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Verano (2) 28 junio, 2011

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 15 comentarios , trackback

El verano es un instante de la infancia, sí. El olor del cloro, risas de agua y colores de melocotón. Sandalias de goma y el olor fuerte de la extinta fábrica de vinagre en el camino, por aquel entonces pedregoso, hacia la piscina del Arenas, bajo el sol abrasador a primera hora de la tarde. La música de Radio Tudela en los altavoces sobre el césped, la voz de Marquina, de Notivoli, las llamadas de los oyentes pidiendo tal o cual canción, el paso de los trenes, las madres jugando a las cartas y los chapuzones en el agua azul e inquieta, llena de crestas en las que estallaba el sol dorado del atardecer. Eso era el verano entonces, cuando un día era igual a otro y por eso se hacía un tiempo inacabable y feliz, un espacio sin obligaciones escolares más allá de rellenar, en la hora fresca de la mañana, los cuadernillos de actividades, ligeros de contenido y de continente coloreado. Las series de televisión que entretenían la digestión, hipnóticas para un país que no disponía de mando a distancia a través del cual elegir más opciones, y ni falta que hacía, tal era el hechizo para la atención que suponían las carreras en un coche fantástico, las vacaciones en Nerja cuando Chanquete no se había muerto ochenta veces (qué cruz) o las batallas espaciales por entregas diarias de Galáctica.

El verano es un instante de la infancia donde la retina advierte la casa envuelta en una agradable y agradecida sombra proporcionada por las persianas que han entrecerrado los ojos a la luz potente del exterior. Los juegos en el Paseo de Invierno en los días en los que el kiosko del señor Andrés y su señora, rostros imborrables en la infancia de tanta chavalería, venía a saciar nuestra sed y nuestro calor con los polos de Frigo, los de entonces, polos de hielo y color y ya está. Y bastaba. Las excursiones en bicicleta, el cine infantil en el Gaztambide cuando el Gaztambide era un señor cine, increíble cine, y el señor Palacios, vestido de conserje de cine muy cine cortaba las entradas que conducían a unas aventuras con palomitas y barquillos de galleta. El verano era el viaje a la playa o las ferias de las Fiestas, y más tarde, cuando el sol de membrillo anunciaba septiembre, la incursión en los matorrales para llenar las cestas de moras. Imágenes, olores, sabores, sonidos, un caleidoscopio de sensaciones en un tiempo detenido para siempre. Eso era el verano, antes de que creciéramos y se convirtiera de pronto en un tiempo aplastado por un calor bochornoso, bochornoso, como si el calendario sintiera vergüenza de algo.