Bilbao (parte II)

Nos hemos encontrado con el guardián de la puerta.

(Exclamación de sorpresa)

Para encontrarse con el guardián de la puerta hay que recordar que estamos en Bilbao e imaginar una mañana en la que la niebla va levantando poco a poco el telón para ofrecer un lienzo fresco y oloroso a verde y clorofila, a pinos, a caminos serpenteantes. Estamos en un lugar especial, qué duda cabe, lo atestigua la vista y los sentidos. Como si fuera un rincón fuera del mundo, algo novelesco, como el sanatorio de Murakami, o la biblioteca de Murakami, o cualquier lugar de Murakami, hay un colegio entre laderas y prados, alejado de la ciudad. Allí solo hay chicos, masculino plural, esto es, no hay chicas. Excepción: está María, que viene conmigo. María es mi editora. Dicho así suena raro, pero si nos atenemos al estricto significado de las palabras, es lo cierto. Sin embargo, María no me acompaña esta mañana como editora de mis composiciones, sino como amiga, o como hermana. Para mí es como una hermana desde hace tiempo. Nos hemos detenido a observar ese paisaje que lleva incorporado el olor de la montaña porque, aunque ella está acostumbrada, sabe que yo no, y me quedo como fuera de combate y al mismo tiempo como con subidón, por decirlo en jerga de chavales, esos chavales que esperan dentro. Me estoy demorando en el párrafo haciendo eses antes de que entre en el colegio o el colegio entre en el párrafo, porque ya se sabe lo mío con los colegios. Pero nos esperan para charlar a las 12:40 con los chavales de este mundo insólito donde los alumnos estudian con pantalón beige, americana azul, camisa y corbata.

Atravesamos los largos pasillos porque se necesitan pasillos largos si hay que matricularse desde primaria hasta el bachillerato. Hay chavales en todas las clases pero me pregunto si los habrá de todas clases mientras observo a uno de ellos dejarnos paso echándose a un lado con discreción e inclinando la cabeza, como si su presencia importunara. Hay un profesor muy serio que está diciendo a los más pequeños, sin levantar la voz ni la vista de algo que escribe desde su mesa con lentitud, que qué tenemos dicho sobre hablar todos a la vez. Que eso no se hace, responden a coro. Pues ya sabemos lo que hay que hacer, dice el profesor cuyas gafas están a juego con su aire de quien está costumbrado a tener la situación bajo control sin forzar la garganta ni las formas. Otro profresor nos sale al paso de un aula de plástica con bata blanca. No es médico aunque lleva bata blanca. Si lo fuera daría mucho miedo porque tiene manchas rojas, pero también verdes, azules, amarillas, y seguro que alguna más. También lleva gafas pero las lleva caídas hacia la punta de la nariz. Hay personas que miran por encima de las gafas cuando van a hacer una confidencia o una ironía o una combinación de ambas cosas: ahora a estas clases les llaman de “motricidad fina”. Sonríe y se encoge de hombros. Un niño acude a enseñare un dibujo. Este profesor es de los maestros de toda la vida que ven con escepticismo obediente cómo lo mismo viene con otras etiquetas del ministerio correspondiente según modas.

Avancemos. El aula donde tengo que charlar con alumnos de segundo de bachillerato tiene mesas unidas formando una “u” abierta hacia mí, como si me atrapara en el centro. Entran los chavales, no esos chavales que hemos visto pintando colorines en el pasillo de primaria; entran unas torres altas, pulcramente peinadas, ajustándose la americana y dejando las últimas voces de frases sin terminar en el pasillo. Las mesas en “u”, las corbatas y las americanas me hacen sentirme presidente de algún consejo de administración de esos que, seguro, ya están esperando a estos chicos. Yo me presento y hablo de lo mío y creo que capto su curiosidad en un grado mayor al esperado, si bien algún conato de inquietud hay en el chaval qeu se sienta al frente, segundo por la izquierda, aunque se contrarresta con el silencio del ala oeste y la atención del ala este. En el sur, mirando ocasionalmente a María que está fuera de plano, al fondo, discreta ella, hablo yo. De qué. De lo mío, de qué va a ser. Qué forma tiene la música, planteo. Y yo me lo guiso y yo me lo como. Alguna ceja se levanta al oir la cuestión que me propongo resolver en la pizarra digital del aula. Termina la charla, bromeo haciéndome a mí mismo el par de preguntas que me haría si estuviera sentado allí enfrente.

Me aturde algo.

Es lo de las hormonas, creo. Las mías no, las de ellos. No sé cómo casan las hormonas con la corbata, el traje y esas maneras impecables en la actitud, en los gestos y, sobre todo, en las palabras. Vuela por la puerta la representación de ciencias, viene a la mesa el grupo de humanidades, exiguo pero dando batalla, ellos preguntan y yo contesto. Se interesan por mis herramientas de trabajo, viene usted bien preparado, me dice uno de estos chavales. No sé si por las noches se conectarán al Tuenti y esas cosas pero parecen adultos con costumbre de relacionarse con adultos, yo diría que queriendo ser adultos. Muestro mis “i” a los chicos que hasta entonces han estado sentados en “u”: iPad, iMac. Viene usted bien preparado, han dicho hace unos instantes, y yo reprimo contestar un y tanto, aunque y tanto se escriba con i griega, porque me acuerdo del iElixir, el 2.0 para ser más exactos, artefacto que me ha permitido llegar allí si bien (si mal) en Bilbao dará pronto señales de que funciona con la reserva.

¿Y qué pasa con el guardián de la puerta? El guardían de la puerta espera.

Concluído el trabajo, recogido el instrumental, vacía la clase, hacemos el camino de vuelta atravesando los mismos pasillos de antes pero en sentido contrario, bajando las escaleras que antes subimos; ahora, el silencio y el vacío se ha poblado de voces y carreras. Es la hora de comer. Nos invitan a comer, pero nos esperan en Bilbao. Natividad ya tendrá la mesa puesta y yo aún no sé que voy a recibir un dibujo de su hija pequeña. Por la tarde es el turno de los adultos en una sala del centro de Bilbao. Bach y la música para adviento. Declinamos la invitación a comer pero no podemos escapar a la invitación a travesar el inmenso comedor donde, glups, parece como si los señores de Pixar estuvieran haciendo de las suyas en verdadero 3D: un ejército de enanitos encorbatados cruzan raudos por delante, por detrás, en todas las diagonales posibles, parece un videojuego, todos ellos portando una jarra de agua, como si el que le llevara antes consiguiera pasar al siguiente nivel. A mí me hace gracia y me ayuda a controlar mi pánico escénico escolar, reminiscencia de mi trauma monjil de la EGB.

Alcanzamos la otra puerta tras pasar por delante de un cura con sotana, alzacuellos y la cara del color de la cera, y es entonces cuando nos topamos con el guardián de la puerta. Dónde está. Abajo, a la derecha. Un enanito sentado en una silla enanita con cara de apuro. Por mis adentros pienso que estoy viendo a un niño castigado por alguna travesura pero resulta que no, que es el guardían de la puerta, encargado de una misión importante, precisa, que requiere de autoridad y de atención. Para evitar aglomeraciones dentro, en el comedor, es él quien al grito de CINCO! permite que cinco enanitos entren a comer y así sucesivamente. Si te asomas a la ventana ves un griterio de chavales haciendo fila ahí abajo en el patio, un patio particular porque cuando se moja no es como los demás; de hecho, no se moja, tiene una moderna y enorme cubierta flotante. Miro la fila de hambrientos e impacientes niños, miro el pasillo vacío que los separa del comedor y al guardian de la puerta, sentado en su silla minúscula, en pantalones cortos, los brazos cruzados apoyados en las rodillas, controlando la situación. Todos comerán, pero sin aglomeraciones.

Antes de marcharnos vuelvo a mirar a esa ladera que empieza a subir alfombrada con árboles preciosos, sonido de pájaros y de aguas frías. Pregunto el nombre de los árboles, como si saberlos me hiciera sentirlos más cerca o llevarme su recuerdo más nítido a esta tierra mía tan poco arbórea. Hay, me dicen, robles, hayas, encinas, pinos. Marchamos hacia el coche y me retraso un instante para pisar un cesped mullido y esponjoso, tanto que lo estaba pidiendo, el pisarlo, no sé si el césped o yo. Probablemente ambos. Nos espera Natividad a comer. De postre, vendrá bien un pequeño descanso. Por la tarde/noche, Bach.

7 pensamientos en “Bilbao (parte II)

  1. héctor

    Excelente post. Como siempre, está tan bien narrado que me queda la impresión de haber estado allí, acompañándote en esa visita. Y claro que el colegio presenta características que lo distinguen de la generalidad actual. Me llamó la atención. Muchas gracias por la crónica y por el regreso al blog con renovado entusiasmo. Un abrazo grande.

  2. Marcos

    … y hasta oído y olido, Lili.
    Qué viaje más interesante y tan bien aprovechado.
    Aquí también hay nieblas, pero no tienen árboles ni montañas con las que jugar. Qué bien debe de oler el norte en esta época del año.
    Fuerte abrazo.

  3. Luna

    admiro (me encanta) tu capacidad para contar historias (de la vida real) es como ser Maria
    Gracias por estos relatos

  4. toni

    creo que, desde ahora, los lugares de la Idea van a tener un aire de Murakami. porque ahora ya, no sólo son suyos, sino también tuyos. y viceversa, claro.
    (qué bueno, emejota, qué bueno)

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