Nocturno

A veces algo duele lo indecible y sólo puede expresarse ese dolor con un silencio largo de palabras. Así queda dicho. Pero me acabo de levantar de la cama para teclear frases sueltas que vienen de una niebla densa de la que no han conseguido salir este tiempo. Por qué esta noche. No lo sé. Algo habrá empezado a cambiar. Quizá. Pongámoslo en interrogante, hay que ponerlo todo en interrogante, en cuarentena y en cincuentena. Dudo de casi todo y de casi todos. Dudo de mi? Esta noche no. Dudo de lo que veo, de lo que leo, de lo que dicen y desdicen. Dudé si, de la misma manera que podemos conocer a las personas, podría darse el caso de que llegara el día en que las des-conociéramos. Me perdí. Me caí. Por una vez, me levanté solo, o hice amago de ello, o lo estoy haciendo (en cámara lenta para que la maniobra sea segura más que por indecisión) frotándome la arena de las rodillas, respiré como quien cuenta hasta diez y descubrí entonces que las cosas no tienen una repercusión inmediata tal y como la realidad que vemos nos quiere hacer creer. Las cosas tienen su propia medida del tiempo, que no es inmediata; necesitan fermentar y luego se comprueba si se estropearon del todo o no. Hay que dejar encendida la luz en el porche, aunque ya no estemos todo el rato dentro de la casa, pendientes. No es la vida la que pone las cosas en su sitio, sino el tiempo; tiene razón Victoria cuando lo dice, me lo dice. Y yo asiento, en el asiento de un tren desde el que que me asomo a la ventanilla de un mensaje, en un móvil, desde el que leo ese pensamiento y un verso de Victoria, bálsamo estos días entre otros bálsamos, tampoco tantos, pero verdaderos y bienvenidos.

Lo verdadero.

Anoto y subrayo eso, tras la duda desasosegante que surge cuando no sabes si lo que ves, lo que te hacen ver y vivir es un espejismo. Hay una luz en el porche. También esta madrugada, aunque no hará falta. Hoy la luz está encendida por mí, en esta habitación desde la que tecleo suavemente. Duermen en casa mis sobrinos. Salí de la ducha, antes de la cena, y me los encontré bisbiseando en el sofá, con ese tono tranquilo y particular que los niños usan cuando están embebidos en sus juegos. El crepúsculo largo y azul de las 10 de la noche se filtraba por las ventanas y, de pronto, por un instante, volvió a ser verano cuando el verano era verano. Mi sobrina me mira de reojo cuando miramos la tele sin saber que yo me doy cuenta. Nota que estoy silente, ausente, apagado y agotado. Pero mi sobrina todavía no puede comprender esos conceptos. Para los niños, todo se reduce a estar o no estar, tener encendida la luz o no. Pero su sufrimiento y su preocupación es la misma. Que no sufran. Mañana nos iremos a buscar alguna aventura, alguna sonrisa, lo haremos, sí. Ahora duermen. Leo conversaciones absurdas en internet y decido no leer más. Absurdos exámenes que no sirven para nada, vocaciones amargas de vacaciones, alegrías vanas, absurdas obligaciones, absurdas contradicciones, absurdas seguridades que no son otra cosa que el reverso de una inseguridad penosa. No se es feliz hasta que uno se convence de que el mundo es la película que se monta, o se deja arrastrar por la oscuridad chillona de una discoteca donde las miserias se anestesian a ritmo de copa, de polvo, de ruído. Luego llega el silencio aterrador del domingo, que es aterrador no por silencio ni por domingo sino porque les devuelve la imagen real de lo que hay, de lo que son, y aún fabrican otra película porque no consienten, no consentimos, que la existencia sea ésto. Yo he aprendido a mirar esas cosas con distancia, no porque sea mayor, sino porque me olvidé de mí y ahora estoy empezando a recordar, a recordarme.

Hubo un eclipse, total, y en todos los sentidos. Subí a la terraza de la azotea y me encontré a un vecino que, mira por dónde, es forense. Esas cosas pasan en la vida real más que en las novelas. Que te encuentres en la azotea a un vecino con quien vas a mirar el eclipse de luna siendo él forense y estando tú en eclipse. Miraba el forense, y yo con él, los fotogramas en movimiento de vidas ajenas encuadrados por las ventanas de los edificios. Mirábamos eso porque la luna se escondía en la calima azul, no solo en la penumbra que le tocaba según el noticiario y los señores de los planetarios. Hubo un eclipse, un dolor, un cambio, un aprendizaje consistente en saber levantarse dejando, sin pesar, una luz encendida todavía; hubo -lo está habiendo- un aprendizaje consistente en dejar una luz aunque uno no esté en casa como acostumbraba. La memoria, la conciencia, esas cosas, se conjugan en futuro. El olvido también. Por eso hay que dejar que el tiempo actúe y no perder los nervios que se perdieron. Perdidos están y de perdidos, al río. Hay que airearse aun en el horno del verano que llega. Esta madrugada -las tres van a dar de un momento a otro- mis sobrinos duermen en casa. Hay un silencio que sólo se ve levemente interrumpido por el suave sonido de estas teclas. Hoy, en este hogar, en este corazón, no reside ninguna herida. La noche es el momento durante el cuál se ven más claras las cosas. Algún mediodía escocerá, nunca digas de esta tarde no me doleré, pero esta noche salen frases de la penumbra del eclipse y por eso me he levantado y he encendido la luz de la lamparita. Buenas noches.

15 pensamientos en “Nocturno

  1. Victoria

    Tienes razón emejota, a veces, es necesario desmenuzar la realidad, acercarse a su raro sentido para comprenderla, no tanto a esa realidad, como a nosotros mismos.

    Un abrazo…

  2. Asthar

    Puesto que el tiempo pone a cada uno en su sitio, éste post te sitúa a tí aquí. En tu sitio. Con los tuyos.

  3. Lili

    Me parece que en primer post de este blog, hablabas sobre algo de una luz encendida, y decías que todo el que pasara por aquí estaba invitado a entrar (o algo así: mi memoria a veces hace de las suyas). Me alegro de que hayas encendido esa luz. Besos.

  4. Amiga

    Esa luz de la lamparita, alumbrará mientras tú lo decidas. No había escrito antes comentarios en tu blog, pero estas palabras han sido importantes, muy importantes. Aunque envueltas de niebla, están llenas de luz. Tienes mucha vida interior, ¡qué bueno poder compartirla algo desde el exterior!

  5. C.

    La luz en el porche es lo que tiene. Alguien la ve y entra hasta la recocina, y si te descuidas hasta te termina de rebañar el último tarro de nocilla. Otros se vienen con la cena hecha y te cuidan como si fueras tú el invitado. Ahí conoces a la gente, y la desconoces. Y la vuelves a conocer… No somos inmutables.
    Yo ya no confío ni siquiera en el tiempo para poner las cosas en su sitio, si acaso para curar y restañar heridas, vale; hay cosas que no vuelven nunca a su sitio. Es así. Pero hay que aprovechar cuando no duele, cuando no pesa, cuando hay latido, y prolongarlo hasta donde se pueda.
    Si este es uno de esos momentos, no lo dejes pasar.
    Un eclipse no dura siempre.

  6. A

    Ay, cuanto me alegro de leerte otra vez!!! Estoy tan “compulsiva”y tan contenta de la alegría de ver un nuevo post, que me lo voy a volver a leer porque de tanta emoción me he enterado sólo de la mitad. Me alegro de que hayas vuelto!!!!! Me alegro de que estés mejor!!!! Me reconforta volverte a leer. (No ha habido ni un sólo día que no me haya conectado a esta página para ver si habías vuelto…)

    Bs grande

  7. Marcos

    Hubo un momento muy pequeño, justo al final del eclipse, en el que la Luna brilló con gran intensidad por uno de sus bordes, a modo de sonrisa (seguro que te diste cuenta). Igual que este post.
    A este lado también dejamos encendida la luz. Un fuerte abrazo.

  8. Paula

    Coincido con Judith. Qué reconfortante el aroma de tu poesía .. . . Te hemos echado de menos . . . . Un beso gordo.

  9. Ds

    A veces hay luces que no se aprecian claramente porque ciega el entorno, pero se agradece que estén ahí. Perderse y reencontrarse sólo tiene gran valor. Un abrazo.

  10. toni

    hola, emejota. qué largos los silencios cuándo son largos sin luces en el porche. pero luego se encienden las palabras y, no sabes porqué, ahí van, en hilera, como diciendo miren, lean, escuchen, cuenten, que, de momento, no nos marchamos. gracias por volver desde este pedacito de isla que siempre tiene una luz encendida. para tí. y porque los niños son así, claro. espero que tus sobrinos algún día les conozcan. un abrazo.

  11. emejota Autor

    Un beso y gracias, Paula.

    Ds: pues que se meta el entorno, la ceguera y la luz por el culo. Así de claro y luminoso. Ya vale.

    toni: un beso a tus hijos y mi admiración a tí, en lo profesional, por lo que tienes que torear, léase la línea y media de arriba. Hoy tocaba dar con una puta de las de ese tío repugnante llamado Torbe.

    (perdón a todos por estas poéticas palabras, pero es que la realidad es muy sucia en ocasiones)

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