Archivo por días: 21 septiembre, 2011

Otoño

Al pasar la hoja del calendario, desaparece este verano cruel y maravilloso, terrible e inolvidable, todo a partes iguales y al mismo tiempo. Quedarán secuelas hasta que, poco a poco, otras alegrías, otras heridas, sedimenten sobre lo anterior. Así parecen ser las cosas. Hay quien parece frágil y no lo es y hay fragilidades que se manifiestan (y ojalá no lo hicieran) en la eclosión de un mal que dormitaba. No llevo bien este resurgir de una enfermedad que ya me cansa vitalmente hasta la náusea. Dijo un médico a otro: treinta años así, que se dice pronto, treinta, y tal y cómo se han puesto las cosas ahora, yo estaría igualmente deshecho. Que te lleguen titulares como ese es lo que tiene tener amistades médicas hasta en el infierno de los pasillos de los hospitales que sigo sin pisar, por cierto, básicamente porque pisar, piso poco. La espalda. No duele, ruge. O sea, duele todo lo que tiene que doler, y la cadera vuelve torpes estas piernas que antes decían: me voy al cine del centro comercial, 2 kilómetros de caminata.

Ahora, la película de las cosas pasa por mi cabeza, en esta inactividad que tanta ansiedad me genera porque siento que no soy dueño de la voluntad. Algo falla entre el deseo y la acción; hay un corte, una fuga, una desconexión. Vino a visitarme Sergio el otro día, el viernes por la tarde a última hora, y me confesó después haberse dado cuenta, en un momento de la conversación, que no puedo, así, en general. “No puede”, dice Sergio que pensó mientras me escuchaba hablar. Y fue un alivio y una pena escucharlo; lo primero por la comprensión, nadie dice nada, supongo que porque no veo a nadie y además tengo el móvil cerrano. Hablo del mundo real, no del virtual, donde tampoco me asomo apenas pero donde caen ánimos desde lejos en forma de mensaje, y cuanto más lejos, más cercanos son los ánimos, qué cosa. Lo segundo porque sí, porque es un poco lamentable. Se juntó todo como una cadena causa efecto o la caída de una de esas hileras de fichas de dominó. Qué más da recordarlo por escrito si la cabeza lo recuerda con insistencia. Me he propuesto no entorpecer al único remedio existente en estos casos: dejar actuar al tiempo. Desfallezco en el intento, pero aparece Sergio. Me preocupo por este cuerpo y me rebelo ante la belleza de estas tardes tibias de septiembre y me encuentro con Belén saliendo de una frutería, y me dice vamos por aquí a dar una vueltica, y lo dice con cariño, y camina hacia mi lado despacio y en silencio aunque luego diga que una noche vamos a cenar en la terraza o en el chino, o que iremos al cine. Me quedé dormido otra vez en el cine, le confieso. Estamos preocupados por tí, responde. Y se hace el silencio de nuevo mientras una pareja pasa ante nosotros discutiendo sobre el error de haber dicho sí al plan propuesto por la compañía telefónica.

Dice uno de los médicos que el sueño diurno, reiterado, porque lo es y en todas partes, puede ser también síntoma de una depresión. Aún así, ayer me subí a un tren, temeraria cosa tal y como están las piernas y la columna vertebral, pero el trayecto era corto, ida y vuelta en un nada, y el sol del atardecer despedía el verano encendiendo el verde dorado de los campos, y el azul del cielo era profundo y limpio, y el horizonte pintaba una imprecisa franja malva. Me subí al tren a pensar y tras pensar decidí que hoy, al pasar la hoja del calendario, me iba a poner a escribir en la hoja blanca del procesador de texto, y que será una forma de arrancar de nuevo, y de terapia. Y algo hizo esa decisión firme, porque de decisión firme se trata, si me conoceré yo, que aunque agotó mis últimas reservas volví más tranquilo, sin esa desazón que da vueltas por dentro, por el pecho; cené, vi una película por la noche y me acosté a una hora decente. Cierto es que las interferencias, los obstáculos, incluso esas pesadillas que desde hace unos meses despiertan mi sueño, permanecen, y que hay momentos. Paciencia.

Es curiosa la expresión “tocar fondo” porque suena a instante fugaz, como cuando la pelota de tenis toca suelo: cae, pom, rebota y levanta el vuelo. Pero pocos se plantean que ese tocar fondo es un instante más largo y menos aún los que se preguntan qué sucede mientras tanto. Suceden estas cosas. “Soy como una mariposa con las alas rotas”, dijo el otro día un actor de 39 años antes de morirse de un cáncer fulminante. Yo no me voy a morir, porque no, porque lo digo yo, pero entendí bien la frase; más que eso, me escoció, por razones obvias que sólo tú sabes. A veces un desconocido dice frases para que las escuches de mi parte, ahora que no quieres escuchar mi propia voz ni recordar mi presencia. Lo que nos incomoda lo volvemos invisible. Yo, que he llegado a sentirme invisible para mí mismo, que tengo que acarrear con problemas mayores y, por desgracia, irresolubles los más importantes, empiezo tecleando en la página en blanco de un procesador y terminaré consiguiendo encontrar la voluntad y el apósito que me permitirá seguir caminando un trecho más. Hay quien cae. Y hay quien, teniendo un amplio historial en caídas, sabe levantarse.

Bienvenida al otoño de la incertidumbre, pero otoño al fin y al cabo.