Archivo por días: 16 noviembre, 2011

Super 8

Para C. con retraso

Super8

Hubo otros veranos de Super 8 que hoy duermen en bobinas de 90 y 120 metros depositadas en unas cajas que no han vuelto a abrirse, es curioso; no he querido volver a abrirlas, no por nada malo, ni bueno; es un respeto, un secreto, algo más que un puñado de fotos antiguas. Es el verano tal cual, en movimiento: nos movemos todos hace muchos años en el color del Kodachrome, se mueven las mansas aguas del mediterráneo de Cambrils, construyo fortalezas y castillos en la arena con mi hermano, nada, un retaco de hermano por aquel entonces. Y yo sano, aún. Reímos, escondemos nuestro rostro ante la cámara, miramos desde la pantalla a la abuela con gesto distraído, hay turistas, hay mañanas, y tardes. Está todo vivo, eso es lo que pasa e impresiona, que sigue viviendo. Pero en silencio. El Super8 que retuvo en la retina e imprimió en sus celdas de celuloide (18 por segundo) aquellos veranos, era mudo. De eso me acordé cuando tantos veranos después, concretamente este, viendo la publicidad de esta película, primero en las calles de Nueva York, luego en las calles de aquí, la curiosidad me llevó al cine. Lo hice un viernes por la noche con Sergio, dos generaciones distintas y, por tanto, dos pares de ojos que miraban la pantalla con ópticas distintas.

Yo fuí un niño Super8, sí, qué pasa. Mi padre me regaló un tomavistas Eumig y cuando empuñas uno de esos cacharros no se te olvida en la vida el ruido de la película al pasar, el olor del negativo, las peripecias de economía visual para aprovechar los exiguos 15 metros de cinta contenidos en cartuchos. Y el amarillo. El amarillo es el color del Super8. Mira:

Los cartuchos contenidos en esa caja eran un lujo porque valían mucho dinero. Hoy grabas lo que te da la gana, y hasta en alta definición, con el móvil, aparato que cada vez sirve para más cosas y cuya finalidad principal que es la de recibir y hacer llamadas pasará, si no ha pasado ya, a un segundo plano. Grabas y borras, grabas y lo que sea menos pensar en que el dedo no tiene que quedarse pegado muchos segundos en el botoncito porque, si no, aparecera pronto la luz roja de Basta. Breves minutos a doblón aquellos del Super 8 que hoy valen lo que costaron, sin duda, porque capturaron fielmente, en pequeñas dosis, un mundo que ya no existe.

Volvamos a la sala.

Este Super8 que nos proyectaron en 35 milímetros o en copia digital, es una película a cuatro manos, las de Spielberg y las de Abrams, dos generaciones distintas allí en la pantalla de la misma manera que aquí en las butacas estamos sentados, fila 8, números 1 y 3, Sergio y yo, dos generaciones distintas de espectadores. Antes de que se apaguen las luces observo entre el público a chavales de viernes por la noche y a parejas de mi edad y de más edad. Esta va a ser una película en dos tiempos, o de dos tiempos, y se comprueba enseguida, al poco de empezar sus 114 minutos. Cuántos cartuchos de Super8 habría que unir para sumar 114 minutos. Una barbaridad. Aparece una historia y a ratos ves que quien toma el mando de la filmadora es Abrams, que yo creo que es más de la generación del vídeo (el vídeo mató a la estrella del Super8), y a ratos es Spielberg. Se nota. Abrams aporta la huella moderna caracterizada por esa espectacularidad tan aparatosa como prescindible, como diciendo mucho por no tener nada que decir, pero luego viene Spielberg y con un plano muy de él, recurrente, la cámara a ras de suelo captando un derrape de las ruedas de una bici levantando polvo en un camino arenoso en una tarde azul, zas, ahí está la esencia viva del verano de la infancia, la de la pandilla unida para no ser vencida hasta septiembre por lo menos, la de las meriendas compartidas como los secretos y las aguadillas en el cloro de la piscina. Y levantas la ceja, no sabes si por la identificación o por la cantidad de significados que contiene un plano tan sencillo.

Transcurre Super8 entretenida si te entregas a su propuesta, a su invitación a revivir el espíritu de Los Goonies, ET, las noches azules de Encuentros en la Tercera Fase, en fin, de esas películas, y mientras tanto los chavales recogen sus aventuras en su propia filmadora de Super8 hasta que el cartucho se acaba. Entonces, abro mucho los ojos cuando les acompaño a la tienda de revelado y recuerdo y comprendo que nosotros no fuimos una generación de la inmediatez. Teníamos prisa, claro, pero al contrario de lo que hacemos hoy, grabar y nada más hacerlo mirar la pantalla para ver el resultado y repetir si no nos gusta, o borrarlo, o quedar satisfechos, lo que sea pero en el acto, el Super8 nos enseñó a esperar. Y mientras esperábamos, nos enseñó la emoción y la excitación de la espera. Metías aquellos cartuchos en unas bolsas de papel del mismo color amarillo, si eran Kodak, o blanco, si eran Agfa, y los metías en el buzón más cercano. Y a esperar. Siete, diez, quince días. Llegaba cualquier mañana de cualquiera de esos veranos y bajabas raudo por la escalera al portal, a la hora del reparto del correo, y si a través del cristal translúcido y oscuro de la puertecita del buzón veías un bulto amarillo, un latido amarillo, se te ponía una alegría de colores en el corazón. Dentro del sobre, el laboratorio había liberado del cartucho la bobina de celuloide y te lo devolvía, negativo convertido en positivo, para que pusieras la sábana ante el cuadro del salón, bajaras las persianas, convocaras a la familia a la luz del proyector y surgiera entonces un mundo silente en el que nos veíamos y nos reconocíamos aunque con el estupor y la añoranza por contemplar con nitidez un lugar de verano que ya había empezado a disolverse en la memoria.

Eso lo (re)vives cuando ves Super8. Y mientras tanto, pasas un buen rato con su propuesta amable e inocente, como ochentera y tal.