Archivo por días: 6 julio, 2011

Memorial

La primera emoción que se te anuda en la garganta, cuando transitas por la parte baja de Manhattan, ocurre al acercarte a la Zona Cero del World Trade Center. No es fácil explicar con palabras lo que te dicta el corazón, lo que se mueve por dentro procesando lo que ves y escuchas alrededor. La primera señal, a lo lejos, entre calles, la dan unos edificios desdentados, a los que se les está poniendo el esmalte de espejo, dando una imagen algo grotesca, como de pudor por la apariencia, las heridas es lo que tienen, que supuran, y hay que tener paciencia:

Allí, hasta la inclinación natural de las grúas se convierte en la metáfora de una desgana, de un pesar cabizbajo. Lo más curioso de todo es que la banda sonora no se puebla de máquinas perforadoras, motores, soldaduras chisporroteantes. Hay silencio. Y hay, también, una fila espontánea de espectadores sentados en el suelo, o de pie con los brazos cruzados, que mira en silencio ese boquete, esa herida mortal, rodeada por una venda de tela donde se ha firmado, como cuando te ponen la escayola, que fue allí, sí, allí, donde pasó aquel horror.

Y si por la tele te pareció mentira, estar delante te parece aún más mentira, o mayor horror, o las dos cosas juntas. Se entenderá que algo se anude a la garganta y se mueva en el pecho y te quedes quieto, callado, envuelto en ese sonido silencioso a la vez que feroz de taladradoras e intrumentos quirúrgicos que, 10 años después, todavía intervienen en la zona muerta.

Hay en los obreros un ir y venir lento, eficaces en el desempeño de sus funciones pero con alguna clase de dispensa, como si allí uno se contagiara del pesar, y creo que se sienten observados por los allí presentes y, qué curioso, considerados como si formaran parte de aquellos bomberos a cuya memoria se erige un pequeño altar con un pequeño ramo de flores en el suelo, renovado día tras día desde aquel mediodía allá, primera hora aquí, en que Ana Blanco interrumpió el telediario de las 3 para empezar a narrar, profesional como ninguna porque hay que tener huevos para narrar en directo lo que de pronto pareció como una pesadilla apocalíptica que los sentidos eran incapaces de asimilar, que dos dardos de fuego atravesaban el corazón de aquellas torres símbolo de tantas cosas.

Los obreros van y vienen, ya lo hemos dicho, pero es que tanto es su ir y venir, y se entremezclan con la gente; ahora salen de una tienda de refrigerio entre niños que compran sus helados, ahora aparecen sentados con el casco de protección enre las manos o hablan entre sí.

Estar allí es estar como en un santuario. No presencias lo que ves. Presencias lo que no ves. Y sientes. Es entonces cuando una voz a tu espalda dice en perfecto castellano de toda la vida: “pues chica, en Salamanca los tienes tiraos de precio. Mira a ver si les quedan”, y comprendes que viajar no es ir a los sitios. Es estar.

Dos

Es fácil olvidar que Manhattan es una isla porque no te encuentras palmeras aunque así, de sopetón, una vez salido del metro, te sientas náufrago y mareado ante lo que te rodea, que se eleva como columnas que quisieran sostener el cielo:




Hay que asimilar un poco lo que ves, y lo que oyes, y lo que sientes. Hay un murmur, un aceleramiento, un mundo distinto, desde luego. Eso te queda claro nada más pisar suelo. Y resulta que te sonríes porque sabes que te va a gustar. El distrito financiero de Manhattan es todo un tesoro para observadores. Los ejecutivos, los políticos, los abogados y los tiburones pasan apresuradamente hablando solos, porque esta gente habla y habla por el móvil pero desde el pinganillo para tener las manos libres y así poder sostener con una el maletín y con otra el batido multicolor, la bebida energizante o el perrito caliente mientras hablan a lo invisible con un inglés gomoso, de chicle. Los semáforos iluminan una mano que te dice, eh, no pases, pero una mujer policía de color, oronda toda ella, pita y hace así con la mano para que pases, porque lo dice ella, y a continuación se pone el iPhone en la oreja, un poco como Gila pero en versión dimensión fantástica. La gente va y viene, sí, y mientras tanto es inevitable mirar arriba aunque comprobando que, no obstante las moles, hay unos espacios verdes primorosos, en el diseño, el verdor, los senderitos, la disposición pero, sobre todo, por el cuidado y el esmero en su mantenimiento.

Por supuesto, orientarse por el mapa, las primeras horas allí, es cosa imposible para el desorientado de la vida que teclea estas líneas. Harán falta unas horas y una santa que aparezca de repente por una acera para que te quede claro lo fácil que es, lo cuadriculado que es todo. Pero eso será después, ahora no te queda otro remedio que preguntar. En contra de lo que pueda suponerse, la gente es muy amable y paciente con el turista. Se detienen, para empezar; no te miran raro, para continuar; no ponen excusas de la prisa que llevan, aunque la llevan, fijo; y aunque les digas, para colmo, que las clases con Lindsay no dieron para tanto y que la culpa fue mía te responden que no pasa nada, que don´t worry y se ponen a explicarlo apoyándose en gestos elocuentes y repiten lo que dicen para asegurarse de que lo has entendido. Luego te muestran una sonrisa CNN y te despiden con un have a nice day y dices, mira qué majos.

Entre las columnas de edificios y el tráfico campando a sus anchas mientras los agentes del orden mandan sms o chatean desde su móvil en lugar de dirigir la circulación, como diciendo, haced lo que os dé la gana, leñe, hay un grupo nutrido y nutriente que se erige en indispensable: los puestos de zumos, bebidas heladas, perritos calientes, sandwiches y trocitos exóticos, no se sabe si carne o pescado, rebozados en a saber qué. Forman hileras enteras y son los verdaderos termostatos de la temperatura elevada, la del ambiente climático, verano, humedad alta, y eso que hoy sopla brisa, y la otra, la del estrés de esta gente que sigue pasando hablando con el de al lado o, más probablemente, hablando solos, americana pendiendo del antebrazo, nudo de la corbata aflojado, zigzagueando entre turistas japoneses.

Para mí llega la hora de un pequeño refrigerio y entro en un parque pequeño y con encanto, el mismo encanto que desprende ese puesto de donuts americanos y latas de coca cola yacientes sobre un lecho de hielo, igual que en las lonjas de pescado, igual. Le dices al señor del puesto que tu inglés no es muy bueno e inmediatamente empieza a zapear a toda velocidad: alemán? italiano? portugués? francés? Y cuando dice Español le das al ok del mando y te habla sin necesidad de subtítulos.

Sentado a la sombra, la de los árboles y la de las moles de hormigón, pero con un pájaro dando saltitos en la azotea de la silla de enfrente, tal es el contraste de este mundo insólito en el que me hallo, observo al señor oriental que en la mesa de al lado come una cosa complicadísima mientras atiende unos folios con fórmulas matemáticas. A mi derecha, un empleado de la limpieza espera sentado a que el pulcro suelo, el pulcro parque entero, necesite de una mano de algo y mientras tanto, y para variar, habla, como todo el mundo aquí, por el móvil. La gente en esta zona parece hablar más a quienes estén al otro lado del móvil que junto a ellos. Hay una expresión infinitamente triste en los ojos de este hombre, joven por lo demás, y habla con tono bajo y resignado. Yo examino mi primera lata de coca cola americana, la genuína, es un poco más grande (nada, no lo notaría la gente normal) porque la medida va en galones y no en litros, digo yo, y por aquello del redondeo.

El empleado de la limpieza termina su conversación y queda cabizbajo. Please, le digo; um, responde. Le pregunto algo relativo al mapa -curioso explorar esa isla del tesoro (federal) con un mapa en la mano donde no encuentras la X, sea cual sea- y el buen hombre se incorpora, dejando sentada a la escoba, y entra en explicaciones atentas y pausadas, lo que me permite seguir de excursión.



Bajar por Broadway, entrar en el puro Wall Street, ver los bancos de dólares y los bancos donde se sienta la gente, hindú, amarilla, negra, blanca; encontrarte con una iglesia rollo ambiente gótico, con su cementerio de lápidas, frente a una tienda cibernética o un Mc Donalds de varios pisos (las hamburguesas y el propio recinto); los limpiadores de zapatos, los taxis amarillos, la policía zumbando, los autobuses turísticos, las cámaras, las bermudas de vacaciones y los trajes de ejecutivo, todo se mezcla en un abigarramiento general que no agobia sino que estimula. No te pierdes, no te sientes perdido. Asombrosamente, te sientes integrado. Un poco más allá, atravesando un parque con sabor a océano, con sus casitas indianas, dos pintoras de las de sombrero de paja y silencio concentrado ante sus cuadernos de dibujo, las flores, un niño que pasa corriendo y riendo y jóvenes tumbados en la alfombra del césped, la ves a ella, custodiada por tres helicópteros y con una fila kilométrica de pretendientes dispuestos a esperar lo que haga falta para subirse al ferry y cortejarla:

Uno

Nueva YorkMe lees igual pero me he movido de sitio. Y no poco. Tecleo desde el otro lado del océano, y tanta es la distancia que tecleo viendo declinar el sol, y viendo cómo juega su luz con las hojas de los frondosos árboles de Brooklyn, mientras allá, en mi casa, hace rato que la luz está apagada, en telecinco han dejado de berrear por hoy y todos, menos los insomnes, duermen. Sssh. Para mí, para mi cuerpo y mi cabeza, para mi alma toda (perdón por la salida a lo bolero, y no de Ravel, a quien tengo, mira tú por dónde, muy presente estos días) ya hace tiempo que es de noche también pero hay que luchar un poco para evitar que luego abra los ojos a las 2 de la madrugada pensando que son las 9 de la mañana.

Estoy en Nueva York, sí, qué cosa, quién me lo iba a decir; me cuesta tanto creerlo que hasta lo voy a volver a poner: estoy en Nueva York. Se ha abierto la puerta del edificio de la Terminal 7 del JFK, he puesto el pie fuera del recinto, pisando acera, y he pensado: este es un paso cualquiera para cada una de esas miles de personas de que me rodean, pero es un gran paso para mí. Y antes de cruzar para ponerme a la fila de los taxis, los amarillos, los conducidos por esos señores egipcios que hablan todo el rato por el móvil en un idioma que mezcla el inglés, el español, no te extrañe que algo de latín, mientras te ponen una pantalla donde ves, a la izquierda, vía GPS, el sitio donde estás, y a la derecha, un programa de televisión donde enseñan productos alucinantes de teletienda y hacen entrevistas. Enmarcando la pantalla, un bollywood de anuncios, un mareo, oye. Pero quién mirará eso con lo que hay que mirar. Yo, vale, sí, pero sobre todo he mirado todo lo que había al otro lado de las ventanillas con fascinación.

Pero eso dentro del taxi. Pasa con lo literario que coges un hilo, apuntando en una dirección, y a nada que das un rodeo ya te crees cosiendo y no: estaba diciendo que “antes” de cruzar para ponerme a la fila de los taxis, he mirado arriba. No se podía esperar una tarde más azul, y un calor aliviado por una brisa deliciosa. Eso sí es un recibimiento. Y aún antes, en la sala previa a la salida, he llamado a mi madre, porque estaría, estaba, pendiente, y era tarde para ella, medianoche ya; y aunque mi madre no lo mostraría porque ella lo que quiere, y lo quiere de corazón, es mostrar su apoyo y dar su fuerza, estaría con el desvelo: el avión, la aduana. No es mi madre de esas agoreras que ay, hijo mío, ten cuidado con los señores que te ofrezcan caramelos a la salida del cole, no; el agorero aquí soy yo. Pero creo que la conclusión inesperada y fulminante de mi agorerismo la pilló por sorpresa y, si nos ponemos en su lugar, es normal que una madre, dadas las circunstancias atípicas que se dan en mi persona, estuviera un poco o un medio o un mucho pendiente y al tanto. A mi madre se le ha notado la emoción y el alivio. Las dos son emociones, pero la primera no está hecha de aire y la segunda, el alivio, sí. De aire expulsado desde los pulmones concretamente: ay, dirían, si hablaran (que a veces lo hacen). Y lo del alivio ha sido por llegar sin percance y, cito textualmente, porque “lo importante, hijo mío, es que has llegado bien y que todo ha ido bien. Ahora descansa y disfruta”.

Y sí, ha ido bien. Más que eso incluso. Porque puestos a retrotraernos, en la temida y temible aduana estadounidense no me han hecho ni caso. Tanto y tanto y ya ves, que no me ves. Un policía mulato, fortachón, de bigotillo, pelo recortadísimo en la cabeza, sí, ese, el mismo que hemos visto en todas las series de policías, se ha dirigido a mí en español, todo un detalle. A qué viene a Estados Unidos, señor? De vacaciones. Okey. (silencio valorativo mirando el pasaporte. A mí me ha dado por mirar el uniforme negro, perfectamente impoluto, qué cosa, oye; tienen que tener veneración hacia esos uniformes aparte de dedicarles un rato largo porque si no, no sé, la verd..) señor?

Glups.

-Perdón?
-Cuál es su ocupación, señor?
-Soy profesor (lo soy, no?) y compositor (para qué coño le dices que eres compositor! Pues no sé, a mí tambien me ha extrañado que…)
-Viaja solo, señor?
-Solo, sí.
-(asentimiento con el chicle)
Cuño en el pasaporte PLOM y:
-Que tenga un buen día.
-Gracias, igualmente.

Y ya.

El tipo había preguntado: cuál es su ocupación, señor? Y yo le hubiera respondido: mi ocupación escasa, pero mi preocupación considerable, porque llevo unas 12 horas sin preocuparme de nada, sabe usted?, no he sentido nada en esta sala, ni antes, ni en el avión, se lo puede creer?, ni siquiera un hormigueo en el aeropuerto.

Nada.

Y no sé si eso es bueno o raro, o raro y malo. O si, simplemente, es así. Confesaré algo: no me he enterado del momento en que el avión se elevaba. Tampoco te lo crees? Pues pregúntale a la señora del asiento de al lado, americana ella. El comandante nos ha dicho que viajábamos a 11 km de altura y que la temperatura exterior era de menos 54 grados centígrados. Todo era tan nuevo y yo me dejaba llevar por los acontecimientos de tal manera que he dejado que hicieran eso, llevarme, y me he tapado con la manta. La señora de al lado, cada vez que cogía el vaso de agua, lo hacía con la calma, lentitud y precisión de movimientos de quienes saben, al menos, de qué van las cosas.