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Planes 27 septiembre, 2011

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 13 comentarios , trackback

Es cierto que hay muchas posibilidades, pero es que no me apetece ninguna.

Posibilidades de re-explorar este blog y posibilidades de explorar el mundo exterior. Pero la tentación de parar, de apearse del compás de las cosas, es factible. Por qué no? Quizá entonces volvería la voluntad a funcionar como debe: la intención concretada en la acción. Y quizá entonces volvería la música, y las ganas de hablar y de moverse y de luchar. Tengo que hacer una rectificación sobre la marcha: no es que no me apetezcan las cosas, es que no puedo. Se me dirá: es cuestión de ponerse. Pero si me lo dices, me entra mucha ansiedad, y me desmoralizo, porque entonces sé que no me comprendes. No te culpo, por supuesto. Cuántas veces he dicho yo mismo a tanta gente venga, va, déjate de historias, tú puedes. Y ahora entiendo la impotencia que se siente cuando algo tan fácil no es posible. Hay que escuchar al cuerpo cuando las señales que emite son constantes y no hay manera de convencerle. Y el cuerpo quiere parar. Cuando estos atardeceres hermosos de septiembre hago un momentáneo ensayo general de conceder al cuerpo lo que pide me invade una tranquilidad nueva, necesaria, balsámica, y comprendo que me estaré perdiendo muchas cosas aunque, a continuación, pongo en duda eso, porque empiezo a entender que la pérdida, la del tiempo, la de las oportunidades, la pérdida en general, sucede cuando te empeñas en ir contracorriente del instinto, y así no haces ni una cosa ni la otra.

Yo creo que estoy deprimido.

No puedo luchar, no me sale. Me asustó comprobar, una mañana, que la artropatía ha descubierto al fin la existencia del pulgar de mi mano izquierda. Recuerdo a los médicos y al cirujano que me implantó 8 prótesis en los dedos de ambas manos, asombrarse y alegrarse de que el pulgar, dedo fundamental, invento genial de la evolución porque hace pinza y por tanto otorga maniobrabilidad a la mano, estuviera intacto de afectación en ambas manos. La espalda y la cadera mejoraron un día, día y medio para ser exactos, luego volvieron a su ser, que es un no ser. Es el lado izquierdo del cuerpo: cadera izquierda, pulgar izquierdo. Ante eso no puedo luchar, delego en el elixir, este anti-TNF que lleva dentro 72 horas y ya se hace el sueco, el sordo, perdido andará en el torrente sanguíneo o por el torrente que circule. Quizá esté abrumado, quizá también deprimido y no pueda. Me lo inyecté, noté la mejoría momentánea y noté los efectos secundarios, que persisten.

Creo que todo es un cúmulo de cosas: despertó la enfermedad, me paralizó en todos los sentidos, y todos los sentidos venidos abajo seguramente alimentaron el despertar de la enfermedad. Y así, como en círculo.

Retirarse de la circulación, de las conversaciones, de las redes, de los proyectos, de los compromisos, a veces eso no es una huída sino una cura. Es más práctico sanar la herida que empeñarse en caminar sin fuerzas. Ese es el resumen. Les decía la otra noche a los vecinos que no sé por qué tengo desconectado el móvil, no sé por qué no atiendo al fijo, no sé por qué me cuesta tanto responder un mail, encontrar las palabras necesarias y componer las frases. Me paso el día borrando palabras. Pido disculpas a los cercanos. Lo único que me trae paz estos días es el silencio, leer y observar el atardecer de cada día porque cada día es distinto y ninguno tan hermoso como los que trae este septiembre que empezó ayer y ya se está yendo. Todo va deprisa mientras yo estoy de pie en el andén, observando. Ya llegará mi tren. Calma. Andante. Adagio. La inactividad aparente cumple una función y requiere atenciones. Este post suena, quizá, a repetido, pero no lo es, como los atardeceres de septiembre.