Archivo por días: 31 diciembre, 2010

Rituales

Ver a mi madre preparar el pavo de Navidad me tranquiliza. Verlo, verla, sentirla yendo y viniendo del salón a la cocina, entrar aquí como acaba de hacer mientras ponía título a este post, escuchar los sonidos provenientes de la cocina o adentrarme yo en ella y ver cómo efectúa los movimientos, los aliños, los cuidados que pone en algo que sucede dos veces al año, por Nochebuena y, desde no se sabe cuándo pero seguramente por petición popular, con reposición en Nochevieja, como hoy.

Me tranquiliza y me resulta reconfortante. Creo que esas son las palabras que mejor definen lo que ocurre. Mi madre prepara un pavo navideño de esos que requieren la lentitud de horas, como todos los guisos que necesitan dedicación y afecto. Lo viene haciendo desde que yo tengo uso de razón. Desde entonces, no deja de sorprenderme oirla entrar en el salón, abrir la puerta baja de un armario y sacar una botella de licor para remojar el pavo una vez el relleno está preparado. Me sorprende porque durante el resto del año esa puerta y ese armario no parecen haber existido en casa, y no digo la botella de licor, que aquí nadie bebemos, excepto el pavo del año anterior. Y el sonido de esa puerta y el olor a alcohol perfumado que impregna la atmósfera durante unos segundos te transporta, porque es el mismo sonido y el mismo olor, a esos inviernos de hace muchos años, cuando mi padre leía el periódico en su sillón y todavía no era la ausencia en sordina que ya es, o la presencia en dos fotografías en blanco y negro que mi madre tiene en un rincón discreto del salón. En una, de niño, mira muy serio a la cámara. En la otra, ya convertido en mi padre, sonríe de perfil como lo hace ahora mi hermano, qué curioso.

Vengo de la cocina. Es fascinante ver cómo mi madre atiende varias cosas a la vez, desde el pavo hasta la preparación de las bandejas de dulces y turrones, cómo aprovisiona el frigorífico, deja en la encimera un tarro con algo para que vaya cogiendo temperatura, bisbisea como si repasara una lista de cosas y todo con la seguridad que hace posible efectuar movimientos tranquilos pero precisos y eficaces. Yo miro y robo una figurita de mazapán, como los niños, o vengo aquí para seguir escribiendo. Luego seré yo quien ponga la mesa antes de que vengan mis hermanos y mis sobrinos, que ya han llamado tan contentos porque esta noche es la fiesta de las uvas y van a venir a casa de la abuela. Todo son rituales que dejan un poso reconfortante. Salgo brevemente a la tarde fría a poner el calor de los abrazos a los cercanos, felicitando la Navidad cuando es Navidad y el nuevo año cuando está a punto de llegar, y al regresar a casa y salir del ascensor el olor a pavo ya hecho, penetrante, acogedor, te conduce a lo largo del pasillo y te sale a recibir a la puerta diciéndote que adelante, adelante, que seguimos estando, y es lo que importa.

Ha dicho mi madre que esta noche, en la mesa, se va a sentar a mi lado, como en Nochebuena.