Ejercicio

Recordar de pronto que tienes consulta en el hospital y confirmarlo con el papelito de citación da mucha pereza.

Da mucha pereza de cualquiera de las formas pero así, en mitad de un puente festivo, por la tarde además, el cielo oscuro a punto de diluviar, pues ya me dirás. El panorama del hospital era poco hospitalario esta tarde: el medio kilómetro de pasillo, metro arriba, metro abajo, podía servir de pista de aterrizaje, libre (y reluciente, todo sea dicho en honor de los servicios de limpieza) como estaba. Y las congestionadas salitas de espera que atraviesas mientras avanzas aparecían vacías, llenas de sillas bien colocaditas, silenciosas, como extrañadas ellas mismas o agotadas del trajín mañanero. Pero sobre todo el silencio, sí, eso es lo más llamativo. Porque este hospital es de todo menos silencioso. Aquí, el cartelito ese de la enfermera de rostro beatífico que se lleva el índice a los labios como diciendo, sssh, que esto es un hospital, resultaría un fracaso. De hecho, no está ni se le espera.

A mí se me esperaba en la consulta 22 aunque a la altura de la 31 a la 30 me ha asaltado la duda de si el servicio de citaciones se habría confundido de día porque no se oía nada, no se veía un halo de luz. Pero, infatigable al desaliento, ejerciendo como tiene que ser, al pie del cañón, el médico esperaba junto a una enfermera oronda en la consulta. Como quien dice, ha sido llegar y besar el santo, sustitúyase el besar por un apretón de manos y el santo por el médico. El hombre es buen tipo, pero tampoco lo elevemos a los altares aprovechando la insólita y novedosa rapidez vaticana para estas cosas.

Hoy el médico se ha encogido de hombros diecisiete veces.

No es que le haya hecho diecisiete preguntas, no. Es que a veces responde encongiéndose de hombros una vez y a veces se encoge de hombros dos, y si te quedas mirándole con la ceja levantada, igual cae una más. Mucho ejercicio hace este hombre. Atendiendo a lo que nos ocupa y preocupa, ha resultado que la acción de quitarme el medio litro de sangre que me quitaron hace unas semanas con la urgencia que indicaban los números rojos del monitor no ha servido para nada porque estamos donde estábamos. No lo digo yo. Lo dice el médico y mi médula sobre la cual no parece que ejerza yo mismo influencia alguna. Y eso?, he preguntado. El médico se ha encogido de hombros. Pero es normal? (hombros arriba y abajo de nuevo)

A veces el médico acompaña el ejercicio de hombros con un hombre… o con un hombre, pues… pero poco más. Yo me he atrevido a dejar caer la reflexión siguiente: si en su día urgieron los numeritos de los análisis a quitar medio litro de sangre y hoy esos numeritos dicen lo mismo, lo lógico es pensar que la cosa sigue igual de mal; más aún, peor, porque se ha procedido a hacer algo que se supone serv…

-Hombre… ya… bueno… no sabemos…

El no sabemos, sí. No sé la de veces que he escuchado el no sabemos la causa de tu enfermedad aún, no sabemos qué efectos secundarios provoca la medicación que te hace moverte y que cuando salgas de aquí te hará teclear un post, seguro que lo tecleas, eso lo sabemos, etcétera. Lo que no esperaba el buen hombre es que interrumpiera su lista de no sabemos con esto:

-Y el colesterol?
-Perdón?
-El colesterol. Qué tal.

Es normal que al médico le haya pillado por sorpresa lo del colesterol porque entras un día allí con once años de edad y en esas épocas cuenta todo menos el colesterol. Lo que pasa es que en unas consultas de nada, los once años se convierten casi en cuarenta y uno y uno ve en los anuncios lo del colesterol bueno y el malo, y un dibujito animado de unas arterias con tropezones, un corazón bombeando y la cara de un señor canoso bebiendo una leche de estas horrorosamente artificiales y, claro, da que pensar.

El médico ha hecho así con la ruedecita del ratón y la pantalla, antes poblada de números rojos, ha dado paso a números azules. En la bolsa, los números verdes son los buenos. En la consulta, son azules.

-El colesterol está bien.
-Ah, bueno.
-Estás a ochenta de tocar el umbral donde deja de ser normal.

No sé si estoy a ochenta colesteroles, gramos, años o qué, pero es una cifra razonable. Lo digo sobre todo para evitar tener que tomar lo que el señor canoso de los anuncios toma con una sonrisa de satisfacción ante lo ingerido un poco sospechosa aunque eficaz. Como de Actor´s Studio. El médico ha sonreído también con satisfacción y yo he hecho lo mismo por mimetismo y porque terminábamos pronto. A la enfermera le había explotado un boli en el bolsillo del pecho, y una hemorragia azul, como de sangre regia o de asesinato literario escrito a mano, se extendía por la tela blanca.

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