Archivo por días: 5 enero, 2011

Reyes

Las zapatillas de Carlos e Isabel ya están colocadas bajo la ventana y, junto a ellas, se apilan un montoncito de paquetes de diferentes tamaños envueltos en papel de colores. Estos serán los últimos reyes de Isabel y eso me jode, digámoslo así, claramente; hay cosas que dan rabia, molestan, fastidian, dan pena. Otras joden, así de simple. Porque los últimos reyes son la primera gran desilusión de la vida y eso es algo que yo no tengo aún asimilado, treinta años después de la mía. La vida nos exige que ante las desilusiones del tamaño de camello respondamos con un silencio de luto al año siguiente y un disimulo que es el primer disimulo social de la vida, la primera aparición de la apariencia a ojos extraños tragándonos el sentimiento. A veces pienso que eso me ha producido rechazo desde siempre y quizá eso explique que al enterarme de la terrible noticia montara un pollo de mil demonios. Mañana, Isabel y Carlos abrirán nerviosos los paquetes del Oriente de la tienda de juguetes. Bendita inocencia la de los niños, que decía la abuela cuando hablaba de los reyes.

He echado un último vistazo a las zapatillas y a los paquetes antes de apagar la luz del salón con la pena contenida en el párrafo anterior y la satisfacción, al menos, del deber cumplido. Con estos reyes y otros que envié muy lejos para que alguien los entregue mañana a una persona que, por un instante, va a volver a creer. Por otra parte, y de manera excepcional porque no es propio de mí desear estas cosas, espero que reciban carbón las personas que volvieron invierno la pasada primavera después de que yo, imbécil de mí, hiciera primavera sus respectivos inviernos. Soy ingenuo, vale, pero que les caiga carbón y a correr. Hay corazones desteñidos por las decepciones de la vida y corazones manchados de hollín de por sí. Los primeros son lavables y no encogen; y siempre admiten una capa de pintura. Esos corazones los tenemos la mayoría. Tú también, sí, , qué te crees, que sólo lees y no pintas nada? Los segundos corazones no tienen remedio.

Yo no tengo nunca reyes, por eso no escribo una carta pero, la verdad, por pedir, esta vez pediría un abrazo.