Archivo por días: 14 septiembre, 2011

Luna

Nueva YorkEs la luna llena de julio, fotografiada con un iPhone desde el gigantesco Airbus que me traía de regreso de Nueva York en algún momento del tránsito del día 14 al 15. Fue espectacular y mágico, digno de acompañar con uno de esos wow! tan americanos. Alguno se escuchó, la verdad, pero la mayor parte de la gente, mucha gente, dormía o atendía a sus aparatos electrónicos, pantallas todas ellas: móviles, tabletas, ordenadores. El silencio y la tranquilidad de la cabina en medio de la monotonía del vuelo hizo que la aparición lunar fuera recibida con agradable sorpresa, refulgente en el ala del aparato, de un brillo tal que pintó de azul el negro de la noche y de una nitidez explicable por la atmósfera limpia y gélida, 14 kilómetros de altura y menos 74 grados de temperatura según se leía en la pantalla que ofrecía los datos de navegación. Qué frío fuera. Qué frío dentro. Los cientos de personas que sobrevolábamos el océano hicimos uso de las mantas que las azafatas habían dispuesto debajo de los asientos, junto con las almohadas, las mismas mantas que en el viaje de ída me habían dado mucha impresión, ese color, esa textura rancia como de enfermería de la primera guerra mundial. Fue verlas y pensar en fiambres cubiertos por ellas y preguntarme a mí mismo de manera neurótica: ya??? intentando conservar la calma.

Sin embargo, esa noche, aquí, el vuelo era de una placidez tal que “sabías” que no iba a ocurrir nada. Al despegue, un comandante con voz de capitán Nemo y mucha serenidad y seguridad en la expresión se presentó por megafonía, nombre y dos apellidos, dijo que el vuelo iba a tener 40 minutos menos, lo cual fue recibido con generalizado alborozo americano, esto es, pulgar en alto, incluso por aquel matrimonio gallego sentado al otro lado del pasillo, dos filas adelante, y no hubo una sola turbulencia hasta que el avión inició la maniobra de descenso, anunciada tras la entrada por Galicia en diagonal hacia Madrid. El ardiente amanecer de julio de Madrid desconcertó un poco al aparato, comprensible pero apenas nada, mientras por la ventanilla veíamos pueblecitos convertidos en puntitos de luz naranja que, desde las alturas, formaban ramificaciones abstractas.

No sé en qué momento tomé la fotografía, de no muy buena calidad porque la cámara del móvil no da para más; no sé si ese momento era día 14 o 15, día aunque pareciera noche o noche rara, tan rara que duró apenas 3 horas. Y es que salíamos del JFK a las 6 en punto de la tarde y unas 6 horas y media después eran las 7 de la mañana en Madrid y yo no entendía nada y me daba mucha pereza entenderlo. Soy de letras (o de notas, como dice el compositor Xavier Sarasola). No de ciencias. Las ciencias adelantan que es una barbaridad, y tanto, ya lo ves, 6 de la tarde, 7 de la mañana, 3 horas escasas de una noche que careció de atardecer (cuánto me llamó eso la atención), y ya está. Surcaba el océano el avión y la luna iluminaba un colchón de algodón de nubles blancas. Como si estuviéramos viendo el vuelo en alfombra mágica y en technicolor de un Aladino en la pantalla de una película de Alexander Korda, igual. Yo tenía al otro lado de los auriculares a Ravel, “Le tombeau de Couperin”, me había llevado en el equipaje a Ravel por si me perdía, pero lo dejé silente, al igual que dejé el libro electrónico que me traía entre manos sin pasar página. Me dediqué a estar, a sentir bajo las calcetines la moqueta rasa y fría del suelo del avión haciendo un discreto tap tap con los pies y pensando el vacío de vértigo que había más abajo; observando los movimientos, escasos pero significativos, de la gente, escuchando el siseo de sus palabras, viendo el tililar de las pantallas, aprovechando el tránsito para hacer feliz y satisfecho balance de la enriquecedora experiencia, conversando, ocasionalmente, con la chica americana que tenía de vecina, alta ejecutiva ella, amable y con mucho don de gentes, interesada en mi respuesta a sus preguntas, paciente con mi balbuceante inglés indigno de la paciencia de Lindsay, un poco zombie ella porque la semana anterior ya había cruzado el charco para ir a París y todavía, you know, dijo, en alusión al desconcierto horario. El jet lag. Yo no sabía si esa noche que era de día según el reloj, con este estómago al que las azafatas daban de cenar cuando tocaba merendar y darían de desayunar cuando tocara cenar, yo no sabía, en fin, qué pastilla correspondía tomar, qué noche tocaba a la pastilla, la de allí, la de aquí, la del vuelo. Le pregunté a mi compañera de viaje si iba a haber noche corta o si nos íbamos a quedar sin noche. Short night, respondió con una sonrisa. Luego hizo chas y en una maniobra habilidosa y rapidísima que hizo que mi ceja se levantara se enfundó el cuerpo con la manta, con doble capa además, como quien lleva un manto a la verbena de la paloma. Yo fui incapaz, el envoltorio colgaba de un lado dejando mi costado derecho desprotegido, la manta echa un ovillo en la espalda, yo poniéndome negro, ella seguramente también con mis movimientos torpes aunque con negra simpatía porque en un momento dado, casi con agujetas y sudando yo a pesar de la temperatura glacial, dejó escapar una risa y en un gesto poco americano, porque son solícitos pero no tocan, tocar no, cogió la manta con resolución ejecutiva y el chas me lo hizo a mí, dejándome envuelto cual momia y confortable como un bebé. Thank you, dije con cierto apuro y mucha sinceridad. It´s ok, respondió ella con despreocupación. Y se puso el antifaz. Yo no dormí. Pensé, ví la luna, las nubes, sentí el frío y el calor, pensé en ese océano que había debajo y en el océano de cosas que habían pasado, me sentí a gusto y contento. Y tranquilo.

Tres horas después de que la noche trajera esa increíble luna llegó el día, el capitán Nemo nos dio los buenos días por los altavoces, las cortinas de los pasillos del aparato fueron echadas a un lado con resolución de enfermera al punto de la mañana y un equipo de azafatas empezó a distribuir desayunos con alegría de galletas Cuétara. Todo era un lío, sí, pero un lío curioso. Mucho. Abajo, los campos, al amanecer del verano, todavía se hacían los remolones. La T4 Satélite nos recibió vacía, otro insólito espectáculo, y yo recuerdo no tener ninguna prisa mientras avanzaba y miraba. Creo, incluso, que sonreía.