Dos

Es fácil olvidar que Manhattan es una isla porque no te encuentras palmeras aunque así, de sopetón, una vez salido del metro, te sientas náufrago y mareado ante lo que te rodea, que se eleva como columnas que quisieran sostener el cielo:




Hay que asimilar un poco lo que ves, y lo que oyes, y lo que sientes. Hay un murmur, un aceleramiento, un mundo distinto, desde luego. Eso te queda claro nada más pisar suelo. Y resulta que te sonríes porque sabes que te va a gustar. El distrito financiero de Manhattan es todo un tesoro para observadores. Los ejecutivos, los políticos, los abogados y los tiburones pasan apresuradamente hablando solos, porque esta gente habla y habla por el móvil pero desde el pinganillo para tener las manos libres y así poder sostener con una el maletín y con otra el batido multicolor, la bebida energizante o el perrito caliente mientras hablan a lo invisible con un inglés gomoso, de chicle. Los semáforos iluminan una mano que te dice, eh, no pases, pero una mujer policía de color, oronda toda ella, pita y hace así con la mano para que pases, porque lo dice ella, y a continuación se pone el iPhone en la oreja, un poco como Gila pero en versión dimensión fantástica. La gente va y viene, sí, y mientras tanto es inevitable mirar arriba aunque comprobando que, no obstante las moles, hay unos espacios verdes primorosos, en el diseño, el verdor, los senderitos, la disposición pero, sobre todo, por el cuidado y el esmero en su mantenimiento.

Por supuesto, orientarse por el mapa, las primeras horas allí, es cosa imposible para el desorientado de la vida que teclea estas líneas. Harán falta unas horas y una santa que aparezca de repente por una acera para que te quede claro lo fácil que es, lo cuadriculado que es todo. Pero eso será después, ahora no te queda otro remedio que preguntar. En contra de lo que pueda suponerse, la gente es muy amable y paciente con el turista. Se detienen, para empezar; no te miran raro, para continuar; no ponen excusas de la prisa que llevan, aunque la llevan, fijo; y aunque les digas, para colmo, que las clases con Lindsay no dieron para tanto y que la culpa fue mía te responden que no pasa nada, que don´t worry y se ponen a explicarlo apoyándose en gestos elocuentes y repiten lo que dicen para asegurarse de que lo has entendido. Luego te muestran una sonrisa CNN y te despiden con un have a nice day y dices, mira qué majos.

Entre las columnas de edificios y el tráfico campando a sus anchas mientras los agentes del orden mandan sms o chatean desde su móvil en lugar de dirigir la circulación, como diciendo, haced lo que os dé la gana, leñe, hay un grupo nutrido y nutriente que se erige en indispensable: los puestos de zumos, bebidas heladas, perritos calientes, sandwiches y trocitos exóticos, no se sabe si carne o pescado, rebozados en a saber qué. Forman hileras enteras y son los verdaderos termostatos de la temperatura elevada, la del ambiente climático, verano, humedad alta, y eso que hoy sopla brisa, y la otra, la del estrés de esta gente que sigue pasando hablando con el de al lado o, más probablemente, hablando solos, americana pendiendo del antebrazo, nudo de la corbata aflojado, zigzagueando entre turistas japoneses.

Para mí llega la hora de un pequeño refrigerio y entro en un parque pequeño y con encanto, el mismo encanto que desprende ese puesto de donuts americanos y latas de coca cola yacientes sobre un lecho de hielo, igual que en las lonjas de pescado, igual. Le dices al señor del puesto que tu inglés no es muy bueno e inmediatamente empieza a zapear a toda velocidad: alemán? italiano? portugués? francés? Y cuando dice Español le das al ok del mando y te habla sin necesidad de subtítulos.

Sentado a la sombra, la de los árboles y la de las moles de hormigón, pero con un pájaro dando saltitos en la azotea de la silla de enfrente, tal es el contraste de este mundo insólito en el que me hallo, observo al señor oriental que en la mesa de al lado come una cosa complicadísima mientras atiende unos folios con fórmulas matemáticas. A mi derecha, un empleado de la limpieza espera sentado a que el pulcro suelo, el pulcro parque entero, necesite de una mano de algo y mientras tanto, y para variar, habla, como todo el mundo aquí, por el móvil. La gente en esta zona parece hablar más a quienes estén al otro lado del móvil que junto a ellos. Hay una expresión infinitamente triste en los ojos de este hombre, joven por lo demás, y habla con tono bajo y resignado. Yo examino mi primera lata de coca cola americana, la genuína, es un poco más grande (nada, no lo notaría la gente normal) porque la medida va en galones y no en litros, digo yo, y por aquello del redondeo.

El empleado de la limpieza termina su conversación y queda cabizbajo. Please, le digo; um, responde. Le pregunto algo relativo al mapa -curioso explorar esa isla del tesoro (federal) con un mapa en la mano donde no encuentras la X, sea cual sea- y el buen hombre se incorpora, dejando sentada a la escoba, y entra en explicaciones atentas y pausadas, lo que me permite seguir de excursión.



Bajar por Broadway, entrar en el puro Wall Street, ver los bancos de dólares y los bancos donde se sienta la gente, hindú, amarilla, negra, blanca; encontrarte con una iglesia rollo ambiente gótico, con su cementerio de lápidas, frente a una tienda cibernética o un Mc Donalds de varios pisos (las hamburguesas y el propio recinto); los limpiadores de zapatos, los taxis amarillos, la policía zumbando, los autobuses turísticos, las cámaras, las bermudas de vacaciones y los trajes de ejecutivo, todo se mezcla en un abigarramiento general que no agobia sino que estimula. No te pierdes, no te sientes perdido. Asombrosamente, te sientes integrado. Un poco más allá, atravesando un parque con sabor a océano, con sus casitas indianas, dos pintoras de las de sombrero de paja y silencio concentrado ante sus cuadernos de dibujo, las flores, un niño que pasa corriendo y riendo y jóvenes tumbados en la alfombra del césped, la ves a ella, custodiada por tres helicópteros y con una fila kilométrica de pretendientes dispuestos a esperar lo que haga falta para subirse al ferry y cortejarla:

5 pensamientos en “Dos

  1. emejota Autor

    Pero si es la cámara del teléfono móvil! Esto de que un teléfono sirva para sacar fotos o para mostrarte en pantalla dónde está la estación de metro más próxima es cosa que no deja de asombrarme.

    Gracias, C. Hoy he hecho lo que me dijiste de cruzar el Puente de Brooklyn al atardecer. Llego a casa tan cansado (pero contento) que no tengo la mente para seguir el serial. Poco a poco :)

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