Archivo por meses: febrero 2011

Repaso

Miré cuántos grados marcaba el termómetro en Providence. Leí correos electrónicos pero no pude contestar a casi ninguno. Tomé mucho antibiótico, sentí el cuerpo dolorido y frágil y la mente vulnerable a ratos. A ratos soy fuerte, a ratos no. Miré cómo se alargaban las tardes poco a poco y apunté un par de frases que me gustaron. Perdí algo (más) de memoria pero rememoré cosas que me inquietaron un poco. Suele pasar cuando la primavera amenaza con su presencia. Caminé poco y lo poco que caminé fue más que suficiente, siendo insuficiente. Cené en casa de unos amigos y después en casa de otros amigos. Las risas fueron las mismas, el silencio de corchea, breve, entre ellas, también. Se acumularon los libros y me refugié en las salas del cine. Ví “Valor de Ley”, “127 horas” y “Enredados”.

Pensé en lo que tenía que hacer y en lo que debería hacer. No es lo mismo lo primero que lo segundo. Miré los horarios de los trenes. Me compré unos auriculares nuevos. Ví una película rara en casa. Twiteé 228 mensajes, restando palabras a este blog y sintiéndome como si lo traicionara. Se me pasó el tiempo rápido y busqué la excusa, un año más, en la escasez de días del mes. Dí una conferencia sobre “Los 400 golpes”, de François Truffaut y una señora se emocionó al final viendo correr a Antoine Doinel hacia la playa. Recordé en silencio que hubo un tiempo breve, un invierno lejano, en el que yo fuí Antoine Doinel. Me preocupé, me enfadé, me desconecté, me reconecté. Sentí nostalgia de pisar la nieve blanda y blanca, de su silencio al caer. Escribí una carta a la concejala y un mensaje al aspirante. La primera dio la cara, el segundo también. La diferencia, es de justicia decirlo, es que la primera argumentó mientras el segundo fue tibio. Es curioso la de interpretaciones que puede tener una escueta frase, todas ellas grises. Detesto las tibiezas.

Una noche soñé con mi padre y me dijo cosas, 30 años después de las últimas cosas. Puse las manos en el piano y salieron acordes de cuarta, y me dejé llevar en esa experiencia rara y única que consiste en saber que lo que tocas se te irá de las manos si dejas de tocarlo para buscar un cuaderno que lo atrape. Te resignas porque ya conoces el juego y te dejas llevar. No recuerdo ninguno de esos acordes, tan sólo que eran acordes de cuarta. Casi todos. Comí las primeras fresas con nata y un colacao caliente una mañana fría. Ví la niebla a través de la ventanilla. Jubilé el ordenador de sobremesa y me pasé al portátil. No lo notas porque se lee igual pero se teclea distinto. Estoy en prácticas con ello. Hubo noches que me negué a dormir y muchas mañanas que me resistí a despertarme. Dí clase y aprendí de mis alumnos sin que ellos los supieran. Escuché muchas tonterías ahí fuera. Me corté el pelo. Me regalaron una chocolatina muy dulce y descubrí que, poco a poco, los teléfonos móviles están empezando a suplir la voz por el texto en la comunicación entre personas. Apagué el móvil un día o dos. Hice algo por alguien que no fue nada ni lo supo nadie. Y a puertas de fin de mes, el médico me comunicó el desahucio derivándome con escepticismo a otro equipo médico tras reconocer que no sabían, no contestaban.

Más o menos, en resumidas cuentas, eso pasó durante este tiempo.

Golpe

La tarde del 23 de Febrero de 1981 yo tenía 11 años, al igual que la tarde anterior y la posterior, pero fue distinta a las demás porque en casa se encendió una radio. Y eso no era normal. Tampoco fue normal que la programación infantil, degustada con el pan y chocolate en la mano, hiciera cosas raras. A la mañana siguiente, había examen de algo en el colegio. Es curioso que no recuerde de qué era el examen cuando recuerdo que era en 5º C y que yo era el número 38 de la lista. Siempre me he acordado de lo secundario, de lo insustancial. En fin. El profesor (cuyo nombre y dos primeros apellidos recuerdo también pero ya me gustaría a mí no hacerlo, puntos suspensivos) tenía otra radio colocada con escaso disimulo en un cajón entreabierto de la mesa y la escuchaba inclinando la cabeza mientras los demás inclinábamos las nuestras sobre la hoja que contenía las preguntas del examen. El profesor escuchaba la radio mientras se quitaba trocitos de uña de una mano, lo que demuestra que es cierto que tiendo a recordar cosas intrascendentes. Hubo un algo de alivio en su rostro en un momento dado y pareció animarse el hombre pero a mí, que dos aparatos de radio aparecieran en menos de 24 horas y que cobraran tanta importancia, se me hizo raro. Cuando nos explicaron las cosas en lenguaje de quinto de EGB miré hacia mi izquierda, al otro lado de la ventana, y detuve la vista en la aguja de la iglesia del colegio, pensando que si estaba ahí erguida desde hacía trescientos años habría visto tardes en las que nada pasa hasta que el bocadillo sabe raro, noches de radio e incertidumbre y mañanas de alivio. Y cosas mejores. Y cosas peores, de esas que por la mañana siguiente no hay alivio posible. Pensé todo eso y pensé que, a pesar de todo, la aguja de la iglesia del colegio estaba ahí y así desde entonces y como si nada. Aprendí que las cosas pasan, pero que al entorno, llámese entorno al universo, al cosmos, le da igual si sí o si no, si te mueres o si te toca la bonoloto. Eso fue para mí lo del golpe meses antes de que llegara el otro golpe, que fue la muerte de mi padre. La aguja de la iglesia seguía allí cuando volví a clase un par de días después; era yo quien, de alguna forma, no seguía allí. Desde entonces pasa eso. No sé explicarlo de otra manera.

Transcurso

Pues aquí viendo pasar la tarde. No añado lo de tontamente porque no me parece que sea una actividad merecedora del tal adverbio. Ha empezado a soplar el viento del Norte y se ha llevado las nubes. Observo el movimiento de las ramas de los árboles, el juego de la luz en las fachadas y con el filtro de las cortinas, el silencio de la casa y el canto de los pájaros, la incitación de la tarde a pasearla y mi resistencia perezosa. Todo está azul y tranquilo, y yo cansado porque no he dormido apenas, ha habido visita temprana (programada) al hospital y no me sale trabajar. Tengo delante de mí una fotografía de Truffaut. Hay algo en lo que dice de sí mismo que me recuerda a mi padre. Creo que, antes de marcharse, mi padre supo cómo iba a ser yo de mayor. Lo que no puedo saber es su opinión al respecto. Se me cierran los ojos pero eso es bueno. Eso es tranquilidad. Ver pasar la tarde es un ejercicio apasionante y, si me apuras, hasta un lujo. No habrá nunca una tarde como la de hoy, de la misma forma que nunca habrá una tarde como al de ayer o la de mañana. Vivir el instante sin oponer resistencia abre la percepción para captar los matices de las cosas. Ya llegarán las angustias, las ansiedades, esas cosas que nos depara el mundo de mierda en el que vivimos. Vivir es fascinante y un milagro. Sobrevivir a este mundo de mierda es otro milagro y una cosa muy distinta. Me duele la cabeza y en la cocina hay una palmera de hojaldre con mantequilla y coco esperando la merienda. Es un capricho que he visto esta mañana en la panadería. Entre el sí y el no, el dolor y el placer, lo blanco y lo negro, estamos todos. La mayoría pasando de esta tarde, como si fuera un decorado. Yo, viéndola pasar.

Sorpresa


Apareció un mail de la productora de El Hormiguero. Me sorprendí, aunque en estos mundos de internet cada vez sorprenden menos las cosas: nunca el mundo estuvo tan conectado y cercano. Pedían una ayuda para elaborar el guión de cara a la visita de David al programa. Qué le gustaba, qué anécdotas podía aportar, cómo se le podría sorprender, cómo entrarle, etc. La conversación fue fluída a través de varios mail y llamadas telefónicas y se me ocurrió, casi al final, dejándolo caer con reservas porque a mí me parecía un detalle simpático pero a ellos pues qué se yo, decirles que en su reciente visita a casa se había dejado olvidado el reloj de pulsera y que aunque es un reloj normalito sé que le tiene un cariño especial. Sugerí enviarlo por mensajería y que el presentador lo llevara puesto para hacer una broma y sorprenderle con la aparición, allí, del reloj que quedó aquí. Los guionistas dijeron que sí, sí e hicieron espacio en el papel. Y a Nacex que llevé el reloj, en una cajita, después de obtener de producción el compromiso de que el reloj estuviera a salvo hasta el programa, que si no, el chico me mata o algo.

Salía de Nacex y justo entonces llamó David. Llovía. Qué haces?, preguntó. Pues aquí, de recadillos, contesté. Y qué recadillos son? Llovía más fuerte. Pues unos, dejé caer en puntos suspensivos poniéndome a cobijo de un portal. Ah, se escuchó al otro lado del teléfono. El papelito que entregan en la oficina de mensajería estaba mojado pero no decía nada diciéndolo todo: dirección de entrega, teléfono y demás.

Al final, la sorpresa mereció la pena. A David se le vio momentáneamente descolocado, reacción que buscan las sorpresas; cuando hizo girar a un lado y otro la silla delató cierta emoción y nerviosismo y la reacción posterior de alegría y de un hablar rápido la reconozco: es el maquillaje profesional del actor a la emoción personal sentida por dentro. Si ves el vídeo que hay debajo se nota perfectamente. En casa, a mí se me puso una sonrisa y un algo más, no sé, una emoción. El mismo algo más que se le puso a Marlene, según me dijo días después por teléfono. Y creo que no fuimos los únicos. El “algo más” que se siente por quien quieres cuando le ves contento. Reconforta eso.

Orden

Estoy poniendo orden en el agotamiento de los días, empezando por poner sueño al sueño y ahora ya toca poner orden en esta casa de letras.

Fui a la Universidad de Navarra con el Requiem de Maurice Duruflé y un cosquilleo por dentro, porque llevar el Requiem Duruflé es llevar una luz que alumbra el corazón y así fue. Esperé en un atardecer azul y rosa, frío y tibio, de todo había, en la cafetería de El Corte Inglés y enfrente de mí había una chica con cara blanca, como de porcelana, escribiendo en un portátil de piel granate y a mi izquierda un cartel decía que aquí hay wi-fi. Saqué mi portátil donde alumbraba la luz de Duruflé (qué de cosas puede haber en un portátil) y me puse a escribir un post con coca cola mediante pero una llamada telefónica me sacó de post y de tiempo. Pues nada. El taxi que me llevaba al campus era un taxi silente, sin radio, ni música; hasta el taxista era silente, como de cine mudo todo el trayecto pero con los colores malvas y azules y toda una paleta maravillosa ahí afuera en el atardecer.

Qué bien me tratan en la Universidad, cuántas atenciones, simpatías y cariño, sobre todo cariño; es como si aparecieras por allí y te lo agradecieran, y realmente lo hacen cuando en realidad el agradecido soy yo. Compartir apasionamientos y emociones es un lujo. Si además te acogen bien, si el público ya es cómplice y tan generoso en las sonrisas, en el silencio, en el afecto, ya ni te cuento. Apagué la luz de la sala, encendí la lamparita, sonreí y saludé. Me sonrieron. El reflejo de la lamparita no me deja ver muchas caras pero lo supe, lo sentí. Y empecé a hablar de este Requiem luminoso que lo es porque no está escrito para los que se van sino para los que se quedan, y que fusiona con tiento y tacto de poeta las milenarias y austeras melodías gregorianas con la suavidad de vapor de las armonías impresionistas desterrando sombras y poniendo luz en el descanso, luz en el consuelo, luz todo el rato. Llegó el Lux aeterna y pasó una cosa extraña, y lo que pasó es que yo no quería seguir. No es que no quisiera, es que quería parar un poco, solo un poco; hay músicas que vienen a darte un regalo o a decirte algo, y lo que tienen que decirte necesita luego el reposo del silencio. Y casi sentí que habría sido comprendido y compartido. No importa.

Un rato después volvía en un autobús casi vacío de viajeros recorriendo los 100 km de mi casa y por la ventanilla se veían todas las estrellas , nítidas en la noche fría; y no es que se me pusiera un nudo en la garganta, es que creo que se desanudó el nudo que llevaba allí desde que la luz de la lamparita brotó con un clic de interruptor y una sonrisa dio las buenas tardes a las sonrisas allí congregadas. Al día siguiente tocó Bach en otro sitio. Y si con Duruflé tuve que llevar a la gente hacia dentro, el Magnificat de Bach los condujo hacia afuera, expansivo que es él.

Lux aeterna, Magnificat, kilómetros entre ellos en todos los sentidos, en el literal y figurado, pero todo fue bien y cansado. Cansado de amanecer a las 12 del mediodía cansado. Y contento, mucho. Y este fin de semana lo he dedicado a descansar y a mí mismo. Ahora hago propósito de empezar la semana con contenidos nuevos: vuelta a la casa del blog, vuelta a las partituras que tengo que completar para que a María y a Juan les lleguen como esperan: con las corcheas en su sitio; vueltas y vueltas hasta dar con el tema del artículo que tengo que entregar. Y cosas que hay por ahí para ya. Me pongo a ello. Y empiezo dando las gracias a Concha, a Irene, a Pilar, a Laura, a Marta, a Viviana, a Carmen, y a un largo etcétera de nombres (pero sobre todo a esos nombres) por lo que cada uno sabe. Por participar en las emociones, por el cariño, por estar y por comprenderme. Alumbró el Lux aeterna de Duruflé y yo hubiera esperado un rato, igual que ahora escucho el sonido de la lluvia que ha empezado a caer y prefiero esperar un poco antes de ir a dormir.

Esto para ellas, y para todos:

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Lista

Leo a Miguel asiduamente porque admiro su saber enciclopédico en materias de cine y literatura, su buen criterio y, especialmente, porque me resulta entrañable. Acaba de teclear, ya en cama, con Audrey, su perrita, cerca de él, su lista de miedos, que siempre empieza por los mismos miedos y no me río de ellos porque los miedos, miedos son, pero me dan mucha ternura. Las listas de miedos empiezan siempre por los mismos miedos y luego se van ampliando, o los miedos van deformándose y se convierten en otros miedos; a veces puede pasar que desaparecen, pero eso pasa las menos veces. La lista de Miguel, a hora de ahora, contiene estos miedos:

-A los robots.
-A la Revolución Francesa.
-A los zombis.
-A los idiotas.

Eso me ha recordado mi propia lista de miedos, que por algún lado del archivo de este blog estará. No hace falta buscarla: la conozco porque mis miedos los conozco perfectamente, por algo son míos. Pero igual sale actualizada, no sé. Mi lista de miedos principales es la que sigue:

-A morirme.
-A enamorarme.
-A la mera contemplación de un langostino.
-A la adolescencia.
-A cualquier día de agosto de 2005 y a cualquier día de agosto de 2010 (conclusión: ojo con el mes de agosto de 2015)

Despertares

¿Hola?

Tras una semana (casi) de silencio vuelven las palabras volviendo de dar un paseo por una tarde azul y azul y azul. Me deprimí, sí. Episodio depresivo, dirían los médicos. Leve, añadirían, en comparación con los tres precedentes. Pero paralizante, apuntaría yo que como Charlot suelo ser el que da el último golpe (en sentido figurado, claro) en las consultas, hasta en los análisis de sangre. No lo puedo evitar, oiga.

Paraliza, sí. Pero no del todo. Quiero decir que podría (y de hecho lo pensé) haber ido redactando un diario de la depresión para poder leerlo yo mismo después, fuera. Escribirlo dentro, en el pozo, y leerlo fuera. Porque no se ve lo mismo dentro que fuera y eso habría sido interesante. Lo que recuerdo es que me callé, cerré el móvil con una especie de temor irracional, como si me fueran a llamar para comunicarme algo horrible, qué se yo, no atendí al fijo ni al timbre de la puerta. No salí de casa ni de mí mismo. No leí, no ví. No estuve, estando. Me sentí vacío y nada más. Y el sentido de la observación se agudizó. El sentido de la observación en estos casos, según mi experiencia, hace trampa: funciona y te engaña. Que se lo digan a mi único interlocutor con el exterior que, en un mensaje a través de esta pantalla, me dijo: anda, anda, que eso que dices no es así y lo sabes. Es verdad. De repente lo blanco se ve negro y los detalles lisos se pueblan de pliegues un poco o muy torcidos. De ahí la ralladura de tarro, por decirlo en lenguaje de andar por casa.

No obstante, esos son los efectos, no la causa. La causa creo que tiene cifra: 30 años de pasado pesado y una incertidumbre de futuro que cuando se encuentran en un lugar de la conciencia presente, a veces hacen plof. No boom. Plof. Luego vas despertando, o reaccionando, parece como si no hubiera pasado nada pero algo queda, una fisura, una grieta nueva, algo. Ahora no queda otra que coger los mandos porque me espera una semana laboral movida con viajes. De pensar con convicción en cancelarlo todo a coger los mandos, aunque sea con agobio por ir (muy) pillado de tiempo, hay bastante diferencia: la de estar mal y estar mejor.