Archivo por meses: marzo 2011

Padrino

Estoy contento porque los alumnos del Programa Senior de la Universidad de Navarra en Pamplona, aquellos con quienes compartí tardes en el jardín de Monet a los sones de la música de vapor de Debussy y con quienes, más tarde, me somé a la pantalla en blanco y negro del cine para mostrarles las 400 sorpresas de “Los 400 golpes”, de Truffaut, me han elegido padrino de la promoción. Y aunque soy poco de aulas magnas, menos aún de encorbatamientos y demás, acepté inmediatamente porque sé que la designación nace del afecto y también desde el afecto es correspondido. Me han dicho que tengo que pronunciar un discurso, pero no saben que me ha tocado hacerlo en mi periodo de tecla anestesiada. En cualquier caso, se ha hecho lo que se ha podido. Lo importante es que el discurso deja constancia de lo importante y lo importante es mi apoyo a lo que hacen, mi enhorabuena y mi agradecimiento. Sobre todo el agradecimiento.

Como me tratan muy bien, resulta que Pilar y Carmen vienen a buscarme en coche hasta aquí y luego me traen de vuelta a casa. Como la Cenicienta, igual. Ha salido de ellas, que conste, queyo ya me iba para la taquilla de la Renfe. Que hagan 90 km para buscarme, otros tantos para llevarme, y que al final de la tarde repitan la operación pero a la inversa dice mucho de estas personas y de la química que se estableció en aquellas tardes de trabajo con ellas. Ojalá se repitan. De momento, como padrino se es una vez, yo voy tan contento a disfrutar de la tarde, a acompañarles en el acto de clausura y a dirigirles esas palabras cariñosas.

Eso, esta tarde.

Primavera

La Primavera, con su sobredosis de luces.

He escrito esta frase después de comer y me ha dado un poco de pereza o cualquier otra cosa que termine por -eza. Tristeza, por ejemplo. Agobio no termina así, pero empieza en cualquier momento. Es lo que pasa cuando sorprendes un caudal de luz nuevo que el filtro de la cortina vuelve una niebla luminosa y excesiva para el duelo que exige la despedida del invierno. Cuando era pequeño imaginaba la palabra invierno como una rama desnuda y quieta. Y la palabra primavera la imaginaba con hojas verdes y una gota de algo parecido al limón o a un color. No me acuerdo muy bien.

(Sí que me acuerdo que hoy hace once años que se nos murió el gato)

Me he acordado por la noche, cenando, porque he dicho que la frase que encabeza este post la he escrito después de comer pero no he dicho que la pereza de la luz ha hecho que se quedara allí, suspendida en la cima de la pantalla. Hace once años que se nos murió el gato. Se apagó una mañana cuando la primavera llegaba un poco grosera con su rollo azul y fresco, sin ninguna consideración. Es poco considerada esta estación, y tramposa. Se engalana, nos hace tilín y se sale con la suya.

Qué más.

Menuda pregunta para no tener los pertinentes signos de interrogación. Pues muchas cosas pero se anestesiaron en la punta de los dedos. No es la primera vez, supongo que no será la última. Te sientas a escribir y no sabes, no sale, no puedes. Pero lo mismo pasa cuando no te sientas a escribir. Sales a caminar la tarde, contemplas esas pinceladas malvas, rosas, ni sé cuántos colores increíbles dibujando escupitajos en el lienzo azul del cielo y lo miras pero como de lejos. No hay una conexión entre el estímulo visual y el colchón donde caen, blandas algunas, con impulso otras, las emociones. Lo mismo la música, ausente sonara o no, que sonar, ha sonado poca. Pulsaba Daniel Barenboim las escalas del piano de Mozart, como de puntillas, y sí, claro, cómo no, si hasta estos dedos hacían karaoke discretamente mientras la música se deslizaba a través de los auriculares. Pero sí y no y a medias. Lo mismo en el cine, en el cine cine y en el cine de casa.

Un día me subí a un tren con el único objetivo de viajar 75 kilómetros en tren leyendo una novela. Novela de ida y vuelta. Te lo crees? Pues pregúntale a la novela, en la que no salía un solo tren pero lo pedía, al menos como fondo. Fue un escape un día azul que en el hospital habían vuelto de un blanco de hielo y, de algún modo, un tributo al invierno. Para mí, el invierno es un abrazo. Nos recuerda que estamos a la intemperie y nos pone en contacto con nosotros mismos y nos envuelve, o nos envolvemos. Escribió Victoria, a todo esto, poeta ella de inviernos y de silencios de nieve; se acordó de mí por si el día se hacía difícil, decía, y me impresionó mucho su mensaje porque el día y el momento eran difíciles. Existen conexiones misteriosas que sobrecogen un poco y reconfortan.

Hola, blog. No me mires así, anda. Venga. Va.

Parravirgen

Robert Poste¿Qué vio la tía Ada Doom en la leñera cuando era niña? ¿Qué vio la matriarca de los Starkadder para permanecer recluída desde entonces allá arriba, en su habitación? Y la parravirgen. ¡Ay la parravirgen! ¿Qué influjo tiene entre los varones la parravirgen para que Meriam, la criada, se quede embarazada cada vez que florece? ¿Qué pasa en la próxima página, qué? En 1932, la periodista Stella Gibbons publicó “La hija de Robert Poste”, hilarante novela entonces, lo mismo hoy, recuperada felizmente por Impedimenta. Impedimenta es una editorial que rescata buenos títulos y los envuelve en la piel de bonitos libros. Libros para el tacto, la vista, el olfato y, como en este caso, la sonrisa y el placer. ¿Qué vio la vieja tía Ada de niña en la leñera? No lo sabemos cuando Flora, la hija de Robert Poste, aparece en la granja de Cold Comfort, que será granja pero no lo que dicen sus apellidos, de eso nos damos cuenta enseguida. Pero no pasa nada porque menuda es Flora Poste, a ella se le va a poner algo por delante, ja, y no pasa nada porque el lector, al divisar la lúgubre edificación, divisa también las intenciones de Stella Gibbons: disparar con balas de ingenio sobre todo lo que se le pone por delante, sean nombres y hombres de entonces, modos y maneras literarias y de los literatos, estilos y costumbres de la sociedad inglesa de la época, y hasta algún que otro ajuste de cuentas con las palabras. Lo hace brillantemente, jugando ahora con el disfraz de una novela a lo Austen hasta que a vuelta de párrafo algo dinamita las comas y te hace sonreir y regocijarte.

Gibbons crea a una heroina de armas tomar, frívola e inteligente, sofisticada y tradicional, que llega dispuesta a poner orden entre todos, todos muchos y raros: fanáticos religiosos y jovenzanos hipersexuados por el florecer de la parravirgen, vaquerizos nonagenarios que friegan los platos del desayuno con ramas de espino y una jovencita asilvestrada que corre feliz por los bosques. La hija de Robert Poste llega allí dispuesta a poner orden y arreglarlo todo “como tiene que ser” y antes de desempaquetar el equipaje fija la atención en esas novelas victorianas polvorientas del estante, maravillosas todas ellas porque son “las únicas que pueden leerse mientras te zampas una manzana”, y una vez que baja las escaleras y entra en la cocina comienza a cocinar su plan. No parece nada fácil al principio mientras observa a los Starkadder callar o rebuznar, con la sensación, durante las comidas, “de estar actuando en una de aquellas películas tan intelectuales y tan funestas del cine alemán”. ¿Qué demonios vería la tía Ada en la leñera para permanecer allí recluída?, piensa Flora mientras engrasa la maquinaria de esas vidas y se dirige, porque así lo manda el guión, a una velada en la Hermandad de los Benditos Estremecimientos.

Gibbons se lo pasa en grande y coloca tres asteriscos ante los párrafos descriptivos en los que se burla del estilo rimbombante y barroco de la narrativa “seria”. Pocas líneas después, como quien ya no aguanta más contener la respiración, arranca una bocanada de aire fresco a la frescura de su relato. Divertido, entrañable, escrito de una manera ingeniosa y hermosa porque Stella Gibbons hace burla pero lo hace delicadamente y con elegancia. “La hija de Robert Poste” conserva la solidez de su estructura y todo su encanto, que es mucho, y aunque posee rasgos propios de una época desaparecida, lejos de oler sus páginas a rancio nos invitan a leer con ojos de entonces y comprender su verdadero efecto mientras se gana nuestro afecto. La novela es una de esas que uno lamentaría terminar de leer si no fuera porque Impedimenta acaba de sacar su continuación, “Flora Poste y los artistas”. Y de esa gozada sólo me separa poner el punto seguido a este post, porque el libro lo tengo aquí, al lado, invitándome.

Crepúsculos

Valor de LeyNo se sabe la razón pero el western, el poco western que queda, da, por lo general, pereza. Pásate por un multicine, mira a la gente hacer lo propio con los títulos disponibles y lo comprobarás. Bueno, pues si te da pereza y consigues vencerla, “Valor de Ley”, la última película de los hermanos Coen, remake de algún modo de aquella de un John Wayne setentero que ya no estaba para séptimos de caballerías, ni quintos, habrá merecido la pena. Y mucho. Puede ocurrir, también, que si entras en la sala, la 2 en mi caso, no haya cuatro gatos, sino tres. Y antes de la película entiendes qué es un western crepuscular. Luego empieza y ves otra variante de western crepúscular con sus caminos polvorientos, sus gentes mirando de refilón, las funerarias de ataúdes de madera de pino y funerarios de expresión mortecina, los banqueros arrogantes y barrigones, la roña en la ropa del héroe crepuscular, fanfarrón y tuerto. Y la niña. Glups con la niña y sus cojones (con perdón) bien puestos. Todo lo que allí aparece atrapa tu atención o, por lo menos, hace que te pongas cómodo en la butaca porque compruebas la solidez de los actores dando vida a sus respectivos personajes y, sobre todo, porque asistes con regocijo a una forma de narrar que retoma con buen pulso un clasicismo del bueno. Hay westerns de hoy narrados a ritmo de videoclip y westerns que recuperan un clasicismo narrativo que luce muy bien cuando cae en manos que saben lo que hacen. Es el caso con creces y la película se crece.

Qué cosa la del western que aunque nos remite a tiempos de teles de sábados por la tarde aún nos llama, a pesar de que el factor pereza pueda hacer acto de presencia. Guillermo Altares escribía hace poco en El País una reflexión muy interesante sobre eso al afirmar que “el cine del Oeste nos enfrenta con dilemas morales, nos habla de personajes cabezotas que nunca se rinden, de héroes reluctantes, tipos que hacen el bien por encima de sus propios deseos, nos relata la construcción de un país mientras que, como espectadores, encontramos el refugio apacible de los recuerdos de nuestra infancia. Son filmes que mezclan la violencia y la poesía, el amor y los paisajes infinitos, nos hablan de puestas sol –incluso hay un subgénero que lleva esa imagen en su denominación: western crepuscular– y de espacios infinitos, de venganzas que nunca terminan, de héroes ocultos y olvidados, de historias de amistad por encima de cualquier obstáculo. El western forma parte de la vida y regresar a él es recuperar una parte de todos nosotros. Por eso siempre vuelve”. Lo que decía, un texto muy bueno. Pues eso es lo que traen los hermanos Coen en esta película que merece la pena de verdad y cuyos personajes quedan, como queda lo que dicen y los espacios que transitan.