dicen que tu marido ha sido un raro siempre.

Ese momento.

Hay una vidente que sale a la hora de los insomnios y del abracadabra que desde el verano ha hecho un viaje astral por varios canales de la tedeté, de esos que uno no pulsa de usual, canales de órbitas lejanas. Me pregunto si se muda porque le pagan poco o porque le persiguen las llamadas, y no precisamente para preguntarle por la compatibilidad con Acuario. Ella posa en un set mínimo, muy puesta de peluquería, eso sí, con tres velas a su vera, naranja, verde y roja. Es fácil que te la encuentres diciendo cosas como: Géminis, hijo de Tauro, ¿tiene futuro con Capricornio? y que entonces parta en dos el mazo de cartas, mire a la cara al naipe, ponga cara de fastidio y se disponga a amargar la noche al incauto o incauta de turno: pues no tiene ningún futuro pero, escucha reina mía, las cartas me dicen que no vales nada, que tienes las piernas hechas una patata, que te encuentras sola, pero sola sola sola y que el estómago te va a dar mal. Y que estás muy mal del corazón. Un beso, mi reina. Cuando se te quiere quitar de enmedio porque se le acaba el rollo del naipe, te dice: un beso, mi reina, y le da al caramelo de eucalipto. Porque esta vidente se atraganta mucho. A veces está en trance con las cartas y le entra una tos de esas que te hacen alzar la ceja con aprensión porque parece que se le salen los zodiacos, y aún más se levanta la ceja cuando, con artes que Marshall McLuhan no contempló nunca, fijo, dice a cámara, quita!, quita!, entre estertores de asfixia, dejando entrever, no obstante, una mala leche que por lo menos viene de la conjunción de Marte con un par de ovarios bien puestos. El realizador obedece y ordena un cambio de plano, de manera que solo se ven las cartas sobre la mesa desde un ángulo lateral. La tos, entonces, pasa a ser una tos en off, y entre ahogo y arcada dice reina mía, si ya te lo estoy diciendo, y más toses y más ahogos y más arcadas, y de pronto aparece una lata de coca cola como de puntillas en ayuda del gaznate, se escucha un glu glu, otra tos, algún escupitajo de coca cola sobre la carta del ahorcado impulsada por la tos y más reina mía, herencias, amores y enfermedades. Un show astral.

Esta vidente atesora momentos estelares. ¿Tienes cosas de médicos?, preguntó mirándome. Sí, contestó una voz en mi lugar. Exacto, porque están mirando el corazón. Pero es por el túnel carpiano que tengo, rectificó la voz, que se me duerme la mano. La pitonisa no se inmutó, al contrario; con voz docta y henchida de la satisfacción que da haber dado en el clavo añadió: y qué te he dicho yo, reina? Tienen que mirar las válvulas, que se aturullan. Y se hizo un silencio de agujero negro al que ella no pareció dar importancia. La noche que las constelaciones le hicieron concentrarse acodándose a la mesa, las manos entrelazadas, la barbilla sobre ellas, escrutando la respuesta a las dudas sobre la fidelidad del cónyuge de la televidente telefónica, alzó la vista y tras honda reflexión sentenció: yo que tú me lo quitaba de encima pero ya. Y le dio vueltas al caramelo de eucalipto en la lavadora del carrillo izquierdo y dijo un beso mi reina, recogiendo las cartas desplegadas encima de la mesa y haciendo tap tap con ellas, que en lenguaje de pitonisa quiere decir, siguiente. A mí me dio por incorporarme de la postura horizontal que había adquirido en el sofá, eché mano de internet y tecleé el nombre de la pitonisa del eucalipto en el oráculo digital de Google. Por curiosidad galáctica, porque las constelaciones del morbo y de la sospecha ejercen un poderoso influjo. Tecleé:

M-a-r-u-j-a (espacio) z-o-r-r-i-l-l-a

(enter)

Sin hacer ningún corte con la mano izquierda y sin preguntarme si yo era Capricornio hijo de Piscis o de Sagitario, Google respondió:

-esta señora hace honor a su apellido.

Y unas risas, oye.

Esta señora despliega las cartas sobre la mesa, dice cosas como tu marido tiene muerte psicológica, mi reina, deja a la audiencia muerta matada y por si cupiera duda alguna sobre el veredicto astrológico señala con el índice una fila de cartas y dice sí, sí, sí y sí. Probablemente los hados determinen entonces un ataque de tos, de estertores, de gargajos que descompongan momentáneamente el orden cósmico de su peinado de domingo. Cuando el realizador nos devuelva a la bruja a plano, la veremos con una mano en la garganta dándole con nervio al caramelito de eucalipto y, sin que se le caiga la cara de vergüenza, dirá que esta tos me da cuando percibo energías negativas y la anterior llamada era una señora cargada de cosas negativas, por eso la he cortado pronto. La vidente practica el laísmo del lalalá. En un canal próximo, pero no en órbita de colisión, un presentador con cara de redactor de guardia da un repaso a los marcadores de la liga. Mi sobrino dice que es del Osasuna, del Barcelona y del Real Madrid, de los tres, y tiene un álbum de cromos. Algunos repetidos.

Mundos (Praga I)

PragaLos Alpes, blanco y azul, abajo.

La terminal de llegadas de un aeropuerto internacional es un limbo momentáneo antes de que las exóticas combinaciones de letras de los indicadores, las facciones de los rostros, la música de las palabras y los contornos de las cosas te introduzcan en otro mundo. El viajero avanza, avanzamos todos, siguiendo una indicación impresa en checo y en inglés. Fuera, la noche oculta el escenario en el que acaba de posarse el avión de Iberia tras una travesía anticiclónica hasta en la dulzura de la azafata que te despide, a pie de aparato, dándote las gracias con una sonrisa de la transparencia del cristal.

El aeropuerto de Praga-Ruzyne es un lugar que conviene observar. Ese silencio, por ejemplo. Esa estética, por ejemplo. Disimulada por algún apunte de color, un diseño puntual, sobrio todo y sobre todo, ese lugar por el que el viajero avanza tiene reminiscencias de la época comunista. Publicidad, poca y nada llamativa. Mobiliario, escaso y con la funcionalidad lineal y escueta de los años setenta. Los uniformes de la policía poseen un pliegue de más, un ángulo un poco más puntiagudo, una botonadura más metálica, en fin, un algo que delata un aire militarizado que sopló no hace mucho tiempo. Una azafata azul y rubia sobre tacones alpinos nos adelanta con su maletita de ruedas seguida por el equipo femenino e igualmente rubio de chicas en chandal y pellizas invernales, única animación del lugar. Un empleado con la mirada baja arrastra un carro con paquetes en dirección contraria a la marcha de los recién llegados. Luz fluorescente y blanca, amplitud de espacios, vacío el espacio y la banda sonora. No hay música, sólo pasos, puertas a derecha e izquierda, algunas abiertas, otras cerradas. Señales. Los monitores anuncian la llegada de vuelos procedentes de Oslo y Copenhage y cuando uno piensa que esos lugares son allí territorios vecinos como lo serían en Barajas Córdoba o Tenerife, una rudimentaria luz de ambulancia comienza a girar emitiendo intermitencias anaranjadas para anunciar la llegada de los equipajes. Pasos. Una tos. Una procesión lenta de maletas, gordas, estilizadas, forradas, desfila por la pasarela ante los ojos de los asistentes. Hay un solitario y raquítico teléfono público en el centro de una pared blanca e interminable al que nadie le dirige la palabra. Una indicación discreta indica WC y otra, algo más enfática, indica la salida, EXIT. No hay control de entrada en el país por parte de las autoridades, no hay señal alguna de que nos vayamos a encontrar ante un escenario como el temible y psicótico control de inmigración de Nueva York. Aquí, por el contrario, los pasos no encuentran obstáculos y prosiguen su camino por ese curioso lugar en el que hay una luz y un silencio como de oficina más que de aeropuerto internacional y donde a uno no le extrañaría encontrarse con el abrigo y la cara de susto que portaba Julie Andrews en “Cortina Rasgada”. Películas de espionaje y contraespionaje en lugares silentes, fríos, eso es, pero fríos de todo tipo de temperatura, la del termómetro de las calles y la de las atmósferas emocionales. Telón de acero. En eso pienso mientras le digo a mi madre si llevo yo su maleta y ella responde que estas maletas de ruedas van solas y sin esfuerzo, mira, y la hace girar así y así.

Son poco más de las siete de la tarde pero hasta que no sales fuera de estos sitios las agujas del reloj no se sitúan, andan un poco despistadas. Tras una puerta hay gente. No hay rastro del abrigo de Julie Andrews entre los allí congregados pero nos espera un nutrido grupo de señores de cuellos gruesos, cejas pobladas y miradas azules, portando cartelitos escritos a mano, no por una impresora, con los nombres de viajeros a los que llevarán a su destino. En uno de esos carteles me veo escrito con una hache intercalada que me deja perplejo, porque no sé de dónde sale, es inesperada del todo, pero una hache no dice nada, está muda, y este hombre, que en una novela de Ian Fleming quedaría muy bien porque es como un armario y muestra una sonrisa que lo mismo te llevaría a cenar a su casa o a la de James Mason en “Con la muerte en los talones” -da para ambos papeles- me da la mano, áspera y cálida, no fría, le indica a mi madre por gesto que le deje llevar su equipaje y toma una delantera a paso marcial que hace que madre e hijo nos miremos y apresuremos la marcha tras él. Habla inglés, le pregunto al buen hombre. No, dice sacudiendo la cabeza. Español, pregunto ingenuamente. No, dice sacudiendo la sonrisa. Yo no hablo checo. No importa, responde él con su silencio enfilando una escalera mecánica que nos conduce arriba donde, al fin, vemos que es de noche, pero una noche cerrada. Porque el reloj dice que es la hora que es. Si no, y lo confirmaremos a lo largo del recorrido, se diría que hemos llegado de madrugada. Poco tráfico. Poca gente. Urbanizaciones de extrarradio, iguales y durmientes, iluminadas tenuemente con farolas cabizbajas. Parece mentira que unos kilómetros más allá surja de repente un chispazo de alguna parte que te hace girar la vista hacia la ventanilla de la derecha para ponerle sentido y entonces descubres el destello de la luz tiritando en las aguas del Moldava y antes de que proceses la imagen o la sorpresa, la primera de las estatuas de piedra negra, majestuosa, te dirige una mirada grave. Otro chispazo, eléctrico esta vez, de un tranvía al que en Praga hay que ceder el paso pase lo que pase y, entonces, surge la primera de las infinitas esquinas de edificios preciosos, palaciegos, imponentes e impecables, que acompañarán la vista durante los días de estancia.

Todo se ha sucedido con velocidad, el cambio de plano ha venido dado por un giro de volante que nos ha situado en el escenario donde viviremos los próximos días. En la puerta del hotel, nuestro conductor se acerca con un trocito de papel en su mano gruesa y con el dedo índice señala, como preguntando si lo que allí dice es correcto, el día y la hora donde nos recogerá para hacer el trayecto inverso, del hotel al aeropuerto. Digo de acuerdo con la cabeza; dice de acuerdo con la cabeza. Él vuelve a meterse en el coche y nosotros nos dirigimos a la entrada del hotel, un edificio acogedor. Alguien pasa al otro lado de la acera con las manos en los bolsillos del abrigo, encogido de hombros, envuelto el rostro en nubecitas de vaho. Hace mucho frío y la luz de todas esas estrellas, allá arriba, indican que helará esta noche, primera en Praga.

Niebla

Esta madrugada, las aceras están mojadas y nadie las pisa. Por encima, no se ve nada, todo lo borra una niebla densa que parece tragarse la luz de la calle y condensarla en un brillo blanquecino. He vuelto de casa de Ana Mari hace un rato. Casi no voy porque estoy otra vez mal del pecho y me siento flojo; pero no he tenido fiebre y el paracetamol se deja notar unas horas. No estoy bien. No me refiero a la tos del pecho, sino a lo que también hay en el pecho y en el resto del cuerpo. Pensaba mientras caminaba que mi cabeza es como esta niebla que todo lo borra esta noche, igual. No me encuentro, no me agarro, no camino. Anestesia. Y además no la hago notar. Quiero decir que la noto pero no la hago notar: no desahogo, no suelto, no vomito. No quiero, no me apetece, ya basta.

Me canso.

Me canso de cansar. Y si no canso porque hay gente que es amiga, como Ana Mari, pues mejor, pero mejor hablar de otra cosa o quedar otro día. Se me borran los días, las semanas, los meses, las iniciativas; las perspectivas de futuro son tan aterradoras que no me aterran. Me paralizan. Me dijo ayer mi madre que me notaba bajo. En lenguaje de madre quiere decir mucho, así que nos sentamos, la senté, y le dije que no se preocupara. Y es verdad, no le pude ser más sincero cuando le dije que es lo de siempre pero más por pura lógica, porque los recipientes se van llenando cuando llueve o les echas agua. Que no se preocupe aunque sé que se preocupa y que haga el favor de ir a la tienda a la que quería ir para mirar no sé qué cosa. Me hace caso a regañadientes pero me dice que hoy (ayer) me notaba especialmente decaído. Pues es que hay días, y si estás con fiebre y con esta puta tos, y si cada vez que toses la puta espalda te da un latigazo en las putas cervicales que hace que te de un puto mareo pues terminas en el sofá sin ganas de nada, ni teles ni libros ni nada.

Quiero nada.

Eso es lo que quiero. La quería ayer. No soy derrotista, me han derrotado las circunstancias pero sé que puedo levantarme. El problema, porque es un problema, y gordo, es que empiezo a notar la anestesia con la que afronto el hecho de que el cuerpo no quiere levantarse ya. Por qué. Porque me canso. El verbo cansar tiene una acepción que no viene en el diccionario, una acepción que más que significar, pesa. Toneladas. Echo en falta contacto, voz, piel; y echo en falta lo contrario. Creo que en esta niebla hay, al menos, un espacio claro donde reside parte del problema. No es la enfermedad. La enfermedad te marca y eso, siendo mucho y cansándolo todo, es solo una parte. El problema principal es que no he vivido una vida propia y me he dado cuenta por segunda vez en mi vida. La primera vez que lo hice abrí un blog, este, y me puse a contar con mucha dedicación lo que recordaba de los tiempos en los que sí viví vida propia. Creo que lo hice por miedo a que se me olvidara o quizá lo hice para recordar que viví una vida mía mientras tecleaba y tecleaba durante meses en los que ya no vivía una vida propia y así compensar.

He vuelto a dejar de vivir una vida propia. Pero esta vez demasiado tiempo y con demasiadas consecuencias. Y ahora no hay nada. Niebla, como la de este noche. No grito, no lloro, no hago cosas de esas, no respondo a los tópicos, qué aburrimiento y qué estupidez inservible, ya me canso hasta de eso. Solo quiero poner por escrito lo que no he dicho a nadie, porque no están, porque no he estado, porque no se ha dado la ocasión, por qué se yo, porque sea lo que sea; ponerlo por escrito y tomar alguna decisión. He cerrado mi cuenta de Twitter. Dejo gente interesante y gente interesada. Dejo enseñanzas aprendidas y enseñanzas aprendidas. Las primeras son buenas. Las segundas no. Ambas son enseñanzas en cualquier caso. Algo me dijo, de pronto, esta madrugada pasada, que una vida propia pasaba por cerrar eso. No sé, fue un impulso. Hay que pensarlo bien, eh?, porque es como si cerraras de un clic de golpe 3000 posts de La Idea del Norte, cosa que no he pensado nunca y no lo pienso hacer. Pero marea pensar que un solo clic borre, como esta niebla ha borrado la ciudad esta noche, cinco años largos de palabras, de latidos, de sonrisas, de mirarte a tí y contártelo, esto y lo otro y lo de más allá. En el caso de Twitter un clic borró anoche 12759 microtextos. Pero dudé un segundo, nada más. Me levanté de la cama, encendí este ordenador, el suelo estaba frío, la luz apagada, se iluminó la estancia de azul electrón y busqué la pestaña correspondiente y busqué con afán, cancelar, cancelar. Está seguro, me preguntó un cartelito. No le hice caso para no dudar y cliqué. Y me fui a dormir la fiebre y la tos y la niebla. Y esta mañana me he despertado con un peso extraño, como si se me hubiera muerto alguien. Pero no, aquí no tiene que morir alguien, aquí tengo que vivir yo, perdón si suena egoista, y si la primera vez que me di cuenta de que no vivía una vida propia abrí este blog, ayer, al darme cuenta una segunda vez, cerré un microblog.

Esta vez es distinto; esta vez es el cansancio general, no físico, que también; es el cansancio vital, la indiferencia en alguien que nunca ha sido indiferente a las cosas; la apatía en alguien que nació con la curiosidad proyectada en todo; el silencio en alguien que pidió ayuda cuando las cosas lo requirieron. Para mí, esto es otra enfermedad, y seria. Esto suena a redundancia pero es que es así: para vivir necesito vivir una vida propia. Y ya. No puede esperar más. Una vida propia qué es. No lo sé. Sí, sí lo sé. Es algo fácil, en realidad, y cotidiano, lo que hace todo el mundo, vives, ya está, con lo bueno, lo malo, vivir. Pues ni eso sé lo que es porque lo he vaciado de contenido. El contenido es: quiero equivocarme, quiero acertar, quiero sentir, quiero llamar, quiero que me llames y no me teclees en el puto móvil, quiero leer y ver y estudiar, quiero ponerme manos a la obra, probar cómo sabe un te, quiero que las horas sean mías aunque las regale y las comparta. Quiero pasar unas anginas, ver una película en blanco y negro o en color, pasar a saludar a Rosa, ojear el periódico, ordenar las cosas desordenadas que se apilan en cajas desordenadas. Me dí durante demasiado tiempo, a quién o a quiénes o en qué circunstancias no importa. Fue y ya está. Curiosamente, y en contra de lo que suele suceder o pensarse, nunca por cuestión sentimental, amorosa, esas cosas que desconozco porque me asustan porque creo que a la larga o a la corta te matan.

Son las 4 de la madrugada pero podría seguir escribiendo indefinidamente, este post podría ser un post infinito porque no tengo ni idea de lo que he escrito, sólo tengo la sensación de que habiendo escupido un puzzle de piezas en forma de palabras, no he dicho lo que quería decir, no porque no quiera, sino porque no me sale, o igual ha salido pero no como pretendía. Es igual. Hoy no hay goma de borrar. Hoy duelen las cosas tanto que ni duelen. Hoy hay tanta niebla que ni veo. Pero ojo: de todo lo anterior no sale una pérdida, una derrota, un fracaso. De todo lo anterior sale una silueta. La mía. Yo. Y si me quieres, gracias. Y si me hiciste daño, gracias por enseñarme. Soy el soldadito de plomo de la caja, el defectuoso, sí, y eso cansa mucho porque el mundo no está hecho para esos defectos de fábrica pero también tiene su gracia porque si el mundo no tiene tu talla puedes ponerte a hacer la tuya propia.

Asumir.

Ese verbo también sale de la niebla junto conmigo. La gente cree que hay que asumir las cosas pero no saben, por lo general, que antes hay que aprender a conjugar el verbo. Yo asumo. Tu asumes. Él asume. Nosotros asumimos. Vosotros asumís (si os da la gana, claro). Ellos asumen. Luego ya puedes ponerte a asumir las cosas que sean. Me voy a ir a dormir. Pero otro día seguimos hablando. Si quieres.

Aterrizaje

Aterricé en casa, ya contaré cómo y con qué cosas en el equipaje, y me encontré una hoja de papel, con arruga de manuscrito viejo, si no fuera porque de viejo tiene nada, días acaso. Le saqué una foto. Ésta:

La foto se quedó tan perpleja como yo. Al parecer, mi sobrina Isabel ha decidido componer y hacerlo de manera secreta o discreta. Si pasas página, hay un título, pero como mi cultura musical es limitada no sé si indica una composición original o si se trata de un arreglo. En cualquier caso, la foto y yo nos quedamos, de nuevo, asombrados:

Lo más curioso de todo es que Isabel no sabe aún colocar las notas en el pentagrama, acaso nombrarlas y leerlas despacio. Pero eso no es óbice para que anote su composición con un rudimentario pero eficaz sistema de escritura. Ella escribe el nombre de las notas. Por ejemplo: re sol la sol mi. Y si alguna nota es larga, lo anota de una manera que a mí me da mucha risa porque, oye, es que tiene gracia: re sol la sol miiiii. Y así ya sabemos que el “mi” dura más que el resto de las notas.

¿Ves cómo tiene gracia?

Dejé la partitura encima del piano y miré las teclas con cierta cosa de culpa, porque ya no me acuerdo cuándo fue la última cosa que compuse. Estoy en una fase decadente. Dicen que en periodos de crisis hay que asumir las cosas antes de incorporarse de nuevo. Pues bien, yo asumo la decadencia. Y qué. En fin. El cansancio de un viaje largo no es buen compañero de reflexiones acerca de la decadencia.

Al día siguiente estaba leyendo el periódico e Isabel y Carlos jugaban con algo en el suelo y se reían. Yo: ¿vamos el lunes al cine? Ellos: sííí (como en la partitura, alargando el valor de las notas, igual). Yo: ponen la de los pingüinos. Ellos: bieeeeen. Yo: pero es la segunda parte. Habéis visto la primera, ¿no? Isabel: No. Carlos: . Isabel: Bueno, igual sí. Yo: ¿En qué quedamos? Isabel: pues que no importa, el lunes al cine, ¡yuju! Yo seguí mirando el periódico. Salía Ángela Merkel. Todos los días sale.

Diciembre

Abre paréntesis:

Diciembre son un par de noches en vela negociando con la luz para que los versos llevaran la suya al corazón que los necesitaba.

Diciembre fue una plegaria deslizada entre las líneas de este blog para otros corazones.

En diciembre. En otro diciembre cuando, en realidad, ya no éramos nadie. Ninguno. Ni siquiera tú.

Cierra paréntesis.

Punto y aparte.

La niebla se ha instalado como una cúpula sobre la noche de Praga. Hay mucho que contar al regreso. Ahora, no se escucha nada al otro lado del cristal de esta habitación. El pavimento está mojado. Hace un rato, la electricidad chispeaba en la catenaria de los tranvías, y el Moldava reflejaba las luces del Puente de Carlos estremeciéndose de frío. El castillo vigila allá arriba, las alfombras de sus jardines escarchadas. Un confortable calor emana de cada rincón de este hotel precioso. En el ascensor, en los pasillos, en el toallero, en esta habitación desde la que tecleo en una tableta digital, sentado sobre la cama, la lámpara de lectura proyectando la sombra de mis dedos deslizándose en un alfabeto táctil y sin relieve.