Archivo por meses: septiembre 2011

Planes

Es cierto que hay muchas posibilidades, pero es que no me apetece ninguna.

Posibilidades de re-explorar este blog y posibilidades de explorar el mundo exterior. Pero la tentación de parar, de apearse del compás de las cosas, es factible. Por qué no? Quizá entonces volvería la voluntad a funcionar como debe: la intención concretada en la acción. Y quizá entonces volvería la música, y las ganas de hablar y de moverse y de luchar. Tengo que hacer una rectificación sobre la marcha: no es que no me apetezcan las cosas, es que no puedo. Se me dirá: es cuestión de ponerse. Pero si me lo dices, me entra mucha ansiedad, y me desmoralizo, porque entonces sé que no me comprendes. No te culpo, por supuesto. Cuántas veces he dicho yo mismo a tanta gente venga, va, déjate de historias, tú puedes. Y ahora entiendo la impotencia que se siente cuando algo tan fácil no es posible. Hay que escuchar al cuerpo cuando las señales que emite son constantes y no hay manera de convencerle. Y el cuerpo quiere parar. Cuando estos atardeceres hermosos de septiembre hago un momentáneo ensayo general de conceder al cuerpo lo que pide me invade una tranquilidad nueva, necesaria, balsámica, y comprendo que me estaré perdiendo muchas cosas aunque, a continuación, pongo en duda eso, porque empiezo a entender que la pérdida, la del tiempo, la de las oportunidades, la pérdida en general, sucede cuando te empeñas en ir contracorriente del instinto, y así no haces ni una cosa ni la otra.

Yo creo que estoy deprimido.

No puedo luchar, no me sale. Me asustó comprobar, una mañana, que la artropatía ha descubierto al fin la existencia del pulgar de mi mano izquierda. Recuerdo a los médicos y al cirujano que me implantó 8 prótesis en los dedos de ambas manos, asombrarse y alegrarse de que el pulgar, dedo fundamental, invento genial de la evolución porque hace pinza y por tanto otorga maniobrabilidad a la mano, estuviera intacto de afectación en ambas manos. La espalda y la cadera mejoraron un día, día y medio para ser exactos, luego volvieron a su ser, que es un no ser. Es el lado izquierdo del cuerpo: cadera izquierda, pulgar izquierdo. Ante eso no puedo luchar, delego en el elixir, este anti-TNF que lleva dentro 72 horas y ya se hace el sueco, el sordo, perdido andará en el torrente sanguíneo o por el torrente que circule. Quizá esté abrumado, quizá también deprimido y no pueda. Me lo inyecté, noté la mejoría momentánea y noté los efectos secundarios, que persisten.

Creo que todo es un cúmulo de cosas: despertó la enfermedad, me paralizó en todos los sentidos, y todos los sentidos venidos abajo seguramente alimentaron el despertar de la enfermedad. Y así, como en círculo.

Retirarse de la circulación, de las conversaciones, de las redes, de los proyectos, de los compromisos, a veces eso no es una huída sino una cura. Es más práctico sanar la herida que empeñarse en caminar sin fuerzas. Ese es el resumen. Les decía la otra noche a los vecinos que no sé por qué tengo desconectado el móvil, no sé por qué no atiendo al fijo, no sé por qué me cuesta tanto responder un mail, encontrar las palabras necesarias y componer las frases. Me paso el día borrando palabras. Pido disculpas a los cercanos. Lo único que me trae paz estos días es el silencio, leer y observar el atardecer de cada día porque cada día es distinto y ninguno tan hermoso como los que trae este septiembre que empezó ayer y ya se está yendo. Todo va deprisa mientras yo estoy de pie en el andén, observando. Ya llegará mi tren. Calma. Andante. Adagio. La inactividad aparente cumple una función y requiere atenciones. Este post suena, quizá, a repetido, pero no lo es, como los atardeceres de septiembre.

Otoño

Al pasar la hoja del calendario, desaparece este verano cruel y maravilloso, terrible e inolvidable, todo a partes iguales y al mismo tiempo. Quedarán secuelas hasta que, poco a poco, otras alegrías, otras heridas, sedimenten sobre lo anterior. Así parecen ser las cosas. Hay quien parece frágil y no lo es y hay fragilidades que se manifiestan (y ojalá no lo hicieran) en la eclosión de un mal que dormitaba. No llevo bien este resurgir de una enfermedad que ya me cansa vitalmente hasta la náusea. Dijo un médico a otro: treinta años así, que se dice pronto, treinta, y tal y cómo se han puesto las cosas ahora, yo estaría igualmente deshecho. Que te lleguen titulares como ese es lo que tiene tener amistades médicas hasta en el infierno de los pasillos de los hospitales que sigo sin pisar, por cierto, básicamente porque pisar, piso poco. La espalda. No duele, ruge. O sea, duele todo lo que tiene que doler, y la cadera vuelve torpes estas piernas que antes decían: me voy al cine del centro comercial, 2 kilómetros de caminata.

Ahora, la película de las cosas pasa por mi cabeza, en esta inactividad que tanta ansiedad me genera porque siento que no soy dueño de la voluntad. Algo falla entre el deseo y la acción; hay un corte, una fuga, una desconexión. Vino a visitarme Sergio el otro día, el viernes por la tarde a última hora, y me confesó después haberse dado cuenta, en un momento de la conversación, que no puedo, así, en general. “No puede”, dice Sergio que pensó mientras me escuchaba hablar. Y fue un alivio y una pena escucharlo; lo primero por la comprensión, nadie dice nada, supongo que porque no veo a nadie y además tengo el móvil cerrano. Hablo del mundo real, no del virtual, donde tampoco me asomo apenas pero donde caen ánimos desde lejos en forma de mensaje, y cuanto más lejos, más cercanos son los ánimos, qué cosa. Lo segundo porque sí, porque es un poco lamentable. Se juntó todo como una cadena causa efecto o la caída de una de esas hileras de fichas de dominó. Qué más da recordarlo por escrito si la cabeza lo recuerda con insistencia. Me he propuesto no entorpecer al único remedio existente en estos casos: dejar actuar al tiempo. Desfallezco en el intento, pero aparece Sergio. Me preocupo por este cuerpo y me rebelo ante la belleza de estas tardes tibias de septiembre y me encuentro con Belén saliendo de una frutería, y me dice vamos por aquí a dar una vueltica, y lo dice con cariño, y camina hacia mi lado despacio y en silencio aunque luego diga que una noche vamos a cenar en la terraza o en el chino, o que iremos al cine. Me quedé dormido otra vez en el cine, le confieso. Estamos preocupados por tí, responde. Y se hace el silencio de nuevo mientras una pareja pasa ante nosotros discutiendo sobre el error de haber dicho sí al plan propuesto por la compañía telefónica.

Dice uno de los médicos que el sueño diurno, reiterado, porque lo es y en todas partes, puede ser también síntoma de una depresión. Aún así, ayer me subí a un tren, temeraria cosa tal y como están las piernas y la columna vertebral, pero el trayecto era corto, ida y vuelta en un nada, y el sol del atardecer despedía el verano encendiendo el verde dorado de los campos, y el azul del cielo era profundo y limpio, y el horizonte pintaba una imprecisa franja malva. Me subí al tren a pensar y tras pensar decidí que hoy, al pasar la hoja del calendario, me iba a poner a escribir en la hoja blanca del procesador de texto, y que será una forma de arrancar de nuevo, y de terapia. Y algo hizo esa decisión firme, porque de decisión firme se trata, si me conoceré yo, que aunque agotó mis últimas reservas volví más tranquilo, sin esa desazón que da vueltas por dentro, por el pecho; cené, vi una película por la noche y me acosté a una hora decente. Cierto es que las interferencias, los obstáculos, incluso esas pesadillas que desde hace unos meses despiertan mi sueño, permanecen, y que hay momentos. Paciencia.

Es curiosa la expresión “tocar fondo” porque suena a instante fugaz, como cuando la pelota de tenis toca suelo: cae, pom, rebota y levanta el vuelo. Pero pocos se plantean que ese tocar fondo es un instante más largo y menos aún los que se preguntan qué sucede mientras tanto. Suceden estas cosas. “Soy como una mariposa con las alas rotas”, dijo el otro día un actor de 39 años antes de morirse de un cáncer fulminante. Yo no me voy a morir, porque no, porque lo digo yo, pero entendí bien la frase; más que eso, me escoció, por razones obvias que sólo tú sabes. A veces un desconocido dice frases para que las escuches de mi parte, ahora que no quieres escuchar mi propia voz ni recordar mi presencia. Lo que nos incomoda lo volvemos invisible. Yo, que he llegado a sentirme invisible para mí mismo, que tengo que acarrear con problemas mayores y, por desgracia, irresolubles los más importantes, empiezo tecleando en la página en blanco de un procesador y terminaré consiguiendo encontrar la voluntad y el apósito que me permitirá seguir caminando un trecho más. Hay quien cae. Y hay quien, teniendo un amplio historial en caídas, sabe levantarse.

Bienvenida al otoño de la incertidumbre, pero otoño al fin y al cabo.

Estado

Así está el estado de las cosas, más o menos:

-Me quedo dormido. Todo el rato, en todos los sitios. En el cine, en el sofá, en la silla, sobre un libro, en la bañera, ante una serie de la tele que me interesa, incluso escuchando música. En serio, es una cosa rara.
Houellebecq me está poniendo un poco bastante nervioso. Ya apuntaré las razones cuando se me pasen los nervios.
-Escuché el comienzo de “Un Requiem Alemán” de Brahms, versión Karajan, y recordé lo que se siente cuando recibes un impacto directo al corazón desde lo más hermoso de las cosas.
-Me entraron unas ganas terribles de escribir un pequeño librito de viajes. No sobre mi viaje a Nueva York, sino sobre mi viaje interior con Nueva York al fondo, que no es lo mismo. Me entraron unas ganas locas (y una pereza de página en blanco proporcional a las ganas), tantas que alcé la ceja y me encontré con la estructura hecha, como ocurre cuando compones, que no lo tienes pero lo “ves”, ves el esquema, el sendero, la distribución de los motivos y principales pilares modulatorios. Y hasta el acorde final.
-Conocí a alguien mientras desconocía a alguien. El mundo está lleno de personas distintas pero todas son alguien.
-Me regalaron una foto muy bonita en un mail. Es una foto del Norte. Muy arriba. Gracias.
-Tengo once libros esperando sobre la mesa. Seis a la derecha del ordenador, tres a la izquierda y los dos que faltan al otro lado de la mesa. Cuando venza los nervios Houellebecq y las páginas que quedan, sigo. Estoy haciendo un ejercicio de masoquismo literario que no es frecuente en mí.
-Hay una melodía preciosa en el Cancionero de Azkue, biblia recopilatoria de la práctica totalidad del folklore vasco, que se titula “Kanta, Kanta Dezagun”. La armonicé hace un par de años pero he borrado la doble barra final porque siempre me pidió una prolongación. Después de borrar la doble barra final y poner la partitura en el piano empecé a tejer con tres líneas un “algo”. De momento es eso: un “algo”.
-Salgo poco y por aquí abajo. Ví un atardecer el otro día y al fondo aparecía el imponente Moncayo envuelto en un gasa de color malva y recortado sobre un cielo increíblemente azul y limpio. Compensó el resto de los otros días en los que no salgo o salgo a dar la vuelta a la manzana.
-Siempre hay tiempo para volver a empezar, o para ser, o para estar. En realidad, uno “es” siempre. Sólo hace falta darse cuenta de ello y limpiar el polvo acumulado.
-Recordemos el punto uno de esta lista, más que nada porque me está entrando sueño. Y aunque me niegue, me resista, me levante, tome un vaso de coca cola, caeré, lo sé. Como en coma. En un rato me despertaré agotado y desconcertado. Ya digo que es una cosa rara, como de abuelo nonagenario.
-Esta mañana, una vecina me ha dicho que soy “un encanto” y ha añadido: “y eso con la mala suerte que has tenido”. Tal cual. Me he quedado un poco así porque no acierto a comprender qué relación tiene el posible encanto con la mala suerte. Le he dado al botón del ascensor. Le das a un número y te lleva a ese piso. Es increíble lo que inventan.

Luna

Nueva YorkEs la luna llena de julio, fotografiada con un iPhone desde el gigantesco Airbus que me traía de regreso de Nueva York en algún momento del tránsito del día 14 al 15. Fue espectacular y mágico, digno de acompañar con uno de esos wow! tan americanos. Alguno se escuchó, la verdad, pero la mayor parte de la gente, mucha gente, dormía o atendía a sus aparatos electrónicos, pantallas todas ellas: móviles, tabletas, ordenadores. El silencio y la tranquilidad de la cabina en medio de la monotonía del vuelo hizo que la aparición lunar fuera recibida con agradable sorpresa, refulgente en el ala del aparato, de un brillo tal que pintó de azul el negro de la noche y de una nitidez explicable por la atmósfera limpia y gélida, 14 kilómetros de altura y menos 74 grados de temperatura según se leía en la pantalla que ofrecía los datos de navegación. Qué frío fuera. Qué frío dentro. Los cientos de personas que sobrevolábamos el océano hicimos uso de las mantas que las azafatas habían dispuesto debajo de los asientos, junto con las almohadas, las mismas mantas que en el viaje de ída me habían dado mucha impresión, ese color, esa textura rancia como de enfermería de la primera guerra mundial. Fue verlas y pensar en fiambres cubiertos por ellas y preguntarme a mí mismo de manera neurótica: ya??? intentando conservar la calma.

Sin embargo, esa noche, aquí, el vuelo era de una placidez tal que “sabías” que no iba a ocurrir nada. Al despegue, un comandante con voz de capitán Nemo y mucha serenidad y seguridad en la expresión se presentó por megafonía, nombre y dos apellidos, dijo que el vuelo iba a tener 40 minutos menos, lo cual fue recibido con generalizado alborozo americano, esto es, pulgar en alto, incluso por aquel matrimonio gallego sentado al otro lado del pasillo, dos filas adelante, y no hubo una sola turbulencia hasta que el avión inició la maniobra de descenso, anunciada tras la entrada por Galicia en diagonal hacia Madrid. El ardiente amanecer de julio de Madrid desconcertó un poco al aparato, comprensible pero apenas nada, mientras por la ventanilla veíamos pueblecitos convertidos en puntitos de luz naranja que, desde las alturas, formaban ramificaciones abstractas.

No sé en qué momento tomé la fotografía, de no muy buena calidad porque la cámara del móvil no da para más; no sé si ese momento era día 14 o 15, día aunque pareciera noche o noche rara, tan rara que duró apenas 3 horas. Y es que salíamos del JFK a las 6 en punto de la tarde y unas 6 horas y media después eran las 7 de la mañana en Madrid y yo no entendía nada y me daba mucha pereza entenderlo. Soy de letras (o de notas, como dice el compositor Xavier Sarasola). No de ciencias. Las ciencias adelantan que es una barbaridad, y tanto, ya lo ves, 6 de la tarde, 7 de la mañana, 3 horas escasas de una noche que careció de atardecer (cuánto me llamó eso la atención), y ya está. Surcaba el océano el avión y la luna iluminaba un colchón de algodón de nubles blancas. Como si estuviéramos viendo el vuelo en alfombra mágica y en technicolor de un Aladino en la pantalla de una película de Alexander Korda, igual. Yo tenía al otro lado de los auriculares a Ravel, “Le tombeau de Couperin”, me había llevado en el equipaje a Ravel por si me perdía, pero lo dejé silente, al igual que dejé el libro electrónico que me traía entre manos sin pasar página. Me dediqué a estar, a sentir bajo las calcetines la moqueta rasa y fría del suelo del avión haciendo un discreto tap tap con los pies y pensando el vacío de vértigo que había más abajo; observando los movimientos, escasos pero significativos, de la gente, escuchando el siseo de sus palabras, viendo el tililar de las pantallas, aprovechando el tránsito para hacer feliz y satisfecho balance de la enriquecedora experiencia, conversando, ocasionalmente, con la chica americana que tenía de vecina, alta ejecutiva ella, amable y con mucho don de gentes, interesada en mi respuesta a sus preguntas, paciente con mi balbuceante inglés indigno de la paciencia de Lindsay, un poco zombie ella porque la semana anterior ya había cruzado el charco para ir a París y todavía, you know, dijo, en alusión al desconcierto horario. El jet lag. Yo no sabía si esa noche que era de día según el reloj, con este estómago al que las azafatas daban de cenar cuando tocaba merendar y darían de desayunar cuando tocara cenar, yo no sabía, en fin, qué pastilla correspondía tomar, qué noche tocaba a la pastilla, la de allí, la de aquí, la del vuelo. Le pregunté a mi compañera de viaje si iba a haber noche corta o si nos íbamos a quedar sin noche. Short night, respondió con una sonrisa. Luego hizo chas y en una maniobra habilidosa y rapidísima que hizo que mi ceja se levantara se enfundó el cuerpo con la manta, con doble capa además, como quien lleva un manto a la verbena de la paloma. Yo fui incapaz, el envoltorio colgaba de un lado dejando mi costado derecho desprotegido, la manta echa un ovillo en la espalda, yo poniéndome negro, ella seguramente también con mis movimientos torpes aunque con negra simpatía porque en un momento dado, casi con agujetas y sudando yo a pesar de la temperatura glacial, dejó escapar una risa y en un gesto poco americano, porque son solícitos pero no tocan, tocar no, cogió la manta con resolución ejecutiva y el chas me lo hizo a mí, dejándome envuelto cual momia y confortable como un bebé. Thank you, dije con cierto apuro y mucha sinceridad. It´s ok, respondió ella con despreocupación. Y se puso el antifaz. Yo no dormí. Pensé, ví la luna, las nubes, sentí el frío y el calor, pensé en ese océano que había debajo y en el océano de cosas que habían pasado, me sentí a gusto y contento. Y tranquilo.

Tres horas después de que la noche trajera esa increíble luna llegó el día, el capitán Nemo nos dio los buenos días por los altavoces, las cortinas de los pasillos del aparato fueron echadas a un lado con resolución de enfermera al punto de la mañana y un equipo de azafatas empezó a distribuir desayunos con alegría de galletas Cuétara. Todo era un lío, sí, pero un lío curioso. Mucho. Abajo, los campos, al amanecer del verano, todavía se hacían los remolones. La T4 Satélite nos recibió vacía, otro insólito espectáculo, y yo recuerdo no tener ninguna prisa mientras avanzaba y miraba. Creo, incluso, que sonreía.

Hoy

Y el día después, te encuentras entre los escombros y te preguntas cómo se reconstruye ésto. Te vienen a la cabeza los por qué y los cómo, y recuerdas, sobre todo recuerdas, la frase profética de Leopoldo María Panero: “al final, todo quedará en un llanto engullido por la noche”. Y así fue, así ha sido, pero sin llanto.

Silencio de noche en la madrugada del día después.

Objeto

En su última novela, “El mapa y el territorio”, reciente premio Goncourt, Michel Houellebecq hace llegar el otoño a París en la página 102 y en mitad de un párrafo dice de su personaje principal, Jed Martin, que “continuó sus paseos durante todo el mes de octubre, si es que se puede llamar paseos a una marcha casi automática en que ninguna impresión exterior le llegaba al cerebro, en que tampoco ninguna meditación o proyecto lo llenaban, y cuyo único objeto era que el atardecer le dejara en un estado de suficiente fatiga”.

Pues yo igual.

Pero sin paseos.

Estoy mejor, al menos de dolor, pero sigo convaleciente y no tengo mucho margen de acción ni física ni de la otra, la de la voluntad. Es como estar vacío. Te dices: tengo que hacer ésto y luchar por esto otro, como otras veces. Y pasan los días. Y nada. Frustra mucho el tenebroso panorama laboral y de futuro que nos rodea. Estoy en paro, no tengo alumnos, las instituciones culturales no aceptan proyectos. Pero, aparte de eso, me siento sin fuelle para, aún así o precisamente por eso, ser creativo y redoblar esfuerzos. Hablo con mi madre, que mira de reojo a veces esta convalecencia y dice, yo creo que lo anímico te está afectando mucho, hijo, y yo le respondo que claro, cómo no me va a afectar, y empezamos a hablar del panorama. Ella, en su misión de madre, atenúa mis palabras por fuera pero siente y asiente por dentro, que lo sé, no soy idiota; yo hablo y expongo la situación de la manera más objetiva posible porque para hacer algo, para tirar por aquí o por allá, lo primero que hay que hacer es tener claro el paisaje y asumir la situación. Lo que pasa es que cuando tengo sobre la mesa las piezas objetivas y las contemplo, me sale la subjetividad, es decir, que lo veo negro, lo de fuera, lo de dentro, y lo que haga falta.

Me tienta retirarme una temporada.

Me gustaría quedar en silencio un tiempo, aprovechando que el entorno acompaña, el otoño, el invierno. Y qué hacer? Leer. Es curioso. Quiero leer. Mucho. Quiero dialogar con los libros, las historias y sus autores en silencio. Quiero leer al atardecer junto al balcón del salón a la luz azul y declinante. Quiero leer en la madrugada, amparado por el silencio, refugiado en el sofá. Quiero aprender todo lo que no he podido aprender y luego ya saldré a la superficie. Es lo que me pide el cuerpo: conocer lo que no he podido conocer, encontrar el latido que ahora no escucho mientras me formo, y la tranquilidad. Hay que olvidar para acordarse de uno mismo. Leer. Y la música.

No camino como hace Jed Martin en el otoño de París, pero los días pasan en una monotonía automática, el cerebro en un estado de anestesia parcial. Vacío hasta la fatiga. Y lo que me apetece es cuidarme a mi ritmo, a mi estilo, en mi refugio. Dice mi madre que lo haga, que qué me impide hacerlo. No tener ingresos, respondo yo. Sentirme un parásito. Mi madre insiste y dice que lo haga, que nada me impide hacerlo. Es su forma de decir que eso está cubierto por ella y es una generosidad grande y desinteresada, como todo gesto maternal. Pero, aunque desorientado, tocado, pon los sinónimos que quieras, el instinto reclama aprobar las asignaturas sin ayuda. En estas cosas ando.

Había un azul conmovedor ayer por la tarde y la gente pasaba sin detenerse.

Columna

No, no me he vuelto a cansar de escribir otra vez. Traigo justificante de casa. Tecleo desde la cocina, sentado en una silla alta, jeringazo de Voltarén tras fallidas sobredosis de Ibuprofeno.

Es la espalda.

Toda ella.

Empezó la cosa por la cadera haciendo que mis piernas, poco a poco, redujeran mi radio de alcance de las cosas y ya vamos por las cervicales, irradiando unos pinchazos al pecho, lado izquierdo, y a los brazos, ambos, adormilando los dedos. No puedo estar de pie parado, no puedo descansar en la cama, no cojo postura sentado. Hasta este rato del Voltarén. Bendito Voltarén. Debería ir al médico? Pues claro. Pero terminé como el rosario de la aurora con ellos hará un tiempo y es como cuando una pareja se pide tiempo: un rechazo, un empacho, un no quiero saber nada de nada de nada de momento, luego si eso ya nos llamaremos. Ocurrió que el médico un día dijo con la cabeza baja y todo junto que buenoaquíyonopuedohaceryanadaasíque y yo alcé la ceja y le interrumpí con un Cómo? así, con c mayúscula. No le reprochaba que no pudiera hacer nada, faltaría más, nunca he pedido peras al olmo y menos dentro de un hospital pero tras tres (tris tras tres) años dejándole caer al hombre que si no nos estaríamos pasando de dosis con el elixir, que se estaban reportando (qué palabra: reportando) casos de pacientes cuyo organismo terminaba generando anticuerpos que anulaban la eficacia del medicamento reforzando la enfermedad autoinmune, que el laboratorio no recomendaba más de seis meses seguidos de administración para evitar ese problema, que tal y que cual, y tras hablar a la pared, un día, sin previo aviso, aparecidos los primeros dolores y los primeros números rojos en la cotización de los análisis que el laboratorio marca en el monitor del médico, es cuando sucede lo que he contado arriba, lo de la mirada baja y el buenoaquíyonopuedohaceryanadaasíque y se comprenderá la naturaleza y razón del Cómo? con c mayúsculas, que se correspondería a un Ahora salimos con estas??. Dije yo para zanjar el discurso: vamos, que nos quitamos el muerto de encima. El médico sonrió, incómodo, seguramente cagándose en todos mis muertos pero sonrió, y sin alterar la voz dijo que no, que aquí nadie se quitaba nada de encima, sino que había otro médico muy bueno en el hospital y otro más que…

-Pero, vamos a ver, no salió de ustedes que lo conveniente era centralizar todo en un único médico? Oiga, a ver si se aclaran.

Silencio de negra con bata blanca.

Total, que vuelta a empezar el peregrinaje por especialidades. No sabía yo que me iba a encontrar (o a desencontrar, puesto que de desencuentro se trató) con un médico que, como todos, merece todos mis respetos, pero que los pierde un poquito cuando compruebas esa actitud altiva que esconde una inseguridad. Coño, si está inseguro, dígalo, no pasa nada. Cuando un médico te da los buenos días, tiene varios tomos de Historial de 30 años de antigüedad delante y lo primero que suelta es un: “bien, lo importante siempre es establecer un diálogo fluído entre paciente y médico” algo por dentro te dice uy, y te da mucha pereza, la verdad. Si tras hacer esta declaración de intenciones te hace tumbarte en una camilla, te pregunta Dígame qué le duele en este momento, y contestas Pues me despierta todas las noches un dolor intenso que va desde la cadera izquierda hasta la ingle y la pier

-Vamos a tomar la tensión y la temperatura.

na queda que no la puedo mover de dolor; tengo que ayudarme de las dos manos para flexionarla hasta la posic

-El cuello lo mueve bien? No lo parece.

ión normal y lo paso realmente fat

Pues es normal que saltes con un Oiga, mire, sabe lo que le digo? Que me voy, ya está, ala.

-Perdón?

-Esto es increíble. Pero cómo puede decir alguien la importancia de un diálogo entre paciente y médico, y fluído además, que manda huevos lo de fluído, si no me está escuchando y se emperra con la puta fiebre cuando ve que entro cojeando y que el problema es articular y de cadera. Pero qué fiebre, por Dios, que me está matando la cadera, que no tengo anginas!

-Bueno, tal vez no tenga usted hoy buen día.

-Eso parece, sí.

-Lo puedo comprender, eh?

-Es de agradecer. Ya si eso vuelvo otro día.

El médico volvió a su mesa. Yo me vestí y me situé frente a la mesa, de pie.

-Siéntese, por favor, dijo mirando al ombligo de mi camiseta.

-Es que me gustaría salir ya, no me apetece prolongar esta consulta.

-Sería bueno que dialogáramos, dijo de nuevo al ombligo de mi camiseta.

-Dialogamos si eso en otro momento. Llevo dialogando 30 años y no me apetece dialogar con un termómetro.

-Pasaré por alto ese comentario.

-Qué le pasa a ese comentario?

-Sólo quiero que sepa que su enfermedad está agazapada y es muy peligrosa.

-Lo sé, descuide. Buenos días.

Y así terminamos. Fue una relación breve, ardiente, pero imposible. Ahora lo que me arde es la cadera, las cervicales, el pecho, qué se yo ya lo que me arde. Pero de verdad que no me apetece ahora acercarme a un hospital. Llámame temerario, inconsciente, lo que quieras. Yo lo llamo descanso, hartazgo, hartazgo, descanso. En definitiva, no son buenos días, para nada lo son. Escribía el médico algo en una hoja cuando le pedí disculpas antes de abandonar la consulta. No giró la cabeza.

Literatura

La veía ahora, entre sus brazos, con dos o tres años, sobresaltada por la alegre sorpresa del viento mientras aspiraba el aire, con las mejillas coloradas y una mirada de regocijo, ocultando la cara en la curva del cuello de su padre.

-Agárrate a las plumas -dijo él- o saldrás volando.

Paul Quinn miró por última vez la luna, las estrellas y las nubes que desfilaban por el cielo antes de subir los escalones uno uno a hasta la cama.”

Keith Donohue, “Y si fuera un ángel”

Sigo recomendando la ópera prima de Keith Donohue, “El niño robado”, esa novela mágica, desolada y desoladora que empieza con una frase turbadora: “No me llames hada. Ya no nos gusta que nos llamen así”. Sigo recomendándola mientras me asomo a esta segunda incursión, llegada a las librerías con algo de silencio por mucho que la fajita promocional que abraza al libro sea de un amarillo luminoso. No habrá otro niño robado pero en las páginas de Donohue siempre hay una idea feliz, un detalle sorprendente, un destello conmovedor, un apunte redondo.

“Y si fuera un ángel” es la absurda traducción del original “Ángeles de destrucción” quizá porque así suena a bestseller de trama apocalíptica o cómic a lo Mazinger cuando, la verdad, y aunque el título hace justicia a la injusta realidad de las cosas que laten en el argumento, todo lo que escribe Donohue es un poema suave del invierno con huellas reconocibles en la nieve. Quiero decir con ésto que subyacen ideas comunes a su anterior libro vistas aquí desde otra perspectiva: la pérdida, la pérdida irreparable, el silencio de quienes han amado de forma intensa, las consecuencias de amar así. Fondo reconocible en una forma confortablemente familiar aunque el envoltorio cambie sustancialmente.

La señora Quinn, la pequeña Nora (¿y si fuera un ángel?), Sean, Erica, Paul. Donohue escribe libros de invierno, sus mejores párrafos descansan mullidos sobre la nieve. No importa que no vuelva a haber un niño robado si volvemos a encontrar literatura en párrafos como el que encabeza el post. Paul contempla, desde la ventana, “un cuarto de luna ceroso” (siempre deseé descubrir cómo describir una luna así) y añora, con remordimientos, a la hija que fue y se fue sin dejar rastro. La imagen de la niña “sobresaltada por la alegre sorpresa del viento” es una imagen preciosa que nos hace volver la vista y releer: “la alegre sorpresa del viento”. Los ojos releen con satisfacción el acierto, la diana, aquéllo donde reconocemos lo que hemos conocido y no sabríamos decir porque no acertamos a encontrar las palabras precisas. Paul Quinn puede evocar la imagen de la niña que fue su hija mirando la luna y las estrellas a través de la ventana en la madrugada helada y silente del invierno antes de subir los escalones hasta la cama. Pero que el escritor apostille que sube los escalones “uno a uno” dota al instante de peso y del pesar necesario. Qué cosa que un detalle dejado caer resbalando en la frase aporte y diga tanto. Escrito así, llegar a la cama es una derrota.

Literatura es iluminar una idea de vida y ser capaz de que el lector viva en ella.

Septiembre

Iba por la calle y me sentí de pronto pequeño. En un paso de peatones pitó un coche y de la ventanilla asomó la sonrisa de Gloria-madre y mientras gritaba tengo que llamarteeee el coche hizo un leve zig zag, no temerario, no, sino como es ella, con ese nervio despreocupado y preocupado a un tiempo que solo he visto otra vez en las películas de Woody Allen en las que sale Diane Keaton. Sonreí. Plantado en ese paso de peatones, pensé en C. cuando me pregunté a dónde iba yo porque no supe a dónde o adónde. Las dudas cada vez son mayores. Iba a comprar el pan y a regalarme una palmera de hojaldre con coco porque, a días, yo lo valgo a la hora de la merienda. Esa mañana, que fue la de ayer, en la red social llamada Twitter la gente se empeñaba en ver a septiembre en ese lluvioso y gris día póstumo de agosto. Pero se equivocaban. No era septiembre aún, era agosto llorando sus despropósitos, que los ha habido, y muchos. Yo he sido testigo aunque he sido bueno. Cuál es la diferencia entre ser bueno y ser imbécil? No lo sé, pero al final es una cuestión de ética, supongo. Y de que me fabricaron así. Dudo si es una virtud o un defecto (más) de serie. Este verano pasará a mi curriculum como el tiempo en que las cosas me tentaron a ser malo. A dañar, a herir, a joder. Tentación fácil ser conde de Montecristo, según descubrí. No lo hice. Me dañaron y me quedé callado. Y me compré una palmera de coco, uno cuarenta, dijo la dependienta, y busqué entre las monedas pensando que el dolor y el daño son cosa distinta porque lo primero sucede por dentro y lo segundo viene de fuera. Me da más miedo el daño descabezado y kamikaze que viene del miedo ajeno que el daño que surge de una persona desaprensiva de por sí. Ver a tu alrededor tanto dulce mientras te colocan la palmera de coco en una bolsa de papel y tantos pensamientos amargos. Los mismos que aconsejaron sedar este blog, para que no sufriera innecesariamente.