Orden 13 febrero, 2011
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 7 comentarios , trackbackEstoy poniendo orden en el agotamiento de los dÃas, empezando por poner sueño al sueño y ahora ya toca poner orden en esta casa de letras.
Fui a la Universidad de Navarra con el Requiem de Maurice Duruflé y un cosquilleo por dentro, porque llevar el Requiem Duruflé es llevar una luz que alumbra el corazón y asà fue. Esperé en un atardecer azul y rosa, frÃo y tibio, de todo habÃa, en la cafeterÃa de El Corte Inglés y enfrente de mà habÃa una chica con cara blanca, como de porcelana, escribiendo en un portátil de piel granate y a mi izquierda un cartel decÃa que aquà hay wi-fi. Saqué mi portátil donde alumbraba la luz de Duruflé (qué de cosas puede haber en un portátil) y me puse a escribir un post con coca cola mediante pero una llamada telefónica me sacó de post y de tiempo. Pues nada. El taxi que me llevaba al campus era un taxi silente, sin radio, ni música; hasta el taxista era silente, como de cine mudo todo el trayecto pero con los colores malvas y azules y toda una paleta maravillosa ahà afuera en el atardecer.
Qué bien me tratan en la Universidad, cuántas atenciones, simpatÃas y cariño, sobre todo cariño; es como si aparecieras por allà y te lo agradecieran, y realmente lo hacen cuando en realidad el agradecido soy yo. Compartir apasionamientos y emociones es un lujo. Si además te acogen bien, si el público ya es cómplice y tan generoso en las sonrisas, en el silencio, en el afecto, ya ni te cuento. Apagué la luz de la sala, encendà la lamparita, sonreà y saludé. Me sonrieron. El reflejo de la lamparita no me deja ver muchas caras pero lo supe, lo sentÃ. Y empecé a hablar de este Requiem luminoso que lo es porque no está escrito para los que se van sino para los que se quedan, y que fusiona con tiento y tacto de poeta las milenarias y austeras melodÃas gregorianas con la suavidad de vapor de las armonÃas impresionistas desterrando sombras y poniendo luz en el descanso, luz en el consuelo, luz todo el rato. Llegó el Lux aeterna y pasó una cosa extraña, y lo que pasó es que yo no querÃa seguir. No es que no quisiera, es que querÃa parar un poco, solo un poco; hay músicas que vienen a darte un regalo o a decirte algo, y lo que tienen que decirte necesita luego el reposo del silencio. Y casi sentà que habrÃa sido comprendido y compartido. No importa.
Un rato después volvÃa en un autobús casi vacÃo de viajeros recorriendo los 100 km de mi casa y por la ventanilla se veÃan todas las estrellas , nÃtidas en la noche frÃa; y no es que se me pusiera un nudo en la garganta, es que creo que se desanudó el nudo que llevaba allà desde que la luz de la lamparita brotó con un clic de interruptor y una sonrisa dio las buenas tardes a las sonrisas allà congregadas. Al dÃa siguiente tocó Bach en otro sitio. Y si con Duruflé tuve que llevar a la gente hacia dentro, el Magnificat de Bach los condujo hacia afuera, expansivo que es él.
Lux aeterna, Magnificat, kilómetros entre ellos en todos los sentidos, en el literal y figurado, pero todo fue bien y cansado. Cansado de amanecer a las 12 del mediodÃa cansado. Y contento, mucho. Y este fin de semana lo he dedicado a descansar y a mà mismo. Ahora hago propósito de empezar la semana con contenidos nuevos: vuelta a la casa del blog, vuelta a las partituras que tengo que completar para que a MarÃa y a Juan les lleguen como esperan: con las corcheas en su sitio; vueltas y vueltas hasta dar con el tema del artÃculo que tengo que entregar. Y cosas que hay por ahà para ya. Me pongo a ello. Y empiezo dando las gracias a Concha, a Irene, a Pilar, a Laura, a Marta, a Viviana, a Carmen, y a un largo etcétera de nombres (pero sobre todo a esos nombres) por lo que cada uno sabe. Por participar en las emociones, por el cariño, por estar y por comprenderme. Alumbró el Lux aeterna de Duruflé y yo hubiera esperado un rato, igual que ahora escucho el sonido de la lluvia que ha empezado a caer y prefiero esperar un poco antes de ir a dormir.
Esto para ellas, y para todos:
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