Archivo por meses: abril 2011

Lecciones

Pasaron muchas cosas: me caí (en sentido figurado), me callé (en sentido de literatura), me equivoqué (eso fue un sin sentido) y tuve miedo. Lo demás son puntos suspensivos de desconcierto y dejadez.

Empezó un dolor intenso en la muñeca derecha un mediodía. Ya no me permitió coger el tenedor para comer. A los minutos dolieron las costillas, convertida la caja torácica en una diana de alfileres. De allí la cadera, un derrame en la rodilla y un clavo ardiente en el tobillo. Todo eso necesita de dos horas, alta velocidad, pero luego se queda contigo y piensas: por qué.

No se sabe. Vino con una virulencia no conocida desde antes de la llegada del elixir, esto es, enero de 2000 y removió como un terremoto la tierra del recuerdo de lo que había antes de esa fecha. Pero pensando ahora que la cosa está en fase de desescombro, pudiendo ya teclear aunque con un dolor de espalda que no se siente en letra pero sí cuando tecleas, no pudo tanto el recuerdo desagradable del “antes” sino la erupción repentina del miedo a lo que pueda venir. Dicho en pocas palabras: me sentí a la intemperie e impotente, rodeado del afecto sincero de los míos pero sintiendo su desconcierto natural y comprensible ante lo incomprensible. Me retiré (porque no quedaba otro remedio y porque se me puso en los cojones) y no encontré palabras para pulsar porque no me encontré el pulso. En el sofá, sentí que no importaba el paso de los segundos, el color de la luz, esas cosas que importan, que me importan de natural, y esperé y me desesperé. Me entregué, eso sí, a la lectura, cambiando las tornas: leer en lugar de escribir. Con una novela me escapé, con otra recuperé la sonrisa durante 200 páginas y con la tercera encontré respuestas. Hay novelas que tienen esa facultad de hablarte.

Me equivoqué. Al final, lo que más duele no es el dolor físico sino el de la equivocación. Perdí las formas con alguien que me importa mucho y antepuse mi estado de confusión a contar hasta diez. Fue eso, solo eso y nada más que eso: una pérdida de las formas en lo que se dice. Es ridículo, sí. Pero me dolió infinito, me hizo sentirme mal, malo, pequeño, nada. Y comprendí que al igual que este seísmo de dolor físico que reapareció porque alguna falla falló, recordando que está ahí desde hace 30 años sin que nadie sepa todavía causa, razón y solución posible, hay equivocaciones que te gustaría borrar para recuperar el tiempo en el que pudiste contar hasta diez. Rebobinar, estremecedor verbo. Cuántas veces he deseado volver a tener 13 años para mirar alrededor y pensar cómo sería empezar una vida normal de 13 años, 14 años, 15 años, 20 años, 23 años. Las cosas se atenúan, hay alivios sintomáticos, remedios paliativos, pero la cicatriz queda ahí. Me duelen más las cosas del alma que las físicas. Me duele doler. Pero he aprendido a que el lamento no me paralice, sino a escuchar del dolor y aprender de las equivocaciones. Uno es mayor pero sigue creciendo.

Me cree alguien si digo que, sintiéndome a la deriva, me siento (un poco) más fuerte?. Explícame eso, me diría el médico. No sé explicarlo, contestaría yo, es una certeza, eso sí, como una bombilla pequeñita que tiembla porque la dinamo empieza a girar poco a poco. Me quedo con eso. No es poco. Una vez sacude el terremoto las cosas sin avisar y al rato llega el tsunami, hay que quedarse con lo poco, que en realidad no es poco. Explorar los daños, mirar alrededor, dolerse lo necesario, respirar. Y reconstruir.

Gracias a todos.

Abril

Tecleando un post desde la cama. Madrugada y desvelado. Pero en paz. Lo de teclear desde la cama es nuevo, y es por una de estas tabletas táctiles. Como un folio iluminado en la oscuridad de la habitación. Pulsas donde aparecen las letras y sale lo que lees. Imagina la habitación con un halo de luz electrónica en mitad de la isla de sábanas. Pues así es la cosa en este instante.

Al grano.

Abril es el mes de las lágrimas. Lo dice el refranero de los sentimientos. Lágrimas de alegría, de dolor, de desesperación, de euforia. Así hasta mil lágrimas de Abril.

Dicho lo cual, ¿Hay alguien ahí? Lo pregunto porque esta mañana, surcando un precioso amanecer de primavera a 300 km por hora (qué cosa tan suave e imponente ese AVE que vuela sobre los raíles) he decidido, esta vez sí que sí, volver.

Me acompañas?