Archivo por meses: enero 2011

Hormigas

Ahora, a estas horas de la tarde azul a ratos, gris a otros, invernal e invitadora a pasearla o a leerla, veremos luego qué hacemos, puedo ya desvelar, porque de camino estará y no leerá este post hasta que todo acabe, que los productores del programa “El Hormiguero” se pusieron en contacto conmigo preguntándome si podía facilitarles algún dato, alguna historia, alguna anécdota con la que pudieran tejer la visita de David al programa de esta noche, 21:30, en Cuatro. Pues claro, me dije, y me puse a ello. Al otro lado del mail había una persona que escuchaba con atención y un mail llevó a otro y otro más a una llamada telefónica y así hasta esta misma mañana. Y todo en secreto, claro, las sorpresas no hay que desvelarlas. Y aunque del diálogo cómplice con Madrid salió la amable invitación para asistir al directo y el propio David dijo que le haría ilusión, pues no puede ser. Pero no pasa nada.

A David no le he dicho lo que le van a hacer, tampoco lo diré aquí porque, aunque esté de camino, lleva el internet en el móvil y nunca se sabe, así es él de inquieto y curioso. Sólo sabe que puede ir tranquilo, y no es poco y es bueno, no? Que te digan eso: ve tranquilo y disfruta. Lo que no sabe es que si no voy no es por falta de tiempo, ni porque no haya billetes de tren, ni porque los estudios donde se hace el programa caigan lejos (eso pesa, es cierto, para alguien tan poco locomotriz como yo y tan despistado en la cosa de la orientación espacial). Tampoco porque él piense que para esas cosas yo siempre me haga el qué se yo. No. En realidad es porque el viaje, rápido, me pilla en uno de esos bajoncillos de la salud que duplican los kilómetros y aumentan las fatigas. Pero eso es mejor decírselo después de la fiesta, y tampoco quizá sea necesario, porque si no va con la preocupación en la cabeza, así es él, y total, y dado que las cosas tienen su proceso y de la misma forma que el bajón vino se pasará, mejor una preocupación menos. La preocupación es uno de los ingredientes con los que David manifiesta su afecto. La preocupación y la cercanía, como el otro día cuando volvió a aparecer por casa para acompañarme, junto a un grupo de buenos amigos, en la cena de mi cumpleaños. Llega el momento divertido y emocionante en que los amigos te dan, a los postres, unos regalos (momento redundante porque el regalo ya son ellos) y cuando David te da el suyo te da un abrazo y se emociona un poco, o un mucho en un rato pequeño, en el refugio del abrazo, pudoroso que es él. Asthar lo ve y se emociona también y la cámara de Iván, atenta siempre, lo refleja.

Yo miro esa fotografía y me gusta porque creo que refleja mucho lo que hay, tanto tiempo después del encuentro entre fotogramas (agosto de 2009) y más allá del salto generacional: no sé si es él quien se apoya y yo le sustento o si es él quien, con su abrazo grande, arropa y no deja que te caigas. Creo que lo más exacto es que son las dos cosas a la vez. Para mí, es una medicina. David es un hermano, así lo siento y así lo siente, así me comporto y así se comporta, y aunque esta mañana todavía andaba el chaval sintiendo que no pudiera estar allí donde salen las risas sanas de “El Hormiguero” ya le he recordado que estoy aquí. Lo importante es saber que estamos, los kilómetros son cosa secundaria. La amistad es saber eso.

Esta noche, a las nueve y media, le veré y me veré en algunos detalles que él no espera. Y se reirá, seguro, y dará juego, seguro, pero por dentro quizá sienta la reconfortante sensación de saber de dónde vienen las señales. Normal: sabe que hay una luz en el porche. Dentro, alguien sonríe viendo la pantalla del televisor. Eso pasará luego, esta noche. No desvelemos más, que el chico es muy curioso y no sabemos si asomará los ojos a este post.

Todo irá bien, David.

Reunión

Durante unas horas, el servidor que aloja este blog estuvo caído. Yo también. No sé si por empatía o por casualidad pero el blog y yo solemos coincidir. Pasó también lo del arquitecto. Lo del arquitecto y otras cosas más, porque los temas se acumulan, pero no sé por qué, al ponerme a escribir, lo primero que me ha venido a la mente es lo del arquitecto. Fui convocado a participar en una reunión en el estudio del arquitecto. Con el pretexto de proyectar un evento cultural, se habló de catedrales, de nanas, de piedras y de Nueva York. Eso para empezar. Era la segunda vez que me acercaba por allí. Allí es una casona antigua que cuando jugábamos de pequeños daba miedo, abandonada como estaba a las afueras, al otro lado de las vías del tren, gigantesca y tal, cerca de la antigua fábrica Azucarera. Nos hicimos mayores y entraron las palas excavadoras a excavarlo todo (como hicieron con los Bosques de Harper en un capítulo de “Aquellos maravillosos años” que me hizo llorar, ay). Aquí no construyeron un centro comercial sino una urbanización entera. Pero la casa siguió allí, quizá porque seguía imponiendo, y un día apareció con la cara lavada y hasta coqueta. Como si sonriera incluso. Luego llegaron las luces en las ventanas, como si hiciera guiños con los ojos, y empezó a verse a gente entrando y saliendo. Para entonces, ya estaba convertida en el estudio del arquitecto.

El despacho o la sala de reuniones del arquitecto es un sitio muy curioso y es como el Nautilus. No es de extrañar, porque cuando el arquitecto se pone a hablar parece el Capitán Nemo, tan entusiasta es su discurso, apasionado y apasionante lo que dice, visionario en las ideas, explorador de ideas. Juliovernesco. Entras allí y el lugar te recibe con una temperatura confortable que contrasta con la gélida atmósfera exterior. En el camarote/sala de reuniones estamos, al otro lado de la mesa, y de izquierda a derecha, el arquitecto y un perrito que ocupa una silla y apoya la barbilla en la superficie de la mesa. A este lado, y en el mismo orden, un amigo común y yo. Eso quiere decir que el arquitecto y yo estamos en diagonal y que al perrito lo tengo enfrente. Lo del perrito me tiene perplejo. Me habla el arquitecto y el perrito me mira con una expresividad de secretario; le habla a nuestro amigo y el perrito mira a nuestro amigo, moviendo los ojos hacia él y arqueando las cejas. Noto que yo también tengo la ceja levantada. Noto igualmente que el arquitecto me mira con la atención de quien hace caso a lo que dices o, por lo menos, te tiene en cuenta. Me mira, no recuerdo si a través de sus gafas redondas o por encima de ellas o las dos cosas, mientras toma notas con lápiz en un cuaderno de diseño arquitectónico. El formato, el papel, cualquier cosa que imagines seguro que tiene otro formato y que el papel es distinto. Qué escribirá el arquitecto no lo sabemos. Yo escucho. Al arquitecto le pasa como a mí, que tiene tendencia a irse por las ramas. Pero en su caso, la excursión por las ramas resulta apasionante. A veces no queda otro remedio que reconducir la conversación recordando para qué estamos reunidos y hasta en un par de ocasiones me toca la misión de hacer tocar tierra en el suelo. El arquitecto es juliovernesco, ya lo hemos dicho, y a veces su entusiasmo le lleva a hacer una excursión en globo de cinco semanas. El arquitecto me sigue mirando atento y hace un chasquido como de fastidio pero noto que me tiene en cuenta mis observaciones de que hay vértigos imposibles y hasta dice que lo comprende. Da gusto.

También ocurre, pero no lo sabe nadie, el perrito igual porque se dicen cosas muy curiosas sobre la capacidad de los animales para percibir las cosas, que por momentos me encuentro mal. No me duele nada pero me encuentro mal, como si me fuera a faltar algo, no sé. Es algo que me viene pasando desde el sábado, no es psicológico, no es una neura, yo creo que es el problema circulatorio que anda fuera de control porque me despisto, tengo lapsus, me cuesta comprender, se me duermen los pies, las manos, siento una presión en las sienes, es decir, lo de siempre, pero esta vez con un plus que no me gusta nada, como cuando tienes un presentimiento pero no encuentras la brújula para orientarlo en la dirección apropiada. La brújula del capitán Nemo que nos ha reunido en su Nautilus es un iPhone. Dices algo y algo busca. Y con la parte lateral del dedo corazón de la mano derecha barre la pantalla de abajo arriba. No le tiembla nada el pulso, al contrario que me ocurriría a mí. Y el tacto es sutil, eso se ve, como si acariciara a la pantalla. Estará consultando datos de navegación, no sé. Hablamos, reímos, hablan, se ríen. A veces me noto ausente de allí y de mí mismo y me pongo a pensar en la sensación extraña que me acompaña estos días. El perrito me mira con expresión comprensiva, qué cosa, oye. Bien mirado, todo lo que ocurre esa tarde/noche es peculiar. Luego nos despediremos, saldremos al jardín helado y cada uno emprenderá camino de regreso.

De vuelta a casa por la calle solitaria pensaré yo que camino como vacío y una vez en casa me tomo un paracetamol que no me llenará pero que igual alivia un poco la presión en las sienes, que quiere ser dolor de cabeza pero no lo es. Por la noche me darán las mil sentado en el sofá. El cuerpo no se quiere ir a dormir. Solo pretende estar. Y lo consigue.

Teclear

Sí, ya sé; la página está en blanco. Pero tengo taaaaaanto que teclear en otros lares, que si un correo, que si un artículo olvidado y, por tanto, apresurado, que si una gestión, (que si vagancia, también, ha sido un fin de semana muy bonito pero al final uno siente cansancio, normal), que si tal y que si cual y que total, al final se queda la página en blanco. Y creo que voy a aprovechar este magnífico frío sol de invierno para irme caminando a los cines del polígono comercial, caminata de 2 km aproximadamente; y luego tengo una clase pendiente. Después me pondré a escribir, y a mostrar y a compartir algo que ha puesto calor en esta casa, en este corazón, este frío fin de semana.

Señales

Si emitiéramos en este momento una señal de radio hacia la sonda Voyager en forma de escueto “bip” (para no molestar por si duerme o está trabajando), tardaría en llegar a sus sensores la friolera de 13 horas, 11 minutos y 26 segundos viajando a 300.000 km por segundo, es decir, a la velocidad de la luz. Apabullante. Hay una poética de las distancias que me gusta mucho y hasta me sobrecoge. 13 horas, 11 minutos y 26 segundos de viaje en el tren veloz de la luz es la distancia que separa el recuerdo de lo concreto; el recuerdo de aquel agosto y septiembre de 1977, fechas del seguimiento en las noticias de la tele del lanzamiento de las sondas hermanas, la Voyager 1 y la Voyager 2. Mi padre me hizo notar el asunto que Rosa María Mateo contaba en un telediario en blanco y negro donde explicaba los pormenores de la misión que se iniciaba, y sonó a novela de Julio Verne, de esas que yo leía en versión de la editorial Bruguera. Los telediarios de verano de la infancia son un recuerdo de polo de limón, el balcón del salón abierto y una calma de césped nocturno en el jardín de enfrente. Mi padre está sentado en el sillón orejero, apoyando la cabeza mientras mira a la pantalla y yo estoy sentado en el suelo sobre mis piernas cruzadas. La velocidad del recuerdo son 34 años que viajan en el interior infinito de la mente propulsados por la energía que brota del corazón. Lo concreto es esa pequeña sonda, la 2, que por alguna razón sigue atrayendo mi atención mientras sigue adelante, bastante sorda, algo ciega, con achaques de artritis, pero con el corazón aún caliente surcando el gélido espacio profundo a 55.690 km por hora. Eso es mucha rapidez. Si cuentas uno, dos, tres y cuatro segundos y haces un cálculo al redondeo, verás el trecho de camino que acaba de hacer y, con todo, será un nada, un pixel en la inmensidad del misterio.

El retén de científicos que se mantienen observando, dicen que la Voyager 1, que está más lejos avanzando en sentido opuesto, está desalecerando suavemente desde hace un tiempo. La Voyager 2 todavía experimenta una ligera aceleración. Para ella, el sol que está iluminando con fuerza esta habitación en esta mañana fría pero luminosa de enero es un punto minúsculo en el lienzo negro del universo, confundido entre otros tantos cientos, miles, millones, billones de puntos similares. No encuentra calor, por tanto, en su viaje solitario. Tras completar una de las misiones más alucinantes, ingeniosas y provechosas que la mente humana ha concebido nunca, contra todo pronóstico sigue trabajando con ordenadores cuyo procesador enrojecería ante el que lleva incorporado cualquier lavadora doméstica de hoy en día. Se calcula que todavía transmitirá datos científicos durante diez años más, y referencias de su distancia durante veinte o treinta. Sin nada que la detenga, sin semáforos, obstáculos, atascos, la próxima vez que pase relativamente cerca de un objeto, la estrella Ross 248, será en el año 40176. Hay una poética de las distancias que sobrecoge, sólo hay que intentar pensarlo un poco y dejarse invadir por el vértigo y, de paso, por el misterio de las ausencias.

Nieblas

nieblaEn plural, porque una cosa es que haya mucha niebla y otra que haya muchas nieblas. Ya se despejará y se verá que tengo razón. Si no, no pasa nada. Al asunto: la foto de la derecha. ¿A que parece una imagen de las que transmitía la CNN en las noches de los bombardeos de Irak? Pues no. Está sacada desde la ventana de la parte trasera de mi casa esta pasada madrugada. No podía conciliar el sueño aunque tenía que madrugar. Pero cambiar el ciclo de sueño es lo que tiene, que luego no hay manera. Sales a por algún bocado de algo dulce a la cocina, te asomas a las ventanas y ves esa niebla que todo lo envuelve de forma silenciosa, blanda y sobrenatural. Me gusta porque hace que me sienta a refugio, o que sienta la casa como refugio. La cama ya ni te cuento. Otra cosa es tener que “amanecer” así, pongamos la palabra entre comillas porque he amanecido de noche y con esa misma niebla que se mete hasta los huesos he partido hacia asuntos laborales.

Sonaba Mozart a través de los auriculares durante el viaje, flotando en la nada, el tren, la música de Mozart, yo mismo. Ayudaban las manos prodigiosas de Alfred Brendel y sus movimientos de garganta aunque no se vieran, porque este hombre controla las transparencias mozartianas tensando y destensando los músculos de la mano desde la garganta, como si de allí partieran los movimientos y los hilos de un primoroso titiritero que consigue dar vida y creencia a lo inerte. Eso pasaba esta mañana mientras al sol se le suponía poco a poco.

Hay nieblas, sí. Nos movemos en ellas. Basta con observarse y observar a los de alrededor, sano ejercicio tanto el uno como el otro, más difícil el primero que el segundo, y ves, valga la paradoja, que nos movemos entre nieblas. Existen zonas de nuestra geografía interior por las que nos movemos a tientas; otras, molestas, las tapamos con niebla artificial, como los efectos especiales de las películas. Y hay zonas luminosas que resultan ser espejismos. Esas son las que más abundan y las más nebulosas al final. Si estuviera en edad de decir eso de cuando yo sea mayor quiero ser, me gustaría ser psicólogo, pero bueno a ser posible, de los vocacionales y no vacacional; de los que miran y ven, y no miran y punto; de los que atan el cabo remontándose al pliegue de un gesto, o de una mentira sorprendida, o de una frase informal. Me gustaría ser psicólogo, sí, lo que pasa es que lo pasaría mal y creo que luego hasta lloraría después, a solas, porque el llanto, ya lo decía Saramago mientras dejaba llorar a Blimunda unos párrafos, purga y libera, consuela y repara.

No nos extrañemos de que este post esté saliendo inconsistente, en zigzag. Cae la tarde, no he encendido todavía la luz y al otro lado de la cortina una capa de niebla gris envuelve el edificio. Voy tanteando, por tanto. Ocurre también que he estado en el hipermercado después de comer ayudando a mi madre a hacer la compra y al meterla en el coche (a la compra, no a mi madre) me he dado un golpe en la cabeza tonto, tonto pero buen golpe; un poco más y no hay post. Para consolarme me he comprado un par de donuts de chocolate. Hay que mimarse. Mi madre me ha retirado el pelo de la parte derecha, junto a la sien, y ha dicho nada y siéntate que dejo el carro, ambas cosas ha dicho y como si yo tuviera seis años. Y la niebla, el frío, las estrellas que giraban en torno a mi cabeza, los donuts en el regazo del abrigo y el murmur de las ruedas del carro de la compra alejándose rumbo a su propio aparcamiento ha configurado una momentánea atmósfera a la que me he entregado sin que me importara sentir un dolor de cabeza de seis años y no de cuarenta y uno.

Vuelvo a tener poco a poco la edad que me toca mientras el dolor se va convirtiendo en un aturdimiento vago, proporcional al porrazo y nada más. A mi espalda, el radiador hace lo que tiene que hacer, irradiar un calor confortable. A mi izquierda, yo diría que se filtra frío a través de la ventana cerrada. La tarde llama a refugio y la gente camina por la calle surgiendo de la nada y perdiéndose en ella. Lo de todos los días pero con niebla, vamos.

Cumpleaños

Hoy es mi cumpleaños. 41. Miro perplejo el número, incluso lo he pronunciado hace unas horas hablando con Esther, y se me hace extraño, no sé si porque no me identifico con ese número o porque no me importa. En cualquier caso, como me voy haciendo mayor, voy aprendiendo cosas, y lo que he aprendido este año es que lo importante es cumplir. Estar. Para las personas a las que la medicina nos ha puesto la etiqueta “irreversible” en el apartado diagnóstico, un cumpleaños no es un día cualquiera. Hombre, tampoco soy de los que tira cohetes, pero por lo menos es para pararse a pensar un poco en ello, en que no es un día cualquiera. Eso pasa cuando abro los ojos cada 15 de enero y pienso, como si paladeara cada palabra: hoy es mi cumpleaños. Y así empieza el día.

A veces, y este año es una de esas veces, también ocurre que la noche anterior, con el portátil en las rodillas, sentado en el sofá frente a la tele, y con mi madre jugando a la maquinita de los Sudokus, en el otro sofá que forma ángulo recto con este, a mi derecha, pues ocurre que le miro de reojo, concentrada como está en los números, y me veo con ella, por ejemplo, en el pasillo del Hospital de Navarra en un día de 1983, o de 1987, o de 1995, o de 1999, o de 2006. Elijas el año que elijas allí estábamos los dos. Y estar aquí los dos, ella con lo sudokus, yo tecleando este post, y la tele pasando una peli, hace que se me ponga una sensación en forma de hormigueo en las sienes, no sé cómo explicarlo. Lo importante es que no es una sensación mala, al contrario.

Este cumpleaños vienen los sobrinos. Tan contentos y es comprensible: es el primer cumpleaños del tío en el que no hay cole. No había caído yo. Ellos sí. Los sobrinos son muy despiertos. Comeremos fuera. Un día así me gusta dedicármelo a mí mismo, y tentaciones tuve de hacer una escapada en el día y pasear por otras calles o por otros bosques, según destino. Pero este año es casero y familiar. Y tranquilo. Para el próximo sábado -cosas de las agendas- queda pendiente una pequeña cena en casa con unos amigos así que este será un cumpleaños en dos actos. Y eso está bien porque será otro recordatorio de que estamos. La gente que me rodea, yo, todos. Estamos. En mi caso no hace falta que llegue un 15 de enero que me le recuerde pero me ayuda a compartir la vivencia con quienes quiero y me quieren.

Clase

Es mediatarde, llaman al timbre y es martes. Quién puede ser, a ver.

Pues B.

B. returns. Vuelve tras el paréntesis vacacional. El chaval que sale del ascensor es B. no cabe duda, pero ya es definitivamente otro B. Pronuncia ese hola tan característico y que conocemos de sobra y ya no avanza titubeante y muy pegado a una de las paredes del pasillo sino que avanza cabizbajo haciendo un zigzag despreocupado, como si la preocupación estuviera en otra cosa que en mantener la línea recta del andar. Entonces ocurre algo accidental que se torna revelador: se paga la luz del rellano y todo él es una sombra. Y la sombra va a ser un anuncio porque está claro que viene cabizbajo, como abrumado por algo; lo que no está claro, obviamente, es la causa. Pero notarse, se nota. ¿Qué tal?, pregunto yo en un alarde de originalidad. Bfff, responde él. Y pasa a mi lado, entrando a casa, como de refilón. Algo pasa, sí.

El cuaderno de B. le espera sobre la mesa, abierto en la página que dejó en diciembre y con el lápiz y la goma de borrar. Él se quita su cazadora y la coloca cuidadosamente en el respaldo de la silla. Silencio en todo momento. Habrá que romperlo, lo sé, pero es que los movimientos de B. cuando se envuelve en un silencio hermético son algo contagiosos. Voy a probar a ver como si nada.

-Has crecido, ¿eh?
-No sé, qué se yo -responde encongiéndose del hombros
-Sí, has crecido, antes me llegabas al hombro y ahora ya estamos a niv…
-No sé.

Vaya. Probemos otro frente.

-¿Qué tal las vacaciones?
-Bfff.
-¿No han ido bien?
-Sí, eso sí.
-Entonces han sido cortas.
-Claro.

B. sonríe mediante una sonrisa breve y me mira por primera vez.

-¿Y la vuelta ha sido dura, ¿no?
-Bfff.

B. vuelve a bajar la mirada. Eso pasa por preguntar lo obvio.

-Dame un do, anda, que desde el año pasado no me das uno

Chiste facilón la referencia al año pasado, vale, lo sé; B. entona un do que resulta ser un si. Y pone cierta cara de fastidio por el fallo y yo pienso que ese sí (que es un no, por eso la cara de fastidio del chaval) tiene algo de significativo. Porque si hubiera sido un re, pues nos vamos un tono, ya puestos a irnos, nos vamos un tono; pero un sí está a medio tono del do. Y ese quedarse a medias tiene algo de languidez, como la atmósfera que ha traído B. a casa.

El resto de la clase, primera tras las navidades, pasa sin novedades. No puede hacerse ninguna objeción a la respuesta de B. al trabajo, ningún reproche. Responde a lo que tiene que hacer con eficacia, unas veces con un acierto rápido y rotundo, otras veces yéndose por las ramas de Plutón, porque cuando su atención se va, se va lejos. Pero él mismo es quien efectúa el viaje de retorno, adopta una posición erguida en la silla, como quien se despierta de algo, y vuelve a concentrarse en el cuaderno.

Terminamos el dictado y hago un trato con mi cuaderno de trabajo para que no me delate y guardemos ambos el siguiente ejercicio para otro día, como si no existiera. El dictado ha sido laborioso, como de cuesta de Enero, normal, cuesta arriba todo va más lento. Pero sobre todo porque prefiero hacer una observación:

-Te veo quemadillo, ¿eh?
-¿Eh?
-Que te veo quemadillo…
-Es que es el cansancio, no sé.
-¿Mucho cansancio?
-Sí, y la falta de tiempo.

Puntos suspensivos.

La falta de tiempo es una constante abrumadora que B. refiere desde, aproximadamente, octubre.

-¿Habéis empezado duro el trimestre?
-No. Pero ha empezado.
-Ya
-…
-La semana que viene irá mejor.
-A ver.
-Te veo el próximo martes, ¿vale?
-Vale, claro.

B. se incorpora y se pone la cazadora. Dice Adiós pero lo dice antes de tiempo. Porque aún tiene que abrocharse la cazadora, salir de la habitación, atravesar la casa y salir al largo pasillo que le conduce al ascensor. Ese Adiós prematuro puede pensarse como una intención de poner punto final a más conversación, sea del tipo que sea. Pero estoy convencido de que es un Adiós automático, dicho por quien tiene la cabeza en otro sitio o en varios. Vamos a distendir un poco la excursión hasta la puerta.

-¿Alguna peli que hayas visto estas navidad…?
-No.
-Ah.
-…
-…
-Sólo amigos.
-Amigos, entiendo.

B. sonríe de nuevo brevemente. Brevemente no quiere decir una sonrisa fugaz en el tiempo, sino de poca amplitud, como tristona, cansada, pero evidente. Es característico en B. que cuando sonríe te mira. Siempre. Las sonrisas necesitan mirar; si no, no encuentran su sentido.

-Bueno, pues nada.
-Bueno, ánimo.

Cabría pensar que el enorme potencial intelectual de B. está entrando en conflicto con esta adolescencia precoz, analizando y encontrando respuestas confusas o respuestas en blanco, algo a lo que no está acostumbrado. Pero creo que lo que él llama cansancio físico es un abatimiento del ánimo motivado por un descubrimiento que trajo de imprevisto el otoño: el sentido de la responsabilidad, cuando éste es acusado, trae consigo el peso de la culpa. Y eso es nuevo, y se hace extraño, y agota.

Estados

Tengo un cierto peso en el corazón de tristeza. Cierto peso, no mucho; o quizá es una melancolía, que definiría con mayor precisión la sensación porque tiene más letras y se explica mejor. Quizá más que un sentimiento sea un presentimiento, no lo sé y tampoco importa. Lo que sé es que durará hasta las nueve y media aproximadamente y que luego se adormecerá, eso sí lo sé. Quedará la duda de si el destino nos ha tocado en el corazón para advertirnos que teníamos que haber estado en otro sitio a la hora precisa y no precisamente aquí. Sólo es eso: un apunte, una constatación; para eso sirve también un blog, sobre todo para eso: para apuntar lo que pasa, lo que está pasando, lo que pasó y lo que se nos pasó (aunque no sepamos qué, pero lo sintamos).

Salvo este ay suave que ha irrumpido (aunque no de manera inesperada) en esta tarde, todo está bien.

Parecidos

Ayer por la noche decidí a asomarme al primero de los tres episodios que componen “Sherlock”, la serie de la BBC que ha puesto moderno al personaje y a todo su imaginario. Llevaba tiempo con el ojo puesto en ella hasta que ayer decidí ver, al menos, el comienzo, como hago cuando ojeo una novela, leer la primera frase a ver cómo suena, qué resonancias deja. Me puse con esa intención porque era tarde y el episodio, largo, noventa minutos. Oye, hipnosis. Fascinante. Pasaban los minutos y la atención quedó atrapada en un ritmo frenético y apasionante, pero realmente frenético y realmente apasionante. Y me dieron las cuatro y media de la madrugada de felicidad y sin agobio porque, total, mañana, es decir, hoy, es domingo. A veces se me olvida que los fines de semana se inventaron para poder hacer una rutina distinta a los otros días. Se terminó el episodio, me comí un mazapán y al pasar delante de un espejo reconocí en mí mismo, inesperada y fugazmente, la imagen de mi padre. Fue curioso porque no lo reconocí en mi cara sino en el perfil de mi hombro. Curioso pero no extraño; a fin de cuentas, el sábado próximo cumplo 41 años y me voy acercando a la edad que mi padre tiene en mi memoria. Enseguida le alcanzo. Y eso sí que es raro: que los hijos tengan más edad que sus padres. Eso pasa si te mueres. Que te pierden, pero un día te ganan, no sé si me explico.

Hoy me he levantado tarde, normal, con la imagen reciente de ese Watson y de ese Sherlock (obsérvese el orden) y con ganas de hacer los deberes pendientes. Será por el mazapán, la energía que da el azúcar, qué se yo pero así es. Y he escrito la colaboración semanal en una publicación local, he revisado las pruebas que la editorial me envió para publicar una tanda de cuatro armonizaciones sobre sendas melodías vascas y he respondido a la petición siempre bien recibida del Servicio de Actividades Culturales de la Universidad de Navarra solicitando un tema para una conferencia musical hacia finales de febrero. Me escribieron el día 4 y, como hay confianza y me gusta hacer las cosas bien, pedí que pasara la cabalgata para ponerme a pensar el tema de la charla. Y ya lo tengo.

No sé si tengo más deberes hoy, si los tengo los he olvidado porque mi cabeza no es la que era, no pesarán los años pero la memoria desde luego, tampoco, puesto que parece deshacerse con una facilidad insólita. Voy a internarme en el ecuador de este “Sherlock” apabullante y estaré atento a los parecidos que empiezan a mostrar los espejos. Aún quedan algunos mazapanes.

Alcobas

Un ladrón en la alcobaEs curioso comprobar cómo las películas de los años 30 han envejecido notablemente de 20 años a esta parte. Quizá no han cambiado las películas, hemos cambiado nosotros. Si la comedia de los años 30 nació y brilló para poner luz durante hora y media en el triste panorama social resultante de la Gran Depresión norteamericana, esta crisis global nos alcanza refugiándonos en la contemplación de las truculencias ajenas que desfilan en los sálvame de la tele. No lo digo yo, lo dice el share y lo dicen también los empresarios de las salas. Ha cambiado en nosotros también, inevitablemente, la forma de leer y comprender la imagen. Aún así, y precisamente por eso, es fácil advertir con regocijo que los cinco primeros minutos de “Un ladrón en la alcoba”, o “Trouble in Paradise”, de 1932 y de Ernst Lubitsch el grande, atesoran un talentazo difícilmente encontrable en los tiempos de las 3D y el arsenal digital. Las frases ingeniosas, el ritmo en los diálogos, los dobles sentidos, las alusiones sutiles y mordaces, envueltas las unas en las otras y viceversa, abundan sin descanso. Y la cámara está siempre donde tiene que estar para contar la historia, eficaz y sin alardes, indispensable y sin hacerse notar, como tiene que ser, pasándoselo bomba jugando con cortinillas, transiciones, grúas y demás elementos al servicio de las correrías de este ladrón de guante blanco, Gastón Monescu, que sube y baja escaleras a toda velocidad, besa elegantemente la mano de las señoras adineradas de Venecia mientras les birla las perlas y todo sin arrugarse el impoluto traje. Para llamarse Gastón Monescu merece la pena ser ladrón por un rato en blanco y negro y con gomina.

Un ladrón en la alcobaHay un talento en Lubitsch que tropecientos años después no vamos a descubrir, o sí, porque habrá generaciones, hay generaciones, refractarias al blanco y negro donde se esculpieron a golpe de brillantez las grandes comedias de la alta comedia. Su habilidad para poner en marcha el engranaje del juego y dominarlo a la perfección, con sus equívocos, sus trampas, la pizca romántica al cóctel ácido, su concesión al claro de luna, la gamberrada súbita, la cita recurrente (la de las enamorados y la que se pronuncia), los enredos que suceden tras las puertas que se nos cierran en las narices dejando a la cámara compuesta y sin saber qué hacer, la elipsis que apela a la complicidad del espectador y agiliza veloz el ritmo, valor sagrado en toda comedia que merezca tal nombre, todo eso y mucho más es Lubitsch. Mucho más es la mala uva y la buena intención, el decir sin decir diciendo, y, como ejemplo, esta comedia maravillosa recién editada, al fin, en dvd.

Mi adolescencia es un ciclo Lubitsch de la segunda cadena grabado con mimo en cintas beta, desde “Montecarlo” hasta “La dama de armiño”, qué quieres que le haga si para mí era descubrir un tesoro tras otro cada semana: “To be or not to be”, “El bazar de las sorpresas” y este Ladrón en la alcoba en la que hay ladrones de joyas y de corazones, donde tras la frase seria hay un inserto de un gondolero dándole al osolemío pero llevando basura en lugar de amores que al final, lo más probable, es que terminen en el vertedero y donde en el momento en que la temperatura sube y hay que meterse en la cama, y no precisamente por fiebre, la cámara se las arreglará para salirse con la suya en un tiempo en el que no se podían mostrar según qué calenturas.

“¿Sabes, François? El matrimonio es un precioso error que dos personas cometen juntas. Pero contigo, François, sería sólo un error”, dice frívolamente Madame Colete haciéndose la lánguida al tiempo que da vueltas a la aceituna del cóctel. En el piso de arriba una sombra se desliza furtivamente con la combinación de una caja fuerte en la memoria y un gondolero canta a la luz de la luna. La brisa balancea las cortinas a medianoche.