Reunión

Durante unas horas, el servidor que aloja este blog estuvo caído. Yo también. No sé si por empatía o por casualidad pero el blog y yo solemos coincidir. Pasó también lo del arquitecto. Lo del arquitecto y otras cosas más, porque los temas se acumulan, pero no sé por qué, al ponerme a escribir, lo primero que me ha venido a la mente es lo del arquitecto. Fui convocado a participar en una reunión en el estudio del arquitecto. Con el pretexto de proyectar un evento cultural, se habló de catedrales, de nanas, de piedras y de Nueva York. Eso para empezar. Era la segunda vez que me acercaba por allí. Allí es una casona antigua que cuando jugábamos de pequeños daba miedo, abandonada como estaba a las afueras, al otro lado de las vías del tren, gigantesca y tal, cerca de la antigua fábrica Azucarera. Nos hicimos mayores y entraron las palas excavadoras a excavarlo todo (como hicieron con los Bosques de Harper en un capítulo de “Aquellos maravillosos años” que me hizo llorar, ay). Aquí no construyeron un centro comercial sino una urbanización entera. Pero la casa siguió allí, quizá porque seguía imponiendo, y un día apareció con la cara lavada y hasta coqueta. Como si sonriera incluso. Luego llegaron las luces en las ventanas, como si hiciera guiños con los ojos, y empezó a verse a gente entrando y saliendo. Para entonces, ya estaba convertida en el estudio del arquitecto.

El despacho o la sala de reuniones del arquitecto es un sitio muy curioso y es como el Nautilus. No es de extrañar, porque cuando el arquitecto se pone a hablar parece el Capitán Nemo, tan entusiasta es su discurso, apasionado y apasionante lo que dice, visionario en las ideas, explorador de ideas. Juliovernesco. Entras allí y el lugar te recibe con una temperatura confortable que contrasta con la gélida atmósfera exterior. En el camarote/sala de reuniones estamos, al otro lado de la mesa, y de izquierda a derecha, el arquitecto y un perrito que ocupa una silla y apoya la barbilla en la superficie de la mesa. A este lado, y en el mismo orden, un amigo común y yo. Eso quiere decir que el arquitecto y yo estamos en diagonal y que al perrito lo tengo enfrente. Lo del perrito me tiene perplejo. Me habla el arquitecto y el perrito me mira con una expresividad de secretario; le habla a nuestro amigo y el perrito mira a nuestro amigo, moviendo los ojos hacia él y arqueando las cejas. Noto que yo también tengo la ceja levantada. Noto igualmente que el arquitecto me mira con la atención de quien hace caso a lo que dices o, por lo menos, te tiene en cuenta. Me mira, no recuerdo si a través de sus gafas redondas o por encima de ellas o las dos cosas, mientras toma notas con lápiz en un cuaderno de diseño arquitectónico. El formato, el papel, cualquier cosa que imagines seguro que tiene otro formato y que el papel es distinto. Qué escribirá el arquitecto no lo sabemos. Yo escucho. Al arquitecto le pasa como a mí, que tiene tendencia a irse por las ramas. Pero en su caso, la excursión por las ramas resulta apasionante. A veces no queda otro remedio que reconducir la conversación recordando para qué estamos reunidos y hasta en un par de ocasiones me toca la misión de hacer tocar tierra en el suelo. El arquitecto es juliovernesco, ya lo hemos dicho, y a veces su entusiasmo le lleva a hacer una excursión en globo de cinco semanas. El arquitecto me sigue mirando atento y hace un chasquido como de fastidio pero noto que me tiene en cuenta mis observaciones de que hay vértigos imposibles y hasta dice que lo comprende. Da gusto.

También ocurre, pero no lo sabe nadie, el perrito igual porque se dicen cosas muy curiosas sobre la capacidad de los animales para percibir las cosas, que por momentos me encuentro mal. No me duele nada pero me encuentro mal, como si me fuera a faltar algo, no sé. Es algo que me viene pasando desde el sábado, no es psicológico, no es una neura, yo creo que es el problema circulatorio que anda fuera de control porque me despisto, tengo lapsus, me cuesta comprender, se me duermen los pies, las manos, siento una presión en las sienes, es decir, lo de siempre, pero esta vez con un plus que no me gusta nada, como cuando tienes un presentimiento pero no encuentras la brújula para orientarlo en la dirección apropiada. La brújula del capitán Nemo que nos ha reunido en su Nautilus es un iPhone. Dices algo y algo busca. Y con la parte lateral del dedo corazón de la mano derecha barre la pantalla de abajo arriba. No le tiembla nada el pulso, al contrario que me ocurriría a mí. Y el tacto es sutil, eso se ve, como si acariciara a la pantalla. Estará consultando datos de navegación, no sé. Hablamos, reímos, hablan, se ríen. A veces me noto ausente de allí y de mí mismo y me pongo a pensar en la sensación extraña que me acompaña estos días. El perrito me mira con expresión comprensiva, qué cosa, oye. Bien mirado, todo lo que ocurre esa tarde/noche es peculiar. Luego nos despediremos, saldremos al jardín helado y cada uno emprenderá camino de regreso.

De vuelta a casa por la calle solitaria pensaré yo que camino como vacío y una vez en casa me tomo un paracetamol que no me llenará pero que igual alivia un poco la presión en las sienes, que quiere ser dolor de cabeza pero no lo es. Por la noche me darán las mil sentado en el sofá. El cuerpo no se quiere ir a dormir. Solo pretende estar. Y lo consigue.

4 pensamientos en “Reunión

  1. toni

    me gustan estas reuniones en las que te sientes reconfortado por estar ahí y ser uno más. te dan algo que no te dan las horas frente a la pantalla. contacto directo. aunque sea con un perrito. lo que no está bien es lo de no estar bien. pero seguro que el paracetamol lo soluciona. eso y un par de horas en el sofá, inmerso en alguna película. o en algún capítulo de mad men, que es lo que se lleva ahora.
    ánimo, emejota.

  2. C.

    El arquitecto de gafas redondas por antonimasia? ;)

    A lo mejor lo que tienes es este cansancio tremendo de finales de enero… Espero que vayas mejorando. Un beso

Deja un comentario: