Archivo por días: 8 septiembre, 2011

Objeto

En su última novela, “El mapa y el territorio”, reciente premio Goncourt, Michel Houellebecq hace llegar el otoño a París en la página 102 y en mitad de un párrafo dice de su personaje principal, Jed Martin, que “continuó sus paseos durante todo el mes de octubre, si es que se puede llamar paseos a una marcha casi automática en que ninguna impresión exterior le llegaba al cerebro, en que tampoco ninguna meditación o proyecto lo llenaban, y cuyo único objeto era que el atardecer le dejara en un estado de suficiente fatiga”.

Pues yo igual.

Pero sin paseos.

Estoy mejor, al menos de dolor, pero sigo convaleciente y no tengo mucho margen de acción ni física ni de la otra, la de la voluntad. Es como estar vacío. Te dices: tengo que hacer ésto y luchar por esto otro, como otras veces. Y pasan los días. Y nada. Frustra mucho el tenebroso panorama laboral y de futuro que nos rodea. Estoy en paro, no tengo alumnos, las instituciones culturales no aceptan proyectos. Pero, aparte de eso, me siento sin fuelle para, aún así o precisamente por eso, ser creativo y redoblar esfuerzos. Hablo con mi madre, que mira de reojo a veces esta convalecencia y dice, yo creo que lo anímico te está afectando mucho, hijo, y yo le respondo que claro, cómo no me va a afectar, y empezamos a hablar del panorama. Ella, en su misión de madre, atenúa mis palabras por fuera pero siente y asiente por dentro, que lo sé, no soy idiota; yo hablo y expongo la situación de la manera más objetiva posible porque para hacer algo, para tirar por aquí o por allá, lo primero que hay que hacer es tener claro el paisaje y asumir la situación. Lo que pasa es que cuando tengo sobre la mesa las piezas objetivas y las contemplo, me sale la subjetividad, es decir, que lo veo negro, lo de fuera, lo de dentro, y lo que haga falta.

Me tienta retirarme una temporada.

Me gustaría quedar en silencio un tiempo, aprovechando que el entorno acompaña, el otoño, el invierno. Y qué hacer? Leer. Es curioso. Quiero leer. Mucho. Quiero dialogar con los libros, las historias y sus autores en silencio. Quiero leer al atardecer junto al balcón del salón a la luz azul y declinante. Quiero leer en la madrugada, amparado por el silencio, refugiado en el sofá. Quiero aprender todo lo que no he podido aprender y luego ya saldré a la superficie. Es lo que me pide el cuerpo: conocer lo que no he podido conocer, encontrar el latido que ahora no escucho mientras me formo, y la tranquilidad. Hay que olvidar para acordarse de uno mismo. Leer. Y la música.

No camino como hace Jed Martin en el otoño de París, pero los días pasan en una monotonía automática, el cerebro en un estado de anestesia parcial. Vacío hasta la fatiga. Y lo que me apetece es cuidarme a mi ritmo, a mi estilo, en mi refugio. Dice mi madre que lo haga, que qué me impide hacerlo. No tener ingresos, respondo yo. Sentirme un parásito. Mi madre insiste y dice que lo haga, que nada me impide hacerlo. Es su forma de decir que eso está cubierto por ella y es una generosidad grande y desinteresada, como todo gesto maternal. Pero, aunque desorientado, tocado, pon los sinónimos que quieras, el instinto reclama aprobar las asignaturas sin ayuda. En estas cosas ando.

Había un azul conmovedor ayer por la tarde y la gente pasaba sin detenerse.