Archivo por días: 27 noviembre, 2011

Sorpresa

¿A ver? ¿Se me escucha?

(Siempre me he preguntado por qué se dice a ver, de mirar, cuando lo que importa es si se escucha bien, si la señal es buena)

En cualquier caso, la pregunta tiene su razón de ser. Tecleo este domingo por la noche, 23:23 horas, hora capicúa, desde Praga. ¿Desde dónde? Desde Praga. Estoy en la habitación de un hotel que ocupa un edificio con historia, en una calle que no sé cuál es, es difícil recordar este idioma, tan solo sé que en estos momentos es heladora. Si sales al balcón, doble puerta, en el cielo negro surcan nubes blancas. Me ha sorprendido ver otras nubecitas, las del vaho de mi aliento, porque ya no recordaba su existencia. Dice la amable recepcionista, en suave castellano, que hoy ha hecho un día precioso, que lo normal es que ya nieve y no que luzca el sol tan agradable como lo ha hecho hoy; dice que habrá traído usted este tiempo tan dulce. Yo he dicho ejem y he preguntado la hora del desayuno mirando unos folletos del mostrador. Ahora es hora de dormir y fuera hace mucho frío. Enfrente, hay casas de aspecto mozartiano, con luces de tibio brillo decimonónico que dejan entrever estancias amplias de techos altos. A sus habitantes no se les ve. Por la calle tampoco hay habitantes, mañana por la mañana a ver si hay o me sentiré un Kafka digital tecleando el noticiable asunto.

Qué hago en Praga.

Traer a mi madre.

Mi madre lleva muchos años diciendo que le haría ilusión visitar Praga. Nunca ha viajado en avión y, en realidad, nunca ha viajado a ningún sitio por el placer de hacerlo, de descubrirlo. Mi madre siempre ha estado al pie del cañón para los otros, para mí ni te cuento. Me dije que ya era hora de hacer algo, así que a las 10 de la mañana estábamos en un AVE rumbo a Madrid y a primera hora de la tarde esperábamos embarcar en un vuelo de Iberia. Vuelo perfecto, oye, pero es que ni una turbulencia. Sobrevolábamos los Pirineos nevados y lucían con claridad anticiclónica. Ahora mi madre ya duerme, yo tecleo en pijama y mañana nos internamos en esta ciudad de torres, puentes y plazas. Estamos cansados por el viaje, los aeropuertos son unos sitios pensados para agotar al viajero con tanto pasillo eterno, pero estoy seguro de que el viaje va a merecer la pena. Vamos a nuestro aire, no engullidos por el ajetreo de los viajes organizados, y nos marcharemos antes de que venga la oleada de turistas españoles del puente de diciembre. De paso, nos sale la cosa de lo más ajustada de precio. Así que mira que bien.

Nadie al otro lado del cristal. Mi hermano me acaba de escribir un mensaje. ¿Todo bien?, tecleamos ambos. Todo bien, contestamos ambos. A mitad del camino, los Pirineos duermen cubiertos por el manto blanco de la nieve. Buenas noches.