Golpe

La tarde del 23 de Febrero de 1981 yo tenía 11 años, al igual que la tarde anterior y la posterior, pero fue distinta a las demás porque en casa se encendió una radio. Y eso no era normal. Tampoco fue normal que la programación infantil, degustada con el pan y chocolate en la mano, hiciera cosas raras. A la mañana siguiente, había examen de algo en el colegio. Es curioso que no recuerde de qué era el examen cuando recuerdo que era en 5º C y que yo era el número 38 de la lista. Siempre me he acordado de lo secundario, de lo insustancial. En fin. El profesor (cuyo nombre y dos primeros apellidos recuerdo también pero ya me gustaría a mí no hacerlo, puntos suspensivos) tenía otra radio colocada con escaso disimulo en un cajón entreabierto de la mesa y la escuchaba inclinando la cabeza mientras los demás inclinábamos las nuestras sobre la hoja que contenía las preguntas del examen. El profesor escuchaba la radio mientras se quitaba trocitos de uña de una mano, lo que demuestra que es cierto que tiendo a recordar cosas intrascendentes. Hubo un algo de alivio en su rostro en un momento dado y pareció animarse el hombre pero a mí, que dos aparatos de radio aparecieran en menos de 24 horas y que cobraran tanta importancia, se me hizo raro. Cuando nos explicaron las cosas en lenguaje de quinto de EGB miré hacia mi izquierda, al otro lado de la ventana, y detuve la vista en la aguja de la iglesia del colegio, pensando que si estaba ahí erguida desde hacía trescientos años habría visto tardes en las que nada pasa hasta que el bocadillo sabe raro, noches de radio e incertidumbre y mañanas de alivio. Y cosas mejores. Y cosas peores, de esas que por la mañana siguiente no hay alivio posible. Pensé todo eso y pensé que, a pesar de todo, la aguja de la iglesia del colegio estaba ahí y así desde entonces y como si nada. Aprendí que las cosas pasan, pero que al entorno, llámese entorno al universo, al cosmos, le da igual si sí o si no, si te mueres o si te toca la bonoloto. Eso fue para mí lo del golpe meses antes de que llegara el otro golpe, que fue la muerte de mi padre. La aguja de la iglesia seguía allí cuando volví a clase un par de días después; era yo quien, de alguna forma, no seguía allí. Desde entonces pasa eso. No sé explicarlo de otra manera.

5 pensamientos en “Golpe

  1. Marcos

    La aguja de la iglesia no entiende de golpes, no entiende de nada, no le hagas caso. Quizá porque nunca ha sufrido ninguno, y menos de esos golpes que nunca se curan. Un abrazo.

  2. Pilar

    Si que hay golpes mejor dicho grandes golpes, un 23 de febrero de 1969 me lleve mi primer golpe, era domingo, soleado, esperábamos a mi padre para comer, pero nunca llegó, El corazón se le paro en plena calle. Sin despedidas, sin dar explicaciones, nos dejó a todos. Yo que nunca miro para atrás ni para coger impulso, he tenido hoy una conversación pendiente , he hablado mucho con él y he llegado a comprenderlo como no no había hecho antes. Le he dicho que esté tranquilo, que los seis hemos salido adelante, que mamá estuvo bien cuidada hasta el final; y que cuando me toque, me gustaría irme como él, sin despedirme (no me gustan las despedidas), sin dar guerra, ni hacer mucho ruido.
    Emejota, esto ha sido mejor que una terapia de psicólogo,estoy bién conmigo misma.
    Ahora, me puedes pasar la minuta

  3. emejota Autor

    Pilar: has escrito un bonito post, no un comentario. Felicidades.
    (la minuta fue la chocolatina del otro día: supo muy bien tras el esfuerzo. Muchas gracias)

    Marcos: tengo que contestarte un mail, pero me acabo de poner a los mandos y hay una montaña de cosas. Enseguida llego.

    Arati, Andreina, un abrazo.

Deja un comentario: