Archivo por días: 21 enero, 2011

Señales

Si emitiéramos en este momento una señal de radio hacia la sonda Voyager en forma de escueto “bip” (para no molestar por si duerme o está trabajando), tardaría en llegar a sus sensores la friolera de 13 horas, 11 minutos y 26 segundos viajando a 300.000 km por segundo, es decir, a la velocidad de la luz. Apabullante. Hay una poética de las distancias que me gusta mucho y hasta me sobrecoge. 13 horas, 11 minutos y 26 segundos de viaje en el tren veloz de la luz es la distancia que separa el recuerdo de lo concreto; el recuerdo de aquel agosto y septiembre de 1977, fechas del seguimiento en las noticias de la tele del lanzamiento de las sondas hermanas, la Voyager 1 y la Voyager 2. Mi padre me hizo notar el asunto que Rosa María Mateo contaba en un telediario en blanco y negro donde explicaba los pormenores de la misión que se iniciaba, y sonó a novela de Julio Verne, de esas que yo leía en versión de la editorial Bruguera. Los telediarios de verano de la infancia son un recuerdo de polo de limón, el balcón del salón abierto y una calma de césped nocturno en el jardín de enfrente. Mi padre está sentado en el sillón orejero, apoyando la cabeza mientras mira a la pantalla y yo estoy sentado en el suelo sobre mis piernas cruzadas. La velocidad del recuerdo son 34 años que viajan en el interior infinito de la mente propulsados por la energía que brota del corazón. Lo concreto es esa pequeña sonda, la 2, que por alguna razón sigue atrayendo mi atención mientras sigue adelante, bastante sorda, algo ciega, con achaques de artritis, pero con el corazón aún caliente surcando el gélido espacio profundo a 55.690 km por hora. Eso es mucha rapidez. Si cuentas uno, dos, tres y cuatro segundos y haces un cálculo al redondeo, verás el trecho de camino que acaba de hacer y, con todo, será un nada, un pixel en la inmensidad del misterio.

El retén de científicos que se mantienen observando, dicen que la Voyager 1, que está más lejos avanzando en sentido opuesto, está desalecerando suavemente desde hace un tiempo. La Voyager 2 todavía experimenta una ligera aceleración. Para ella, el sol que está iluminando con fuerza esta habitación en esta mañana fría pero luminosa de enero es un punto minúsculo en el lienzo negro del universo, confundido entre otros tantos cientos, miles, millones, billones de puntos similares. No encuentra calor, por tanto, en su viaje solitario. Tras completar una de las misiones más alucinantes, ingeniosas y provechosas que la mente humana ha concebido nunca, contra todo pronóstico sigue trabajando con ordenadores cuyo procesador enrojecería ante el que lleva incorporado cualquier lavadora doméstica de hoy en día. Se calcula que todavía transmitirá datos científicos durante diez años más, y referencias de su distancia durante veinte o treinta. Sin nada que la detenga, sin semáforos, obstáculos, atascos, la próxima vez que pase relativamente cerca de un objeto, la estrella Ross 248, será en el año 40176. Hay una poética de las distancias que sobrecoge, sólo hay que intentar pensarlo un poco y dejarse invadir por el vértigo y, de paso, por el misterio de las ausencias.