Archivo por meses: noviembre 2011

Sorpresa

¿A ver? ¿Se me escucha?

(Siempre me he preguntado por qué se dice a ver, de mirar, cuando lo que importa es si se escucha bien, si la señal es buena)

En cualquier caso, la pregunta tiene su razón de ser. Tecleo este domingo por la noche, 23:23 horas, hora capicúa, desde Praga. ¿Desde dónde? Desde Praga. Estoy en la habitación de un hotel que ocupa un edificio con historia, en una calle que no sé cuál es, es difícil recordar este idioma, tan solo sé que en estos momentos es heladora. Si sales al balcón, doble puerta, en el cielo negro surcan nubes blancas. Me ha sorprendido ver otras nubecitas, las del vaho de mi aliento, porque ya no recordaba su existencia. Dice la amable recepcionista, en suave castellano, que hoy ha hecho un día precioso, que lo normal es que ya nieve y no que luzca el sol tan agradable como lo ha hecho hoy; dice que habrá traído usted este tiempo tan dulce. Yo he dicho ejem y he preguntado la hora del desayuno mirando unos folletos del mostrador. Ahora es hora de dormir y fuera hace mucho frío. Enfrente, hay casas de aspecto mozartiano, con luces de tibio brillo decimonónico que dejan entrever estancias amplias de techos altos. A sus habitantes no se les ve. Por la calle tampoco hay habitantes, mañana por la mañana a ver si hay o me sentiré un Kafka digital tecleando el noticiable asunto.

Qué hago en Praga.

Traer a mi madre.

Mi madre lleva muchos años diciendo que le haría ilusión visitar Praga. Nunca ha viajado en avión y, en realidad, nunca ha viajado a ningún sitio por el placer de hacerlo, de descubrirlo. Mi madre siempre ha estado al pie del cañón para los otros, para mí ni te cuento. Me dije que ya era hora de hacer algo, así que a las 10 de la mañana estábamos en un AVE rumbo a Madrid y a primera hora de la tarde esperábamos embarcar en un vuelo de Iberia. Vuelo perfecto, oye, pero es que ni una turbulencia. Sobrevolábamos los Pirineos nevados y lucían con claridad anticiclónica. Ahora mi madre ya duerme, yo tecleo en pijama y mañana nos internamos en esta ciudad de torres, puentes y plazas. Estamos cansados por el viaje, los aeropuertos son unos sitios pensados para agotar al viajero con tanto pasillo eterno, pero estoy seguro de que el viaje va a merecer la pena. Vamos a nuestro aire, no engullidos por el ajetreo de los viajes organizados, y nos marcharemos antes de que venga la oleada de turistas españoles del puente de diciembre. De paso, nos sale la cosa de lo más ajustada de precio. Así que mira que bien.

Nadie al otro lado del cristal. Mi hermano me acaba de escribir un mensaje. ¿Todo bien?, tecleamos ambos. Todo bien, contestamos ambos. A mitad del camino, los Pirineos duermen cubiertos por el manto blanco de la nieve. Buenas noches.

Bilbao (parte II)

Nos hemos encontrado con el guardián de la puerta.

(Exclamación de sorpresa)

Para encontrarse con el guardián de la puerta hay que recordar que estamos en Bilbao e imaginar una mañana en la que la niebla va levantando poco a poco el telón para ofrecer un lienzo fresco y oloroso a verde y clorofila, a pinos, a caminos serpenteantes. Estamos en un lugar especial, qué duda cabe, lo atestigua la vista y los sentidos. Como si fuera un rincón fuera del mundo, algo novelesco, como el sanatorio de Murakami, o la biblioteca de Murakami, o cualquier lugar de Murakami, hay un colegio entre laderas y prados, alejado de la ciudad. Allí solo hay chicos, masculino plural, esto es, no hay chicas. Excepción: está María, que viene conmigo. María es mi editora. Dicho así suena raro, pero si nos atenemos al estricto significado de las palabras, es lo cierto. Sin embargo, María no me acompaña esta mañana como editora de mis composiciones, sino como amiga, o como hermana. Para mí es como una hermana desde hace tiempo. Nos hemos detenido a observar ese paisaje que lleva incorporado el olor de la montaña porque, aunque ella está acostumbrada, sabe que yo no, y me quedo como fuera de combate y al mismo tiempo como con subidón, por decirlo en jerga de chavales, esos chavales que esperan dentro. Me estoy demorando en el párrafo haciendo eses antes de que entre en el colegio o el colegio entre en el párrafo, porque ya se sabe lo mío con los colegios. Pero nos esperan para charlar a las 12:40 con los chavales de este mundo insólito donde los alumnos estudian con pantalón beige, americana azul, camisa y corbata.

Atravesamos los largos pasillos porque se necesitan pasillos largos si hay que matricularse desde primaria hasta el bachillerato. Hay chavales en todas las clases pero me pregunto si los habrá de todas clases mientras observo a uno de ellos dejarnos paso echándose a un lado con discreción e inclinando la cabeza, como si su presencia importunara. Hay un profesor muy serio que está diciendo a los más pequeños, sin levantar la voz ni la vista de algo que escribe desde su mesa con lentitud, que qué tenemos dicho sobre hablar todos a la vez. Que eso no se hace, responden a coro. Pues ya sabemos lo que hay que hacer, dice el profesor cuyas gafas están a juego con su aire de quien está costumbrado a tener la situación bajo control sin forzar la garganta ni las formas. Otro profresor nos sale al paso de un aula de plástica con bata blanca. No es médico aunque lleva bata blanca. Si lo fuera daría mucho miedo porque tiene manchas rojas, pero también verdes, azules, amarillas, y seguro que alguna más. También lleva gafas pero las lleva caídas hacia la punta de la nariz. Hay personas que miran por encima de las gafas cuando van a hacer una confidencia o una ironía o una combinación de ambas cosas: ahora a estas clases les llaman de “motricidad fina”. Sonríe y se encoge de hombros. Un niño acude a enseñare un dibujo. Este profesor es de los maestros de toda la vida que ven con escepticismo obediente cómo lo mismo viene con otras etiquetas del ministerio correspondiente según modas.

Avancemos. El aula donde tengo que charlar con alumnos de segundo de bachillerato tiene mesas unidas formando una “u” abierta hacia mí, como si me atrapara en el centro. Entran los chavales, no esos chavales que hemos visto pintando colorines en el pasillo de primaria; entran unas torres altas, pulcramente peinadas, ajustándose la americana y dejando las últimas voces de frases sin terminar en el pasillo. Las mesas en “u”, las corbatas y las americanas me hacen sentirme presidente de algún consejo de administración de esos que, seguro, ya están esperando a estos chicos. Yo me presento y hablo de lo mío y creo que capto su curiosidad en un grado mayor al esperado, si bien algún conato de inquietud hay en el chaval qeu se sienta al frente, segundo por la izquierda, aunque se contrarresta con el silencio del ala oeste y la atención del ala este. En el sur, mirando ocasionalmente a María que está fuera de plano, al fondo, discreta ella, hablo yo. De qué. De lo mío, de qué va a ser. Qué forma tiene la música, planteo. Y yo me lo guiso y yo me lo como. Alguna ceja se levanta al oir la cuestión que me propongo resolver en la pizarra digital del aula. Termina la charla, bromeo haciéndome a mí mismo el par de preguntas que me haría si estuviera sentado allí enfrente.

Me aturde algo.

Es lo de las hormonas, creo. Las mías no, las de ellos. No sé cómo casan las hormonas con la corbata, el traje y esas maneras impecables en la actitud, en los gestos y, sobre todo, en las palabras. Vuela por la puerta la representación de ciencias, viene a la mesa el grupo de humanidades, exiguo pero dando batalla, ellos preguntan y yo contesto. Se interesan por mis herramientas de trabajo, viene usted bien preparado, me dice uno de estos chavales. No sé si por las noches se conectarán al Tuenti y esas cosas pero parecen adultos con costumbre de relacionarse con adultos, yo diría que queriendo ser adultos. Muestro mis “i” a los chicos que hasta entonces han estado sentados en “u”: iPad, iMac. Viene usted bien preparado, han dicho hace unos instantes, y yo reprimo contestar un y tanto, aunque y tanto se escriba con i griega, porque me acuerdo del iElixir, el 2.0 para ser más exactos, artefacto que me ha permitido llegar allí si bien (si mal) en Bilbao dará pronto señales de que funciona con la reserva.

¿Y qué pasa con el guardián de la puerta? El guardían de la puerta espera.

Concluído el trabajo, recogido el instrumental, vacía la clase, hacemos el camino de vuelta atravesando los mismos pasillos de antes pero en sentido contrario, bajando las escaleras que antes subimos; ahora, el silencio y el vacío se ha poblado de voces y carreras. Es la hora de comer. Nos invitan a comer, pero nos esperan en Bilbao. Natividad ya tendrá la mesa puesta y yo aún no sé que voy a recibir un dibujo de su hija pequeña. Por la tarde es el turno de los adultos en una sala del centro de Bilbao. Bach y la música para adviento. Declinamos la invitación a comer pero no podemos escapar a la invitación a travesar el inmenso comedor donde, glups, parece como si los señores de Pixar estuvieran haciendo de las suyas en verdadero 3D: un ejército de enanitos encorbatados cruzan raudos por delante, por detrás, en todas las diagonales posibles, parece un videojuego, todos ellos portando una jarra de agua, como si el que le llevara antes consiguiera pasar al siguiente nivel. A mí me hace gracia y me ayuda a controlar mi pánico escénico escolar, reminiscencia de mi trauma monjil de la EGB.

Alcanzamos la otra puerta tras pasar por delante de un cura con sotana, alzacuellos y la cara del color de la cera, y es entonces cuando nos topamos con el guardián de la puerta. Dónde está. Abajo, a la derecha. Un enanito sentado en una silla enanita con cara de apuro. Por mis adentros pienso que estoy viendo a un niño castigado por alguna travesura pero resulta que no, que es el guardían de la puerta, encargado de una misión importante, precisa, que requiere de autoridad y de atención. Para evitar aglomeraciones dentro, en el comedor, es él quien al grito de CINCO! permite que cinco enanitos entren a comer y así sucesivamente. Si te asomas a la ventana ves un griterio de chavales haciendo fila ahí abajo en el patio, un patio particular porque cuando se moja no es como los demás; de hecho, no se moja, tiene una moderna y enorme cubierta flotante. Miro la fila de hambrientos e impacientes niños, miro el pasillo vacío que los separa del comedor y al guardian de la puerta, sentado en su silla minúscula, en pantalones cortos, los brazos cruzados apoyados en las rodillas, controlando la situación. Todos comerán, pero sin aglomeraciones.

Antes de marcharnos vuelvo a mirar a esa ladera que empieza a subir alfombrada con árboles preciosos, sonido de pájaros y de aguas frías. Pregunto el nombre de los árboles, como si saberlos me hiciera sentirlos más cerca o llevarme su recuerdo más nítido a esta tierra mía tan poco arbórea. Hay, me dicen, robles, hayas, encinas, pinos. Marchamos hacia el coche y me retraso un instante para pisar un cesped mullido y esponjoso, tanto que lo estaba pidiendo, el pisarlo, no sé si el césped o yo. Probablemente ambos. Nos espera Natividad a comer. De postre, vendrá bien un pequeño descanso. Por la tarde/noche, Bach.

Bilbao (parte I)

Estuve dos días en Bilbao. Intensos e intensivos. Por trabajo (gracias, gracias) y por lo bien que me trataron (gracias, gracias). Lo pasé genial. No tenía wifi para escribir, tampoco tenía mucho tiempo, la verdad, y las dos noches llegué al hotel muy cansado para escribir. Ni siquiera puse la tele, nada, zzz y ya está, pero tomé notas. Recuerdo haber salido una mañana temprano en un tren que iba prácticamente vacío, como un tren fantasma, algo así, y que el paisaje, llano y amplio por (seca) naturaleza, se fue convirtiendo poco a poco en abrupto, verde, más verde, verde con piedra y casitas en mitad del verde, y bosque y más bosques, y vacas pastando en las laderas alfombradas de un verde esponjoso y caballos cruzando un puente de piedra bajo el que pasaba el tren. Las nubes desdibujaban las cimas altas de las montañas y el tren había disminuído la velocidad porque la vía hacía eses, zigzagueando entre montañas, subiendo y atravesando túneles, apartándose para no molestar a esos caballos con mucho pelo, de esos de carácter tan tranquilo que suelen tener granja. Yo había decidido internarme en las tierras de Invernalia (“Juego de Tronos”, tocho primero, sí, sucumbí, Jon Nieve y tal) pero la vista se me iba a la ventanilla más que al libro y las piernas se iban a la cafetería a por un cola cao. Es ahí, en el camino recto, no verde sino azul hacia la cafetería del tren, cuando atravesé tres vagones de asientos azules sin nadie allí. Los monitores exhibían “Midnight in Paris” de Woody Allen, que había visto con una sonrisa y con agrado en su día en la sala oscura del cine, y pensé que menos mal que no había nadie para verla porque no era ni la hora ni el momento. Encontré al camarero con los brazos extendidos y las manos apoyadas en la barra para que el cuerpo se mantuviera en equilibrio, sus ojos miraban con expresión de rutina la película que pasaba el tren al otro lado de la ventanilla.

(Oye, ¿va a ser todo el rato así?)

No, no, pero es que el viaje es largo y estuvo bien.

Recuerdo que María me esperaba en la estación de Abando y que llovía y que la lluvia era una cosa nueva y agradable; la sorpresa al atravesar el puente de El Arenal y ver la ría, y los árboles de este otoño que pasa de puntillas hacia el invierno. Recuerdo las explicaciones de María, su tono de voz cariñoso, contenta por la visita, contento yo por visitar, juntos ambos en la aventura de este intensivo de charlas que justificaban la presencia del portátil y demás accesorios. Recuerdo la visión de las montañas rodeando Bilbao, la elegante silueta del Teatro Arriaga en la antesala de ese casco viejo tan agradable de transitar, con tanto movimiento, el pavimento mojado y brillante. Recuerdo muchas cosas y todas buenas: el hotel, la primera comida en casa de los padres de María y de Juan, tan buena gente ellos, los padres y los hijos; recuerdo esa sensación impagable de entrar en casa ajena y sentirte como en la tuya al medio minuto. Las conversaciones, los platos, la sobremesa, el calor de las sonrisas en la mesa y la lluvia cayendo fuera, haciendo caer las hojas que este año amarillean, sí, y hasta se sonrojan, pero no se deciden a caer por sí solas porque el termómetro marca 17 grados y algo no les encaja ni a las hojas ni a los ojos. Recuerdo el recibimiento de Ana a media tarde y que hablaba más rápido que yo, y dos cocacolas allí, en lo viejo, donde me tienen que llevar casi de la mano porque me dicen: sales y a la izquierda y no tienes pérdida y, en correspondencia y para corrobar que he entendido algo tan fácil para el común de los mortales, el brazo, mi brazo, ya indica el frente, todo recto, y me repiten de nuevo que no, que todo recto no es salir a la izquierda.

Qué desorientación la mía.

Recuerdo recibir como regalo de Santa Cecilia un concierto barroco en un teatro de esos que te hacen abrir la boca de asombro. El teatro lo sabe y por eso también abre la boca:

Los músicos salieron a escena portando Les Violons Du Roy, es curioso que estos grupos de museo adopten nombres así, pero así suenan más a aquel entonces que quieren reproducir en escena. A veces lo consiguen, a veces no. Suena Lully y Marais. Marais tenía el hombre una melancolía y un saber tejer contrapuntos con un don especial, pero los músicos, que tocan de manera impecable, no tienen hoy ganas, se nota, repantingada está esa violinista en su silla en algún silencio de blanca, quitándose un hilo, un algo del vestido con gesto distraído. Si tocas impecable pero no estás en lo que tocas, no hay emoción, por mucho que la pantalla del subtitulado se esfuerce en traducir las palabras pasión, amor, celos, furia, temor, esperanza, esas cosas que nos mueven a los humanos, tengamos Violons o no. Qué estupidez deliciosa, qué delicia estúpida, y venenosa, y peligrosa, pero reincidente, por eso doblemente peligrosa y venenosa, la cosa de los amores. Que se ponga el semáforo en amarillo, por favor. Se ve (lo vemos y lo escuchamos) que en los tiempos de Les Folies Francoises, aunque no tenían Twitter, ni Le Monde, ni Coca Cola Zero, ni BCE, ni Halcón Viajes, ya estaba la gente dándose golpes contra la pared reincidiendo, con el corazón hecho añicos y pegado con pegamento para que algún príncipe o princesa lo cuidara un rato y luego lo machacara sin piedad.

Tortilla de patata.

Me entraron ganas de un pincho de tortilla de patata esa noche, de repente, mientras la soprano le decía al bajo en lenguaje de melismas que nos queremos, nos querremos, por los siglos de los siglos y tal. Amén. Y allá que fuímos, porque había confianza para decirlo, lo de la tortilla de patata, yo dejándome llevar, contento, escoltado por María y Alberto. Alberto es la persona responsable de mi estancia allí, por eso no sé si decir persona responsable o irresponsable, si dijera lo segundo sería con tono irónico y afectuoso, por supuesto; Alberto es lo que decimos un pedazo de pan, llevaba tiempo dándole vueltas al propósito de que yo pudiera dar una o unas charlas allí. Y las charlas serán mañana, doblete, públicos diferentes, temas diferentes, con dos bemoles; por tanto, aunque la tortilla está muy rica y nos reímos con la tertulia que la acompaña, me acompañan al hotel, creo que no se fían y hacen bien, no vaya a ser que aparezca en Santander. La ría discurre silenciosa mientras atravesamos el puente y la luz de las farolas brilla en el asfalto mojado. Ya no llueve. Mañana es un día intenso, pero irá bien, porque el instinto lo dice y porque, esta vez, la cosa tiene un matiz aventurero y emocionante. Ya lo verás.

Campaña

En la radio, mi acompañante para cenar en la cocina (ensalada de primero), habla un señor en cuya tarjeta de presentación pone asesor de imagen de políticos. Analiza, a preguntas de la periodista, los movimientos del candidato a presidente, que si lo que ha dicho es un acierto, un error o un horror, que si las manos, que si el gesto, que si la camisa, y el tenedor se queda suspendido en el aire cuando me da por pensar que estoy escuchando a un Gepetto regocijándose mientras muestra cómo mueve los hilos que hacen funcionar a sus criaturas.

No me hace gracia la cosa porque hay un gepettismo a mayor escala que me tiene mosca: ya son varios los países en los que gobiernan unas marionetas que ni siquiera se han presentado a las elecciones, lo cual ya inquieta bastante, y lo hacen -gobernar- por dictamen de unos Gepettos que han decidido sustituir los muñecos anteriores por unos nuevos y no hay más que hablar. Pero habría que hablar, sí. Me intranquiliza oir hablar de primas, tipos y demás gente a la que no entiendo nada pero que está jugando al Monopoly y haciendo una fortuna inmensa, seguro, machacando a los países, hoy toca este, mañana pasamos al otro lado del tablero y tocamos a otro, y asi sucesivamente.

Me pregunto quién se estará frotando las manos en este momento, pertrechado tras el amasijo abstracto de los números y las gráficas que aparecen en el índice de las bolsas; quién será, quiénes, dónde están, hacen bien las digestiones, ven el Sálvame por internet, bajan barriga jugando a la Wii. No sé. Tanto revuelo en un debate con dos señores que mueven los brazos arriba y abajo, derecha e izquierda, que dicen tal y cual, y al final se acerca el día de las elecciones y tienes la sensación incómoda de que, salga el que va a salir o el otro, van a hacer lo mismo, esto es, lo que diga Gepetto. Además, me pregunto por qué no viene en las papeletas Angela Merkel. Será porque ya ha ganado y sin necesidad de que la votemos. Qué huevos tiene la tía.

Memoria

Si, como escribió James Barrie, “Dios nos dio la memoria para que pudiéramos tener rosas en diciembre”, yo espero que tenga la suficiente capacidad en megas para que podamos recrear un otoño en noviembre. Porque aunque esta tarde he podido caminar sobre una alfombra de hojas del color de la nostalgia, las piezas no terminan de encajar.

Super 8

Para C. con retraso

Super8

Hubo otros veranos de Super 8 que hoy duermen en bobinas de 90 y 120 metros depositadas en unas cajas que no han vuelto a abrirse, es curioso; no he querido volver a abrirlas, no por nada malo, ni bueno; es un respeto, un secreto, algo más que un puñado de fotos antiguas. Es el verano tal cual, en movimiento: nos movemos todos hace muchos años en el color del Kodachrome, se mueven las mansas aguas del mediterráneo de Cambrils, construyo fortalezas y castillos en la arena con mi hermano, nada, un retaco de hermano por aquel entonces. Y yo sano, aún. Reímos, escondemos nuestro rostro ante la cámara, miramos desde la pantalla a la abuela con gesto distraído, hay turistas, hay mañanas, y tardes. Está todo vivo, eso es lo que pasa e impresiona, que sigue viviendo. Pero en silencio. El Super8 que retuvo en la retina e imprimió en sus celdas de celuloide (18 por segundo) aquellos veranos, era mudo. De eso me acordé cuando tantos veranos después, concretamente este, viendo la publicidad de esta película, primero en las calles de Nueva York, luego en las calles de aquí, la curiosidad me llevó al cine. Lo hice un viernes por la noche con Sergio, dos generaciones distintas y, por tanto, dos pares de ojos que miraban la pantalla con ópticas distintas.

Yo fuí un niño Super8, sí, qué pasa. Mi padre me regaló un tomavistas Eumig y cuando empuñas uno de esos cacharros no se te olvida en la vida el ruido de la película al pasar, el olor del negativo, las peripecias de economía visual para aprovechar los exiguos 15 metros de cinta contenidos en cartuchos. Y el amarillo. El amarillo es el color del Super8. Mira:

Los cartuchos contenidos en esa caja eran un lujo porque valían mucho dinero. Hoy grabas lo que te da la gana, y hasta en alta definición, con el móvil, aparato que cada vez sirve para más cosas y cuya finalidad principal que es la de recibir y hacer llamadas pasará, si no ha pasado ya, a un segundo plano. Grabas y borras, grabas y lo que sea menos pensar en que el dedo no tiene que quedarse pegado muchos segundos en el botoncito porque, si no, aparecera pronto la luz roja de Basta. Breves minutos a doblón aquellos del Super 8 que hoy valen lo que costaron, sin duda, porque capturaron fielmente, en pequeñas dosis, un mundo que ya no existe.

Volvamos a la sala.

Este Super8 que nos proyectaron en 35 milímetros o en copia digital, es una película a cuatro manos, las de Spielberg y las de Abrams, dos generaciones distintas allí en la pantalla de la misma manera que aquí en las butacas estamos sentados, fila 8, números 1 y 3, Sergio y yo, dos generaciones distintas de espectadores. Antes de que se apaguen las luces observo entre el público a chavales de viernes por la noche y a parejas de mi edad y de más edad. Esta va a ser una película en dos tiempos, o de dos tiempos, y se comprueba enseguida, al poco de empezar sus 114 minutos. Cuántos cartuchos de Super8 habría que unir para sumar 114 minutos. Una barbaridad. Aparece una historia y a ratos ves que quien toma el mando de la filmadora es Abrams, que yo creo que es más de la generación del vídeo (el vídeo mató a la estrella del Super8), y a ratos es Spielberg. Se nota. Abrams aporta la huella moderna caracterizada por esa espectacularidad tan aparatosa como prescindible, como diciendo mucho por no tener nada que decir, pero luego viene Spielberg y con un plano muy de él, recurrente, la cámara a ras de suelo captando un derrape de las ruedas de una bici levantando polvo en un camino arenoso en una tarde azul, zas, ahí está la esencia viva del verano de la infancia, la de la pandilla unida para no ser vencida hasta septiembre por lo menos, la de las meriendas compartidas como los secretos y las aguadillas en el cloro de la piscina. Y levantas la ceja, no sabes si por la identificación o por la cantidad de significados que contiene un plano tan sencillo.

Transcurre Super8 entretenida si te entregas a su propuesta, a su invitación a revivir el espíritu de Los Goonies, ET, las noches azules de Encuentros en la Tercera Fase, en fin, de esas películas, y mientras tanto los chavales recogen sus aventuras en su propia filmadora de Super8 hasta que el cartucho se acaba. Entonces, abro mucho los ojos cuando les acompaño a la tienda de revelado y recuerdo y comprendo que nosotros no fuimos una generación de la inmediatez. Teníamos prisa, claro, pero al contrario de lo que hacemos hoy, grabar y nada más hacerlo mirar la pantalla para ver el resultado y repetir si no nos gusta, o borrarlo, o quedar satisfechos, lo que sea pero en el acto, el Super8 nos enseñó a esperar. Y mientras esperábamos, nos enseñó la emoción y la excitación de la espera. Metías aquellos cartuchos en unas bolsas de papel del mismo color amarillo, si eran Kodak, o blanco, si eran Agfa, y los metías en el buzón más cercano. Y a esperar. Siete, diez, quince días. Llegaba cualquier mañana de cualquiera de esos veranos y bajabas raudo por la escalera al portal, a la hora del reparto del correo, y si a través del cristal translúcido y oscuro de la puertecita del buzón veías un bulto amarillo, un latido amarillo, se te ponía una alegría de colores en el corazón. Dentro del sobre, el laboratorio había liberado del cartucho la bobina de celuloide y te lo devolvía, negativo convertido en positivo, para que pusieras la sábana ante el cuadro del salón, bajaras las persianas, convocaras a la familia a la luz del proyector y surgiera entonces un mundo silente en el que nos veíamos y nos reconocíamos aunque con el estupor y la añoranza por contemplar con nitidez un lugar de verano que ya había empezado a disolverse en la memoria.

Eso lo (re)vives cuando ves Super8. Y mientras tanto, pasas un buen rato con su propuesta amable e inocente, como ochentera y tal.

Diario

Este día azul ajeno a las alegrías y a las desdichas nos trae una tarde en calma, un sol de membrillo, una bandada de aves migratorias cruzando el cielo en imponente y perfecta uve y la promesa, hecha por el hombre del tiempo a las 16:08, de que esta noche a la ciudad la borrará la niebla. Yo me voy a cenar a casa de unos amigos; viven lejos y conocen mi sentido de la des-orientación y por esa razón ayer me llamaron para recogerme en coche. Dije que no, agradeciendo, eso sí, el detalle. Me gusta caminar por esos senderos que dejan de ser aceras cuando el ladrillo se convierte en arbustos y tal. Es que ya no hay arbustos ni tal, me dijeron. Vaya, respondí, impotente ante el crecimiento urbanístico que nos quita rincones memorables del otoño. Pero no importa, sigue en pie el gran árbol que me sirve de señal, de poste, para decirme que voy bien. Aún así, llevo el móvil. Por si me pierdo. Antecedentes hay de ello y bastante bochornosos, por cierto.

Antes me pasaré por la escuela de música, me sentaré en los bancos del pasillo del primer piso, preguntaré a algún alumno o alumna cuál es el aula donde da clase la vecina, porque ya no me acuerdo, y entre clase y clase me colaré, así, nada, diez segundos, para dejarle un dvd. Lleva una película dentro. No importa cuál. Lo que importa es que la ví y me dije: esto lo han hecho para la vecina, que es muy de nieblas, y lunas, y tal. Y como hoy los elementos se han puesto de acuerdo para pintar el decorado adecuado, y es viernes, y eso quiere decir que mañana no se madruga y hay tiempo para el ocio, pues allá que voy, me he dicho hace un rato, como quien va a llevar la merienda al cole, igual. Después me pondré rumbo a lo desconocido, a la espera de localizar señales familiares que me digan, es por aquí, esto me suena, esto me lleva a esa casa a la que he ido tantas veces y siempre con la incertidumbre, o debería decir la certeza incómoda e inquietante, de que ha cambiado de lugar cada visita, cuando en realidad lo que ha cambiado, y cambia, y cómo, es el entorno. Eso será hoy, mientras pasan cosas, cerca y lejos, y el alma lo sabe.

Retornos

PleyelLlovía y llueve. Crepitaba el agua bajo la cúpula de los paraguas, brillaba el pavimento de las aceras y los coches se deslizaban por el asfalto, salpicando. Una campana repicaba en la parte antigua de esta ciudad esta mañana y yo caminaba por el pasillo de un claustro siguiendo a una funcionaria joven, atenta, con muchas llaves y un par de juegos de cables de esto de la electrónica en las manos. Sonaban sus pasos multiplicados. He bajado la cabeza para mirar mis pies y he visto que mis pisadas no dejaban sombra impresa en el silencio en forma de eco. Espere aquí en la puerta porque las luces del salón de actos las tengo que dar desde la parte trasera, ha dicho la chica. Yo he respondido un vale, un sí, un de acuerdo, no me acuerdo; lo que recuerdo es que me ha sorprendido que me hiciera esperar de usted y no con un tuteo. Creo que ya soy mayor, a ver cuándo hago tanatorio a mi infancia, por cierto. Después recuerdo que me he visto dentro del salón oscuro, haciendo como si no supiera, escenificando una espera hasta que se hiciera la luz de un cuadro de mandos que yo accioné tantas veces en el pasado, antes incluso de que esta chica naciese, porque en ese mismo salón toqué el piano en público por primera vez y años después, por última. Cuántas horas sobre esas teclas, cuántos nervios, gratificaciones, temores, ilusiones, emociones, conversaciones con ese piano Pleyel, extraño instrumento, para que, cediendo un poco los dos, saliéramos airosos del paso, ese mismo piano de cola Pleyel cuya silueta veo sobre el escenario, más negra que la propia oscuridad que me rodea, antes de que el sonido (clas) de unos interruptores (clas, clas) ahogaran las tinieblas dando forma a lo familiar.

Qué hacía yo allí. Probar los equipos. Esta tarde conferencio allí, pongo mis manos en otras teclas, las de un ordenador portátil, en el mismo escenario donde puse las mismas manos en otras, blancas y negras, más blancas que negras, cuando las manos no se habían roto. Es una sensación especial. Ni buena ni mala ni extraña, adjetivos que se suelen asociar a las sensaciones, como pertinaz se asocia a la sequía, o intermitente a los chubascos, según suele asociar el hombre del tiempo en la tele. El de ahora no es chubasco ni es intermitente; el de ahora, que estoy viendo caer al otro lado de la ventana mientras tecleo este post es continuo, no muy fuerte, caería silenciosamente si no lo delatara el susurro que producen las ruedas de los coches que pasan de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Esta tarde me asocio a Brahms y a su Requiem Alemán. Hablo de Brahms, salgo a su encuentro, intento reconocerlo en la huella dactilar que deja en el pentagrama y compruebo entonces que el Requiem Alemán es suyo, que es una forma, la anterior, de decir que hablaré de su estilo y que, posteriormente, lo encontraremos plasmado en el primer movimiento de esta obra conmovedora e inteligente, mira tú que asociación más curiosa: conmovedora e inteligente.

Eso será luego.

Procedía a conectar mi ordenador portátil al equipo de la sala, esta mañana, y pensaba que igual soy un poco raro porque preparo las cosas con minuciosidad y gran esfuerzo precisamente para que no se note, para que quien escuche lo haga sin miedo, se deje llevar. Me pregunto a veces si tanto esfuerzo -no se imagina la gente cuánto- vale la pena y me contesto que sí, pero me da que ahora se lleva emplearse menos en las cosas, o igual es que lo que no se lleva es zambullirse en el Requiem Alemán de Brahms. Pues para eso estamos, no?. Perdone, ahora vuelvo, voy a dejar aviso de que esta tarde… Puntos suspensivos. Eso ha dicho la chica mientras abandonaba el escenario y desaparecía de la sala momentáneamente en un fundido de palabras y pasos. Comprobado que todo estaba en orden (esas cosas las confirma el ordenador enseguida si las cosas vienen bien dadas, pero no hay que fiarse y es pertinente la visita previa) me he acercado al piano Pleyel y lo he hecho como quien se acerca a alguien después de veinte años, con esa aprensión a que no te reconozcan, con el “me recuerda?” en los labios.

Me he sentado frente a ese teclado que siempre me pareció inmenso y pesado, quizá porque mis manos eran quinceañeras y de goma la primera vez que hubo contacto, Mozart, Sonata en si bemol, cuál de ellas, la primera en si bemol, ah, vale, es que tiene varias en si bemol, pues ya le digo que la primera, gracias, de nada, hombre, y me he puesto a tocar a Haydn. Y entonces ha ocurrido que Haydn se despegaba de los dedos como con alivio, como con facilidad, como quien se desliza con alborozo por un tobogán a la piscina un día de verano. Tantos años tocando en un piano digital, un piano ortopédico, han dado como resultado que la pulsación se convierta en un non legato que el Pleyel ha acogido con aprobación, creo yo. Pero lo mejor ha sido la dulzura con la que el instrumento respondía al movimiento muscular que hacía que cada dedo accionara esta tecla y esta otra. Un sonido analógico, lleno de armónicos, aterciopelado, definido, lleno e íntimo. No sé si las manos tocaban tan sueltas porque el piano así lo quería o si el piano sonaba decentemente porque las manos se olvidaban de que hace tiempo dejaron de serlo.

Ha vuelto la chica y sonreía y yo he dejado de tocar, a mi pesar, sí, pero estaba ahí a lo que estaba, y he vuelto a ese otro teclado de comandos, alfabeto y números para hacer pruebas de pantalla. Conozco esta sala, he dicho como en confidencia. Ah, sí?. Sí, aunque toqué por última vez aquí hace veinte años. La chica no ha dicho nada aunque ha sonreído con sonrisa incómoda, como si yo hubiera dicho algo inconveniente, no sé. Hemos decidido, por lo visto de mutuo acuerdo, mover ambos unos cables con movimientos que no servían para nada y seguir atendiendo las cuestiones técnicas que faltaban por atender, pocas, cosa de unos acordes, que si este cable lo pasaremos por allí, que si cuál de los micrófonos prefiere utilizar, que si hable un poco, por favor, uno, dos, sí, sí?. Y ya. Llovía cuando he salido de ese salón al claustro del edificio, un antiguo convento, me he visto en un cartel; al menos, me he visto en forma de nombre, informando a quien quisiera dónde me encontraré esta tarde y a qué hora. A mí esta tarde me gustaría tocar a Haydn a la hora del terciopelo pero como soy obediente, haré lo que pone en el cartel. Además, lo he trabajado con mucha dedicación. Quién sabe si hasta con dedicatoria.

Cosas

Cosas, así, en general. Salgo -estoy saliendo- de la bronquitis mía de cada otoño, ese catarro vulgar que los inmunosupresores se empeñan en elevar a la categoría de cosa importante hasta que el médico de guardia decide prescribir en una receta gramos de antibiótico. Y como salgo -aunque no he salido de casa desde hace unos días- digo yo que será por eso que me he puesto a teclear este post a las 3:40 de la madrugada, una hora, por cierto, que no me hace gracia, como todas las que suman 7. Esto que no salga de aquí que luego me dicen maniático y cosas así. Y si no las dicen, seguro que las piensan.

He recibido por mail un saluda (curiosa palabra, saluda) de la concejala de cultura de esta ciudad invitándome a la disertación que doy sobre “Un Requiem Alemán”, de Johannes Brahms, a la vuelta del fin de semana. Es verdad, no se me había olvidado; pero está bien eso de que te inviten a tu propia comparecencia. No dice la información (y no es culpa de la concejala) que la cosa va a ir sobre el primer movimiento y no sobre la totalidad de la obra. La desmesura del Romanticismo es lo que tiene. Ante coger este trocito de aquí y este de allá o centrar la atención en cómo recorrer un todo abarcable que germina, se desarrolla, se multiplica, crece de manera exuberante y se disuelve en el silencio, creo que no había duda. Además, me interesa sobremanera la armonización inicial, ese milagro de voces tal ante el cual la orquesta, grave y densa como le gustaba a Brahms, calla de pronto como quedándose extasiada, y con razón. Estoy, por tanto, con Brahms o en Brahms.

Antes estuve con Mozart, en mi segundo año con los fantásticos alumnos del programa Senior de la Universidad de Navarra, pero eso irá en otro post, qué aventura, qué insentatez la mía, o temeridad, o todo junto, abordar la aventura Mozart, inexpugnable e inaccesible Mozart y, sin embargo, haciendo a los corazones permeables a su milagro y a su emoción hasta en los lugares comunes. Luego vendrá Bilbao, con un encuentro con chavales en un instituto por la mañana y otro con los mayores por la tarde alrededor de Bach. Y mientras tanto, he hecho un ejercicio de revival literario desempolvando la ópera prima de David Leavitt para una cita con los libros que habrá que ubicar en el calendario, ahora que el otoño se ha ubicado al fin invitando a hacer pasar las hojas de puertas adentro mientras de puertas afuera, las otras, las que amarillean, caen. En definitiva, que bronquítico, artrítico y tal pero activo. Me lo he propuesto. Cuesta, está costando, lo estoy viendo, pero va saliendo.

Hay más cosas, ya irán saliendo en palabras en este muro blanco en el que he empezado a escribir porque me apetecía de nuevo. Es agradable hacerlo.