Fotografías

Como tengo una memoria fotográfica de todo lo acontecido desde 1982 hacia abajo y desde estas teclas hasta hace cinco minutos, puedo ver y transcribir con certeza que una tarde de las navidades de 1976, 6 añitos yo, una monada, je, esperaba en casa de mi abuela, no la que pasó por el blog sino la otra, a que encendieran la estrella de Navidad de la Casa del Reloj, hecho que sucedía hacia las seis y veinte de la tarde porque, evidentemente, si la tal estrella con estela y todo estaba montada a lo largo de la fachada de la Casa del Reloj es que en la tal casa había y hay aún un reloj. Estrella no, que un año desapareció y disimulé mi soponcio de niño rarito que daba mucha importancia a estas cosas: al encendido de las luces, más concretamente a su puntualidad, coincidente cada tarde con la hora del olor de las castañas asadas que la señora del puesto de castañas, ahí abajo, ofrecía en cucuruchos de papel de revista cuando las revistas no eran aún de papel cuché y las tipografías sudaban tinta en las manos. Tampoco los puestos de castañas eran prefabricados sino que eran auténticos, con el brasero imponente, oloroso y ardiente ante la cual la señora, con su delantal negruzco, la tez rojiza y pañuelo en la cabeza, plantaba cara al frío de la tarde. En 1976, los puestos de castañas no tenían impreso una dirección punto com en la techumbre, como los hay hoy, y las castañeras eran unas señoras que tenían ahí su sitio, eso lo veías a la legua; nadie como la señora del puesto de abajo de casa de la abuela daba mejor las vueltas al manjar ardiente de castañas olorosas ni les daba el tajo con esa pericia artesanal ni, mucho menos, hacía del pliegue que sellaba el cucurucho un primor.

La abuela escuchaba la radionovela de Radio Zaragoza sentada ante la mesa camilla que estaba apostada frente al balcón y yo, a su lado, sentado sobre mis rodillas en una silla, apoyaba los codos en la mesa y mis manos sostenían a mi cabeza que miraba fijamente al reloj de arriba y a la estrella silente de abajo pendiente de que a las seis y veinte llegara la sorpresa del encendido, una sorpresa que de fugaz y yo creo que hasta por repetitiva, ritual, resultaba por eso tan reconfortante. La reiteración de hechos cotidianos fue muy importante en mi infancia un poco infancia Asperger.

Veía encenderse la estrella con su larga estela como Dios manda, bajábamos a por castañas la abuela y yo, poníamos rumbo a mi casa y, en la calle Gaztambide, veíamos venir al señor que accionaba, uno a uno, el interruptor de las guirnaldas de luces amarillas y rojas de esa calle. Las filas de bombillas se encendían de allí para aquí y nosotros íbamos de aquí para allí hasta que una tarde resultó que la abuela y este señor mayor con gorro de lana que encendía las luces se encontraron al pie de uno de los interruptores que, discretamente, junto a la pared, pendía del extremo de esas guirnaldas, extendidas a lo largo de la calle de balcón a balcón. La abuela y el señor de las luces se conocían. Igual del colegio.

No creo que muchos niños reparasen en la fascinante y apenas camuflada presencia de esos interruptores. Yo sí, pero es que fui un niño que ponía su fascinación al servicio de cosas así. La abuela y el señor de las luces se encontraron, soy testigo de ello, viéndolos desde mi escasa altura de seis años y con el calor de las castañas en el bolsillo, y el señor miró que yo miraba al interruptor y me cogió en brazos para que accionara yo mismo las bombillas. Dos veces me auparon en mi niñez para darme sendos regalos inolvidables no exentos de gran responsabilidad: el día que el jefe de estación me elevó a las alturas de la locomotora de mercancías para entrar en ese territorio rugiente en el que me hubiera quedado toda la vida, y el día que hicieron lo mismo para poner en mi mano la tarea de encender un tramo de Navidad. La palanca del interruptor estaba durísima, no sé si porque no daba la talla de dedos o por los nervios, o por ambas cosas.

Estas Navidades no hay interruptores bajo cada una de las guirnaldas porque ya nadie comprendería que sólo ese señor que viene por las tardes puede accionarlos y luego, a la hora misteriosa en la que un niño de seis años flota en el sueño nocturno, hacer el recorrido inverso con la única compañía del frío y el vaho en el aliento. Los gamberros. Y el señor, que se moriría, claro. Como la abuela y la señora de las castañas. Un día empezaron a enterrarlos a todos, igual que la estrella de la Casa del Reloj y el enorme trasto metálico circular donde se asaban las castañas terminaron enterrados en algún almacén o en el vertedero municipal. Pero llevo la fotografía en movimiento de esas secuencias perfectamente grabada y conservada en la cabeza, en color y con olor. Y de vez en cuando pongo en marcha al completo la vida de la calle de entonces en un ahora y a una hora de la noche en la que sólo se escucha el teclear de mis dedos frente a la pantalla.

7 pensamientos en “Fotografías

  1. Marcos

    No sé cómo expresar en este pequeño cuadrado sepia todo lo que se me viene a la mente con este post. No me salen las palabras. Qué capacidad para fotografiar lugares, instantes, olores, sensaciones, ilusión… con resolución de megapíxeles. Esa visión curiosa y atenta, capaz de ver más allá de lo visible. Esa facilidad para llegar ahí y removerlo todo. Mil gracias por compartir y hacernos partícipes de estos momentos (y de aquéllos), tan mágicos como el encendido de las luces de Navidad. Seguro.

  2. 3con1416

    Pertenezco al grupo de esos muchos niños que no reparaban en la presencia de esos interruptores, estrellas u otros detalles, pero con tus palabras logras que mis recuerdos ahora sean mas valiosos. Tu descripción, sin duda, es exquisita.

  3. Marlene

    Cuando las fotografías tienen movimiento, cuando los recuerdos tienen olor,sabor…como ese a palomita viendo la pelicula “Robin Hood” en la tele con mi abuela, y Errol Flynn robando a los ricos….

    Eres una de esas personas que hacen que las cosas se “muevan”,gracias.

  4. Asthar

    Puedes aprovechar éste post para presentar a quien no te/la conozca la tercera parte de la trilogía más imprescindible en las bibliotecas de cada uno de nosotros. Es esencia tuya al máximo. Me han entrado ganas hasta de escribir la carta a los Reyes magos….Y por cierto, recordando a la castañera me has hecho evocar a su hija y nieta; con lo feas que han sido las jodidas y qué bien hacían las castañas!!!

    Yo,sin ser un niño que ponía su fascinación al servicio de cosas así, recuerdo ésos interruptores. Lo juro por mi barco de pirata de playmobil….

  5. Alicia

    me encanta leerte porque me haces volver a mi adolescencia(yo no era tan niña)
    Cierro los ojos y percibo el olor de las castañas y las luces navideñas
    El olor (y sabor) me sigue gustando, lo de las luces es otro cantar
    Gracias por llevarme de nuevo a estos recuerdos

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