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Retornos 7 noviembre, 2011

Escrito por emejota en : Asuntos propios, Música

PleyelLlovía y llueve. Crepitaba el agua bajo la cúpula de los paraguas, brillaba el pavimento de las aceras y los coches se deslizaban por el asfalto, salpicando. Una campana repicaba en la parte antigua de esta ciudad esta mañana y yo caminaba por el pasillo de un claustro siguiendo a una funcionaria joven, atenta, con muchas llaves y un par de juegos de cables de esto de la electrónica en las manos. Sonaban sus pasos multiplicados. He bajado la cabeza para mirar mis pies y he visto que mis pisadas no dejaban sombra impresa en el silencio en forma de eco. Espere aquí en la puerta porque las luces del salón de actos las tengo que dar desde la parte trasera, ha dicho la chica. Yo he respondido un vale, un sí, un de acuerdo, no me acuerdo; lo que recuerdo es que me ha sorprendido que me hiciera esperar de usted y no con un tuteo. Creo que ya soy mayor, a ver cuándo hago tanatorio a mi infancia, por cierto. Después recuerdo que me he visto dentro del salón oscuro, haciendo como si no supiera, escenificando una espera hasta que se hiciera la luz de un cuadro de mandos que yo accioné tantas veces en el pasado, antes incluso de que esta chica naciese, porque en ese mismo salón toqué el piano en público por primera vez y años después, por última. Cuántas horas sobre esas teclas, cuántos nervios, gratificaciones, temores, ilusiones, emociones, conversaciones con ese piano Pleyel, extraño instrumento, para que, cediendo un poco los dos, saliéramos airosos del paso, ese mismo piano de cola Pleyel cuya silueta veo sobre el escenario, más negra que la propia oscuridad que me rodea, antes de que el sonido (clas) de unos interruptores (clas, clas) ahogaran las tinieblas dando forma a lo familiar.

Qué hacía yo allí. Probar los equipos. Esta tarde conferencio allí, pongo mis manos en otras teclas, las de un ordenador portátil, en el mismo escenario donde puse las mismas manos en otras, blancas y negras, más blancas que negras, cuando las manos no se habían roto. Es una sensación especial. Ni buena ni mala ni extraña, adjetivos que se suelen asociar a las sensaciones, como pertinaz se asocia a la sequía, o intermitente a los chubascos, según suele asociar el hombre del tiempo en la tele. El de ahora no es chubasco ni es intermitente; el de ahora, que estoy viendo caer al otro lado de la ventana mientras tecleo este post es continuo, no muy fuerte, caería silenciosamente si no lo delatara el susurro que producen las ruedas de los coches que pasan de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Esta tarde me asocio a Brahms y a su Requiem Alemán. Hablo de Brahms, salgo a su encuentro, intento reconocerlo en la huella dactilar que deja en el pentagrama y compruebo entonces que el Requiem Alemán es suyo, que es una forma, la anterior, de decir que hablaré de su estilo y que, posteriormente, lo encontraremos plasmado en el primer movimiento de esta obra conmovedora e inteligente, mira tú que asociación más curiosa: conmovedora e inteligente.

Eso será luego.

Procedía a conectar mi ordenador portátil al equipo de la sala, esta mañana, y pensaba que igual soy un poco raro porque preparo las cosas con minuciosidad y gran esfuerzo precisamente para que no se note, para que quien escuche lo haga sin miedo, se deje llevar. Me pregunto a veces si tanto esfuerzo -no se imagina la gente cuánto- vale la pena y me contesto que sí, pero me da que ahora se lleva emplearse menos en las cosas, o igual es que lo que no se lleva es zambullirse en el Requiem Alemán de Brahms. Pues para eso estamos, no?. Perdone, ahora vuelvo, voy a dejar aviso de que esta tarde… Puntos suspensivos. Eso ha dicho la chica mientras abandonaba el escenario y desaparecía de la sala momentáneamente en un fundido de palabras y pasos. Comprobado que todo estaba en orden (esas cosas las confirma el ordenador enseguida si las cosas vienen bien dadas, pero no hay que fiarse y es pertinente la visita previa) me he acercado al piano Pleyel y lo he hecho como quien se acerca a alguien después de veinte años, con esa aprensión a que no te reconozcan, con el “me recuerda?” en los labios.

Me he sentado frente a ese teclado que siempre me pareció inmenso y pesado, quizá porque mis manos eran quinceañeras y de goma la primera vez que hubo contacto, Mozart, Sonata en si bemol, cuál de ellas, la primera en si bemol, ah, vale, es que tiene varias en si bemol, pues ya le digo que la primera, gracias, de nada, hombre, y me he puesto a tocar a Haydn. Y entonces ha ocurrido que Haydn se despegaba de los dedos como con alivio, como con facilidad, como quien se desliza con alborozo por un tobogán a la piscina un día de verano. Tantos años tocando en un piano digital, un piano ortopédico, han dado como resultado que la pulsación se convierta en un non legato que el Pleyel ha acogido con aprobación, creo yo. Pero lo mejor ha sido la dulzura con la que el instrumento respondía al movimiento muscular que hacía que cada dedo accionara esta tecla y esta otra. Un sonido analógico, lleno de armónicos, aterciopelado, definido, lleno e íntimo. No sé si las manos tocaban tan sueltas porque el piano así lo quería o si el piano sonaba decentemente porque las manos se olvidaban de que hace tiempo dejaron de serlo.

Ha vuelto la chica y sonreía y yo he dejado de tocar, a mi pesar, sí, pero estaba ahí a lo que estaba, y he vuelto a ese otro teclado de comandos, alfabeto y números para hacer pruebas de pantalla. Conozco esta sala, he dicho como en confidencia. Ah, sí?. Sí, aunque toqué por última vez aquí hace veinte años. La chica no ha dicho nada aunque ha sonreído con sonrisa incómoda, como si yo hubiera dicho algo inconveniente, no sé. Hemos decidido, por lo visto de mutuo acuerdo, mover ambos unos cables con movimientos que no servían para nada y seguir atendiendo las cuestiones técnicas que faltaban por atender, pocas, cosa de unos acordes, que si este cable lo pasaremos por allí, que si cuál de los micrófonos prefiere utilizar, que si hable un poco, por favor, uno, dos, sí, sí?. Y ya. Llovía cuando he salido de ese salón al claustro del edificio, un antiguo convento, me he visto en un cartel; al menos, me he visto en forma de nombre, informando a quien quisiera dónde me encontraré esta tarde y a qué hora. A mí esta tarde me gustaría tocar a Haydn a la hora del terciopelo pero como soy obediente, haré lo que pone en el cartel. Además, lo he trabajado con mucha dedicación. Quién sabe si hasta con dedicatoria.

Comentarios»

1. Lili - 7 noviembre, 2011

A lo mejor ese cartel, además de anunciar lo de Brahms, puede anunciar un día lo de Haydn…
Que vaya bien lo de la tarde!

2. Pilar - 8 noviembre, 2011

Ay….emejota!!! No se que decir, porque no me salen las palabras.
La música es como un sentimiento del alma y tu la llevas ahí, aunque tus dedos no te sigan.
Un beso (pero este muy fuerte)

3. toni - 8 noviembre, 2011

pero no te olvides de Haydn, que el Pleyel no se ha olvidado de tus manos. aún así, seguro que lo que pone en el cartel será tan interesante para los que vendrán a escucharlo, como lo ha sido para tí volver a saludar a las teclas. que tengas suerte esta tarde. yo estaré ahí, aunque sea un poco lejos.

4. C. - 8 noviembre, 2011

Seguro que todo fue muy bien, porque las horas de mucho trabajo -que algunos lo sabemos- dan sus frutos porque, como dices, quien te escucha y te ve, lo recibe como algo ya perfectamente compuesto, y escucharte hablar suele ser como escuchar a Haydn, y algo le costaría componer ;)
Un abrazo (y una recomendación literaria: no te pierdas “La hermosa doncella”, de Oates; es de los que marcan la diferencia entre un buen relato de un buen escritor y la obra de alguien que mira por debajo -o por encima- de la historia y ve -y sabe mostrar- las pulsiones más básicas y universales del ser humano)

5. Luna - 8 noviembre, 2011

Siento no haber podido asistir ayer
Lo tenía marcado en el calendario con “fosforito” y no lo había olvidado, pero surgió un problemilla de última hora, y no pudo ser
Estoy segura de que fué todo bien y una delicia escucharte(como siempre)
No eches en saco roto lo de volver a tocar ese piano Me encantaría escucharte
un abrazo

6. Marcos - 8 noviembre, 2011

Sin duda el piano Pleyel te reconoció y te abrazó, y no sintió celos ni nostalgia porque ahora uses otras teclas; porque él sabe bien que es muy difícil sacarle el sonido exacto a una sucesión de teclas blancas y negras, como también lo es sacarle música a otras, las del portátil, que ni tienen sonido ni son de color y, con ello, sacarle música a la lluvia, a los zapatos, a los interruptores de la luz, a la luz. Y con eso, querer que en ese cartel anuncie muchas veces una cita como la de hoy.
El esfuerzo merece la pena. El Pleyel lo sabe, cómo no.

7. emejota - 10 noviembre, 2011

Marcos: es muy difícil sacarle el sonido exacto a cualquier, tecla, es verdad; pero en ocasiones se produce un “algo” entre ellas y el pulsador o viceversa que, por unos momentos, casi siempre no muy prolongados en el tiempo, les convierte en una única cosa.

Luna: (hoy, o ayer, llena) Habrá otra ocasión (espero por el bien de mi esquelética vida laboral!) Lo de no echar en saco roto volver a tocar ese piano ya…

C: No estuvo mal :) Tomo nota de la recomendación literaria y lo apunto con interés. Un abrazo!

toni: soy alguien mayor sin remedio, eso descubrí en ese escenario mientras hablaba de Brahms. Me dirás: como todos. Especificaré: sí, todos nos hacemos mayores irremediablemente, pero yo me he dado cuenta de repente y sin haber vivido lo anterior, no sé si me explico. Y cuando pasa eso, mejor ir a ver a Tintin o tocar a Haydn, para sonreir un poco y tal. Tú me entiendes, como también entiendes que, en ocasiones, no existe la palabra “lejos” en el diccionario.

Pilar: te acabo de escribir desde estas mismas teclas pero a tu correo. Si se ha perdido en el camino, me lo dices. Un beso

Lili: …entonces sería un show cómico a lo Mr Bean. Pero no creas que no lo he pensado porque tendría un punto gouldiano. Imagina: “Desestructurando a Haydn”. 20h. Salón de Actos. Entrada libre (salida también)

:)

8. Esperanza - 10 noviembre, 2011

Emejota, el arte es la madurez hecha materia y tú eres un artista desde la punta del pelo hasta los pies. Lo esencial es lo que uno comunica, no tanto la perfección técnica ( en mi humilde opinión; lo digo por lo de Mr. Bean . Estoy contigo en que no se puede vivir sin sentido del humor ). Un beso muy
fuerte. Admiro mucho tu valentía.