Archivo por días: 4 julio, 2011

Experiencia

Sí, soy el mismo que lleva toda la vida diciendo que si un día le toca un viaje a una isla paradisiaca lo regala por no tener que subir al avión. Y sí, soy el mismo que tiene temor enfermizo e irracional a la autoridad, en cualquiera de sus manifestaciones. Y soy un solitario que a veces se siente muy solo, sobre todo en las grandes ciudades, cuando pasa la gente y más gente todavía y van con una prisa algo inhóspita, y las aceras se tiñen de una sombra fría. Soy ese, sí, es mi ideario; y, sin embargo, tecleo a medianoche desde un hotel de Madrid (un hotel muy bonito pero con la misma soledad de todos los hoteles pegada a sus paredes, ay) muy cerca de Barajas, el aeropuerto. Mañana, temprano, entro en la Terminal 4 y me voy a Nueva York.

Ala, ya está dicho.

Comprendo que al lector le haya podido temblar la taza del desayuno o que se le haya descoyuntado la ceja, pero qué quieres, llegó una propuesta, tuve la certeza de que era irrepetible, necesité un revulsivo, sentí que tenía que vivir alguna vez para mí mismo y por mí mismo; en fin, muchas cosas más, suficientes para justificar tamaña incongruencia a la que se suman mi aversión por el calor, sobre todo el húmedo y que voy a una megaurbe de millones de almas a 7000 kilómetros de casa… solo. ¿Solo?? Solo, sí. Estaré en un apartamento muy agradable en Brooklyn, cerca de Prospect Park, un parque muy bonito con un nombre que viene que ni pintado a lo mío, el pastillamen y tal. Esa es una pesadilla, la del pastillamen y tal, que casi puede a la del avión (recordemos que nunca he montado en uno, mañana pasaré dentro -espero que dentro- ocho horas y cuarto). Y la razón es la aduana neoyorkina, que desde que pasó lo que pasó considera a todo el que llega culpable hasta que no demuestre lo contrario. Si yo contara lo que ha habido que hacer para poder llevar cuatro (no cinco, cuatro) cajas de medicación necesaria se me iría el sueño que necesito esta noche, así que me voy a ahorrar la Odisea Prospect 2011, la denominaremos así. Y cruzaremos los dedos porque no tengo todas conmigo de que me dejen entrar. ya me veo en un cuarto siendo interrogado por dos elementos o tres de cabeza cuadrada y mente cuadriculada. Y yo balbuceando y pensando lo bien que estaba yo viendo la tarde azul cada tarde azul, allá, al otro lado del océano azul, en mi casa. Ains.

No hay vuelta atrás. Por una vez, me siento con empuje, o será inconsciencia. Será la inconsciencia adolescente que eché en un momento determinado en falta? No, pero si lo escribes da para un desarrollo literario en plan rollo psicológico. Lo anoto por si algún día escribo una novela que me saque, o lo pretenda, de este futuro laboral negro carbón (y cabrón) que se presenta con el otoño. De momento, me subo a un avión, cruzo el océano, llego con todo el calor húmedo del mundo a un sitio de muchos millones de personas yo solito, si me dejan pasar los funcionarios pertinentes (o impertinentes). El otro día, el empleado del banco me dio unos consejos. Me dijo: no mires de reojo, mírales siempre a los ojos, no vayas cabizbajo, tampoco te muestres muy extrovertido.

Basta -pensé con los pelos de punta.

Y me acordé de Greta Garbo y su dilema en el plano final de La Reina Cristina de Suecia, cuando marchaba de su tierra al exilio y miraba desde la (popa, proa?) del barco por última vez a su mundo. ¿Qué cara tengo que poner para expresar tantas emociones?, le preguntó a Rouben Mamoulian, el director. Y el director contestó: pon cara de nada.

Jódelo.

Lo curioso es que ves la película, el plano en concreto, y ahí tienes a la Garbo poniendo cara de nada y al ponerla, expresa todos los matices que quieras, qué cosa. Dicho de otro modo, la Garbo pasa la aduana.

Qué dilema tengo yo con la aduana de los huevos.

Escribiré desde allí. Creo que puede ser interesante la experiencia de narrar la aventura, la peripecia. No, no voy a subir al Empire State. Sí, voy a ir a ver un musical de Broadway. No, no voy a ir a un restaurante italiano. Sí, sí voy a cruzar a pie el Puente de Brooklyn al atardecer mirando hacia Manhattan.

Nunca olvidaré el abrazo que esta tarde me ha dado mi madre. El temblor de sus brazos infundiendo ánimo, transmitiendo su fuerza, conteniendo su emoción, porque había que dar un empujón.

Hoy Esther ha sido madre. Y mañana, mirar el océano será como ver el cielo abajo.

See you soon.