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Verano (2)

El verano es un instante de la infancia, sí. El olor del cloro, risas de agua y colores de melocotón. Sandalias de goma y el olor fuerte de la extinta fábrica de vinagre en el camino, por aquel entonces pedregoso, hacia la piscina del Arenas, bajo el sol abrasador a primera hora de la tarde. La música de Radio Tudela en los altavoces sobre el césped, la voz de Marquina, de Notivoli, las llamadas de los oyentes pidiendo tal o cual canción, el paso de los trenes, las madres jugando a las cartas y los chapuzones en el agua azul e inquieta, llena de crestas en las que estallaba el sol dorado del atardecer. Eso era el verano entonces, cuando un día era igual a otro y por eso se hacía un tiempo inacabable y feliz, un espacio sin obligaciones escolares más allá de rellenar, en la hora fresca de la mañana, los cuadernillos de actividades, ligeros de contenido y de continente coloreado. Las series de televisión que entretenían la digestión, hipnóticas para un país que no disponía de mando a distancia a través del cual elegir más opciones, y ni falta que hacía, tal era el hechizo para la atención que suponían las carreras en un coche fantástico, las vacaciones en Nerja cuando Chanquete no se había muerto ochenta veces (qué cruz) o las batallas espaciales por entregas diarias de Galáctica.

El verano es un instante de la infancia donde la retina advierte la casa envuelta en una agradable y agradecida sombra proporcionada por las persianas que han entrecerrado los ojos a la luz potente del exterior. Los juegos en el Paseo de Invierno en los días en los que el kiosko del señor Andrés y su señora, rostros imborrables en la infancia de tanta chavalería, venía a saciar nuestra sed y nuestro calor con los polos de Frigo, los de entonces, polos de hielo y color y ya está. Y bastaba. Las excursiones en bicicleta, el cine infantil en el Gaztambide cuando el Gaztambide era un señor cine, increíble cine, y el señor Palacios, vestido de conserje de cine muy cine cortaba las entradas que conducían a unas aventuras con palomitas y barquillos de galleta. El verano era el viaje a la playa o las ferias de las Fiestas, y más tarde, cuando el sol de membrillo anunciaba septiembre, la incursión en los matorrales para llenar las cestas de moras. Imágenes, olores, sabores, sonidos, un caleidoscopio de sensaciones en un tiempo detenido para siempre. Eso era el verano, antes de que creciéramos y se convirtiera de pronto en un tiempo aplastado por un calor bochornoso, bochornoso, como si el calendario sintiera vergüenza de algo.

Verano

Esta mañana he llevado a mi sobrina a la librería y nos hemos comprado un libro sobre una casa encantada. Con pasadizos secretos, candelabros que flotan en el aire y demás. No hemos entrado aún en ella porque por la tarde hemos ido al cine, ella a mi izquierda, mi sobrino a mi derecha, palomitas a izquierda y derecha y preguntas sobre lo que se veía en la pantalla. Y risas. Y explicaciones. Mis sobrinos me explican la película, me adelantan lo que suponen (suponen bien, ay, guionistas, espabilemos) que va a ocurrir y hasta me preguntan si me gusta la película o no. Sí, contesto yo. Pues come palomitas, me dicen con esa lógica del entusiasmo característica de los niños. Ellos ven la película, yo me veo entre ellos y luego atiendo al espectáculo de colorines de la pantalla. Así ha empezado el verano. Así y con mucho calor, y con un beso de buenas noches porque siguen aquí, en casa.

A ratos, me pongo a pensar.

Nocturno

A veces algo duele lo indecible y sólo puede expresarse ese dolor con un silencio largo de palabras. Así queda dicho. Pero me acabo de levantar de la cama para teclear frases sueltas que vienen de una niebla densa de la que no han conseguido salir este tiempo. Por qué esta noche. No lo sé. Algo habrá empezado a cambiar. Quizá. Pongámoslo en interrogante, hay que ponerlo todo en interrogante, en cuarentena y en cincuentena. Dudo de casi todo y de casi todos. Dudo de mi? Esta noche no. Dudo de lo que veo, de lo que leo, de lo que dicen y desdicen. Dudé si, de la misma manera que podemos conocer a las personas, podría darse el caso de que llegara el día en que las des-conociéramos. Me perdí. Me caí. Por una vez, me levanté solo, o hice amago de ello, o lo estoy haciendo (en cámara lenta para que la maniobra sea segura más que por indecisión) frotándome la arena de las rodillas, respiré como quien cuenta hasta diez y descubrí entonces que las cosas no tienen una repercusión inmediata tal y como la realidad que vemos nos quiere hacer creer. Las cosas tienen su propia medida del tiempo, que no es inmediata; necesitan fermentar y luego se comprueba si se estropearon del todo o no. Hay que dejar encendida la luz en el porche, aunque ya no estemos todo el rato dentro de la casa, pendientes. No es la vida la que pone las cosas en su sitio, sino el tiempo; tiene razón Victoria cuando lo dice, me lo dice. Y yo asiento, en el asiento de un tren desde el que que me asomo a la ventanilla de un mensaje, en un móvil, desde el que leo ese pensamiento y un verso de Victoria, bálsamo estos días entre otros bálsamos, tampoco tantos, pero verdaderos y bienvenidos.

Lo verdadero.

Anoto y subrayo eso, tras la duda desasosegante que surge cuando no sabes si lo que ves, lo que te hacen ver y vivir es un espejismo. Hay una luz en el porche. También esta madrugada, aunque no hará falta. Hoy la luz está encendida por mí, en esta habitación desde la que tecleo suavemente. Duermen en casa mis sobrinos. Salí de la ducha, antes de la cena, y me los encontré bisbiseando en el sofá, con ese tono tranquilo y particular que los niños usan cuando están embebidos en sus juegos. El crepúsculo largo y azul de las 10 de la noche se filtraba por las ventanas y, de pronto, por un instante, volvió a ser verano cuando el verano era verano. Mi sobrina me mira de reojo cuando miramos la tele sin saber que yo me doy cuenta. Nota que estoy silente, ausente, apagado y agotado. Pero mi sobrina todavía no puede comprender esos conceptos. Para los niños, todo se reduce a estar o no estar, tener encendida la luz o no. Pero su sufrimiento y su preocupación es la misma. Que no sufran. Mañana nos iremos a buscar alguna aventura, alguna sonrisa, lo haremos, sí. Ahora duermen. Leo conversaciones absurdas en internet y decido no leer más. Absurdos exámenes que no sirven para nada, vocaciones amargas de vacaciones, alegrías vanas, absurdas obligaciones, absurdas contradicciones, absurdas seguridades que no son otra cosa que el reverso de una inseguridad penosa. No se es feliz hasta que uno se convence de que el mundo es la película que se monta, o se deja arrastrar por la oscuridad chillona de una discoteca donde las miserias se anestesian a ritmo de copa, de polvo, de ruído. Luego llega el silencio aterrador del domingo, que es aterrador no por silencio ni por domingo sino porque les devuelve la imagen real de lo que hay, de lo que son, y aún fabrican otra película porque no consienten, no consentimos, que la existencia sea ésto. Yo he aprendido a mirar esas cosas con distancia, no porque sea mayor, sino porque me olvidé de mí y ahora estoy empezando a recordar, a recordarme.

Hubo un eclipse, total, y en todos los sentidos. Subí a la terraza de la azotea y me encontré a un vecino que, mira por dónde, es forense. Esas cosas pasan en la vida real más que en las novelas. Que te encuentres en la azotea a un vecino con quien vas a mirar el eclipse de luna siendo él forense y estando tú en eclipse. Miraba el forense, y yo con él, los fotogramas en movimiento de vidas ajenas encuadrados por las ventanas de los edificios. Mirábamos eso porque la luna se escondía en la calima azul, no solo en la penumbra que le tocaba según el noticiario y los señores de los planetarios. Hubo un eclipse, un dolor, un cambio, un aprendizaje consistente en saber levantarse dejando, sin pesar, una luz encendida todavía; hubo -lo está habiendo- un aprendizaje consistente en dejar una luz aunque uno no esté en casa como acostumbraba. La memoria, la conciencia, esas cosas, se conjugan en futuro. El olvido también. Por eso hay que dejar que el tiempo actúe y no perder los nervios que se perdieron. Perdidos están y de perdidos, al río. Hay que airearse aun en el horno del verano que llega. Esta madrugada -las tres van a dar de un momento a otro- mis sobrinos duermen en casa. Hay un silencio que sólo se ve levemente interrumpido por el suave sonido de estas teclas. Hoy, en este hogar, en este corazón, no reside ninguna herida. La noche es el momento durante el cuál se ven más claras las cosas. Algún mediodía escocerá, nunca digas de esta tarde no me doleré, pero esta noche salen frases de la penumbra del eclipse y por eso me he levantado y he encendido la luz de la lamparita. Buenas noches.