Archivo por meses: diciembre 2010

Rituales

Ver a mi madre preparar el pavo de Navidad me tranquiliza. Verlo, verla, sentirla yendo y viniendo del salón a la cocina, entrar aquí como acaba de hacer mientras ponía título a este post, escuchar los sonidos provenientes de la cocina o adentrarme yo en ella y ver cómo efectúa los movimientos, los aliños, los cuidados que pone en algo que sucede dos veces al año, por Nochebuena y, desde no se sabe cuándo pero seguramente por petición popular, con reposición en Nochevieja, como hoy.

Me tranquiliza y me resulta reconfortante. Creo que esas son las palabras que mejor definen lo que ocurre. Mi madre prepara un pavo navideño de esos que requieren la lentitud de horas, como todos los guisos que necesitan dedicación y afecto. Lo viene haciendo desde que yo tengo uso de razón. Desde entonces, no deja de sorprenderme oirla entrar en el salón, abrir la puerta baja de un armario y sacar una botella de licor para remojar el pavo una vez el relleno está preparado. Me sorprende porque durante el resto del año esa puerta y ese armario no parecen haber existido en casa, y no digo la botella de licor, que aquí nadie bebemos, excepto el pavo del año anterior. Y el sonido de esa puerta y el olor a alcohol perfumado que impregna la atmósfera durante unos segundos te transporta, porque es el mismo sonido y el mismo olor, a esos inviernos de hace muchos años, cuando mi padre leía el periódico en su sillón y todavía no era la ausencia en sordina que ya es, o la presencia en dos fotografías en blanco y negro que mi madre tiene en un rincón discreto del salón. En una, de niño, mira muy serio a la cámara. En la otra, ya convertido en mi padre, sonríe de perfil como lo hace ahora mi hermano, qué curioso.

Vengo de la cocina. Es fascinante ver cómo mi madre atiende varias cosas a la vez, desde el pavo hasta la preparación de las bandejas de dulces y turrones, cómo aprovisiona el frigorífico, deja en la encimera un tarro con algo para que vaya cogiendo temperatura, bisbisea como si repasara una lista de cosas y todo con la seguridad que hace posible efectuar movimientos tranquilos pero precisos y eficaces. Yo miro y robo una figurita de mazapán, como los niños, o vengo aquí para seguir escribiendo. Luego seré yo quien ponga la mesa antes de que vengan mis hermanos y mis sobrinos, que ya han llamado tan contentos porque esta noche es la fiesta de las uvas y van a venir a casa de la abuela. Todo son rituales que dejan un poso reconfortante. Salgo brevemente a la tarde fría a poner el calor de los abrazos a los cercanos, felicitando la Navidad cuando es Navidad y el nuevo año cuando está a punto de llegar, y al regresar a casa y salir del ascensor el olor a pavo ya hecho, penetrante, acogedor, te conduce a lo largo del pasillo y te sale a recibir a la puerta diciéndote que adelante, adelante, que seguimos estando, y es lo que importa.

Ha dicho mi madre que esta noche, en la mesa, se va a sentar a mi lado, como en Nochebuena.

Virus

Pero no de los de ordenador. De los otros. De vómitos, dolor de cabeza y cansancio grande. Eso es lo que pasa. O quizá no. Porque también se pone a ratos un dolor en la parte de la vesícula que no es nuevo porque viene pasando de un tiempo a esta parte pero, en fin, hasta ahora era dolorcillo y no “esto”. Un médico miró hacia la vesícula mientras le refería yo lo que me pasaba o respondía a sus preguntas, que no me acuerdo, cuando dijo de un colega suyo, hay que tenerlos cuadrados para no pedir ni una ecografía, que de eso sí que me acuerdo. En casos así me siento como un espectador de un partido de tenis, que mira con la cabeza ahora hacia este médico, ahora hacia este otro; también, ahora que lo pienso, me podría sentir como la pelota que va de esta raqueta, zas, a la otra, zas, y de vuelta (y devuelto, por lo del virus, vesícula o lo que al final sea, a saber)

Pues eso ha pasado.

Y como hoy me tocaba hacer un viaje rápido, viaje a fin de cuentas, pues al final ha sido como una cosa ralentizada. Imagina, subido a un bus, con su sonido de motor rancio, 100 km por delante, y mi estómago centrifugando y unas bilis o unas salivas raras en el gaznate. Un puerto de primera (o deprimente) lo de los 100 km interminables. Pasa que a veces para pasar el trance me da por hacer un poco el gamberro con la vecina y le he mandado un sms para ponerle en situación y comunicarle que, en caso de no llegar al 2011, heredaba el libro de Sonatas de Scarlatti que desde mil novecientos y mucho está en el atril de mi piano digital y tal y que a ella, allá por el dos mil cinco, le daba mucha risa. Verlo ahí en perpetuidad, no Scarlatti. Y como ahora tiene ella un piano digital y tal pues mira, que si eso que se lo lleve a condición, eso sí, de que lo ponga en el atril de su instrumento al menos una década. Me ha respondido diciendo que le pidiera al chófer del autobús una bolsa de las de vómito y sólo de leerlo casi me da un (mayor) mal. Eso me pasa por mandar ciertos sms. Pero al menos no me puedo quejar de cuidados y mimos por parte de la vecina.

Tengo cinco libros para leer, cuatro películas para ver y tres post empezados pero guardados en la despensa a medio cocer porque ya debía estar barruntando yo algo (barruntar es un verbo que llama la atención a algunos lectores de este blog; me preguntan por el verbo y yo respondo que me gusta: el murmur, el significado asociado al murmur. Un verbo muy gráfico, vamos). Pero lo mejor es que hoy me han dicho que mis dos sobrinos vienen a cenar en Nochevieja y a tomar las uvas. Y a mí que de natural me pone tristón la Nochevieja pues me ha dado una alegría y de repente me ha apetecido la Nochevieja. Cenar con mi madre, mis hermanos, mis sobrinos. Son mi verdadera familia, junto con los amigos. La verdadera familia está constituída por aquellas personas que sientes como tal familia, da igual que compartas árbol genealógico o bosque. A ver si paso el antivirus para pasar el virus o si se aplaca un poco la furia de la vesícula o lo que sea que se ha despertado hoy, de pronto, y me ha dejado hecho un trapo, aunque no me lo notes porque estoy tecleando desde un portátil que tiene unas teclas muy blanditas y es como si los dedos fueran los pies de un gato, y van mullidos sobre las teclas y marchan solos.

A descansar.

Navidad

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Armonización para voces blancas de un villancico tradicional asturiano. Trabajo realizado en 2007.
Fragmento interpretado por Coral Barañáin.

Carta

Querido Santa Claus,

como este año he sido bueno espero que me traigas en el saco las cosas que te pido en esta carta. Si hace falta dejarles a los renos un platito de galletas untadas en nocilla, cuenta con ello.

Pues mira, yo lo que quiero este año no lo anuncian en la tele porque como sale todo el rato el sálvame de tal y el sálvame de cual y allí se ponen todos a pacer las viandas que les llevan las señoras de Valladolid o de Jerez de la Frontera pues no da tiempo a que lo anuncien pero da lo mismo porque seguro que te queda. Lo que me gustaría no es tanto que me quieran sino aprender a querer bien porque he descubierto que querer bien, siendo algo que nace de natural y de buena fe pues es cosa algo complicada. Yo persevero pero me gustaría una caja mayor donde vengan los dados, los cubiletes y las instrucciones del siguiente nivel para mejorar y preparar con buen ánimo y fortaleza esas primaveras que a veces se te clavan en el corazón o ese verano donde desaparezco, estando.

También quiero ser, sin más; así, ser, en las buenas y en las malas, y para eso te pido una brújula que marque el norte de las emociones aun en noches de tormenta y zozobra. Si no es abuso de confianza, también me gustaría incluir en la lista pilas para seguir soñando y una linterna para cuando, despierto, me interne en los bosques donde se viven aventuras y se juega entre risas, siseos, secretos de mantel y postres de chocolate, conspiraciones para encontrar melodías, historias, o para conservar en blanco y negro la memoria de los besos. Y construir. Un Lego de piezas de colores para los tiempos transparentes o los días en los que el mundo parece una radiografía en rayos equis. En fin, todas esas cosas que me dan el oxígeno para seguir sin que me decante demasiado por la cuesta abajo del desencanto.

Me gustaría también vivir una noche de Navidad una mañana de Febrero, perder el miedo a volar para pisar un jardín de Londres y regresar a un hogar que sienta como tal. No sé, Santa, déjame en la repisa las fotos de quienes me sustentan y a quienes sustento. Si es mucho lo que pido o si pesa demasiado pues quita algo, pero si no pues, hombre, échate al saco alguna peliculilla o esas cosas que nos hacen olvidarnos por un instante de que somos tan vulnerables y que estamos a la intemperie en un mundo de posibilidades ilimitades que hemos ido podando a la medida exacta de nuestras biografías inventadas.

Que la Nochebuena no te estrese demasiado. Ojo con los molinos aerogeneradores no vayamos a tener un disgusto con el trineo. Pon esta carta con esas que te escribí aquellos viernes de pijama y Un, Dos, Tres. Salía Mayra y yo me sentía tranquilo y te escribía pidiéndote el Electro L y la Magia Borrás por culpa de Tamariz. Me pongo un poco tontorrón recordando aquellas cartas pero con un polvorón se me pasa.

Muchas gracias y recuerdos al Polo Norte,

emejota.

Sonidos

Esta noche se escuchan dos sonidos al otro lado de la ventana: uno, el de la lluvia, que ha empezado a caer generosamente; otro, el de los chavales, los de instituto, que hoy no sólo empiezan vacaciones sino que, además, inauguran su primera incursión en el mundo de las cenas de empresa en versión colegial: la primera escapada colectiva, vamos.

Salía a cenar con un amigo de los que vuelven a casa por Navidad, como el turrón, y al percatarnos del bullicio y, por tanto, de que todos los restaurantes estarían impracticables, hemos abortado el plan. No sin resistencia por mi parte, todo sea dicho: he llamado desde debajo de un paraguas al chino y una voz que no he podido identificar si era oriental u occidental, tal era el estrépito de fondo en el espacio que generalmente se muestra silente y confortable, ha preguntado que mesa para cuántos y le he respondido que mejor en otra cena. Yo creo que la vida despierta al drama en el que terminamos por convertirla a partir de noches como esta. Pero estoy convencido, vamos. De aquellos colacaos a estos calimochos, esos grupos de críos que corren bajo la lluvia excitados porque inauguran el espacio del reloj antes ocupado por los dibus del Disney Channel empiezan una carrera que me da una pereza horrible: hay una penosa cadena que empieza por un primer grano en la cara, sigue por la tontería de la ropa, el tuenti, la tontería en general, el rollo hormonal y termina por ser todo una pena. Porque la existencia se torna en algo penoso para entonces. Que vengan los enterados del asunto hablando de la importancia de una etapa así me resulta un enigma incomprensible porque donde ellos ven la importancia yo veo una cosa penosa que termina por convertirnos en seres aparentemente adultos y aparentemente seguros diciendo lo de la importancia de una etapa así y así sucesivamente. El mundo es un lugar habitado por gente que no recuerda que no es superviviente de aquellos años del acné, sino naúfragos desde entonces. La edad del pavo es cosa temible. Para pavos, el de Navidad.

Esta noche suenan el sonido de la lluvia y el de las hormonas que empiezan a saltar por las aceras. Por la mañana ha sonado el de los bombos de la lotería. Si llevas en la cartera el 79250 eres multimillonario gracias al donativo de muchas esperanzas truncadas. Si lo miras así, es como para sentirse hecho polvo. Vaya día.

Estancia

¿De dónde venimos? Pregunta existencial.

David CastilloDe momento, yo de Madrid, donde he pasado el fin de semana porque había cariños mutuos. Por eso sonó un día el teléfono y por lo mismo, y en respuesta, me subí a un tren cuando el día empezaba a despertar y los termómetros marcaban un número negativo. Es reconfortante sentir a David como un hermano (y emocionante verle crecer, de aquel “Cachorro” a este chaval que aprende rápido y que en una elipsis de película se pone ya al volante del coche y te lleva a desayunar un chocolate con churros en un sitio donde probablemente se debieron inventar ambas cosas porque madre mía). Igualmente reconfortante es que su familia te haga sentir como si fueras de la familia y que en su casa te sientas como en casa.

Un fin de semana con este David es una aventura donde lo mismo te preparan una sorpresa como se improvisa una tertulia a tres en el coche, bajo la lluvia, con su hermano Pedro. Hay comidas y cenas donde conoces a gente muy interesante y en las que a lo mejor se cuece algo más que lo que viene en la carta, y hay momentos también para conocer sitios y para la charla mano a mano. Sea lo que sea, pase lo que pase, sabes que desde que bajas del tren hasta que te vuelves a subir y el teléfono vibra mostrando un buen viaje en la pantalla, te vas a sentir muy bien cuidado. Sentirse cuidado cuando los cuidados salen espontáneos y son cuidados de verdad es una de las medicinas más eficaces que existen.

Conocer a Laura y compartir a tres cucharas un postre de chocolate o comer con Pablo y comprobar que tiene el mismo timbre de voz tranquilo que suena en las fotografías que toma, redondea un sábado aprovechado al máximo donde no cabe ese pesar que empieza a hacer lo que hacen todos los pesares cuando llega la tarde del domingo (por la mañana Brahms sorpresa en el Teatro Real) y toca echar el cierre hasta la próxima. Es reconfortante saber que habrá próxima cuando las personas se sienten próximas. Pedro saca muy bien las faltas en el partido de fútbol, Javi escribe cartas a los Reyes Magos y Luna ladra bien fuerte cada vez que me ve porque sabe (fijo que lo sabe) que lo mío son los gatos. Luna es muy perra.

No sé qué temperatura hace en estos momentos en Providence porque me he quedado sin móvil y, en consecuencia, inmóvil. Al menos durante el instante en que el icono correspondiente lo ha anunciado en la pantalla, esta mañana fría, dejándome igual, frío, hasta recordar que hoy era el día que entraba en vigor mi divorcio con mi ya ex compañía telefónica y que me permitía iniciar una vida en pareja, con los papeles arreglados, con la nueva.

El problema ha sido el mensajero, que vino con el nuevo artilugio sin avisar ayer justamente el ratillo en que no estaba en casa. Ni avisó de su llegada, ni avisó al móvil que todavía latía para que acudiera a su encuentro, ni dejó nota. Nada. Una paradoja que un servicio de mensajería te deje sin mensaje y sin teléfono y, por tanto, sin línea y sin saber cosas que, a días, según, son importantes, como por ejemplo, saber qué temperatura hace en Providence. Dí que hay gente para todo y acabo de recibir el correo electrónico de un amigo que me informa, solícito, de que allí marca menos uno y que graniza. Es un alivio saberlo.

Aquí la empresa de mensajería, para colmo vía express, dice que como ayer no había nadie que ya lo entregará mañana, como si hoy no existiera. Tampoco existo yo al otro lado del número que me suele identificar desde hace doce años y lo constato echando de vez en vez miradas al difunto móvil, inmóvil, silente, negro todo él como negra tiene la pantalla, como si se guardara luto a sí mismo. Hoy es, en ese sentido, un día limbo, un día nada, como un treinta de febrero, igual. Así que aprovecho para poner al día (parte) de las cosas atrasadas que son muchas por lo que veo: hacer gestiones, responder correos, terminar trabajos. No me dará tiempo a todo pero mañana, como existiré más, seguiré.

Hoy hace aquí más frío que en Providence pero seguramente allí habrá alguien que sienta el mismo murmur de melancolía que, vete tú a saber, le hará pulsar el botoncito ese de la aplicación meteorológica que le permitirá conocer qué temperatura hace, pongamos por caso, en Bambadinka, o en Toa Payoh, o en Roquetas de Mar. Por lo demás, el silencio de esta casa combina con el color del cielo del atardecer, azul hielo, azul nada, azul desolado de un sol que calienta poco porque está cerrando los ojos, como si hoy no diera para mucho más y no pasa nada, mañana será otro día. Alguien me dijo una vez que de pequeño se preguntaba quién ponía las calles cuando amanecía. Desde tiempos ancestrales, el amanecer supone un borrón y cuenta nueva psicológico de los males del día anterior, es curioso eso. Yo no percibo así el cambio de los días. Los días son los días, los males son los males y las alegrías son las alegrías. Es lo que hay, toque de turno de mañana, de tarde o de noche.

Yo ahora entro a trabajar un poco en otra ventana de este mismo monitor con el mismo teclado y los mismos dedos (fríos) que pulsan la palabra dedo, la palabra hola, la coma precedente e incluso la palabra palabra; y hasta tienen deslices entre las teclas haciendo cosas adsi o parewcidas. Qué post más tonto, cuanta palabrería vacía para no reconocer, simplemente: me da pereza ponerme a trabajar hoy.

Clase

El tiempo es una cosa relativa.

Esta tarde se ha abierto la puerta del ascensor y B. ha atravesado el puente que separaba la orilla de la última clase de la orilla de la de hoy. Permítaseme la licencia literaria, el guiño, o como queramos llamar al paréntesis en la actividad escolar debido al largo puente festivo. Y aunque el tema de la clase no era ese, ha quedado claro que el tiempo es relativo porque han pasado quince días y, sin embargo, se diría que ha pasado un año en la persona de B., tal es el cambio, el estirón.

Qué cosas.

En cualquier caso, lo que sigue sonando igual, pasen quince días o trescientos sesenta y cinco, es el característico hola que trae B. en los labios y que ya conocemos, y creo que si deja estirar tanto la vocal final es para dar lugar a que atraviese con seguridad el largo y recto pasillo que separa la puerta del ascensor de la puerta de mi casa, donde le espero reflexionando para mis adentros sobre la relatividad del tiempo y tal. Cómo estás? Bien y uf. Ambas cosas han sido dichas. El bien se sobreentiende pero para entender el uf habría que añadir a la escena que B. ha llegado embutido en una bufanda esponjosa, tal es el intenso y cortante cierzo helador que soplaba.

Uf, claro, lógico.

Despojado de la bufanda de tres o cuatro vueltas al cuello (Gloria-madre aprobaría una bufanda así con un síseñor) y de su cazadora, sentado en su silla, le he entregado su/mi/nuestro cuaderno y le he preguntado qué tal el puente. Bien, pero cansado. El bien vuelve a sobreentenderse, seis días de fiesta, tú me dirás, pero para entender el resto habría que preguntarle a B. Creo, pero no estoy muy seguro, que se refería a que, a pesar del puente, el cansancio se hace notar en estos días que faltan para las vacaciones de Navidad.

Exámenes y demás, claro.

Cuando pasan quince días de fiesta, B. sigue dándote un do, un fa sostenido o un si bemol igual de afinados que el piano y además de repente, sin pensarlo, pero luego en el dictado se pierden entre las cinco líneas y cuatro espacios del pentagrama. Misterio. Le miras a B. y no sabes muy bien si eso le afecta mucho, poco o nada; no es que se quede pensativo, se queda mirándote como esperando a ver qué pasa después.

A B. lo que le va son los documentales de obras de ingeniería, superestructuras, máquinas; los de animales, bueno, algunos, pero más los de máquinas. Lo sé porque ha salido el asunto al paso durante un silencio de corchea y porque he querido tantear el terreno para informar a Papá Noel por si pregunta sugerencias, qué se yo, ya tiene que estar saliendo de Laponia. La semana que viene llegan las vacaciones. Hay clase? Sí, sí, claro, por supuesto, ha respondido B. muy seguro de la clase. Vale, de acuerdo, he dicho yo como si fuera el alumno por un instante. Le doy vueltas a lo del intercambio momentáneo de roles que el lenguaje ha producido en uno de sus juegos mientras B. da vueltas con la bufanda alrededor de su cuello. Y es curioso pero hay momentos, como hoy, en los que sería difícil distinguir si B. te mira con cara de decir lo siento o de qué me estás contando, si algo en él lamenta despedirse a cámara rápida de su infancia o si prepara serpentinas y confeti para celebrar la precoz llegada al andén de su adolescencia.

Hoy, al terminar la clase, el lápiz colocado sobre la goma de borrar apuntaba al Norte, cosa novedosa. Y confieso que por un instante y hasta por dos instantes he pensado si se trataría de un mensaje, indirecta directa, guiño silente pero elocuente dirigido a estas latitudes de palabras. Sería algo muy de B.

Conocer

De lo que me he dado cuenta esta tarde en la presentación del 3er volumen de La Idea del Norte, en la biblioteca de la sede histórica de Diario de Navarra, a unos metros de la Plaza del Castillo, es que hay gente que me quiere y que me conoce. Las dos cosas parece que se tienen que dar juntas pero si lo pensamos un poco, pues va y no siempre es así. Pues a emejota yo creo que esta tarde le ha pasado eso, cuando para unos cuantos lectores ha dejado de ser un emejota de 5 años para ser un Mariano de 40 (y emejota, a su vez, ha puesto rostro a sus lectores, veteranos unos, recién llegados otros). Y en la entrevista, cálida, planteada por Belén Galindo (gracias, Belén) me he enterado de que saben, muchos, que ahora, las tres y tres de la mañana, era probable que escribiera un post, y saben también de la vecina, y la abuela, y Lindsay, y toni, y de la lamparita y las palabras en negrita, y de Wendy, y de las heridas y los paseos, las ironías y mis silencios y ausencias de este sitio. Y lo que no sabían me lo preguntaban, como lo que hay detrás del blog, en la trastienda, sobre el cómo, el por qué ésto y lo otro, el hasta cuándo, etc. Y el intercambio que se produce entre lectores y autor, que supongo que será de un balance satisfactorio para ambos cuando aquí seguimos.

Y es verdad, sí, reconforta que a uno le quieran aunque le conozcan o, mejor dicho, que le quieran porque le conocen. Reconforta lo que te dicen, lo que lees al llegar a casa; conmueve lo que alguien me ha dejado en Twitter y el mail que alguien acaba de escribir mientras empezaba a redactar este post hace unos minutos (prueba de que saben que a estas horas estoy a los mandos). Como hay una palabra que me gusta mucho y que ha salido hoy: complicidad, sabrá comprender quien ha escrito el mail, que responda mañana, que ya es hoy porque mira las horas y sigo con el sueño denso. No sé si estaré incubando algo porque tengo dolor de cabeza y el estómago dando alguna vuelta intentando centrifugar una cena que ha sido escueta, nada, una ensalada.

Me han gustado el silencio y las risas, ambas cosas sinónimos de conexión, y me ha gustado pasearme por esa calle Zapatería tan del Pamplona antiguo y tan de Navidad. Y se me ha puesto un algo de nostalgia al pasar por aquella Casa Arilla que yo daba por extinguida hace décadas, tienda de partituras e instrumentos musicales de las de los tiempos de opereta. Allí me compró el abuelo los dos tomos que recogen las Sonatas de Mozart cuando yo era niño y aún los conservo como nuevos y en activo, habiendo sido usados tanto y tanto, fuente inagotable de placeres al tacto de tecla, blanca y negra. He mirado de reojo el escaparate, pero no he dicho nada, como cuando te encuentras un silencio en el pentagrama.