Archivo por días: 2 septiembre, 2011

Literatura

La veía ahora, entre sus brazos, con dos o tres años, sobresaltada por la alegre sorpresa del viento mientras aspiraba el aire, con las mejillas coloradas y una mirada de regocijo, ocultando la cara en la curva del cuello de su padre.

-Agárrate a las plumas -dijo él- o saldrás volando.

Paul Quinn miró por última vez la luna, las estrellas y las nubes que desfilaban por el cielo antes de subir los escalones uno uno a hasta la cama.”

Keith Donohue, “Y si fuera un ángel”

Sigo recomendando la ópera prima de Keith Donohue, “El niño robado”, esa novela mágica, desolada y desoladora que empieza con una frase turbadora: “No me llames hada. Ya no nos gusta que nos llamen así”. Sigo recomendándola mientras me asomo a esta segunda incursión, llegada a las librerías con algo de silencio por mucho que la fajita promocional que abraza al libro sea de un amarillo luminoso. No habrá otro niño robado pero en las páginas de Donohue siempre hay una idea feliz, un detalle sorprendente, un destello conmovedor, un apunte redondo.

“Y si fuera un ángel” es la absurda traducción del original “Ángeles de destrucción” quizá porque así suena a bestseller de trama apocalíptica o cómic a lo Mazinger cuando, la verdad, y aunque el título hace justicia a la injusta realidad de las cosas que laten en el argumento, todo lo que escribe Donohue es un poema suave del invierno con huellas reconocibles en la nieve. Quiero decir con ésto que subyacen ideas comunes a su anterior libro vistas aquí desde otra perspectiva: la pérdida, la pérdida irreparable, el silencio de quienes han amado de forma intensa, las consecuencias de amar así. Fondo reconocible en una forma confortablemente familiar aunque el envoltorio cambie sustancialmente.

La señora Quinn, la pequeña Nora (¿y si fuera un ángel?), Sean, Erica, Paul. Donohue escribe libros de invierno, sus mejores párrafos descansan mullidos sobre la nieve. No importa que no vuelva a haber un niño robado si volvemos a encontrar literatura en párrafos como el que encabeza el post. Paul contempla, desde la ventana, “un cuarto de luna ceroso” (siempre deseé descubrir cómo describir una luna así) y añora, con remordimientos, a la hija que fue y se fue sin dejar rastro. La imagen de la niña “sobresaltada por la alegre sorpresa del viento” es una imagen preciosa que nos hace volver la vista y releer: “la alegre sorpresa del viento”. Los ojos releen con satisfacción el acierto, la diana, aquéllo donde reconocemos lo que hemos conocido y no sabríamos decir porque no acertamos a encontrar las palabras precisas. Paul Quinn puede evocar la imagen de la niña que fue su hija mirando la luna y las estrellas a través de la ventana en la madrugada helada y silente del invierno antes de subir los escalones hasta la cama. Pero que el escritor apostille que sube los escalones “uno a uno” dota al instante de peso y del pesar necesario. Qué cosa que un detalle dejado caer resbalando en la frase aporte y diga tanto. Escrito así, llegar a la cama es una derrota.

Literatura es iluminar una idea de vida y ser capaz de que el lector viva en ella.