Repaso

Miré cuántos grados marcaba el termómetro en Providence. Leí correos electrónicos pero no pude contestar a casi ninguno. Tomé mucho antibiótico, sentí el cuerpo dolorido y frágil y la mente vulnerable a ratos. A ratos soy fuerte, a ratos no. Miré cómo se alargaban las tardes poco a poco y apunté un par de frases que me gustaron. Perdí algo (más) de memoria pero rememoré cosas que me inquietaron un poco. Suele pasar cuando la primavera amenaza con su presencia. Caminé poco y lo poco que caminé fue más que suficiente, siendo insuficiente. Cené en casa de unos amigos y después en casa de otros amigos. Las risas fueron las mismas, el silencio de corchea, breve, entre ellas, también. Se acumularon los libros y me refugié en las salas del cine. Ví “Valor de Ley”, “127 horas” y “Enredados”.

Pensé en lo que tenía que hacer y en lo que debería hacer. No es lo mismo lo primero que lo segundo. Miré los horarios de los trenes. Me compré unos auriculares nuevos. Ví una película rara en casa. Twiteé 228 mensajes, restando palabras a este blog y sintiéndome como si lo traicionara. Se me pasó el tiempo rápido y busqué la excusa, un año más, en la escasez de días del mes. Dí una conferencia sobre “Los 400 golpes”, de François Truffaut y una señora se emocionó al final viendo correr a Antoine Doinel hacia la playa. Recordé en silencio que hubo un tiempo breve, un invierno lejano, en el que yo fuí Antoine Doinel. Me preocupé, me enfadé, me desconecté, me reconecté. Sentí nostalgia de pisar la nieve blanda y blanca, de su silencio al caer. Escribí una carta a la concejala y un mensaje al aspirante. La primera dio la cara, el segundo también. La diferencia, es de justicia decirlo, es que la primera argumentó mientras el segundo fue tibio. Es curioso la de interpretaciones que puede tener una escueta frase, todas ellas grises. Detesto las tibiezas.

Una noche soñé con mi padre y me dijo cosas, 30 años después de las últimas cosas. Puse las manos en el piano y salieron acordes de cuarta, y me dejé llevar en esa experiencia rara y única que consiste en saber que lo que tocas se te irá de las manos si dejas de tocarlo para buscar un cuaderno que lo atrape. Te resignas porque ya conoces el juego y te dejas llevar. No recuerdo ninguno de esos acordes, tan sólo que eran acordes de cuarta. Casi todos. Comí las primeras fresas con nata y un colacao caliente una mañana fría. Ví la niebla a través de la ventanilla. Jubilé el ordenador de sobremesa y me pasé al portátil. No lo notas porque se lee igual pero se teclea distinto. Estoy en prácticas con ello. Hubo noches que me negué a dormir y muchas mañanas que me resistí a despertarme. Dí clase y aprendí de mis alumnos sin que ellos los supieran. Escuché muchas tonterías ahí fuera. Me corté el pelo. Me regalaron una chocolatina muy dulce y descubrí que, poco a poco, los teléfonos móviles están empezando a suplir la voz por el texto en la comunicación entre personas. Apagué el móvil un día o dos. Hice algo por alguien que no fue nada ni lo supo nadie. Y a puertas de fin de mes, el médico me comunicó el desahucio derivándome con escepticismo a otro equipo médico tras reconocer que no sabían, no contestaban.

Más o menos, en resumidas cuentas, eso pasó durante este tiempo.

8 pensamientos en “Repaso

  1. C.

    Pues cuando hayas reposado de tanta actividad, a ver si nos regalas un post de cine… Besos y ánimo con el cambio de equipo, que debería ser para bien.

  2. toni

    y el tiempo se alió contigo para dejar que los acordes, los que se escuchan desde el portátil en el que se teclea distinto, nos llegaran al otro lado del mar y nos hicieran sonreir, emocionarnos y sentir un pinchazo con la penúltima frase. aunque los finales abiertos son siempre los que más me gustan. porque terminan como uno quiere. y así todos contentos.

  3. emejota Autor

    La penúltima frase no es novedad. La palabra “desahucio”, en términos médicos, nos suena a cosa fatal cuando, literalmente, es quitarse el muerto de encima porque no hay más que hacer. Pero el muerto fue desahuciado por primera vez a los 16 años y aquí estamos tecleando. Lo que vienen a decir los médicos es que capítulo nuevo. Paciencia.

    (Y gracias a todos)

  4. Pilar

    ¡¡¡Que regusto más amargo!!!
    Hace tiempo, en algún lugar, en alguna parte, no recuerdo donde ni cuando, leí algo así como: si no puedes ayudar a una persona, quierela….
    Pues eso.

  5. elvecino

    Este post es como el chocolate negro. Intenso, placentero y con regusto amargo, en efecto.
    ¡Qué sabarán los médicos! (algunos al menos).
    i

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