Bilbao (parte I) 25 noviembre, 2011
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 6 comentarios , trackback
Estuve dos dÃas en Bilbao. Intensos e intensivos. Por trabajo (gracias, gracias) y por lo bien que me trataron (gracias, gracias). Lo pasé genial. No tenÃa wifi para escribir, tampoco tenÃa mucho tiempo, la verdad, y las dos noches llegué al hotel muy cansado para escribir. Ni siquiera puse la tele, nada, zzz y ya está, pero tomé notas. Recuerdo haber salido una mañana temprano en un tren que iba prácticamente vacÃo, como un tren fantasma, algo asÃ, y que el paisaje, llano y amplio por (seca) naturaleza, se fue convirtiendo poco a poco en abrupto, verde, más verde, verde con piedra y casitas en mitad del verde, y bosque y más bosques, y vacas pastando en las laderas alfombradas de un verde esponjoso y caballos cruzando un puente de piedra bajo el que pasaba el tren. Las nubes desdibujaban las cimas altas de las montañas y el tren habÃa disminuÃdo la velocidad porque la vÃa hacÃa eses, zigzagueando entre montañas, subiendo y atravesando túneles, apartándose para no molestar a esos caballos con mucho pelo, de esos de carácter tan tranquilo que suelen tener granja. Yo habÃa decidido internarme en las tierras de Invernalia (“Juego de Tronos”, tocho primero, sÃ, sucumbÃ, Jon Nieve y tal) pero la vista se me iba a la ventanilla más que al libro y las piernas se iban a la cafeterÃa a por un cola cao. Es ahÃ, en el camino recto, no verde sino azul hacia la cafeterÃa del tren, cuando atravesé tres vagones de asientos azules sin nadie allÃ. Los monitores exhibÃan “Midnight in Paris” de Woody Allen, que habÃa visto con una sonrisa y con agrado en su dÃa en la sala oscura del cine, y pensé que menos mal que no habÃa nadie para verla porque no era ni la hora ni el momento. Encontré al camarero con los brazos extendidos y las manos apoyadas en la barra para que el cuerpo se mantuviera en equilibrio, sus ojos miraban con expresión de rutina la pelÃcula que pasaba el tren al otro lado de la ventanilla.
(Oye, ¿va a ser todo el rato as�)
No, no, pero es que el viaje es largo y estuvo bien.
Recuerdo que MarÃa me esperaba en la estación de Abando y que llovÃa y que la lluvia era una cosa nueva y agradable; la sorpresa al atravesar el puente de El Arenal y ver la rÃa, y los árboles de este otoño que pasa de puntillas hacia el invierno. Recuerdo las explicaciones de MarÃa, su tono de voz cariñoso, contenta por la visita, contento yo por visitar, juntos ambos en la aventura de este intensivo de charlas que justificaban la presencia del portátil y demás accesorios. Recuerdo la visión de las montañas rodeando Bilbao, la elegante silueta del Teatro Arriaga en la antesala de ese casco viejo tan agradable de transitar, con tanto movimiento, el pavimento mojado y brillante. Recuerdo muchas cosas y todas buenas: el hotel, la primera comida en casa de los padres de MarÃa y de Juan, tan buena gente ellos, los padres y los hijos; recuerdo esa sensación impagable de entrar en casa ajena y sentirte como en la tuya al medio minuto. Las conversaciones, los platos, la sobremesa, el calor de las sonrisas en la mesa y la lluvia cayendo fuera, haciendo caer las hojas que este año amarillean, sÃ, y hasta se sonrojan, pero no se deciden a caer por sà solas porque el termómetro marca 17 grados y algo no les encaja ni a las hojas ni a los ojos. Recuerdo el recibimiento de Ana a media tarde y que hablaba más rápido que yo, y dos cocacolas allÃ, en lo viejo, donde me tienen que llevar casi de la mano porque me dicen: sales y a la izquierda y no tienes pérdida y, en correspondencia y para corrobar que he entendido algo tan fácil para el común de los mortales, el brazo, mi brazo, ya indica el frente, todo recto, y me repiten de nuevo que no, que todo recto no es salir a la izquierda.
Qué desorientación la mÃa.
Recuerdo recibir como regalo de Santa Cecilia un concierto barroco en un teatro de esos que te hacen abrir la boca de asombro. El teatro lo sabe y por eso también abre la boca:

Los músicos salieron a escena portando Les Violons Du Roy, es curioso que estos grupos de museo adopten nombres asÃ, pero asà suenan más a aquel entonces que quieren reproducir en escena. A veces lo consiguen, a veces no. Suena Lully y Marais. Marais tenÃa el hombre una melancolÃa y un saber tejer contrapuntos con un don especial, pero los músicos, que tocan de manera impecable, no tienen hoy ganas, se nota, repantingada está esa violinista en su silla en algún silencio de blanca, quitándose un hilo, un algo del vestido con gesto distraÃdo. Si tocas impecable pero no estás en lo que tocas, no hay emoción, por mucho que la pantalla del subtitulado se esfuerce en traducir las palabras pasión, amor, celos, furia, temor, esperanza, esas cosas que nos mueven a los humanos, tengamos Violons o no. Qué estupidez deliciosa, qué delicia estúpida, y venenosa, y peligrosa, pero reincidente, por eso doblemente peligrosa y venenosa, la cosa de los amores. Que se ponga el semáforo en amarillo, por favor. Se ve (lo vemos y lo escuchamos) que en los tiempos de Les Folies Francoises, aunque no tenÃan Twitter, ni Le Monde, ni Coca Cola Zero, ni BCE, ni Halcón Viajes, ya estaba la gente dándose golpes contra la pared reincidiendo, con el corazón hecho añicos y pegado con pegamento para que algún prÃncipe o princesa lo cuidara un rato y luego lo machacara sin piedad.
Tortilla de patata.
Me entraron ganas de un pincho de tortilla de patata esa noche, de repente, mientras la soprano le decÃa al bajo en lenguaje de melismas que nos queremos, nos querremos, por los siglos de los siglos y tal. Amén. Y allá que fuÃmos, porque habÃa confianza para decirlo, lo de la tortilla de patata, yo dejándome llevar, contento, escoltado por MarÃa y Alberto. Alberto es la persona responsable de mi estancia allÃ, por eso no sé si decir persona responsable o irresponsable, si dijera lo segundo serÃa con tono irónico y afectuoso, por supuesto; Alberto es lo que decimos un pedazo de pan, llevaba tiempo dándole vueltas al propósito de que yo pudiera dar una o unas charlas allÃ. Y las charlas serán mañana, doblete, públicos diferentes, temas diferentes, con dos bemoles; por tanto, aunque la tortilla está muy rica y nos reÃmos con la tertulia que la acompaña, me acompañan al hotel, creo que no se fÃan y hacen bien, no vaya a ser que aparezca en Santander. La rÃa discurre silenciosa mientras atravesamos el puente y la luz de las farolas brilla en el asfalto mojado. Ya no llueve. Mañana es un dÃa intenso, pero irá bien, porque el instinto lo dice y porque, esta vez, la cosa tiene un matiz aventurero y emocionante. Ya lo verás.