Bilbao (parte I)

Estuve dos días en Bilbao. Intensos e intensivos. Por trabajo (gracias, gracias) y por lo bien que me trataron (gracias, gracias). Lo pasé genial. No tenía wifi para escribir, tampoco tenía mucho tiempo, la verdad, y las dos noches llegué al hotel muy cansado para escribir. Ni siquiera puse la tele, nada, zzz y ya está, pero tomé notas. Recuerdo haber salido una mañana temprano en un tren que iba prácticamente vacío, como un tren fantasma, algo así, y que el paisaje, llano y amplio por (seca) naturaleza, se fue convirtiendo poco a poco en abrupto, verde, más verde, verde con piedra y casitas en mitad del verde, y bosque y más bosques, y vacas pastando en las laderas alfombradas de un verde esponjoso y caballos cruzando un puente de piedra bajo el que pasaba el tren. Las nubes desdibujaban las cimas altas de las montañas y el tren había disminuído la velocidad porque la vía hacía eses, zigzagueando entre montañas, subiendo y atravesando túneles, apartándose para no molestar a esos caballos con mucho pelo, de esos de carácter tan tranquilo que suelen tener granja. Yo había decidido internarme en las tierras de Invernalia (“Juego de Tronos”, tocho primero, sí, sucumbí, Jon Nieve y tal) pero la vista se me iba a la ventanilla más que al libro y las piernas se iban a la cafetería a por un cola cao. Es ahí, en el camino recto, no verde sino azul hacia la cafetería del tren, cuando atravesé tres vagones de asientos azules sin nadie allí. Los monitores exhibían “Midnight in Paris” de Woody Allen, que había visto con una sonrisa y con agrado en su día en la sala oscura del cine, y pensé que menos mal que no había nadie para verla porque no era ni la hora ni el momento. Encontré al camarero con los brazos extendidos y las manos apoyadas en la barra para que el cuerpo se mantuviera en equilibrio, sus ojos miraban con expresión de rutina la película que pasaba el tren al otro lado de la ventanilla.

(Oye, ¿va a ser todo el rato así?)

No, no, pero es que el viaje es largo y estuvo bien.

Recuerdo que María me esperaba en la estación de Abando y que llovía y que la lluvia era una cosa nueva y agradable; la sorpresa al atravesar el puente de El Arenal y ver la ría, y los árboles de este otoño que pasa de puntillas hacia el invierno. Recuerdo las explicaciones de María, su tono de voz cariñoso, contenta por la visita, contento yo por visitar, juntos ambos en la aventura de este intensivo de charlas que justificaban la presencia del portátil y demás accesorios. Recuerdo la visión de las montañas rodeando Bilbao, la elegante silueta del Teatro Arriaga en la antesala de ese casco viejo tan agradable de transitar, con tanto movimiento, el pavimento mojado y brillante. Recuerdo muchas cosas y todas buenas: el hotel, la primera comida en casa de los padres de María y de Juan, tan buena gente ellos, los padres y los hijos; recuerdo esa sensación impagable de entrar en casa ajena y sentirte como en la tuya al medio minuto. Las conversaciones, los platos, la sobremesa, el calor de las sonrisas en la mesa y la lluvia cayendo fuera, haciendo caer las hojas que este año amarillean, sí, y hasta se sonrojan, pero no se deciden a caer por sí solas porque el termómetro marca 17 grados y algo no les encaja ni a las hojas ni a los ojos. Recuerdo el recibimiento de Ana a media tarde y que hablaba más rápido que yo, y dos cocacolas allí, en lo viejo, donde me tienen que llevar casi de la mano porque me dicen: sales y a la izquierda y no tienes pérdida y, en correspondencia y para corrobar que he entendido algo tan fácil para el común de los mortales, el brazo, mi brazo, ya indica el frente, todo recto, y me repiten de nuevo que no, que todo recto no es salir a la izquierda.

Qué desorientación la mía.

Recuerdo recibir como regalo de Santa Cecilia un concierto barroco en un teatro de esos que te hacen abrir la boca de asombro. El teatro lo sabe y por eso también abre la boca:

Los músicos salieron a escena portando Les Violons Du Roy, es curioso que estos grupos de museo adopten nombres así, pero así suenan más a aquel entonces que quieren reproducir en escena. A veces lo consiguen, a veces no. Suena Lully y Marais. Marais tenía el hombre una melancolía y un saber tejer contrapuntos con un don especial, pero los músicos, que tocan de manera impecable, no tienen hoy ganas, se nota, repantingada está esa violinista en su silla en algún silencio de blanca, quitándose un hilo, un algo del vestido con gesto distraído. Si tocas impecable pero no estás en lo que tocas, no hay emoción, por mucho que la pantalla del subtitulado se esfuerce en traducir las palabras pasión, amor, celos, furia, temor, esperanza, esas cosas que nos mueven a los humanos, tengamos Violons o no. Qué estupidez deliciosa, qué delicia estúpida, y venenosa, y peligrosa, pero reincidente, por eso doblemente peligrosa y venenosa, la cosa de los amores. Que se ponga el semáforo en amarillo, por favor. Se ve (lo vemos y lo escuchamos) que en los tiempos de Les Folies Francoises, aunque no tenían Twitter, ni Le Monde, ni Coca Cola Zero, ni BCE, ni Halcón Viajes, ya estaba la gente dándose golpes contra la pared reincidiendo, con el corazón hecho añicos y pegado con pegamento para que algún príncipe o princesa lo cuidara un rato y luego lo machacara sin piedad.

Tortilla de patata.

Me entraron ganas de un pincho de tortilla de patata esa noche, de repente, mientras la soprano le decía al bajo en lenguaje de melismas que nos queremos, nos querremos, por los siglos de los siglos y tal. Amén. Y allá que fuímos, porque había confianza para decirlo, lo de la tortilla de patata, yo dejándome llevar, contento, escoltado por María y Alberto. Alberto es la persona responsable de mi estancia allí, por eso no sé si decir persona responsable o irresponsable, si dijera lo segundo sería con tono irónico y afectuoso, por supuesto; Alberto es lo que decimos un pedazo de pan, llevaba tiempo dándole vueltas al propósito de que yo pudiera dar una o unas charlas allí. Y las charlas serán mañana, doblete, públicos diferentes, temas diferentes, con dos bemoles; por tanto, aunque la tortilla está muy rica y nos reímos con la tertulia que la acompaña, me acompañan al hotel, creo que no se fían y hacen bien, no vaya a ser que aparezca en Santander. La ría discurre silenciosa mientras atravesamos el puente y la luz de las farolas brilla en el asfalto mojado. Ya no llueve. Mañana es un día intenso, pero irá bien, porque el instinto lo dice y porque, esta vez, la cosa tiene un matiz aventurero y emocionante. Ya lo verás.

6 pensamientos en “Bilbao (parte I)

  1. emejota Autor

    De verdad, Lili! Pero se le entendía muy bien y estuve muy a gusto. El próximo viaje repito.

    toni: me gusta escribir las crónicas si no me puede la pereza. Me estoy haciendo viejo :)

  2. belén

    ¡Qué gusto da leerte MJ!
    Y leerte así… así de bien. Se te nota la chispa encendida y eso alegra a quienes te apreciamos. :-)

  3. C.

    Es verdad, belén :)

    (Marais tendrá todo eso que dices -y que yo no comprendo, ya sabes-; lo que sé es que era un moderrrrrno, con esa obrita de la operación de vesícula que causó sensación entre esta gente menuda cuando la expliqué)

    Esperamos el relato del apoteósico triunfo del día siguiente. Un beso

  4. Pilar

    Suscribo todo lo que dice belén, me encanta que escribas en tu QUERIDO BLOG, me encanta que te sientas así, me encanta leerte, me encanta y me alegra infinito…….
    Ahora unos días sin leerte, no me voy, solamente estaré en otra parte donde no hay Wifi ni ordenador,pero pronto volveré a esta parte
    Un abrazo y un beso

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