Primavera 21 marzo, 2011
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 5 comentarios , trackbackLa Primavera, con su sobredosis de luces.
He escrito esta frase después de comer y me ha dado un poco de pereza o cualquier otra cosa que termine por -eza. Tristeza, por ejemplo. Agobio no termina asÃ, pero empieza en cualquier momento. Es lo que pasa cuando sorprendes un caudal de luz nuevo que el filtro de la cortina vuelve una niebla luminosa y excesiva para el duelo que exige la despedida del invierno. Cuando era pequeño imaginaba la palabra invierno como una rama desnuda y quieta. Y la palabra primavera la imaginaba con hojas verdes y una gota de algo parecido al limón o a un color. No me acuerdo muy bien.
(Sà que me acuerdo que hoy hace once años que se nos murió el gato)
Me he acordado por la noche, cenando, porque he dicho que la frase que encabeza este post la he escrito después de comer pero no he dicho que la pereza de la luz ha hecho que se quedara allÃ, suspendida en la cima de la pantalla. Hace once años que se nos murió el gato. Se apagó una mañana cuando la primavera llegaba un poco grosera con su rollo azul y fresco, sin ninguna consideración. Es poco considerada esta estación, y tramposa. Se engalana, nos hace tilÃn y se sale con la suya.
Qué más.
Menuda pregunta para no tener los pertinentes signos de interrogación. Pues muchas cosas pero se anestesiaron en la punta de los dedos. No es la primera vez, supongo que no será la última. Te sientas a escribir y no sabes, no sale, no puedes. Pero lo mismo pasa cuando no te sientas a escribir. Sales a caminar la tarde, contemplas esas pinceladas malvas, rosas, ni sé cuántos colores increÃbles dibujando escupitajos en el lienzo azul del cielo y lo miras pero como de lejos. No hay una conexión entre el estÃmulo visual y el colchón donde caen, blandas algunas, con impulso otras, las emociones. Lo mismo la música, ausente sonara o no, que sonar, ha sonado poca. Pulsaba Daniel Barenboim las escalas del piano de Mozart, como de puntillas, y sÃ, claro, cómo no, si hasta estos dedos hacÃan karaoke discretamente mientras la música se deslizaba a través de los auriculares. Pero sà y no y a medias. Lo mismo en el cine, en el cine cine y en el cine de casa.
Un dÃa me subà a un tren con el único objetivo de viajar 75 kilómetros en tren leyendo una novela. Novela de ida y vuelta. Te lo crees? Pues pregúntale a la novela, en la que no salÃa un solo tren pero lo pedÃa, al menos como fondo. Fue un escape un dÃa azul que en el hospital habÃan vuelto de un blanco de hielo y, de algún modo, un tributo al invierno. Para mÃ, el invierno es un abrazo. Nos recuerda que estamos a la intemperie y nos pone en contacto con nosotros mismos y nos envuelve, o nos envolvemos. Escribió Victoria, a todo esto, poeta ella de inviernos y de silencios de nieve; se acordó de mà por si el dÃa se hacÃa difÃcil, decÃa, y me impresionó mucho su mensaje porque el dÃa y el momento eran difÃciles. Existen conexiones misteriosas que sobrecogen un poco y reconfortan.
Hola, blog. No me mires asÃ, anda. Venga. Va.